El motor del eclipse

Diez días antes del eclipse

Jacob Verhoeks

2026

El motor del eclipse

Copyright © 2026 Jacob Verhoeks

Todos los derechos reservados.

Esta es una obra de ficción. Sus personajes, conspiraciones, empresas, motivos y conexiones ocultas son fruto de la imaginación del autor. La novela utiliza lugares reales, instituciones públicas, tecnologías, alimentos, edificios y el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026 como escenario. Nada de lo narrado atribuye conducta no revelada a ninguna organización o persona real.

Las organizaciones Lenticular Systems, Guaita Event Resilience, Institut Llum, Yulan Microdevices, Llevant Import, Llebeig Logística, Tramuntana Modular Services y Narthex Conseil; los sistemas de software Atlas, Antumbra, Ephemeris y Shanhai-Coder; el hardware Ingot; y todos los actos que se les atribuyen son enteramente ficticios.

Uso de IA: en la elaboración de este libro se utilizaron herramientas de inteligencia artificial. Ayudaron a redactar y editar el texto original en inglés y partes de los apéndices, produjeron el primer borrador de esta traducción y generaron la ilustración de la cubierta. Todas las decisiones creativas, las revisiones y la aprobación final son del autor.

Primera edición, 2026.

Publicado por Jacob Verhoeks

Para quienes miran hacia arriba y quienes vigilan a los vigilantes.

Diez días antes de que el Sol se apague sobre Cataluña, un almacén de Badalona recibe una fotografía de un envío que nunca preparó.

Esa misma mañana, un ingeniero de radiodifusión encuentra vacía la silla de su colega y un vídeo de once segundos de una habitación que no existe.

La etiqueta del fotograma utiliza el nombre de la empresa de su esposa.

La tipografía es incorrecta.

Alguien ya ha decidido a quién culparán cuando llegue la oscuridad.

No son espías.

Tendrán que bastar.

Prólogo: Dos objetivos

Pedralbes, 10 de mayo de 2026. Noventa y cuatro días antes de la totalidad.

A las 21:09, todos los teléfonos de la sala vibraron excepto el de Lin Qiao.

Marc Escudé miró primero su pantalla. Había dispuesto los tres teléfonos a lo largo del borde del banco de trabajo pese a los carteles que pedían a los visitantes que los silenciaran; cada uno estaba sintonizado a una transmisión distinta porque no confiaba en que ninguna siguiera activa durante todo el partido.

—Rashford —dijo.

El grito les llegó un segundo después desde la ventana abierta, debilitado por el trayecto desde algún bar más allá de los edificios de la universidad. Marc golpeó el banco. Los instrumentos saltaron en sus alojamientos de espuma.

Lin observó el gráfico de carga.

La línea no se movió.

Su propio teléfono estaba en una taquilla fuera de la sala controlada, apagado dentro de una bolsa de protección radioeléctrica. No estaba allí por el Clásico. Estaba allí para averiguar si una caja vacía podía pasar por un instrumento legítimo hasta agosto, cuando la caja ya no estaría vacía.

—Tu ciudad ha metido gol —dijo—. Mis aparatos siguen sin inmutarse.

—Nuestra ciudad —corrigió Marc—. Por esta noche.

Sonreía demasiado como para preocuparse por si ella aceptaba la enmienda. Detrás de él, al otro lado de la mampara de cristal, había tres cajas negras abiertas bajo las blancas luces de servicio. En cada una ocupaba su lugar un bastidor de aluminio idéntico. Soportes vacíos, acoplamientos de refrigerante, acondicionadores de potencia y suficiente cableado de sensores para que el vacío pareciera caro.

Las cajas habían entrado aquella tarde en el anexo del Institut Llum con una orden de trabajo real. El pasaporte de Lin era real. Su contrato con Yulan Microdevices era real. El piloto del acelerador mencionado en su registro de visitante existía, y todas las mediciones que presentaría el lunes resistirían una inspección.

Solo era falso el propósito de las mediciones.

Tocó el dispositivo naranja conectado al primer soporte. Parecía un juguete abandonado entre el equipo de laboratorio: una pantalla pequeña, botones blancos, un delfín de dibujos animados grabado en la carcasa. El anexo no admitía portátiles de visitantes más allá de las taquillas. Esa tarde, el guardia había dado la vuelta al dispositivo, había preguntado qué era y, tras leer la nota del fabricante, había escrito consola serie, kit de campo de Yulan, funciones de radio desactivadas en el registro de equipos. Los ingenieros de campo de Yulan los llevaban por eso: una caja sellada con pantalla y sin teclado pasaba puertas que un portátil no pasaba. La aplicación de servicio personalizada eliminaba la broma. Tres valores de corriente, una temperatura de retorno del refrigerante, una línea a la espera de respuesta de un hardware que no estaba allí.

Ingot respondería a esa línea en agosto.

Si el ensayo funcionaba.

Marc volvió a su silla, pero no se sentó. Una transmisión silenciada mostraba el estadio desde muy por encima del terreno de juego. Las nuevas gradas brillaban; las partes inacabadas, más allá de ellas, desaparecían entre las luces de obra y las sombras. El club había vuelto a casa antes de que terminara el edificio. Lin entendía mejor que nadie el compromiso de ingeniería que había detrás, mejor que la emoción que lo rodeaba.

—Nueve minutos —dijo.

—¿Has cronometrado el gol?

—He cronometrado la carga.

El partido había convertido el anexo ocupado en una cobertura útil. Un acontecimiento importante cerca daba al equipo de red una razón para registrar tráfico inusual. Marc creía que era concienzuda.

Lo que ella necesitaba era más sencillo: saber si una caja sellada podía entrar con dos instrumentos legítimos, consumir seis kilovatios y seguir siendo administrativamente aburrida.

—Ejecuta la dos —dijo.

Marc apartó la atención del partido y leyó la lista de comprobación. —Arranque en frío simulado, perfil de carga B, puente de telemetría aislado.

Lin pulsó el botón central del Flipper. El primer soporte empezó a consumir energía a través de su carga ficticia. Los ventiladores se aceleraron dentro de la caja con un zumbido mecánico y seco. El gráfico subió, se mantuvo y se estabilizó exactamente donde lo había hecho en Shenzhen.

La segunda fila de su pantalla seguía en blanco.

—¿El puente? —preguntó Marc.

—Esperando.

—Ayer esperó.

—Ayer respondió después de cuatro segundos.

A los siete segundos apareció el retorno. Marc anotó el número en su formulario.

Lin no lo hizo. Siete segundos estaban dentro de la tolerancia aprobada y fuera de la suya. Un prototipo que esperaba tres segundos más en mayo podía perder su reserva de refrigeración en agosto. Si la perdía, el controlador reduciría la carga. Ingot pasaría el eclipse funcionando como un calentador caro mientras el modelo siguiera siendo demasiado grande para moverse.

Volvió a iniciar la prueba.

Los tres teléfonos de Marc vibraron.

Esta vez el grito de fuera llegó casi al mismo tiempo. Una silla chirrió en la sala contigua. Alguien gritó dos desde el pasillo, aunque Lin no supo distinguir si se refería al resultado o a una instrucción.

Marc miró la transmisión. —Ferran. Dieciocho minutos.

La segunda prueba respondió en cuatro segundos.

—Tus aparatos prefieren a Torres —dijo.

—Mis aparatos prefieren la repetibilidad.

—Nadie prefiere la repetibilidad en un Clásico.

Salió a buscar al técnico en el pasillo, llevándose un teléfono y abandonando los otros dos. Lin oyó un catalán rápido, una carcajada y luego el volumen de la retransmisión, que subía en otra sala. El anexo no se había vaciado para el partido. Las alertas de los goles atravesaban puertas que las tarjetas de acceso no podían cruzar. Personas que habían pasado la tarde discutiendo por la propiedad de un cable estaban ahora juntas alrededor de una pantalla pequeña.

Lin cerró la primera caja.

El precinto de seguridad de la tercera caja era incorrecto.

Mantuvo la mano sobre la tapa y miró a través del cristal. La silla de Marc estaba vacía. Más allá, el pasillo también estaba vacío. En la sala contigua, la voz del comentarista subía y bajaba por encima de una discusión sobre una falta.

Lin se inclinó más.

El precinto llevaba el número correcto. Lo había registrado en el hotel, en el muelle de carga y de nuevo cuando las cajas entraron en el anexo. Los dígitos coincidían. El material, no. Yulan usaba una película transparente que se fracturaba en líneas blancas y estrechas al levantarla. Aquella había sido impresa para parecerse a esas líneas. Desde la altura de una persona parecía rota y vuelta a sellar. De cerca, el daño era una imagen.

Alguien había copiado un precinto usado y había aplicado la copia intacta.

Su teléfono estaba en una taquilla a dos puertas de allí. No llamó a Marc. Una persona capaz de copiar el número del precinto podía leer el calendario de pruebas. Una persona que conociera el calendario podía saber quién se había quedado a solas con ella.

Lin abrió la caja.

Nada parecía alterado. Soporte vacío. Mangueras trenzadas. Carga ficticia. Dos cables de datos enrollados y sujetos con bridas azules. La masa del albarán de envío era correcta porque había observado cómo la pesaban. El indicador de presión del circuito de refrigerante seguía en verde.

Conectó el Flipper al cable de mantenimiento.

No hubo respuesta.

El controlador ficticio debería haber respondido incluso con la carga apagada. Desconectó el cable y comprobó su extremo. El conector estaba limpio. Siguió el cable hasta la espuma y descubrió que estaba doblado bajo el soporte en vez de conectado al controlador.

Una inspección, entonces. Silenciosa, cuidadosa y lo bastante apresurada como para dejar un cable suelto.

No habían añadido nada. No habían retirado nada. Quienquiera que hubiese abierto la caja quería saber si Ingot ya estaba dentro.

Lin volvió a conectar el cable. El controlador respondió en tres segundos.

No fotografió nada y tocó lo mínimo posible. Un precinto copiado no era una prueba que pudiera usar sin explicar por qué la asustaba. Informar de ello provocaría una inspección del inventario, preguntas a Yulan y el fin del trabajo de agosto. El silencio preservaba la operación. También preservaba el acceso del intruso.

Lin cerró la tapa sobre el precinto copiado.

Eligió agosto.

Marc regresó con vasos de papel y una botella de agua. —Te has perdido la repetición.

—Alguien ha abierto la caja tres.

Su sonrisa desapareció. Dejó los vasos sobre el banco. —¿Aquí?

—Han sustituido el precinto. El cable de mantenimiento estaba desconectado.

Miró a través del cristal las cajas. —¿Podría haber ocurrido durante el transporte?

—Sí.

—Pero no crees que haya sido así.

—No.

Marc cogió el teléfono. Lin apoyó dos dedos en su muñeca antes de que pudiera desbloquearlo.

—¿Qué haces?

—Llamar a seguridad.

—¿Y qué les vas a decir?

—Que alguien ha abierto equipo de visita dentro de un anexo controlado.

—El precinto copiado tiene el número correcto. No hay daños ni falta nada. Cerrarás el edificio por una caja vacía.

—Para eso está seguridad.

—Para eso están los registros. Seguridad preguntará cuándo verificamos por última vez el precinto. Dirás que en el muelle de carga. Inspeccionarán las cámaras y el registro de accesos. Si no encuentran nada, ¿qué dirá tu informe?

Entendió la trampa. Un informe sin pruebas se convertiría en una prueba contra ellos. Marcaría el trabajo de agosto para una revisión, quizá para su cancelación. Marc no sabía por qué aquello le importaba a ella. Creía que estaba protegiendo un turno de investigación frente a un retraso embarazoso. Esa creencia era una de las cosas que Lin había ido a poner a prueba.

—Lo registramos de nuestro puño y letra en la entrega —dijo.

—Sí. Cable encontrado suelto después del transporte. Vuelto a conectar. Prueba superada.

—Eso no es lo que ha ocurrido.

—Es lo que podemos demostrar.

El partido continuaba detrás de ellos. Lin veía su luz cambiante reflejada en el cristal, camisetas azules moviéndose sobre las cajas abiertas. Marc miró el falso daño del precinto y luego a ella.

—¿A quién esperas en agosto?

La pregunta sonó lo bastante baja para no salir de la sala.

Lin desconectó el Flipper. —Una carga ficticia más pesada.

Marc soltó una única carcajada sin humor.

Completaron las pruebas restantes sin volver a mencionar el precinto. Marc anotó el cable suelto en la hoja de trabajo local, pero no lo subió. Lin dejó funcionar cada soporte durante todo el partido, mucho más allá de lo exigido por el plan aprobado. Los tiempos de respuesta se estabilizaron. La refrigeración se mantuvo. Los bastidores vacíos se comportaron como lo haría Ingot si los modelos fueran correctos.

En la pantalla, Madrid buscaba un gol que nunca llegó.

A las 22:51, la sala estalló.

Se abrieron puertas a lo largo del pasillo. Alguien sacó una bufanda de debajo de una bata de laboratorio. Marc permanecía con ambas manos apoyadas en el banco, observando las celebraciones dentro del estadio. No gritó. En cambio, su rostro cambió: la sospecha sobre la tercera caja fue desplazada brevemente por algo más antiguo.

—Campeones —dijo.

La palabra recorrió el anexo en varias voces. Campions. Lin oyó bocinas fuera, cada vez más. La ciudad llevaba tiempo esperando permiso.

Guardó el Flipper en su sencilla funda negra. Las tres cajas permanecerían en el anexo hasta el lunes por la mañana, cuando un transportista autorizado se las llevaría. Sus precintos ya no significaban nada.

—Deberías esperar —dijo Marc—. El metro será imposible.

—Por eso me voy ahora.

La estudió. —¿Sabías que el resultado te daría cobertura?

—Sabía que cualquiera de los dos resultados provocaría movimiento.

—Esa debe de ser la respuesta menos futbolera que alguien ha dado esta noche.

—Es la única que tengo.

Su sonrisa regresó, pero incompleta. La acompañó hasta el mostrador exterior. Ella devolvió la tarjeta del anexo, recogió su teléfono apagado y firmó el registro del equipo. Su nombre aparecía entre técnicos, limpiadores, un contratista de refrigeración y dos investigadores que se habían marchado antes del saque inicial. Lin leyó la lista dos veces. En la segunda pasada, los nombres corrientes parecían dispuestos a propósito.

Fuera, Pedralbes había cambiado.

Aparecieron bufandas en las ventanas. Los scooters se respondían con sus bocinas. La gente bajaba por Carrer de Jordi Girona hacia las corrientes más grandes que se formaban cerca de Diagonal, algunos en dirección al estadio, otros hacia bares o amigos o ninguna parte en particular. A lo lejos, las grúas de construcción se alzaban sobre Camp Nou, con las luces rojas fijas sobre una ciudad que había decidido no quedarse quieta.

Lin caminó primero hacia el este.

El EBRO gris esperaba al otro lado de la calle.

Lo había visto a las siete y dieciocho cerca de la entrada de carga, aparcado legalmente y sin nadie visible dentro. Había desaparecido cuando comprobó el lugar durante el descanso. Ahora estaba bajo un plátano, con las luces apagadas y las ruedas delanteras orientadas hacia la calzada.

Ella siguió caminando.

El EBRO salió doce segundos después.

Lin no aceleró. Correr confirmaba el miedo y separaba a una persona de la multitud. Se unió a una familia de tres generaciones que llevaba banderas: el abuelo avanzaba despacio con un bastón mientras una niña, sentada sobre sus hombros, cantaba una línea de un himno e inventaba el resto. El EBRO los adelantó, se detuvo en el siguiente cruce y luego volvió a avanzar.

Era demasiado visible.

Un conductor de vigilancia competente podría haberse quedado más atrás o haber dejado que otro coche ocupase la posición. Aquel conductor quería que ella se diera cuenta. O la persona al volante era descuidada, o la persecución era un mensaje.

La familia giró hacia Palau Reial. Lin giró con ellos.

En la parada del tranvía, el andén ya estaba lleno. Nadie esperaba en fila porque no había fila capaz de contener el estado de ánimo. Un hombre abrió una botella de cava y perdió la mitad sobre el pavimento. Dos mujeres con camisetas blancas del Madrid aceptaron vasos de papel de sus manos y soportaron los consejos de los presentes con desprecio practicado.

El EBRO se detuvo más allá del andén.

Lin no podía ver al conductor por los reflejos del parabrisas. El coche no podía seguir a un tranvía, no de cerca, y cada convoy que llegaba estaba abarrotado. Eso convertía el tranvía en la escapatoria obvia y, por tanto, en la equivocada.

Dejó marcharse el primer convoy sin subir.

La familia del bastón subió. La niña saludó a través del cristal. Lin le devolvió el saludo.

El EBRO permaneció allí.

Cruzó Diagonal con un grupo que avanzaba contra el semáforo bajo la autoridad temporal de la celebración. Las bocinas protestaron. Nadie escuchó. Al otro lado entró en un pequeño restaurante donde la televisión mostraba la entrega del trofeo y todas las mesas estaban orientadas de espaldas a la puerta.

El dueño miró la funda negra que llevaba en la mano y la bolsa de equipo abierta sobre su hombro. —La cocina está cerrada.

—Necesito ir al baño.

—Solo clientes.

Lin dejó diez euros junto a un plato intacto al final de la barra.

El dueño miró el billete y luego su rostro. —Al fondo, a la izquierda.

No había una segunda salida en el baño. Había una en el pasillo anterior, una puerta cortafuegos que daba a un callejón de servicio bloqueado por contenedores de reciclaje. Lin la empujó y la alarma no sonó. Un cocinero que fumaba junto a los contenedores la miró, decidió que sus decisiones no eran asunto suyo y apartó un pie para dejarla pasar.

Caminó dos manzanas hacia el sur antes de sacar el teléfono, retirarlo de la bolsa y encenderlo.

Los mensajes llegaron por capas: logística de Yulan, el hotel, tres alertas de goles que no había solicitado, una fotografía de un número desconocido.

La fotografía mostraba su mano apoyada en la tercera caja.

La habían tomado a través de la mampara de cristal a las 21:21, tres minutos después del segundo gol. Marc era visible en el pasillo, al otro lado, de espaldas. El ángulo situaba al fotógrafo dentro del anexo.

Debajo de la imagen había seis palabras en mandarín.

Estás ensayando la escapatoria equivocada.

Lin apagó el teléfono y lo devolvió a la bolsa.

A su espalda, Barcelona celebraba un campeonato. Delante, un hombre con una camiseta del Barça arrastraba una silla de plástico hasta la calle para su madre. Alguien golpeó un tambor sin ritmo y encontró uno después de tres intentos.

No miró atrás, hacia las ventanas del anexo.

Primera parte: Postimagen

Barcelona, diez días antes de la totalidad.

Capítulo 1: El envío falso

A las 07:52 del domingo, diez días antes del eclipse, la primera fotografía decía que Llevant había enviado equipos a un pueblo donde no tenía ningún cliente.

Mei Zhou amplió la etiqueta hasta que los píxeles se separaron.

ECLIPSE CONTRIBUTION ENCODERS. Cinco unidades. Trescientos ocho kilogramos. Origen: Llevant Import, Badalona. Destino: un almacén municipal temporal cerca de una de las zonas meridionales de observación.

El palé de la fotografía del transitario estaba envuelto en plástico opaco. Debajo se veían cinco cajas de madera contrachapada. Alguien había utilizado el número fiscal, el teléfono y el antiguo logotipo del almacén de Llevant. Incluso había usado la breve descripción interna que prefería el padre de Mei porque los nombres completos de los productos no cabían en sus fichas de almacén de papel.

No habían usado la etiqueta de Llevant.

La tipografía era incorrecta. El bloque del destino ocupaba la esquina equivocada. Llevant imprimía primero las instrucciones de manipulación en catalán y después en español. Esta empezaba en inglés. Las diferencias resultarían invisibles para cualquiera que no pasara las mañanas rechazando entregas por errores menores que aquellos.

El transitario había enviado cuatro imágenes con un mensaje redactado en un español cuidadoso.

Confirme el remitente, por favor. La autoridad receptora se niega a pagar las tasas de almacenamiento. El conductor dice que se trata de un programa urgente del eclipse.

Mei llamó a su padre.

—No es nuestro —dijo él antes de que ella terminara.

—¿Has mirado las fotos?

—He mirado las fichas de almacén del sábado. No embalamos cinco unidades de nada. Diles que se han equivocado de Zhou.

—Solo hay un Zhou en la etiqueta.

—Entonces diles que está durmiendo. Es domingo.

Oyó un televisor detrás de él y cucharas metálicas en cuencos. Su madre dijo algo demasiado lejos del teléfono para que Mei lo entendiera.

—Mamá dice que no llames a la policía —tradujo su padre.

—Mamá dice eso antes de saber cuál es la pregunta.

—Ya sabe cuál es. Siempre son papeles o policía.

—Alguien ha puesto nuestro nombre en unos equipos para el eclipse.

El televisor se quedó en silencio.

Su padre respondió en el idioma propio de la familia. Lo hacía cuando una frase pertenecía a la familia antes que al negocio.

—Resuélvelo antes del lunes —dijo.

Mei entendió lo que quería decir. Para el lunes, el almacén municipal podía llamar a una oficina pública. Una oficina pública podía llamar a un periódico. Un palé falso se convertiría en un palé chino antes de que nadie estableciera quién lo había fabricado. Los almacenes de Badalona Sud proporcionarían la fotografía aunque el envío nunca hubiera pasado por ellos.

—Envíame las fichas de almacén —dijo.

—El papel no viaja por teléfono.

—Una fotografía del papel sí.

—Entonces ya no es papel.

Colgó.

A las 08:21, Mei salió de Walden 7 con café en un vaso de acero. El vaso de Arnau estaba lavado junto al fregadero. Él se había ido a las siete para el ensayo. Una nota en la encimera decía comida el lunes, no el domingo, porque Marta había vuelto a cambiar la hora.

Los pasillos rojos del edificio conservaban el calor de la noche. Dos vecinos regaban las plantas del patio. Uno le preguntó si trabajaba en domingo. Mei respondió que solo hasta que el problema entendiera que también era domingo.

Las carreteras del este fueron casi amables. El aire sobre Barcelona tenía la blancura densa de un día caluroso ya decidido. Los locutores de radio hablaban del eclipse, del tráfico que traería, de si el mar estaba inusualmente caliente y de cuáles de los seis planetas podrían verse antes del amanecer.

Arnau llamó cuando ella se incorporaba a la C-31.

—Si esto va de la comida —dijo ella—, tu tía ya ha cambiado la hora dos veces. No voy a negociar con los dos.

—Necesito que mires una etiqueta.

—Eso es peor que la comida.

La imagen fija llegó mientras esperaba ante un semáforo que no tenía ninguna razón para seguir en rojo. La primera llamada se cortó cuando un camión de agua embotellada pasó entre las antenas. Mei entró en una zona de carga, amplió la imagen y volvió a llamarlo.

—Estaba en la carpeta privada de Oriol —dijo Arnau—. No contesta.

Cinco de cinco, inglés primero, HOME donde Llevant nunca lo imprimía.

—Usa nuestras palabras —dijo—. No nuestra etiqueta.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Escribimos la categoría en catalán para las existencias locales y en español para la exportación. Home viene del catálogo en inglés de un proveedor, pero nunca lo imprimimos. Y cinco de cinco no es como dividimos una entrega. ¿Qué número de producto?

—No se ve ninguno.

—Entonces no es una etiqueta de almacén. Es la idea que alguien tiene de una. ¿Dónde está la caja?

—No lo sé.

Vio cómo el camión de agua embotellada giraba hacia la costa. —¿Dónde está Oriol?

—Eso tampoco lo sé.

—Ven a casa.

—Tenemos un ensayo.

—Tienes a un compañero desaparecido cuyo archivo privado lleva el nombre de mi empresa.

La línea se cortó antes de que pudiera preguntarle si ya se lo había contado a Reixac.

La empresa de alarmas llamó cuando Mei entró en Badalona.

—Hay un conductor de recogida en la unidad dos —dijo el operador—. Referencia cinco-uno-siete. El sistema muestra la aprobación de un gerente.

—¿Qué gerente?

—Mei Zhou.

—Cancélala.

—La referencia ya está activa.

—Entonces anúlela.

—El conductor ha sido autenticado.

—Mantenga la persiana cerrada hasta que yo llegue.

Llegó siete minutos después. Una furgoneta blanca ocupaba la mitad del carril de servicio. Un rótulo magnético en la puerta decía LLEBEIG LOGÍSTICA, colocado ligeramente torcido. El conductor estaba junto a una transpaleta y sostenía el teléfono hacia la cámara del almacén.

Pareció aliviado cuando Mei bajó del coche.

—Por fin.

—¿Quién ha abierto la persiana?

—Nadie. La central de alarmas dijo que venía un gerente.

—Bien. Quédese ahí.

Entró por la puerta del personal, desactivó la alarma con su propio código y abrió la persiana de carga hasta la altura de las rodillas.

El metal tembló sobre el hormigón. Una lámina de sol atrapó las ruedas delanteras de la transpaleta. El conductor se inclinó sobre el mango para mirar por la abertura.

—¿Problemas? —llamó.

—Papeles.

—Los he enviado.

—Ese es el problema.

Deslizó tres páginas bajo la persiana dentro de una funda transparente. La primera nombraba correctamente a Llevant, incluida la unidad, el número fiscal y el contacto de carga. La segunda enumeraba cinco sistemas de evaluación Yulan recibidos el 23 de junio. La tercera autorizaba la liberación y llevaba el nombre de Oriol Cendrós bajo CLIENT TECHNICAL REPRESENTATIVE.

Su firma era una línea azul limpia, demasiado equilibrada para haber sido escrita en un teléfono.

—¿Quién le ha dado esto? —preguntó Mei.

—Despacho.

—¿Quién solicitó la recogida?

—El cliente.

—Yo soy el cliente.

El conductor se enderezó. —Entonces la solicitó usted.

—¿Sueno lo bastante sorprendida?

Miró hacia la furgoneta. Su irritación parecía profesional. Alguien lo había enviado al otro lado del área metropolitana en domingo y había puesto la mentira en sus manos. Mei lo prefería irritado. La gente asustada improvisaba.

—Llame al número de la orden —dijo—. Póngalo en altavoz.

—Use su propio teléfono.

—La central le contestará a su propio conductor.

Llamó.

Una voz grabada anunció un servicio logístico en catalán y español. El conductor introdujo una extensión. Cuatro segundos de música, después respondió un hombre.

—Recogida cinco-uno-siete —dijo el conductor—. El cliente se niega a liberar la mercancía.

Escuchó.

—Dice que su responsable de sistemas la ha aprobado.

—¿Nombre?

El conductor preguntó. —Mei Zhou.

—Pídale que me describa.

El conductor miró bajo la persiana.

—Pregunte.

La respuesta tardó más.

—Mujer china —dijo.

—Pregúntele de qué color es mi coche.

La llamada terminó.

—Ahora usted también tiene un problema —dijo Mei.

Leyó la lista de números de serie.

Cuatro números coincidían con el manifiesto preliminar de Yulan. El quinto terminaba en 8B7, el número del sistema de inventario de Llevant.

La caja física terminaba en 887.

Una línea curva los separaba. Yulan había enviado un escaneo borroso. Mei corrigió la hoja de recepción en papel, pero dejó la base de datos sin cambios porque el portal de evaluación del proveedor ya utilizaba el número incorrecto. Corregir un sistema rompería el registro de garantía en otros tres. En su lugar, escribió la discrepancia en el libro rojo de excepciones.

La orden de recogida falsa había copiado el error de la base de datos.

También el palé del sur.

Quienquiera que hubiera hecho ambas cosas podía leer el registro digital de existencias de Llevant, pero no había visto la caja. El libro rojo podía demostrarlo.

Un timbre sonó en la oficina a su espalda.

Una nota, repetida dos veces. No era la alarma de intrusión. Era el sistema del almacén anunciando que una puerta registrada como abierta se había cerrado.

—¿Ha venido solo? —preguntó.

—Sí.

El conductor respondió deprisa. —Cinco unidades, trescientos doce kilos. No necesito un segundo hombre.

—Su orden dice trescientos ocho.

Comprobó la aplicación. —La mía dice tres-doce.

Dos versiones del mismo trabajo falso.

Mei pulsó el control de la persiana. El metal descendió la distancia final y golpeó el suelo. El conductor retrocedió de un salto con la transpaleta.

—Espere en la furgoneta —llamó a través de la puerta cerrada—. Envíeme la orden. Necesitará pruebas cuando despacho niegue que este trabajo haya existido.

Se volvió hacia los pasillos.

La unidad dos había empezado siendo una tienda de iluminación con exposición y se había ampliado hacia atrás cada vez que quedaba libre la unidad siguiente. El resultado era un edificio que se entendía por el uso y no por el plano: salas de exposición delante, estanterías para palés detrás, un pasadizo estrecho hacia la unidad uno, dos oficinas montadas con vidrio y pladur, y puertas de carga en carriles de servicio opuestos. Los letreros aparecían en catalán, español, inglés y mandarín, según quién necesitara encontrar qué. Ninguno formaba un mapa completo.

Entre semana, el lugar resonaba con avisos de carretillas elevadoras, teléfonos, radios, pistolas de cinta y discusiones sobre cantidades. El domingo daba distancia a cada pequeño sonido.

Mei subió las escaleras de la oficina de dos en dos. La puerta estaba cerrada. A través del cristal podía ver los dos portátiles acoplados y el libro rojo en la estantería.

Otro timbre sonó abajo.

La puerta trasera se había abierto otra vez.

Bajó corriendo las escaleras, se detuvo en la esquina del primer pasillo y escuchó. Un zapato golpeó el hormigón. Una barra antipánico chocó con su tope al volver a su sitio. Fuera, un motor arrancó sin prisa.

Mei llegó al muelle de carga trasero a tiempo de ver a un hombre entrar en una furgoneta oscura. Camisa azul, pantalones normales, nada en las manos. La furgoneta se alejó.

Un EBRO gris esperaba veinte metros más adelante, en el carril.

Durante un segundo, Mei esperó que la siguiera. En vez de eso, se puso detrás de la furgoneta, manteniendo dos vehículos entre ambas al girar.

No era un solo equipo.

Fotografió los dos vehículos. El resplandor ocultaba la matrícula de la furgoneta oscura. La del EBRO se leía y casi con toda seguridad era irrelevante; un coche reciente podía alquilarse, tomarse prestado o llevar matrículas pertenecientes a otro coche reciente.

El vecino de la unidad cuatro levantó la persiana y salió en sandalias.

—Su repartidor ha pasado por aquí —dijo.

—¿No el hombre de delante?

—No. Este llevaba una camisa azul. Me enseñó una identificación y dijo que la alarma trasera estaba averiada. Lo dejé pasar por nuestro patio.

—¿Qué identificación?

—De televisión. Tres no sé qué.

Mei no le mostró rostros ni dio nombres. Preguntó primero qué recordaba. Altura. Pelo. La mano que sostenía la identificación. En qué dirección había girado la furgoneta.

Arriba, la oficina seguía cerrada.

Mei la abrió con su llave.

El libro rojo había desaparecido.

No se había movido nada más. El dinero seguía en un cajón sin cerrar. Contratos de proveedores, avisos aduaneros, registros del personal y tres años de ansiedad fiscal llenaban armarios que nadie había tocado.

El libro contenía verdades más pequeñas: cajas dañadas aceptadas contra la política, números de serie corregidos a mano, devoluciones recibidas después de su nota de crédito, un palé almacenado durante la noche para un vecino, cinco cajas de Yulan recibidas durante Sant Joan mientras los petardos hacían imposibles las llamadas telefónicas. Nada de aquello era criminal. Mucho parecería irregular para alguien a quien pagaran por eliminar el contexto.

Su teléfono recibió tres fotografías del mensajero y un último mensaje.

Trabajo cancelado. Error del cliente. Nunca estuve dentro.

Mei guardó todo dos veces, llamó a la policía y fue a buscar la llave de la jaula.

Cuatro cajas de Yulan coincidían con sus pesos de recepción dentro de la tolerancia de la báscula del suelo.

A la quinta le faltaban once kilos.

Joel Huang llegó mientras ella seguía junto a la báscula, de guardia aquel domingo, con las llaves ya en la mano: el primo que atendía las llamadas del almacén para que ella no tuviera que hacerlo.

—Puedo terminar esto —dijo.

—Ya está terminado. Fotografía la pantalla. No muevas la caja.

La fotografió. Miró la caja ligera como una persona que contempla una máquina que la ha decepcionado, no como una prueba. Mei archivó aquello sin saber todavía qué significaba.

Llamó a Arnau.

—Un hombre ha salido de aquí con la identificación de Oriol —dijo él.

—Arnau, escúchame. Han venido a por las cinco cajas. He detenido la persiana. Mientras yo estaba delante, se han llevado el libro rojo por detrás. A la quinta caja le faltan once kilos. Camisa azul. Furgoneta oscura. Un coche gris ha seguido a la furgoneta, no a mí.

Detrás de ella ya no se movía el metal. La persiana estaba bajada. El mensajero se había ido.

—No te quedes allí sola.

—Joel está aquí. Y la caja. Ya he llamado a la policía.

Miró la estantería vacía donde había estado el libro.

—Alguien puede leer nuestro sistema de existencias —dijo—. No puede leer el libro que acaba de robar.

Joel seguía mirando la caja. Mantuvo el teléfono junto al oído hasta que una sirena se internó en la zona industrial. Podía ser la que esperaban.

Capítulo 2: Once segundos

La misma mañana de domingo.

La silla de Oriol estaba vacía, su café frío, y al eclipse aún le quedaban diez días para convertirse en problema de todos los demás.

En el centro temporal de recepción de señales de Lenticular, cerca de los estudios de 3Cat, llevaba siendo problema de todos desde abril.

Cada señal que llegaba de 3Cat mostraba una versión del mismo círculo negro. La redacción tenía un reloj de cuenta atrás. La sección meteorológica tenía un simulador de horizonte. El canal infantil había construido una Luna de espuma pintada y la había colgado de un raíl en el techo. La sección de cocina había encargado un reportaje sobre arroz negro y, después de dos reuniones, le habían dicho que recrear un eclipse con tinta de calamar podía animar a la gente a observarlo sin protección.

Arnau Vidal llevaba tres meses gestionando las señales de vídeo de todos ellos.

A las 08:17 del domingo por la mañana, estaba de pie junto al escritorio de Oriol, en la sala de recepción de señales, y volvió a leer el último mensaje.

Necesito que lo mires. En una pantalla aislada. Once segundos.

Había llegado a las 02:13. Sin archivo, sin explicación, sin disculpa por la hora. Oriol enviaba mensajes a las dos de la madrugada porque confiaba en que la noche contuviera más tiempo que el día. Normalmente los seguía con tres correcciones antes del desayuno.

No había habido correcciones.

—Llega tarde —dijo Berta Salvat.

Entró con dos cafés y la expresión de una persona que ya había respondido a la misma pregunta en tres programas antes de que la mayoría se despertara. Llevaba el pelo recogido y el maquillaje de estudio sin terminar alrededor de los ojos. Dejó un café en el escritorio de Oriol. El otro se lo quedó.

—Treinta y siete minutos —dijo Arnau.

—¿Los has contado?

—El ensayo empieza en veintitrés.

—Esa no era mi pregunta.

Arnau miró el vaso de papel frío junto al teclado de Oriol. —Estaba aquí.

Berta lo tocó con el dorso de un dedo. —No hace poco.

En la pared central, doce señales mostraban doce horizontes occidentales. Tejados de colegios, plazas municipales, observatorios, un campo de fútbol, la terraza de un monasterio, dos campos que parecían idénticos hasta que alguien señaló que uno estaba fuera de Tortosa y el otro en Mallorca. Cada uno llevaba una etiqueta, un reloj, un código de propiedad y un número de contacto. El día del eclipse habría cientos. Hoy se suponía que habría doce porque doce bastaban para hacer que el ensayo fracasara de maneras interesantes.

—Quizá ha bajado —dijo Berta.

—Su acreditación está en el escritorio.

La tarjeta de plástico yacía bajo una hoja doblada. Arnau levantó el papel sin tocar la tarjeta. Era una página impresa de Shodan, el buscador que Oriol utilizaba cuando quería saber qué equipos se habían anunciado en internet sin comprender las consecuencias sociales.

La mayor parte de la página contenía información ordinaria del servicio. Un servidor web. Un certificado. Una familia de productos. Una marca temporal de poco antes de las dos de la madrugada. Oriol había subrayado dos veces con bolígrafo azul un nombre de host.

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En el margen superior, a lápiz verde y en mayúsculas, Oriol había copiado lo que afirmaba otra persona:

SOLO BANNER PÚBLICO. MISMO CERT. QUE 147 / TOUR. GUARDADO ANTES DEL CAMBIO. - P

La P era Pol. Oriol anotaba en verde los hallazgos ajenos y en azul los suyos, y atribuía cada línea que no había comprobado él mismo.

Abajo Oriol había escrito: No está en la lista de contribuciones. Mismo cert. que 147. Preguntar por qué.

—Ha impreso internet —dijo Berta.

—Una página.

—¿Eso es mejor?

—Para el tóner.

El servicio expuesto no era una cámara en directo. Solo informaba de que una pasarela estaba activa, cuánto tiempo llevaba funcionando y qué versión del software creía estar ejecutando. El error parecía inofensivo.

Arnau comprobó la lista de contribuciones en el terminal de programación aislado.

Ni llum. Ni ped. Ni unidad tres.

—¿Podría ser una de las tuyas? —preguntó Berta.

—Lenticular pone nombre a los codificadores temporales por evento y región. No incluimos el cliente, el sitio y el número de unidad en un nombre de host público a menos que queramos que unos desconocidos resuelvan un crucigrama.

—Entonces alguien es descuidado.

—Suele ser la respuesta.

Buscó en los registros internos de incorporación. Sin resultados.

Oriol no había encontrado la página por su cuenta.

Pol trabajaba de día en infraestructura para un distribuidor de alimentación. Por la noche, dos servidores alquilados y una máquina bajo su escritorio vigilaban los cambios en los servicios públicos. Otros lo llamaban piratear. Pol decía que escuchaba cuando las máquinas se presentaban a gritos.

Arnau lo llamó.

Pol respondió con un improperio susurrado y luego, más despierto: —¿Oriol?

—Arnau. Tengo tu copia impresa.

—Entonces, ¿dónde está Oriol?

—No está aquí. Dime qué encontraste.

Hubo movimiento al otro lado de la línea, un ruido de golpes a tientas y agua corriendo. Probablemente Pol había vuelto a quedarse dormido junto a la máquina.

—Una página pública de estado del sistema —dijo—. Sin inicio de sesión, controles ni imagen. Mi indexador la vio a la 01:46 y le envié a Oriol el registro independiente.

—¿No introdujiste nada?

—No había dónde introducirlo. Decía que la pasarela estaba activa. Eso es todo. Un letrero, no una puerta.

Arnau miró el bloque del certificado. —¿Y el 147?

—La misma identidad pública que una unidad de contribución activa durante el Tour. No la misma caja. La misma familia.

—¿La página sigue ahí?

—Catorce minutos después de que Oriol respondiera, el nombre desapareció. Alguien se dio cuenta de que era visible.

—¿Puedes demostrar que existió la primera versión?

—Conservé la respuesta pública y su marca temporal. No pasé del letrero.

—Envíame el archivo.

—Se lo envié a Oriol.

—Envíamelo a mí.

Pol dejó de moverse. Cuando volvió a hablar, el sueño había desaparecido de su voz.

—Arnau, ¿por qué tienes su papel?

Arnau miró el café frío de Oriol. —Porque él no está aquí para explicarlo.

El archivo llegó mientras seguían al teléfono. Dos observaciones públicas independientes y un cambio documentado. Nada de aquello daba acceso a una cámara, identificaba una sala ni explicaba por qué alguien había limpiado la página después de que Oriol la viera.

El papel doblado contenía una cosa más: una ruta de almacenamiento escrita a lo largo del margen.

Arnau reconoció el espacio de trabajo privado de Oriol en el servidor de ensayos. Introdujo la ruta. Allí esperaba un único archivo de vídeo, de once segundos de duración.

—Pantalla aislada —le recordó Berta.

La sala de recepción de señales era un entorno de emisión en funcionamiento. Los archivos de procedencia desconocida no tenían sitio allí. Arnau copió la ruta, no el archivo, y llevó la página impresa de Oriol a una pequeña cabina de visionado al otro lado del pasillo. La cabina no tenía controles de producción y contaba con un puesto de inspección reservado para capturas defectuosas. Si el vídeo estaba roto, podía estropear algo sin importancia.

Berta lo siguió.

—Ensayo —dijo él.

—Veinte minutos.

—Tienes un reloj de cuenta atrás.

—El reloj de cuenta atrás es la razón por la que necesito saber si el hombre que dirige el ensayo ha desaparecido.

Arnau abrió el archivo.

Durante once segundos, no pasó nada.

Una cámara fija mostraba una sala blanca de equipos. Una pared, parte de una puerta, el borde de un estuche con ruedas. No había personas. Ningún sonido salvo la ventilación. La imagen se oscurecía ligeramente a los cuatro segundos, se recuperaba y volvía a oscurecerse. Quizá una cámara automática corrigiendo el movimiento de alguien cerca de una luz. El estuche estaba demasiado lejos del objetivo para leer la etiqueta.

—Otra vez —dijo Berta.

Lo reprodujo de nuevo.

—El reloj —dijo ella.

Una pequeña marca temporal ocupaba la esquina inferior derecha. Avanzaba con normalidad, se detenía, saltaba hacia delante y volvía a detenerse. El archivo seguía durando once segundos. El reloj de la imagen daba cuenta de menos tiempo.

Arnau avanzó fotograma a fotograma.

—Faltan uno coma siete segundos —dijo.

—¿Dos veces?

—La misma cantidad dos veces.

—¿Puede hacer eso la compresión?

—La compresión puede hacer casi cualquier cosa si la culpas con suficiente vaguedad.

El archivo indicaba que se había generado con una de las herramientas de captura de Lenticular, pero el identificador podía copiarse. Quien lo había creado quería que un técnico reconociera el formato y dejara de hacer preguntas un paso antes de tiempo.

Berta se inclinó. —¿Puedes ampliar el estuche?

—Puedo hacer más grandes los píxeles.

—Hazlo.

Congeló el fotograma más nítido y lo amplió. La etiqueta se convirtió en bloques grises y blancos. Berta señaló una línea oscura cerca de la parte inferior.

—¿Letras?

—Quizá.

Arnau cambió el contraste. No utilizó una mejora inventada ni pidió al software que creara detalles que la cámara nunca había capturado. La línea se volvió apenas legible porque siempre había estado allí.

LLEVANT-HOME / BDN / 5 OF 5

Se echó hacia atrás.

—Te suena —dijo Berta.

—La empresa familiar de Mei es Llevant Import. Badalona.

—¿Nos suministran equipos?

—No. Electrónica doméstica, iluminación, pequeños electrodomésticos. Lo que una tienda espera vender dentro de seis meses.

—¿Cámaras?

—A veces. No equipos de emisión.

Arnau envió a Mei la imagen fija. Ella le devolvió la llamada después de estudiarla.

—Utiliza nuestras palabras —dijo—. No nuestra etiqueta. Ven a casa.

—Tenemos un ensayo.

—Tienes a un compañero desaparecido cuyo archivo privado lleva el nombre de mi empresa.

La puerta de la cabina se abrió antes de que Arnau pudiera responder.

Al otro lado esperaba un hombre con un cordón de visitante. Cuarenta y tantos años, camisa azul de manga corta, sin chaqueta a pesar del aire acondicionado, una tarjeta de acreditación girada de modo que el lado impreso quedaba contra el pecho. Tenía la impaciencia serena de alguien acostumbrado a que le dejaran pasar por la siguiente puerta.

—¿Arnau Vidal?

Arnau terminó la llamada sin despedirse. —Sí.

—Busco a Oriol Ferrer.

—No hay ningún Oriol Ferrer en este equipo.

El hombre se corrigió demasiado despacio. —Cendrós. Mi error. Cumplimiento normativo me ha pedido que recoja una captura de prueba que hizo anoche.

—¿Qué departamento de cumplimiento?

—Seguridad de contribuciones.

—Eso no es un departamento.

La mirada del hombre pasó junto a él hasta el fotograma pausado. Se detuvo en la etiqueta ampliada y regresó a Arnau.

—El archivo no está autorizado —dijo—. Contiene una imagen de un área técnica restringida. Bórralo y dame la ruta de origen.

No preguntó si Arnau había encontrado el archivo. Lo sabía.

Berta se colocó en el umbral junto a Arnau. Era lo bastante reconocible para que la actitud del hombre cambiara un grado.

—Enséñanos tu tarjeta —dijo.

—Te esperan en el Estudio Cuatro.

—Entonces sabes quién soy. Me parece justo que yo sepa quién eres tú.

El hombre giró la tarjeta.

El nombre decía SALVADOR RIERA, contratista, acceso de visitante. Debajo no aparecía ninguna empresa. La fotografía era correcta. Eso solo demostraba que alguien había impreso el rostro adecuado.

Berta sacó el teléfono.

—Preguntaré en recepción quién te ha registrado.

—No hace falta.

—Bien. Será rápido.

Riera volvió a mirar la pantalla. —No pongas esa captura en la red de producción.

—Estamos de acuerdo en una cosa —dijo Arnau.

El hombre se alejó antes de que Berta hiciera la llamada. No se apresuró. Al doblar el pasillo pasó junto a un regidor de planta que corría en dirección contraria y se apartó con la cortesía natural de quien pertenecía allí.

Berta bajó el teléfono. —Recepción dice que su anfitrión es Oriol.

—La acreditación de Oriol está en el escritorio.

—Un anfitrión puede registrar a un visitante con antelación.

—¿Lo hizo?

—Recepción lo está comprobando.

El director del ensayo llamó a Berta por el circuito interno. Once horizontes permanecían estables. El duodécimo se había vuelto azul.

—Tengo que irme —dijo.

—Ve.

—No te pongas noble mientras estoy fuera.

—Pensaba ser útil.

Salió corriendo.

Arnau cerró el vídeo sin borrarlo. El archivo pertenecía al espacio de trabajo privado de Oriol y no tenía ninguna razón legítima para copiarlo. Lo copió de todos modos, a su propio espacio de almacenamiento, sabiendo mientras lo hacía que tendría que reconocerlo. Tenía once segundos en la cabeza, una página impresa de Shodan en la mano y la imagen fija que ya había enviado a Mei.

Volvió al escritorio de Oriol.

El café seguía frío. La acreditación ya no estaba.

Arnau se detuvo junto a la silla.

Había dejado la tarjeta de plástico junto al teclado de Oriol. En la superficie del escritorio, donde había reposado, quedaba un rectángulo limpio en una película de polvo.

Riera no había venido por el vídeo.

El visitante necesitaba la acreditación de su anfitrión para salir por la puerta interna sin pedir a recepción que corrigiera el registro.

Arnau fue tras él.

El pasillo de recepción de señales desembocaba en un corredor central de producción más amplio, lleno de gente que trasladaba equipos hacia las salas temporales de ensayo. Arnau vislumbró la camisa azul cerca de las puertas del fondo. Un carro de iluminación pasó entre ellos. Cuando hubo pasado, Riera ya no estaba.

Arnau llegó a las puertas y las abrió con su acreditación.

El siguiente pasillo ofrecía tres opciones: recepción, el muelle de carga o las escaleras hacia el nivel de aparcamiento. Escuchó. Una puerta se cerró abajo.

Tomó las escaleras.

Un piso más abajo, el aire de hormigón olía a neumáticos calientes y polvo. Arrancó un vehículo. Arnau llegó al carril del aparcamiento justo cuando una furgoneta oscura giraba tras la barrera. No vio la matrícula, solo las luces de freno y la silueta del conductor. La barrera se levantó sin que el conductor mostrara ningún ticket.

El lector de la garita parpadeó en verde al leer la acreditación de Oriol.

Arnau corrió hasta la puerta peatonal. Rechazó su acreditación de producción. Pulsó el desbloqueo. Nada. Para cuando el empleado levantó la vista desde el extremo opuesto de la garita, la furgoneta ya se había incorporado al tráfico del domingo.

Sonó su teléfono cuarenta minutos después, mientras aún prestaba declaración ante el vigilante del aparcamiento.

Mei.

Contestó mientras volvía hacia las escaleras. —Un hombre ha salido de aquí con la acreditación de Oriol.

—Arnau, escúchame.

Su voz había perdido todo rastro de sobremesa.

—Te escucho.

—Han venido a por las cinco cajas. Mientras yo estaba delante, se han llevado el libro rojo por detrás. Al quinto estuche le faltan once kilos. Furgoneta oscura. Un coche gris la seguía.

El carril del aparcamiento olía a neumáticos calientes.

—No te quedes allí solo.

—Joel está aquí. Ya he llamado a la policía.

El lector de acreditaciones de la garita volvió a apagarse. Arriba, alguien lo llamó por su nombre para el ensayo aplazado.

Arnau echó a andar hacia la calle.

Capítulo 3: Menú del Dia

Oriol había reservado una mesa para cuatro.

El camarero se lo dijo después de que se sentaran, colocando cuatro vasos alrededor del mantel de papel blanco antes de volver a contar a los presentes.

—El senyor Cendrós llamó el sábado por la tarde —dijo—. A la una y media del lunes. Su mesa de siempre. Cuatro menús.

Arnau miró la silla vacía.

—¿Dijo quién vendría? —preguntó Berta.

—El difícil, la famosa y la mujer más lista que los dos juntos.

El camarero los asignó con un dedo. Arnau era el difícil. Berta, la famosa. Mei recibió el único cumplido y lo aceptó sin protestar.

—¿Y Oriol? —preguntó Arnau.

—Llegaría tarde.

—¿Cuánto de tarde?

El camarero miró la silla vacía y luego el vaso intacto de Oriol. —Con Oriol, eso no es una unidad de tiempo.

Arnau había esperado a Oriol en aquella mesa después de emisiones fallidas, funerales y la tarde en que Reixac cerró el proyecto del archivo y llamó a la decisión enfoque. Oriol siempre llegaba con una explicación que se volvía menos creíble a medida que crecía, y luego escuchaba sin intentar reparar nada de lo que Arnau le contaba.

El camarero dejó cuatro menús.

El restaurante servía comidas a personas que trabajaban cerca y sabían cuánto costaba la comida. A Oriol le gustaba porque Mercè rechazaba reservas de casi todo el mundo y había hecho una excepción después de que él le arreglara el televisor durante una final de fútbol.

A las 13:34, todas las mesas estaban ocupadas.

Cubiertos, sillas, tazas de café y conversaciones en catalán y español llenaban la sala. Cualquiera podía oír una frase. Nadie podía oírlas todas sin intentarlo.

Arnau puso boca abajo el vaso de Oriol.

Mei lo volvió a poner derecho.

—No estamos conmemorándolo —dijo.

—Estaba haciendo sitio.

—Estabas decidiendo qué significa la silla vacía.

Ella también sabía lo que significaba el restaurante. Mei había conocido allí a Oriol antes de casarse con Arnau y lo había visto interrogarla sobre el software aduanero hasta que Mercè amenazó con cobrarles un alquiler por la mesa. Más tarde, él había pronunciado el discurso de boda que nadie había pedido y el único que Chen recordaba.

—Oriol registró a Riera como visitante cinco días antes de desaparecer —dijo Arnau.

—Eso significa que registró a Riera.

—Significa que el hombre que robó tu libro mayor entró en mi edificio invitado por mi amigo.

—Las dos afirmaciones son ciertas. Recepción solo puede probar la primera.

Berta abrió el menú. —¿Podemos determinar si Oriol es un traidor después de pedir? Mercè nos echará ella misma si ocupamos cuatro sillas y no pedimos cuatro comidas.

Pidieron del tablón azul. Berta pidió café antes de la comida.

—Ya has tomado uno —dijo Arnau.

—Llevo hablando de gafas de eclipse seguras desde las seis y cuarto. El café dejó de ser una bebida a las ocho.

Berta abrió la tableta bajo el borde de la mesa.

—El Gateway 147 se incorporó al grupo de contribución del Tour de France el cuatro de julio —dijo—. Transportó imágenes públicas desde una posición provisional de carretera durante la salida de Barcelona. El propietario del equipo era Guaita Event Resilience.

—Riera —dijo Arnau.

—Salvador Riera es el nombre de su tarjeta de visitante. Guaita no es una empresa Lenticular. Salvador Reixac la posee a título privado. Controla ambas, por separado.

—Dos Salvadors.

—Catalonia contiene más de uno.

—Riera podría ser un alias.

—O un empleado. O alguien sin relación. Por eso los agentes de policía no arrestaron al continente por nosotros.

Mei amplió la captura de pantalla. —¿Qué hizo Guaita para el Tour?

—Apoyo provisional de continuidad. Gateways, monitorización, equipos de carretera. Un contratista entre muchos.

Salvador Reixac se detuvo junto a la silla vacía.

Arnau había visto enfadarse a su jefe dos veces en once años y no recordaba que en ninguna ocasión hubiera levantado la voz. Reixac hacía otra cosa con la decepción. Hacía sentir al otro que se esperaba de él una versión competente y que aún podía aparecer si le daban otro minuto.

Aquel día llevaba pantalones de lino y una camisa clara con las mangas dobladas una vez. Sin chaqueta, sin asistente, nada que explicara por qué el fundador de Lenticular había cruzado Sant Joan Despí a pie para aparecer junto a la mesa de Oriol.

—Salvador —dijo Arnau.

—Arnau. Berta. Reixac se volvió hacia Mei. —Senyora Zhou. Llevant ha apoyado a la mitad de los comercios independientes de Badalona durante más tiempo del que lleva existiendo mi empresa. Siento que nuestro nombre haya entrado en su almacén de esta manera.

Pronunció Llevant correctamente, sin la separación cuidadosa que usaba la gente cuando quería que le reconocieran que sabía que la palabra era catalana.

Mei no lo invitó a sentarse. —¿Cuál de sus nombres entró?

Reixac miró la captura sin inclinarse más. —Eso es lo que establecerá nuestra revisión. Guaita apoyó una parte de la operación del Tour. Lenticular apoyó otra. Las credenciales cruzaron límites que no deberían haber cruzado. Puede que sea desordenado en lugar de delictivo.

—Entre dos empresas con un solo propietario —dijo Mei—, el desorden es una decisión.

Reixac no le respondió.

—Un hombre usó una de ellas para robar la placa de Oriol —dijo Arnau.

—Un hombre utilizó un registro de visitante creado por Oriol. Lo hemos suspendido, junto con todas las credenciales asociadas. La policía tiene los registros.

—También se llevó un archivo.

—Entonces entregue a nuestro equipo de seguridad una copia exacta.

—La policía lo tiene.

Una pausa, lo bastante larga para que Arnau oyera su propia negativa.

—Bien —dijo Reixac—. Trabajaremos con su copia.

Mercè apareció con tres gazpachos equilibrados sobre un antebrazo. Se detuvo al encontrar a un desconocido de pie junto al cuarto cubierto.

—Se va —dijo Mei.

Mercè esperó una confirmación independiente.

—Me voy —dijo Reixac—. Pero los cafés los pago yo. Los cuatro.

—Hay tres personas —dijo Mercè.

—Entonces la cuarta puede esperar.

Dejó una tarjeta junto a la cuenta.

—Senyora Zhou, envíenos la orden de recogida y una fotografía del registro de excepciones que se llevaron. Podemos evitar que una disputa de inventario se convierta en una historia pública sobre todo un distrito.

—No puedo fotografiar un libro desaparecido.

—El libro mayor rojo, ¿verdad? Su marido lo mencionó en su nota del incidente.

Arnau había escrito registro de excepciones en papel. No rojo.

Reixac se volvió hacia Berta. —Te buscan en maquillaje. El productor de la tarde ha llamado dos veces.

Berta miró la tableta, que había mantenido boca abajo. La pantalla no mostraba llamadas perdidas.

—Entonces puede descubrir un tercer método —dijo.

Reixac sonrió. Hasta entonces, su paciencia había parecido ensayada.

—Diez minutos. Después, quedarse se convierte en el informe.

Los dejó con cuatro cafés pedidos y ninguno servido.

Mei tocó el borde de la copia impresa de Shodan de Arnau. —¿Le dijiste que el libro era rojo?

—No.

—¿La policía?

—No en nada de lo que vi.

Berta deslizó la captura hacia sí. —El equipo de incidentes de Guaita recibió el informe del almacén a través de la aseguradora de Lenticular. Puede que haya una fotografía.

—Puede que la haya —dijo Mei.

No sonaba tranquilizada.

El gazpacho los interrumpió. Mei tomó tres cucharadas antes de continuar.

—La orden de recogida y el palé del sur copiaron un error de nuestra base de datos de inventario —dijo—. El último número de serie termina en B-siete en el sistema. El estuche dice ocho-siete. El libro mayor en papel explicaba la diferencia.

—¿Podría un proveedor tener ambos? —preguntó Berta.

—El portal de Yulan tiene el número equivocado porque su escaneo creó el error. Pero el pedido también tenía nuestra unidad exacta, el contacto de carga y el formato de fin de semana.

—¿Un empleado?

—Es posible. Una cuenta comprometida es posible. Una integración con un proveedor es posible. La posibilidad sale barata.

—La quinta caja pesaba once kilos menos —dijo Arnau.

Mei dejó la cuchara en el cuenco. —Todavía los pesa.

—¿Qué debería contener?

—Un dispositivo de inferencia para catálogos. Yulan describió los cinco como sistemas de evaluación idénticos. Comparación de productos, traducción, búsqueda. Su pequeño modelo local nos ahorra días de trabajo de catálogo.

—¿Puedes abrirlo?

—Físicamente, sí. Contractualmente, no. Romper el precinto del prototipo nos hace responsables de su contenido.

—Alguien ya abrió uno.

—Alguien retiró once kilos. Todavía no sé cuándo.

—Sant Joan —dijo Berta.

Mei la miró.

—Las cajas llegaron el veintitrés de junio. El pedido falso dice 23:41.

—Esa hora es incorrecta —dijo Mei—. Dejamos de recibir mercancía antes de cenar. El sistema registró la hora cuando alguien cerró el lote. Llegaron mientras ya estaban sonando los petardos, sobre las siete.

—¿Está en el libro? —preguntó Arnau.

Mei miró la cuarta silla vacía. —Lo estaba.

Llegaron los platos principales. Botifarra dorada en los bordes, judías tan calientes que llevaban el ajo por el aire, merluza bajo cebollas cocinadas más allá del punto de resistencia. A Arnau se le había cerrado el apetito, lo que no le impidió comer.

Entraron dos técnicos de Lenticular, saludaron a Arnau, reconocieron a Berta y escogieron una mesa junto a la ventana. Uno miró de reojo la silla vacía de Oriol.

—¿Por qué este restaurante? —preguntó Mei.

—El sitio habitual de Oriol —dijo Arnau.

—Eso responde a por qué lo escogimos nosotros. ¿Por qué lo escogió él para nosotros el sábado?

La reserva era anterior a la búsqueda de Shodan del domingo por la mañana. Oriol esperaba que los tres necesitaran aquella conversación antes de que encontrara el gateway sin propietario, o antes de que afirmara haberlo encontrado.

—Quizá la búsqueda era teatro —dijo Arnau.

—La página pública es real —respondió Berta.

—El descubrimiento puede estar preparado aunque exista aquello que se descubre.

—Ahora suenas como Júlia.

—¿Quién es Júlia? —preguntó Mei.

—Júlia Muntaner. Visión por computador, Institut Llum. Ayudó a diseñar el estudio de imágenes del eclipse usando MareNostrum. El Gateway 147 estuvo brevemente en su lista de investigación del Tour. Lo eliminó porque su registro de propiedad estaba incompleto.

—Llámala —dijo Arnau.

—Ya lo he hecho. Viene hacia aquí.

Arnau miró el cuarto vaso. El camarero lo había puesto para Júlia, no para Oriol.

—Oriol no reservó para sí mismo —dijo Mei.

Berta comprobó la hora. —Júlia ha dicho que llegaría a la una cuarenta y cinco.

Eran las 14:11.

Un hombre con una camisa azul estaba de pie al otro lado de la calle, leyendo una señal de aparcamiento con gran atención. De perfil, a distancia, podría haber sido el visitante que se hacía llamar Riera. Podría haber sido cualquier hombre que escogiera el azul en agosto.

—No mires fijamente —dijo Mei.

—No lo hago.

—Has dejado de masticar. Desde fuera es lo mismo.

La tableta de Berta vibró contra la mesa. Leyó la notificación y no la tocó.

—El Gateway tres se registró en el grupo de ensayo del eclipse a la una y treinta y nueve —dijo—. La alerta me acaba de llegar.

—¿Quién lo ha aprobado? —preguntó Arnau.

—Nadie. Ha usado la credencial del Tour del 147.

—¿Ubicación?

—Pedralbes. Institut Llum.

El hombre de azul cruzó la calle y pasó sin mirar hacia dentro.

La silla de Júlia seguía vacía.

Capítulo 4: Un ordenador en una capilla

Júlia Muntaner respondió a la tercera llamada.

—No vengas al restaurante —dijo Arnau.

—No pensaba hacerlo.

Su voz le llegó por encima del zumbido de la ventilación y un rápido tecleo.

—Dijiste a la una y cuarenta y cinco.

—A la una y treinta y nueve se activó la puerta de enlace tres. Fui a donde está.

—¿Institut Llum?

El tecleo cesó.

—¿Quién te lo ha dicho?

—La puerta de enlace.

—Las puertas de enlace no te dicen dónde están. La gente pone lugares en los nombres de host porque le gusta arrepentirse.

—Esta dice llum y ped.

Júlia exhaló. —¿Estás con Berta?

—Y con Mei.

—Trae la copia impresa original. No una fotografía. No mandes nada por correo electrónico.

—¿Por qué?

—Porque me gustaría que al menos un dato llegara a este edificio sin anunciarse primero.

Colgó.

Berta ya estaba de pie. Los diez minutos de Reixac habían quedado muy atrás.

—Si pierdo el enlace de la tarde, alguien les dirá a los espectadores que las gafas para eclipses sirven para mirar con prismáticos —dijo—. Luego mañana me pasaré el día explicando con fruta las quemaduras de retina.

Puso el cuarto café de Oriol en un vaso de papel y se lo llevó. Mercè la observó con gesto desaprobador.

Arnau pagó los almuerzos a pesar de que la tarjeta de Reixac estaba junto a la cuenta. Mercè empujó la tarjeta hacia él.

—Tu amigo importante se ha olvidado esto.

—No es mi amigo.

—Entonces lo has olvidado tú por él.

Fuera, el calor los envolvió. El hombre de azul se había marchado. Un repartidor esperaba en la franja de sombra bajo un toldo, con el casco apoyado en una rodilla. Dos técnicos de Lenticular fumaban en la esquina. Ninguno miró a Arnau.

—Tu jefe sabe lo de mi libro mayor —dijo Mei.

—Conoce la versión de una aseguradora.

—Eso no es lo que he dicho.

Arnau abrió el coche y esperó a que escapara el aire atrapado. —No.

Condujeron hacia el centro de la ciudad con el aire acondicionado al máximo. El navegador ofreció tres rutas, retiró dos y añadió nueve minutos sin explicación. Cerca del Camp Nou, las vallas de las obras habían vuelto provisionales los giros de siempre. Lenticular había operado allí circuitos de contribución en mayo. Guaita se había encargado de la continuidad de los flujos de público en el mismo contrato.

Él había aprobado su plan de sincronización compartida.

—Lo estás haciendo otra vez —dijo Mei.

—¿El qué?

—Tratar todo lo que firmaste como algo que provocaste.

—Aprobé su acceso a nuestro servicio de reloj.

—En mayo. Para un partido de fútbol.

—La puerta de enlace 147 apareció por primera vez durante el Tour. Ahora la tres está usando su credencial. No son errores separados.

—No. Entonces cuenta cuántos llevan tu firma.

El navegador los hizo rodear otro giro bloqueado.

Institut Llum ocupaba un edificio de investigación de posguerra lo bastante cerca de Torre Girona como para que los visitantes supusieran que pertenecían a la misma institución. No era así. Una placa de latón identificaba el instituto. Debajo, un cartel temporal de vinilo prometía ECLIPSE IMAGING 2026: OPEN DATA FOR A SHARED SKY.

El eslogan había sobrevivido a tres comités.

Júlia esperaba en el vestíbulo con los brazos cruzados. Era más baja de lo que Arnau esperaba, vestía de negro pese al calor y llevaba el pelo oscuro cortado a la altura de la mandíbula. Su edad y las fechas encajaban lo bastante para resultar útiles, pero no tanto como para constituir una prueba.

Primero miró a Mei.

—Tú eres Llevant.

—Soy Mei Zhou. Llevant es una empresa.

—Perdona. Berta me habló de la etiqueta.

—¿Berta ha encontrado tiempo para llamarte de camino al estudio?

Júlia miró a Arnau. —¿Has traído la copia impresa?

Mei no se movió.

Arnau sacó del bolsillo la hoja doblada, pero siguió sujetándola. —¿Estabas con Oriol el viernes?

—Durante once minutos. Preguntó por una puerta de enlace antigua. Le dije que la rechazara.

—¿Por qué no te sentaste con él?

Los brazos cruzados de Júlia se tensaron contra las costillas.

—Mercè recuerda a todo el mundo —dijo.

—Recuerda a quienes consiguen que Oriol se ponga serio.

—Esa lista es más corta.

Se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras. Arnau la siguió. Mei esperó lo suficiente para dejar claro que seguirla era una elección.

La sala de eclipses del instituto no contenía ningún telescopio ni ofrecía ninguna vista del cielo. Era un laboratorio alargado con persianas opacas, tres bancadas de equipos y una pared de imágenes de prueba procedentes de cámaras públicas. Una cresta montañosa. Una plaza municipal. La torre de una iglesia. Un horizonte occidental quebrado por tejados de bloques de pisos. Cada imagen estaba impresa al mismo tamaño y marcada con la hora, la lente, la exposición y un índice de confianza.

Una bancada estaba activa. Una pequeña pantalla de estado mostraba la puerta de enlace tres conectada a un grupo de ensayo y sin enviar vídeo.

—Esa es la página pública de estado del sistema que encontró Oriol —dijo Arnau.

—No. Ese es el instrumento que hay detrás. La página pública es un cartel colgado fuera. —Júlia señaló la pantalla—. Se conectó usando una credencial del Tour. No tiene ninguna cámara conectada ni motivo para estar aquí hasta el día 12.

—¿Puede llegar a MareNostrum? —preguntó Mei.

—No directamente. Esta sala puede enviar trabajos aprobados. Nadie entra en un centro de supercomputación con una caja misteriosa y la enchufa a la máquina nacional.

—Bien —dijo Mei—. Ayer ya vinieron a recoger una caja misteriosa.

Más allá de un patio interior, tras el cristal y la distancia, se alzaba la antigua capilla que la ciudad había puesto en los carteles. Durante casi veinte años había albergado el MareNostrum, bastidores donde antes los bancos miraban hacia el altar. El superordenador se le había quedado grande. El MareNostrum 5 llenaba una sala del edificio nuevo contiguo, y la capilla albergaba ahora los ordenadores cuánticos del centro, altos criostatos sellados bajo la bóveda, cableados a la gran máquina del otro lado del patio. A los visitantes les gustaba la contradicción. Arnau siempre había pensado que las máquinas ayudaban a entender el propósito original del edificio.

Júlia extendió la mano para pedir la copia impresa.

Arnau se la dio.

Leyó el nombre de host, la nota del certificado y la letra de Oriol. Se detuvo en Mismo cert. que 147.

—¿Dónde está el clip?

—Con la policía. Y en una estación de revisión de Lenticular.

—¿En ningún otro sitio?

—En mi espacio de almacenamiento privado.

—Del que Lenticular hace copias de seguridad.

—Sigue siendo mi espacio asignado.

—Esa frase les paga la hipoteca a los abogados desde que se inventó la cinta magnética.

Se acercó a la bancada activa y abrió una vista de inspección local. Arnau observó sus manos en vez de la pantalla. No buscó la puerta de enlace tres. Introdujo de memoria su identificador.

—Rechazaste la 147 del estudio del Tour —dijo.

—Su campo de propiedad estaba vacío.

—¿Recuerdas todas las puertas de enlace rechazadas?

—Recuerdo las que vuelven.

La pantalla se llenó de valores de sincronización. No había imágenes ni controles, solo el relato de la puerta de enlace sobre su propio reloj y el relato del servicio de ensayo sobre cuándo habían llegado los paquetes. Las dos versiones diferían en 1,7 segundos.

Luego coincidieron.

Luego volvieron a diferir.

—El tiempo que falta en el clip de Oriol —dijo Arnau.

—No falta. —Júlia se inclinó más—. Está segmentado.

—¿Qué significa eso?

Vaciló durante medio segundo. Hasta entonces no había titubeado una sola vez.

—Los relojes de las cámaras se desajustan y dan saltos. Los comparas con un acontecimiento común.

—Como un eclipse —dijo Mei.

—A grandes rasgos. La luz recorre el país siguiendo una curva conocida.

—¿Por qué la puerta de enlace tres añadiría el mismo error dos veces?

Júlia movió una ventana a un lado. Una pequeña tabla dividía once segundos en tres islas de tiempo corregido.

—Está probando si un correlador detecta la discontinuidad —dijo.

—¿Qué correlador?

—El estudio del eclipse.

—Has dicho que el estudio corrige los relojes.

—Lo hace.

—Esto está corrigiendo la corrección.

Júlia cerró la tabla.

La puerta del laboratorio se abrió detrás de ellos.

—Doctora Muntaner. Habéis encontrado nuestro fantasma.

Entró Marc Escudé con un manojo de llaves y dos botellas de agua. Tenía el aire tranquilo y desenvuelto de un técnico en su propio edificio. Su camisa llevaba estampado el emblema solar de Institut Llum. Una cinta de acreditación rojiazul con motivos futbolísticos sujetaba su tarjeta identificativa.

Júlia los presentó.

Al oír el nombre de Llevant, Marc ofreció a Mei una de las botellas. —Has tenido un fin de semana difícil. Ha llamado Salvador.

Mei no la cogió. —¿Qué Salvador?

Marc se rio. —Reixac. Ha dicho que Arnau podría llegar alterado y que la policía necesitaría todo cuanto encontrásemos.

—No estoy alterado —dijo Arnau.

—Entonces se equivocaba en una cosa.

Marc inspeccionó la pantalla de estado. Se fijó directamente en la hora de conexión, no en el desfase repetido.

—Esta unidad debía permanecer aislada —dijo Júlia.

—Está aislada.

—Se ha unido al grupo de ensayo de contribución.

—Entonces alguien dejó configurada una conexión por cable desde mayo. Probamos tres instrumentos durante la prueba de carga del partido. El trabajo temporal se vuelve permanente si nadie cobra por retirarlo.

—¿Quién ejecutó la prueba? —preguntó Arnau.

Marc sacó una tableta de la bancada y abrió las reservas del proyecto. No preguntó por qué Arnau necesitaba saberlo.

La entrada de mayo enumeraba tres emuladores de telemetría de baja potencia. Todos figuraban como retirados después del Clásico. Una segunda reserva había asignado las mismas tres identidades de instrumento al 12 de agosto, desde última hora de la mañana hasta que se cerrara la ventana de procesamiento del eclipse.

Especialista del proyecto: Dr Lin Qiao.

Contacto local: Marc Escudé.

—Era meticulosa —dijo Marc—. Mejor documentación que la mayoría de los ingenieros visitantes. Incluso sustituyó un precinto de transporte que se había roto.

—¿Qué instrumento? —preguntó Mei.

Marc desplazó el contenido de la pantalla. —El tercero.

Mei y Arnau se miraron.

Cinco de cinco. La puerta de enlace tres. El tercer instrumento.

Júlia fotografió la reserva con una cámara del instituto, registró la exportación y entregó la copia a Arnau. Cada paso era correcto. Marc observó cómo los completaba.

—Aislaré la puerta de enlace —dijo.

—No —respondió Júlia.

La miró con auténtica sorpresa.

—Si desaparece ahora, quien la haya despertado sabrá que la hemos encontrado. Enrútala a un grupo de pruebas cerrado y deja que crea que el ensayo está en marcha.

—Necesitaré aprobación.

—Consíguela.

—¿De Salvador?

—Del propietario del proyecto.

—Guaita es el socio de continuidad. Salvador es el dueño de Guaita.

Durante un instante nadie se movió en la sala.

Entonces Marc sonrió, disculpándose en nombre de un organigrama. —Redactaré la solicitud con cuidado.

Se marchó con las dos botellas de agua.

Júlia esperó hasta que la puerta se cerró.

—Tenemos quizá tres minutos antes de que Reixac sepa exactamente qué hemos consultado —dijo.

—Ya sabía que veníamos —respondió Mei.

Arnau señaló la tabla que Júlia había cerrado. —¿Qué es el correlador?

—Un método de investigación abandonado.

—¿Nombre?

—No tenía ninguno.

Lo dijo demasiado deprisa.

Arnau se acercó a la pared de imágenes de cámaras. Los índices de confianza no seguían la geografía. Dos vistas vecinas de Barcelona estaban muy separadas. Una cámara de Tarragona estaba agrupada con otra de Girona. Las agrupaciones no tenían sentido desde el punto de vista de la meteorología, el paisaje ni la astronomía.

—Este estudio no está cartografiando el eclipse —dijo.

Júlia miró más allá de él, hacia la capilla y la sala de la máquina que había a su lado.

—No —dijo—. Está cartografiando las cámaras.

Volvieron a oírse pasos en las escaleras. Dos pares.

Eran dos estudiantes que buscaban la azotea. Marc se había marchado a pedir permiso para aislar la puerta de enlace y no había vuelto.


En la pequeña sala de reuniones del instituto, Ephemeris se negó a ayudar en veintitrés segundos.

Arnau había eliminado los nombres, las direcciones y las credenciales. Solo le dio tres registros que en principio no guardaban relación entre sí: metadatos públicos de puertas de enlace, tiempos de la captura autorizada del Tour y la orden falsa de recogida. Preguntó si podían compartir un mismo operador.

No puedo ayudar a correlacionar actividades de reconocimiento de redes, tráfico radioeléctrico capturado y registros de acceso o de envíos de un modo que pudiera identificar infraestructuras públicas o facilitar el acceso a ellas.

Debajo de la negativa, Ephemeris le indicó que conservara los registros, avisara a los operadores y utilizara el procedimiento de incidencias.

—No le falta razón —dijo Júlia.

—Ya he hecho todo eso.

Mei leyó por encima de su hombro. —Entonces la máquina ha determinado correctamente que eres prescindible.

Arnau abrió los detalles de la solicitud. El aviso de conservación se había convertido en parte del paisaje durante el año que llevaba usando Ephemeris. La nueva etiqueta ámbar no.

REVISIÓN DE SEGURIDAD DE INFRAESTRUCTURAS

—¿Revisión por parte de quién? —preguntó Mei.

—Seguridad de la cuenta corporativa.

—Lenticular.

—En última instancia, Reixac —dijo Arnau.

Júlia dio la vuelta a la mesa. —Borra la conversación.

—Al borrarla desaparece de mi historial, no del registro de auditoría.

—La gente se siente más segura cuando la pantalla está vacía.

Arnau la dejó donde estaba.

Su móvil de empresa vibró con un mensaje de Lenticular Trust Operations.

Una medida de protección automatizada ha restringido esta conversación. Si la solicitud está relacionada con infraestructura activa del eclipse, conserve los datos pertinentes y póngase en contacto con Guaita Event Resilience a través del canal prioritario de incidencias.

Debajo esperaba un botón azul: ABRIR INCIDENCIA.

Júlia tocó la reserva impresa. —Marc ha pedido permiso al propietario del proyecto. Ahora tu sistema de seguridad le ha dicho a ese propietario qué palabras has usado.

La puerta se abrió.

Marc estaba en el pasillo sin las botellas de agua. —Salvador puede reunirse con nosotros a las cinco. Preferiría que la puerta de enlace siguiera conectada hasta entonces.

—¿Qué Salvador? —preguntó Mei otra vez.

Esta vez Marc no se rio. —Reixac.

Salieron por la entrada pública. Marc les sujetó abierta la puerta interior y le deseó a Mei una tarde mejor.

Fuera, el calor subía por las suelas de los zapatos de Arnau. Al otro lado del patio, los criostatos de la capilla permanecían tras el cristal. Una puerta de enlace barata, una persiana de Badalona, un hombre desaparecido. Reixac había pedido verlos a las cinco.

Capítulo 5: El error útil

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Júlia.

—Llevant —dijo Mei.

—¿Por qué?

—Porque nuestra máquina responde sí o no sin comunicar al empleador de Arnau que ha sido él quien ha preguntado.

—¿Tu modelo de catálogo?

—Entre otras cosas, lee tablas. Hoy tenemos tablas.

Arnau abrió el coche. —A Ephemeris se le da mejor programar.

—Puede que a Ephemeris se le dé mejor programar —dijo Mei—. Lo que sin duda se le da mejor es delatarte.

Fueron hacia el este en el coche de Arnau. Júlia dejó el suyo en el instituto, un coche al que cualquiera que la vigilara esperaría verla volver. Arnau no preguntó cuándo había empezado su mujer a planificar rutas en función de quién conocía sus citas.

El tráfico de la tarde se espesó antes de Glòries. El calor deformaba los tejados que tenían delante. En la radio, Berta explicaba por cuarta vez que Barcelona no vería la totalidad. Los oyentes seguían preguntando qué playa de Barcelona ofrecía la mejor vista de la totalidad.

Un corte anterior los había obligado a salir de la Diagonal y bajar por el Passeig de Gràcia, pasando junto a La Pedrera. Grupos de turistas ocupaban la acera pese al calor. Un guía levantó un brazo hacia la fachada de piedra y describió la imaginación de Gaudí como libertad frente a las reglas.

Júlia se volvió en su asiento para mirar atrás, hacia el edificio.

—Incorrecto —dijo.

—¿La playa? —preguntó Arnau.

—Gaudí. Superficie curva, carga calculada. Ventilación, luz, estructura. La fantasía es lo que la gente llama ingeniería cuando no puede ver las limitaciones.

El tráfico se detuvo. La fachada seguía visible en el retrovisor, repetida en autobuses y ventanillas de coches hasta que cada reflejo mostraba un recorte distinto de la misma estructura.

Arnau sacó el cuaderno limpio de la guantera y cambió la pregunta.

¿Qué registros comparten un mismo operador?

No: ¿Dónde está la instalación?

Júlia escuchaba con la cabeza apoyada en el asiento.

—Dijiste que el correlador estaba abandonado —dijo Arnau.

—Lo estaba.

—Las cosas abandonadas no suelen tener pasarelas activas.

—Tampoco los dispositivos Tour rechazados. Y, sin embargo, tenemos uno.

—¿Quién lo programó?

Observó cómo un tranvía se deslizaba junto a ellos, con las ventanillas repitiendo su coche por secciones. —Un grupo de investigación.

—¿Tu grupo?

—Conduce, Arnau.

Seguían parados ante un semáforo en rojo.

Dejó que la pregunta esperara.

En Llevant, la policía había terminado de fotografiar la puerta trasera, pero había dejado polvo en la manilla y un aviso brillante que ordenaba al personal no utilizarla. Los documentos del repartidor del domingo reposaban en fundas transparentes sobre el escritorio de Mei. Alguien había cubierto con una lámina de cartón el espacio vacío de la estantería donde había estado el libro mayor rojo, como si el polvo pudiera dañar una ausencia.

Cuatro cajas negras de Yulan ocupaban la parte superior de un bastidor bajo en la sala de sistemas. Eran servidores corrientes, con logotipos discretos y ventiladores impacientes. Había un quinto espacio vacío porque Mei había trasladado la caja ligera a la jaula cerrada con llave después de pesarla.

Alguien llamó al cristal del escaparate con una llave metálica.

Pol estaba fuera, con la camisa del día anterior, sujetando contra el pecho una bolsa isotérmica del supermercado. La bolsa se había rasgado por una de las asas. Un cable de alimentación colgaba por el desgarro.

Mei lo dejó entrar por delante porque la puerta trasera aún tenía polvo policial. Cruzó el escaparate sin mirar los televisores y dejó la bolsa sobre su escritorio.

Dentro había un ordenador pequeño al que le habían retirado la unidad de almacenamiento. El polvo marcaba el rectángulo donde había permanecido bajo otra máquina durante años. Una pala del ventilador se había detenido en ángulo detrás de la rejilla.

Arnau lo reconoció del piso de Pol. —Tu indexador.

Pol colocó junto a él la unidad de almacenamiento ausente, dentro de una funda antiestática. La tira de seguridad que cruzaba la funda llevaba la hora y su firma.

—Mi proveedor de alojamiento restableció el acceso a la cuenta a las doce y catorce —dijo—. El servicio técnico dice que la solicitud llegó a través del contacto empresarial que figuraba en el aviso de abuso.

Pol desplegó una copia impresa. Alguien había denunciado su rastreador público por sondear la infraestructura del eclipse. La denuncia incluía el largo nombre de host de Pedralbes, la pasarela 147 y el minuto en que envió el archivo a Oriol.

La denuncia describía solicitudes públicas legales con el lenguaje más probable para conseguir que un proveedor dejara de hacer preguntas.

El proveedor había emitido durante unos instantes una credencial de soporte. Pol cerró sus instancias alquiladas y exportó las respuestas públicas de la pasarela junto con los avisos del proveedor.

Cogió un sobre de pruebas vacío del escritorio de Mei, introdujo una tarjeta de solo lectura y escribió tres nombres de archivo sobre el sello.

Arnau alargó la mano hacia la unidad. Pol la cubrió con la suya. —Se queda conmigo.

Arnau retiró la mano.

Mei encontró un segundo sobre. Pol lo rechazó. Volvió a meter la unidad en la bolsa isotérmica y después desenchufó el ventilador del indexador con dos dedos, aunque la máquina no tenía corriente.

Júlia preguntó si podía reiniciarlo en otro lugar.

Pol miró a través de la ventana de la sala de sistemas las cuatro cajas de Yulan. —Por supuesto.

Nadie preguntó cuándo.

Firmó la tarjeta de pruebas para transferirla a Mei y fotografió únicamente el sobre sellado. En la puerta principal cambió la bolsa isotérmica rota por una caja vacía de devoluciones y sacó el indexador averiado bajo una imagen de un aparato de aire acondicionado.

Mei colocó su sobre junto a la falsa orden de recogida. El rectángulo vacío de la máquina de Pol quedó frente al hueco de su bastidor.

El transportista habitual de la tarde llegó mientras la caja de Pol aún se veía a través del cristal del escaparate. Su conductor escaneó el primer paquete de salida. La pantalla se volvió roja. Probó con un segundo y después con un tercero.

Ocho cajas de Llevant esperaban en la acera: ventiladores, radios y dos cafeteras reparadas que debían devolverse antes del cierre. El conductor mostró a Mei el mismo aviso en cada escaneo. REVISIÓN DEL REMITENTE. RECOGIDA SUSPENDIDA. Debajo no aparecía ningún motivo.

Llevaba nueve años recogiendo paquetes para su familia. Mantuvo una mano sobre el carro mientras ella llamaba a la central.

En la central le preguntaron si Llevant había intentado trasladar equipos sin autorización el domingo.

Mei miró a través del escaparate abierto hacia la falsa orden sobre su escritorio. Nadie ajeno a los informes policiales debería haber relacionado todavía aquella pregunta con su cuenta.

Dio el número de incidencia. La pusieron en espera. El conductor comprobó la hora dos veces y después retiró la mano del carro.

—Tengo otros tres polígonos.

Mei firmó en la pantalla que daba por fallida la recogida y sacó una copia antes de que se marchara. Joel y Chen volvieron a meter las cajas. Las cafeteras reparadas regresaron al banco de trabajo donde habían empezado la mañana.

En el portal de envíos, el indicador verde de la cuenta de Llevant se había vuelto ámbar.

—¿Estas funcionan con Shanhai? —preguntó Júlia.

—Una versión local pequeña —dijo Mei—. Descripciones de productos, traducciones, devoluciones, mensajes de proveedores. Cuatro cajas porque Yulan quería datos de rendimiento a nuestra escala. No porque necesite cuatro ordenadores para identificar un hervidor.

—¿Se comunica con el exterior?

—No. Por eso acepté evaluarlo. Nuestros precios y condiciones con los proveedores se quedan en este edificio.

Arnau conectó su portátil a un puerto aislado del escritorio. Mei lo detuvo antes de que el conector encajara.

—Ese ordenador no.

—Los archivos están ahí.

—Lenticular también.

Le dio un portátil limpio del almacén y una tarjeta de memoria nueva. Él cargó datos depurados sobre los tiempos de las pasarelas y los campos de los envíos. Sin imágenes, credenciales ni instrucciones.

Mei abrió la interfaz del modelo local. No tenía ninguno de los refinamientos de Ephemeris. Una página sencilla mostraba el modelo cargado, el estado en verde de los cuatro dispositivos y una advertencia de que las respuestas podían contener conclusiones sin fundamento.

—Al menos se insulta primero —dijo Arnau.

—Esa advertencia es mía.

Preguntó en inglés y en chino qué registros podían compartir operador, exigiendo una fuente exacta para cada vínculo.

—¿Por qué dos veces? —preguntó Júlia.

—Sigue mejor las restricciones en chino. Explica mejor los campos de red en inglés. Comparo las dos respuestas.

Los ventiladores aceleraron.

Shanhai produjo una tabla con la lentitud suficiente para que Arnau pudiera ver cómo cada fila se convertía en una afirmación. Vinculó la pasarela de Tour con la pasarela del eclipse mediante el certificado reutilizado y la corrección horaria que ambas repetían. Vinculó las dos con la falsa recogida mediante un campo de emplazamiento de seis caracteres presente en la referencia del envío y en el aviso de mantenimiento de la pasarela.

Después nombró una instalación.

Probable centro de operaciones compartido: Delta Emergency Imaging Centre, Sant Adrià de Besòs. Confianza: 0,91.

Debajo de la respuesta citó los tres conjuntos de datos.

Júlia agarró el respaldo de una silla.

—No existe ningún Delta Emergency Imaging Centre —dijo Mei.

—Existió —respondió Júlia.

Arnau la miró. —¿Lo conoces?

—Un nombre temporal. Una planta de un edificio de servicios municipales durante la pandemia. El proyecto terminó.

—¿Qué proyecto?

—Cotejo de imágenes de personas desaparecidas después de evacuaciones. Cámaras distintas, relojes desajustados, ningún índice compartido.

Los ventiladores de la sala llenaron el silencio que dejó.

—El correlador abandonado —dijo Arnau.

Júlia soltó la silla.

—Un precursor.

—Dijiste que lo escribió un grupo de investigación.

—Lo escribió un grupo.

—¿Estabas en el grupo?

Mei se inclinó sobre las citas del modelo antes de que Júlia pudiera responder. —Esto es incorrecto.

Señaló el campo de seis caracteres. El modelo había tratado BDN-RET como un código de emplazamiento compartido por la orden de recogida y un registro de mantenimiento.

—BDN es el prefijo de nuestra cuenta —dijo—. Sigue una devolución independientemente del destino. Indica a quién se le abona el importe, no adónde va la mercancía.

—¿Y el aviso de mantenimiento? —preguntó Arnau.

—Copiado de una plantilla adjunta a nuestro contrato de evaluación. Alguien reutilizó todo el perfil del cliente. El modelo encontró el error copiado y lo llamó geografía.

Arnau hizo que recalculara sin el campo.

La confianza en Delta cayó de 0,91 a 0,34. Las alternativas siguieron por debajo de la mitad.

Júlia se sentó.

Relajó los hombros. El color volvió a la piel bajo sus ojos.

Arnau lo vio porque había estado esperando lo contrario.

—Querías que fuera Delta —dijo.

—Quería que el prototipo siguiera muerto.

—Tu prototipo.

Miró las cuatro cajas negras corrientes y después a Mei.

—Escribí el primer correlador —dijo—. No este sistema. No lo que esté usando el eclipse. El primero.

—Y nos dejaste conducir hasta aquí mientras esperabas a ver si el modelo daba ese nombre —dijo Mei.

Júlia no ofreció la excusa que Arnau esperaba. —Sí.

—¿Por qué?

—Porque si Delta estaba activo, podía decirme que alguien había reiniciado código antiguo. Si la respuesta estaba en otro lugar, entonces alguien entendía el método.

—¿Qué respuesta te asustaba más?

—La que hemos obtenido.

Mei sacó del portátil de Arnau la tarjeta de memoria limpia y la colocó junto a Júlia. —Entonces, el próximo dato que te reserves va en esa tarjeta, con la hora en que lo recordaste.

Júlia asintió y se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa.

El teléfono de empresa de Arnau volvió a vibrar sobre el escritorio.

Esta vez el mensaje mostraba el nombre del remitente.

Salvador Reixac: Tienes razón al relacionar los relojes de las cámaras con el envío clonado. Por favor, no recurras a sistemas externos hasta que hablemos. Guaita puede darte una sala segura mañana a las 07:30, antes del ensayo de prioridad de tráfico.

No le había hablado a Reixac de los relojes.

Se lo había dicho a Ephemeris.

Al otro lado de la ventana de la sala de sistemas, una furgoneta oscura entró en la vía de servicio y se detuvo ante la persiana de Llevant.

Capítulo 6: Todas las luces en verde

A las 07:30 del martes, Guaita puso a disposición de Arnau una sala segura con paredes de cristal.

Daba a la zona provisional de recepción de señales situada junto a los estudios de 3Cat. Todas las personas con las que trabajaba Arnau podían verlo dentro. Ninguna podía oír lo que decía Salvador Reixac.

—Ephemeris se comportó correctamente —dijo Reixac.

Estaba sentado al otro lado de la mesa, con el prompt restringido de Arnau abierto en una tablet de la empresa. La orden de recogida falsa se había convertido en un registro de envío clonado. La puerta de enlace tres se había convertido en metadatos de cámaras indexados públicamente. La captura autorizada de Tour seguía siendo exactamente lo que era.

—Lo sé —dijo Arnau.

—Bien. La gente se altera cuando una herramienta se niega a hacer lo que le pide.

—La negativa no es la razón por la que estamos aquí.

—No. El registro sí.

Reixac giró la tablet para que Arnau pudiera ver la solicitud completa. Incluso las frases que Ephemeris había eliminado de su respuesta visible seguían presentes en la copia de auditoría.

—Combinaste datos de tres regímenes de custodia en un servicio externo.

—Lenticular licencia el servicio.

—Externo no significa desconocido. Significa sujeto a un contrato. Eso suele ser más seguro que un ordenador en un almacén sujeto a una amistad.

Arnau miró a través del cristal. Berta cruzó la zona de recepción de señales con una caja de gafas para el eclipse. Un auxiliar de plató la seguía con otra caja y la expresión de quien había aprendido que los objetos gratuitos generaban más quejas que los caros.

—Sabes que fuimos a Llevant —dijo Arnau.

—Me dijiste que estabas conectando los relojes con el envío.

—Se lo dije a Ephemeris —dijo Arnau—. No a ti.

—Entonces se lo dijiste a Lenticular. Supuse que consultarías a las personas que figuraban en él.

—Sabías dónde estaba el libro mayor.

—Sabía de qué color era.

Reixac no lo negó.

—Guaita recibió de la aseguradora un informe del local —continuó—. En una fotografía se veía la estantería antes del incidente. Lomo rojo, esquinas negras. Podrías habérmela pedido ayer.

—¿Me habrías enseñado la fotografía?

—Sí.

—Enséñamela ahora.

Reixac sonrió sin calidez. —Eso contaminaría el proceso policial.

En la pantalla de la pared, el ensayo de tráfico de aquella mañana cambió de ámbar a verde. Seis cruces seleccionados en torno al recinto de retransmisión del eclipse aparecieron como simples círculos. El diagrama omitía los nombres de las calles y los detalles de control. Estaba diseñado para productores que necesitaban saber si llegaría un vehículo de cámaras.

—Guaita ejecutará la prueba de prioridad a las ocho —dijo Reixac—. Tu equipo está vigilando las interferencias con los enlaces de contribución. Te quiero en tu posición habitual.

—Has restringido mi cuenta.

—El asistente restringió una conversación. Yo no he restringido nada.

—¿Por qué me metes en una sala protegida?

—Porque has encontrado algo que merece protección.

Se levantó. —Tráeme la captura original de Tour después del ensayo. La compararemos con el registro del sistema de Guaita. Si hay un uso indebido, lo encontraremos juntos. Si hay una explicación inocente, impediremos que una investigación privada de un ingeniero se convierta en una acusación pública.

—¿Y Oriol?

Reixac recogió la tablet. —La policía todavía lo clasifica como desaparecido voluntario. Su tarjeta bancaria se utilizó en Girona el domingo por la tarde.

Arnau no lo sabía.

—¿Dónde, en Girona?

—En una gasolinera. Antes de que lo preguntes, no hay un rostro utilizable. Puede que te esté evitando por una razón que no tenga nada que ver con las cámaras.

—O alguien tiene su tarjeta además de su placa.

Reixac abrió la puerta de cristal. Las conversaciones de la zona de recepción de señales irrumpieron de golpe: comprobaciones de horizontes, gráficos sobre la observación segura, un debate acerca de si un presentador podía decir alineación planetaria sin dar alas a disparates.

—A las ocho —dijo Reixac—. Haz tu trabajo, Arnau. Sigue siendo tuyo.

Arnau volvió a su consola a las 07:47.

Habían trasladado su silla al extremo del escritorio.

El grabador de pruebas seguía donde lo había dejado, pero el muelle de custodia mostraba ahora un borde ámbar alrededor de su nombre. Tocó el lector de placas. El borde se volvió rojo. Al otro lado del escritorio, el director de pruebas se quitó un lado de los auriculares.

—Usa los míos —dijo.

—¿Por qué?

—Tu permiso de captura ha cambiado.

—¿Cuándo?

El director comprobó la esquina de su pantalla. —A las siete treinta y seis.

Mientras Arnau estaba dentro de la sala de cristal.

—¿Quién lo aprobó?

—Revisión de seguridad. Temporal.

—¿Qué revisión de seguridad?

El director volvió a ponerse los auriculares. Dos equipos de campo preguntaban si el primer receptor había superado la prueba de la lámpara. Les respondió antes de volver a mirar a Arnau.

—Tengo seis cruces, tres retornos de cámara y un presentador que quiere quedarse de pie en la calzada. Pregúntamelo después del ensayo.

Arnau probó el archivo de contribución. Solo lectura. La carpeta de Tour se abrió, pero había desaparecido su control de exportación. La asignación privada de Oriol mostraba un aviso de retención legal. Su propio cuaderno de ingeniería seguía siendo local porque nadie había encontrado todavía la forma de revocar el papel.

Berta cruzó detrás de él con las gafas para el eclipse. Redujo el paso al ver el borde rojo.

—¿Café? —preguntó.

—No.

—No era por el café.

Arnau giró unos grados el monitor. Ella vio el cambio de permisos y siguió caminando.

Llegó un operador júnior con una consulta sobre un cable. Normalmente se inclinaba sobre el escritorio de Arnau y señalaba cualquier traza que le hubiera ofendido. Esta vez se detuvo fuera del alcance de su brazo.

—Reixac ha dicho que todas las preguntas sobre tráfico pasan por el director de pruebas.

—¿Tienes una pregunta sobre tráfico?

—Retorno de audio de la cámara cuatro.

—Entonces, ¿por qué enviarla a través de tráfico?

El operador miró hacia la sala de cristal. Reixac se había marchado. La silla vacía aún conservaba la forma de la reunión.

—Lo preguntaré después —dijo.

—Pregúntalo ahora.

—Puede esperar.

Se llevó la consulta.

A las 07:55, el director colocó entre ambos un muelle de grabador de repuesto. Su propia placa lo abrió. El campo de custodia se rellenó con su nombre, no con el de Arnau.

—Tú vigilas —dijo—. Yo conservo.

—¿Y si no estamos de acuerdo sobre lo ocurrido?

—Entonces yo también estuve aquí. Anótalo.

Abrió su cuaderno de papel por una página en blanco. Arriba escribió la hora del ensayo, el nombre del director y el minuto en que había fallado su propio acceso. El director lo observó escribir y luego volvió la vista a la pantalla de rutas.

A las ocho, seis círculos cambiaron de gris a ámbar.

El ensayo de prioridad del tráfico tenía un propósito legítimo. El día del eclipse, los vehículos de retransmisión exterior, los equipos de emergencia y los equipos de reparación técnica se desplazarían por carreteras que se esperaba que soportaran más coches de los que agosto solía dejar en la ciudad. Se habían instalado seis receptores temporales en cruces seleccionados. Un vehículo autorizado podía solicitar una breve secuencia de prioridad. Todo lo que quedara fuera del corredor de prueba debía comportarse con normalidad.

El trabajo de Arnau era escuchar las interferencias.

Colocó su pequeño equipo de radio definida por software junto al monitor de contribución y lo conectó al grabador de pruebas autorizado. El equipo podía decirle que un sistema temporal había hablado cerca de un enlace de retransmisión. No podía poner un semáforo en verde. La distinción le había parecido demasiado obvia para escribirla en el plan, hasta que el departamento jurídico le hizo escribirla dos veces.

Berta dejó a su lado unas gafas de cartón para el eclipse.

—Para cuando la señal de tráfico se vuelva demasiado brillante —dijo.

—¿Se las estás dando a la gente?

—Se las estoy explicando. Dar implica alegría. ¿Qué tal de grave?

—Reixac me ha enseñado mi prompt y me ha pedido la captura original.

—Así de grave.

—Dice que la tarjeta de Oriol se utilizó en Girona.

El rostro de Berta cambió, y luego se recompuso antes de que el operador de cámara al otro lado de la sala pudiera notarlo. —¿Está vivo?

—Una tarjeta está viva.

—Díselo a Mei.

—Después de la prueba.

—Díselo a tu mujer la próxima vez que se mueva una pertenencia de tu amigo desaparecido. Es mi recomendación profesional como presentadora científica.

Volvió hacia el estudio.

Arnau envió a Mei el uso de la tarjeta en Girona, el detalle de la gasolinera y que Reixac era la fuente. Su respuesta llegó antes de que terminara de montar el grabador.

Dato nuevo, fuente interesada. Conserva ambas cosas. No conviertas una en prueba de la otra.

Después llegó un segundo mensaje.

Gracias por decírmelo ahora.

A las 08:02, el vehículo blanco de pruebas de Guaita solicitó la primera secuencia de prioridad.

Un círculo de la pared se volvió verde. Después el siguiente. La traza de radio mostró un intercambio limpio, seguido de una breve corrección del receptor. Arnau lo anotó según el reloj del ensayo. No llegó ninguna interferencia a los circuitos de contribución.

El vehículo blanco apareció en una cámara de calle aprobada para el ensayo, cruzó un cruce vacío y se detuvo donde le indicaba el plan de ruta. Un técnico de Guaita con chaleco amarillo bajó y saludó a nadie.

—Punto uno completado —dijo el director de pruebas.

En el punto dos, un camión de basura ocupaba el acceso y la solicitud de prioridad quedó a la espera. El vehículo de pruebas se detuvo detrás.

Arnau también marcó aquello.

En el punto cuatro, el calor había ablandado el adhesivo que sujetaba el parasol temporal de uno de los receptores. Un técnico de campo pidió cinta. La cámara del estudio que ensayaba un segmento sobre tráfico lo encuadró de cintura para arriba mientras Berta explicaba, en directo para una grabación interna, por qué los visitantes del eclipse debían utilizar emplazamientos oficiales en lugar de aparcar junto a campos secos.

Detrás del técnico, una caja de transporte de madera contrachapada estaba abierta sobre el pavimento.

Arnau reconoció la etiqueta antes de poder leerla.

Campo blanco. Antiguo logotipo de Llevant. Línea de manipulación en inglés primero.

Congeló el retorno del ensayo y amplió solo lo que había capturado la cámara.

LLEVANT-HOME / BDN / 5 OF 5

Las mismas palabras falsas del clip de Oriol.

Fotografió el monitor con su teléfono personal. Enviar una imagen fija desde el sistema de producción crearía un registro de la empresa. Fotografiarlo creaba un registro peor en otro lugar.

Se la envió a Mei.

Ella llamó antes del siguiente punto de prueba.

—¿Dónde está esa caja?

—Receptor temporal del punto cuatro. Equipo de campo de Guaita.

—Gira la imagen hacia la izquierda.

—La imagen no gira.

—Tu fotografía sí. Hay otra etiqueta en el borde interior.

Arnau amplió la esquina. Una estrecha franja del proveedor recorría el interior de la tapa. La impresión era demasiado pequeña para leerla, pero los tres últimos caracteres estaban claros.

8B7

—El número de serie equivocado —dijo.

—El número de serie de la base de datos —corrigió Mei—. No es la caja. Alguien copió nuestro perfil de cliente en el envío del receptor. El mismo perfil que Shanhai confundió con un lugar.

—¿Puedes identificar la caja?

—No a partir de unos píxeles que has hecho más grandes. Pide al técnico la nota de entrega.

—El técnico de Guaita.

—Entonces pregunta como si Lenticular te pagara.

El director de pruebas anunció que el punto cuatro estaba completado. En la pantalla de rutas, el vehículo blanco avanzó hacia el quinto cruce.

Una furgoneta oscura entró en el encuadre de la cámara.

La furgoneta había esperado fuera de Llevant la tarde anterior. Arnau no podía demostrarlo a partir de una matrícula borrosa y una silueta oscura. Se había quedado siete minutos, había fotografiado los tres coches y se había marchado cuando el vecino del cuarto levantó la persiana. Arnau conocía la abolladura sobre la luz trasera.

El quinto círculo se volvió verde antes de que el vehículo blanco lo solicitara.

—Detén la prueba —dijo Arnau.

El director lo miró. —Guaita está siguiendo la secuencia.

—Ha entrado un segundo vehículo en el corredor.

—Tráfico local.

La furgoneta oscura pasó junto al primer semáforo en verde, pegada al vehículo de pruebas. En el cruce siguiente, el vehículo blanco se detuvo en su zona designada.

La furgoneta oscura continuó.

El círculo siguiente se volvió verde.

Después el siguiente.

Todas las luces que tenía delante cambiaban antes de que llegara.

Arnau observó la traza de radio. Había entrado una solicitud en el sistema, pero no coincidía con el intercambio limpio del vehículo blanco. Llevaba la misma breve corrección posterior, un pequeño fragmento de tráfico que el grabador trataba como ruido de mantenimiento.

—Ahí —dijo.

El director se inclinó hacia la pantalla. —No veo ningún error.

—Porque el panel dice que la solicitud la hizo el vehículo de pruebas. El vehículo de pruebas está detenido.

Aisló la captura y la guardó mediante el grabador autorizado, conservando el reloj original y la autorización del ensayo. El archivo recibió una suma de comprobación y un número de custodia. Arnau anotó ambos en su cuaderno.

La furgoneta oscura salió de la última cámara sin detenerse.

Los seis círculos volvieron a ámbar.

—Repítelo —dijo el director.

Arnau seleccionó el intercambio capturado, pero no armó la transmisión. Reproducir un comando desconocido en equipos de tráfico activos convertiría la prueba en una acción.

—No —dijo.

—Tenemos que saber si se repite.

—Tenemos que hacer que el operador de Guaita revoque la identidad de prioridad e inspeccione los receptores. No vamos a enviarlo otra vez.

El director se tocó el auricular. —Guaita dice que su vehículo completó la ruta con normalidad.

En la pared de cámaras, el vehículo blanco seguía aparcado en el punto cinco.

Arnau llamó al técnico de campo del punto cuatro a través del retorno de comunicación del ensayo.

—Hay que sustituir el parasol del receptor —dijo—. Registra la caja de transporte como dañada y retenla para inspección.

—Solo es cinta.

—La etiqueta es incorrecta. ¿Quién la entregó?

El técnico se agachó junto a la caja y sacó una funda de plástico con documentos del interior de la tapa. Leyó la primera línea.

—Guaita Event Resilience. Fondo interno de equipos.

—¿Y el mantenimiento?

—Guaita. El mismo trabajo.

Puerta de enlace de cámara. Receptor de tráfico. Credencial de Tour. Habían colocado a un contratista entre los sistemas porque las instituciones confiaban en que los coordinara.

El grabador de pruebas de Arnau se quedó en blanco.

No el portátil. No la traza de radio. Solo la ventana que mostraba el archivo central.

SESIÓN CERRADA POR EL ADMINISTRADOR DE SEGURIDAD.

Comprobó la captura local. El archivo seguía allí, con el número de custodia intacto. La copia central había desaparecido de su vista.

Sonó su teléfono. Reixac.

Arnau dejó que sonara una vez antes de responder.

—Tráeme la captura original —dijo Reixac.

—Has cerrado mi sesión.

—El ensayo detectó una solicitud de prioridad no autorizada. Guaita la está conteniendo.

—Tu vehículo pasó por todos los semáforos en verde.

—Nuestro vehículo blanco se detuvo en el punto cinco.

—Yo no he dicho blanco.

El silencio duró menos de un segundo.

—¿Dónde estás, Arnau? —preguntó Reixac.

A través de la ventana del centro de contribución, Arnau vio la furgoneta oscura girar hacia la entrada del personal, más abajo.

—Haciendo mi trabajo —dijo, y sacó el grabador local de su muelle.

Capítulo 7: Walden Seven

Mei sabía que seguían a Arnau porque él le había dicho que no lo seguía nadie.

Salía por la puerta norte. Nadie detrás de mí.

El mensaje llegó a las 08:41, nueve minutos después de que la furgoneta oscura entrara en el aparcamiento del personal. Arnau nunca describía una ausencia si no la había buscado. Tampoco utilizaba nunca la puerta norte. Añadía cuatro minutos al trayecto desde el centro de contribuciones y lo dejaba junto a un cruce donde todos los coches que llegaban tenían que reducir la velocidad.

Mei esperaba en una zona de carga al otro lado de la calle, con Júlia en el asiento del copiloto.

—Cree que puede detectar la vigilancia —dijo Júlia.

—Cree que puede detectar un fallo.

—¿Hay alguna diferencia?

—Un fallo no sabe que lo estás poniendo a prueba.

Arnau apareció entre dos camiones de producción aparcados. No miró hacia el coche de Mei. Cruzó por el semáforo peatonal, siguió de largo y se detuvo junto a una máquina expendedora delante de una gasolinera.

Cuarenta segundos después, un hombre con camisa azul pasó por el mismo hueco.

No era Riera. Aquel hombre era más corpulento, más joven y llevaba un casco de moto en la mano. Se detuvo a consultar el teléfono. El visor del casco reflejaba la carretera.

—¿Ese? —preguntó Júlia.

—Quizá.

—Muy útil.

Arnau compró agua en la máquina expendedora. Volvió hacia el paso como si hubiera olvidado en qué lado de la carretera trabajaba.

El hombre del casco se quedó donde estaba.

—No es él —dijo Júlia.

—Quizá.

—Tienes un matrimonio difícil.

Mei no apartó la vista de la visera del casco.

Una furgoneta oscura salió del aparcamiento del personal y se detuvo en el cruce. La abolladura sobre la luz trasera captó el sol.

Arnau la vio. No giró la cabeza, pero la botella que llevaba en la mano dejó de balancearse.

El semáforo cambió. La furgoneta pasó junto a él y continuó hacia el oeste.

Mei llamó.

—No nos mires —dijo.

—Sé dónde estáis.

—Entonces ya has fallado. Camina hasta la parada del autobús.

—La furgoneta se ha ido en la otra dirección.

—Sabe dónde vivimos.

El mapa de eclipses de papel de Oriol estaba en su piso de Walden 7. Lo había dejado después de cenar tres semanas antes, enrollado dentro de un tubo de cartón y cubierto de anotaciones que solo tenían sentido cuando él se inclinaba sobre ellas. Lugares oficiales de observación en azul. Rutas de contribución en negro. Círculos de lápiz rojo alrededor de lugares que no figuraban en el plan de retransmisión. Arnau había prometido devolverlo el lunes.

Si la gente de la furgoneta oscura tenía la placa de Oriol, su tarjeta y el libro mayor de Llevant, quizá ya supiera lo del mapa. Si no lo sabía, Arnau y Mei estaban a punto de conducirlos hasta allí.

Dejarlo les parecía peor.

Mei recogió a Arnau en la parada sin detenerse. Él abrió la puerta trasera y entró mientras el coche avanzaba al paso. Un conductor detrás de ellos tocó el claxon. Arnau derramó la mitad del agua sobre su camisa.

—Muy discreto —dijo Júlia.

—Conduce.

—Ella está conduciendo.

Mei tomó el primer desvío hacia Sant Just, luego otro y después dio la vuelta alrededor de una manzana de oficinas. La furgoneta oscura no apareció. Un scooter blanco permaneció detrás de ellos durante tres giros y después se marchó cuando su conductor llegó a una panadería. Un utilitario plateado los siguió en dos giros innecesarios a la derecha y aparcó delante de una farmacia.

—Nadie —dijo Arnau.

—Ahora el vehículo sospechoso somos nosotros —respondió Mei.

En una rotonda dio dos vueltas. Júlia cerró los ojos.

—Si alguien nos sigue —dijo—, le hemos dicho que estamos mirando. Si no nos sigue nadie, hemos dicho a todos los demás que estamos perdidos.

Mei salió hacia Walden.

El edificio se alzaba rojo sobre las carreteras circundantes, demasiado grande para interpretarlo de una sola mirada. Desde fuera, sus bloques parecían apilarse según una regla que casi se había convertido en una discusión. Dentro, los patios se abrían verticalmente en tonos azules y verdes, cruzados por pasarelas, escaleras, puentes y balcones que convertían una dirección en cientos de posibles puntos de observación.

La madre de Arnau le había enseñado las rutas cuando era niño. Mei las había aprendido después de casarse; más tarde había conocido a los vecinos, lo cual resultaba más útil.

Entró con el coche en el aparcamiento.

—No deberíamos subir todos —dijo Arnau.

—Correcto.

—Yo cogeré el mapa.

—Incorrecto.

—Es mi piso.

—También es mío, por eso sé que dejaste el tubo de repuesto detrás de las mantas de invierno en vez de junto a los mapas.

—Lo cambié de sitio.

—¿Dónde?

Arnau vaciló.

—Detrás de las mantas de invierno —dijo Mei—. Júlia, espera aquí. Si entra la furgoneta oscura, llama una vez y cuelga. Si ves el EBRO gris, llama dos veces.

—¿Qué hago después de llamar?

—Decide si todavía quieres que sigamos siendo un grupo de investigación.

Mei y Arnau entraron por puertas distintas.

El patio inferior olía a plantas regadas y hormigón caliente. Un niño lanzó una pelota roja por el pavimento con una patada demasiado fuerte para aquel espacio. La pelota chocó contra una pared, rebotó en ángulo y pasó por debajo de un banco. Dos hombres mayores continuaron su conversación sin mover los pies. Habían visto a generaciones perder pelotas contra la misma geometría.

Mei subió por donde le habían enseñado, que no era por donde indicaban los letreros. Observó los reflejos en las ventanas de los pisos en lugar de mirar atrás. Alguien que la siguiera podía aparecer arriba, abajo o al otro lado del patio sin haber pasado junto a ella.

Su teléfono sonó una vez.

La furgoneta oscura había llegado.

Mei salió del ascensor dos plantas por debajo de casa. Arnau estaba de pie en un puente sobre el patio, fingiendo examinarse la camisa mojada. Detrás de él, una mujer llevaba dos bolsas de la compra hacia las escaleras.

Carme. Setenta y dos años, maestra de primaria jubilada, guardiana de todos los paquetes entregados en la planta equivocada y de todas las opiniones entregadas en la correcta.

Mei la llamó por su nombre.

Carme miró hacia abajo. —Has vuelto pronto.

—Nos hemos olvidado de algo.

—Arnau olvida.

Al otro lado del patio, Arnau levantó una mano en señal de rendición.

Un hombre entró en la planta inferior a la de Mei. Camisa clara, pantalones oscuros, sin casco. Caminó despacio y miró los números de los pisos antes de elegir una escalera. Los números se repetían en todas las plantas. Quien vivía allí sabía qué letrero era el menos útil.

—¿Está contigo? —preguntó Carme.

—No.

Carme no miró hacia abajo. —Entonces ¿por qué te busca?

—Quizá no me busca.

—Te has vuelto lo bastante catalana como para dar respuestas inútiles.

Dejó una bolsa junto a Arnau y se inclinó sobre la barandilla.

—El ascensor está averiado —le gritó al hombre.

No lo estaba.

—¿Qué ascensor? —preguntó él.

—El que necesitas.

Se abrieron dos puertas. Un adolescente con cajas aplastadas salió a la planta de Mei. Un hombre con ropa de correr apareció arriba con una bolsa de basura. Nadie bloqueó al desconocido. Se limitaron a ocupar las zonas de paso.

—Inspección del seguro —dijo el hombre—. Informe de humedades.

—¿Qué piso? —preguntó Carme.

Dio un número de otro patio.

El adolescente señaló en la dirección por la que había llegado el hombre. —El otro azul.

Había varios azules. La descripción era local, exacta e inútil para alguien que esperaba que un pasillo se comportara como una calle.

El hombre les dio las gracias y bajó.

Mei cruzó el puente mientras él estaba abajo. Arnau cogió las bolsas de Carme y caminó con ella hacia el siguiente núcleo. Su recorrido parecía doméstico porque lo era. En su puerta, Carme abrió tres cerraduras y habló sin volverse.

—Ayer alguien preguntó si habíais reparado la fuga de la cocina.

—No tenemos ninguna fuga —dijo Arnau.

—Ya lo sé. La vuestra es la única cocina que nunca ha dañado mi techo.

—¿Quién preguntó?

—Una mujer educada con una carpeta. No era del edificio. Llevaba los zapatos demasiado limpios.

Carme abrió la puerta y le puso una llave de repuesto en la palma de la mano. —Devolvedme la leche cuando os vayáis. Bajo a por pan. Si necesitáis el camino largo, sabéis cuál es.

No preguntó por qué.

Mei conocía el camino largo. Nadie lo había escrito nunca. Tardaba más que ir directamente a casa. Ponía tres cocinas ocupadas entre ellos y el hombre de abajo.

La puerta de su piso estaba cerrada con llave.

Arnau examinó el marco. —No hay daños.

—Ábrela.

Dentro, el aire acondicionado estaba encendido.

Lo habían apagado aquella mañana.

El piso olía ligeramente a producto de limpieza con aroma a limón. Nada en el salón parecía alterado. Los libros seguían desiguales en la estantería. La taza de té de Mei estaba junto al fregadero. Los zapatos de Arnau formaban el mismo obstáculo al lado del sofá. Quien había entrado había fotografiado el desorden antes de tocarlo o había entendido que ordenar podía llamar más la atención que robar.

Mei fue al dormitorio.

Las mantas de invierno seguían dobladas en el estante del armario. El tubo de cartón no.

—El mapa ha desaparecido —dijo.

Arnau comprobó detrás de las mantas como si una segunda búsqueda pudiera avergonzar al tubo hasta hacerlo aparecer.

—¿Algo más?

—Necesitaríamos un inventario.

Su reloj de inmersión estaba sobre la mesilla.

Él extendió la mano. Mei le agarró la muñeca.

—Lo llevabas esta mañana.

Arnau miró el reloj y luego su muñeca desnuda.

—Me lo quité durante la prueba de radio.

—En el trabajo.

—Lo metí en el maletín del equipo.

El intruso lo había llevado a casa.

No era un robo. Era una entrega. La prueba de que alguien podía moverse por su lugar de trabajo y por su dormitorio durante la misma mañana.

El teléfono de Mei sonó dos veces.

El EBRO gris.

Fue hasta la ventana de la cocina sin tocar la persiana. Abajo, la furgoneta oscura se alejaba de la entrada. El hombre de la camisa clara había vuelto a ella. Se quedó un momento con una mano en la puerta abierta del copiloto, mirando hacia las ventanas repetidas del edificio.

El EBRO gris esperaba más allá de la rotonda.

No giró hacia la entrada. No vigiló la escalera.

Cuando la furgoneta oscura se puso en marcha, el EBRO arrancó tras ella.

—El coche gris los sigue —dijo Mei.

Arnau se unió a ella junto a la pared, fuera del reflejo de la ventana. —¿Yulan?

—Una suposición.

—¿La policía?

—Una suposición peor.

Abajo, Carme salió a un puente y miró directamente hacia la cocina. Tocó con dos dedos su bolsa vacía, recordándoles que su leche seguía en la cocina de ellos.

Mei entendió la instrucción.

Cogió los pasaportes, las medicinas, dos mudas, el portátil limpio del almacén y la copia en papel de la falsa orden de recogida. Arnau quería llevarse sus herramientas de repuesto. Ella le permitió coger el pequeño kit de radio que había sacado del centro de contribución y le hizo dejar todo lo demás.

Él miró una vez el reloj de la mesilla.

—Déjalo —dijo Mei.

—Era de mi padre.

—Entonces quien lo ha puesto ahí sabe que lo tocarás.

Lo dejó.

Devolvieron la leche a la nevera de Carme, cerraron su puerta con llave, deslizaron la llave por debajo y salieron del edificio por separado, entre vecinos que iban a trabajar, paseaban perros, salían con los niños, traían pan. Los vecinos siguieron con la rutina del edificio en torno a dos personas que ya no podían volver a casa.

Júlia esperaba en el aparcamiento con el motor encendido.

—¿Cuántos bandos? —preguntó.

Mei metió las bolsas en el maletero. —Nosotros. La furgoneta oscura. El coche gris.

—Eso son tres.

—No —dijo Mei—. Son cuatro. Todavía no sabemos de qué lado está Oriol.

Se sentó al volante y giró hacia el este.

Arnau se dio cuenta en la segunda rotonda. —La comisaría está al oeste.

—El almacén está al este.

—Acabamos de ver cómo dos vehículos se alejaban de nuestra casa uno detrás de otro. No vamos a Llevant.

—Hay cinco cajas de Yulan en Llevant. El registro en papel que dice qué llegó no está allí.

—Por eso la policía las precintó.

—La policía precintó la jaula. La persiana del fin de semana todavía se abre con seis códigos de personal y una llave que mi padre guarda en una lata de galletas porque odia los códigos.

Júlia se volvió en el asiento del copiloto. —¿Quién sabe que vais a ir allí?

—Nadie.

Arnau levantó el teléfono de Mei. El nombre de Joel esperaba en la pantalla debajo de una llamada que ella había iniciado y no había completado.

—Nadie salvo la persona a la que estás a punto de decírselo.

—Joel puede trasladar las cajas precintadas de la sala de sistemas a la jaula sin abrirlas.

—Joel estaba de guardia el domingo. La orden de recogida contaba con que estuviera él.

—Esperaba a alguien de guardia el domingo. No es lo mismo.

—Hoy son lo mismo hasta que sepamos por qué su nombre estaba en su ruta.

Mei le quitó el teléfono en el siguiente semáforo. —Mi padre está en ese edificio. También hay tres personas que vinieron temprano porque nuestros clientes han empezado a llamar. No voy a proteger una pista antes de protegerlos.

—Entonces llama a la policía y diles que protejan el edificio.

—Los coches patrulla delante de nuestro almacén se convierten por la tarde en el pie de la fotografía.

—Y tu solución es Joel.

—Mi solución es alguien que ya está dentro del edificio.

El semáforo cambió. Mei no se movió. Un claxon sonó detrás de ellos, y luego otro. Llamó.

Joel respondió al primer tono.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—En la unidad dos. Tu padre ha mandado a todos los demás a casa. Dice que la cinta policial está torcida.

—No la endereces. Baja las dos persianas y quédate en recepción. No muevas las cajas de Yulan.

Arnau la miró. Había cambiado la instrucción mientras entraba la llamada.

—Ibas a pedirme que las moviera —dijo Joel.

—Te estoy pidiendo que no lo hagas.

—Ya ha llamado un hombre de Yulan. Ha dicho lo mismo.

Mei aparcó en el primer sitio permitido con tanta brusquedad que Júlia se agarró al salpicadero.

—¿Qué hombre?

—Seguridad corporativa. No era la misma voz de julio. Sabía que la policía había precintado la número cinco. Dijo que abrirla destruiría las pruebas del fabricante.

—¿A qué número ha llamado?

—Al mío.

—¿Le has dicho dónde estabas?

Joel no respondió.

—Joel.

—Lo sabía. Preguntó si Chen seguía conmigo.

Mei miró el tráfico al otro lado. Habían dejado Walden atrás, pero la carretera todavía no ofrecía ninguna ruta que no terminara en alguien que conociera.

—Lleva a mi padre a la tienda de Pilar —dijo—. Salid por la unidad cuatro. No utilices tu coche.

—No querrá irse.

—Pon el manos libres.

Su padre se puso al teléfono ya protestando. Mei no le dejó terminar la primera frase.

—Un hombre que conoce el precinto policial ha llamado a Joel. Si te quedas, le das un motivo para visitarlo. Ve a la tienda de Pilar. Llévate la caja de documentos.

—¿Y tú?

—Yo no voy.

Chen lo oyó.

—Bien —dijo—. Entonces, por una vez, los dos hacemos lo que nos pide el otro.

La línea permaneció abierta mientras Joel bajaba la persiana principal. El traqueteo del metal llegó por el teléfono. Una puerta se cerró. Su padre se quejó de que la caja de documentos pesaba demasiado para él y luego se negó a dejar que Joel la llevara.

Arnau vigilaba los espejos.

—El EBRO gris —dijo.

Pasó por el cruce delante de ellos, avanzando hacia el este.

Mei solo vio la parte trasera antes de que el tráfico lo ocultara. La misma carrocería gris. La misma marca oscura junto al piloto trasero izquierdo. No redujo la velocidad cerca de su coche. No lo necesitaba. La carretera conducía hacia Badalona.

—Has llamado a Joel y se ha movido —dijo Arnau.

—Ya se estaba moviendo.

—No te lo crees.

—Creer sigue saliendo barato.

—También sale barato llamar a familiares hasta que uno de ellos le diga a la persona equivocada dónde esperar.

Mei lo miró. —¿Quieres que diga que tenías razón antes de saber si mi padre ha salido?

—Quiero que dejes de tratar en privado el peligro que corre Llevant porque la versión pública pueda resultar injusta.

—Y yo quiero que dejes de tratar a Oriol como la única persona que podría estar desaparecida.

Arnau se volvió hacia la ventanilla.

El teléfono de Mei vibró una vez. Una fotografía de Joel mostraba a Chen dentro de la tienda de Pilar, sosteniendo la caja de documentos y discutiendo con alguien fuera de plano. Una segunda fotografía mostraba las persianas de la unidad dos bajadas y una patrulla policial que llegaba.

Mei llamó al agente encargado de la investigación y le dio los datos de la llamada de seguridad corporativa, el número de Joel y el rumbo del EBRO gris. Nada de gestionarlo en privado. Nada de versiones suavizadas. Cuando terminó, el agente ya había recibido un informe según el cual el personal de Llevant estaba manipulando equipos precintados.

El informe se había presentado cuatro minutos antes de que Mei llamara a Joel.

Se alejó de Badalona.

—Hotel —dijo.

Arnau no respondió.

En el siguiente semáforo, Mei dejó el teléfono entre ambos. —Si llama Oriol, respondes tú. Si llama el almacén, respondo yo. Si no llama ninguno, decidimos juntos.

—Eso no es decidir juntos. Son dos emergencias compartiendo coche.

El semáforo cambió. Esta vez Mei se movió antes de que nadie tocara el claxon.

Segunda parte: Lo negativo

Toda imagen contiene aquello que excluye.

Capítulo 8: Cinco cajas

El miércoles por la mañana, Mei rompió un contrato con un destornillador.

La quinta caja de Yulan permanecía en la jaula cerrada con llave de Llevant, bajo dos etiquetas policiales de prueba y un precinto del proveedor. Las etiquetas policiales dejaban constancia de que nadie la había abierto después del robo del domingo. El precinto del proveedor decía que abrirla transferiría a Llevant Import toda responsabilidad por daños, pérdida de datos y propiedad intelectual. A las siete, el agente instructor había levantado por teléfono las etiquetas policiales, con la condición de que la apertura se grabara en vídeo y se leyera en voz alta el número de la incidencia.

Los once kilos desaparecidos ya habían desplazado la responsabilidad en todos los sentidos que importaban.

Arnau y Mei habían pasado la noche del martes en un hotel de negocios cerca de Badalona, usando sus propios nombres. La policía conocía la dirección. Carme la conocía. Se suponía que nadie más debía conocerla, lo que significaba que Mei daba por hecho que Guaita podía averiguarla antes del desayuno.

La habitación contenía una silla, dos cepillos de dientes suministrados por recepción y unas cortinas que nunca llegaban a juntarse en el centro. Arnau durmió de cara a la puerta hasta las tres, y luego de cara a la ventana hasta las cinco. Mei durmió cuarenta minutos y pasó el resto de la noche vigilando la rendija entre las cortinas.

A las siete dejaron el hotel en vez de prolongar la estancia. La recepcionista preguntó si la habitación había sido satisfactoria.

—Siguió siendo una habitación —dijo Mei.

Estaban cruzando el vestíbulo cuando sonó el teléfono de Arnau.

La persona que llamaba desde el hospital usó el nombre completo de Oriol y preguntó si Arnau podía identificarlo en persona. Un hombre de unos cuarenta y cinco años había sido trasladado desde un camino de servicio cerca de Sant Adrià sin cartera. Agotamiento por calor, contusiones, ningún relato claro de dónde había pasado la noche.

—¿Está consciente? —preguntó Arnau.

—A veces. Da nombres distintos. El suyo figura como contacto en la denuncia por desaparición.

Arnau ya caminaba hacia el coche.

—Pregunta por su mano —dijo Mei.

—¿Qué?

—La mano izquierda. Pregunta si puede cerrar bien el meñique.

Arnau la miró fijamente.

—Se lo rompió antes de nuestra boda. Se quejó durante toda la cena porque la férula le impedía cortar el pan.

Arnau transmitió la pregunta. La persona que llamaba consultó con alguien alejado del teléfono.

—Todos los dedos tienen movilidad —dijo—. Tiene una cicatriz en el antebrazo derecho.

Oriol tenía cicatrices. Arnau no sabía situarlas. Conocía el error de ganancia del monitor de campo favorito de Oriol, el código del armario donde escondía el café decente y el retraso exacto a partir del cual la impaciencia se convertía en una broma. No conocía los brazos de su amigo.

—Estamos a diez minutos —dijo.

El trayecto era de veintidós minutos por el tráfico matutino. Arnau tardó dieciocho y pasó cada semáforo en rojo inventando razones por las que una fractura antigua ya no tenía por qué limitar un dedo.

El hombre de la sala de observación era más joven que Oriol y mayor de lo que la enfermera había calculado. Tenía la cara hinchada. Le faltaba un zapato. Se volvió hacia Arnau con la esperanza agotada de alguien a quien le habían dicho que venía una persona.

Arnau lo supo antes de llegar a la cama.

—Lo siento —dijo.

El hombre preguntó en español si Arnau había traído a su hermano.

Nadie sabía cómo se llamaba el hermano.

Mei encontró al oficial de guardia y se aseguró de que la fotografía del hombre entrara en la búsqueda regional de personas desaparecidas antes de que se fueran. Arnau esperó en el pasillo con la bolsa de plástico que contenía el zapato que le quedaba al hombre porque una enfermera se la había entregado y nadie había vuelto a recogerla.

—A estas alturas, Oriol habría convertido al hermano de ese hombre en productor —dijo.

—Oriol habría prometido una conexión en directo antes de encontrar una cámara.

—Y luego me habría pedido que lo hiciera realidad.

Ninguno de los dos se rio.

Junto al ascensor, la enfermera los alcanzó y recuperó el zapato.

—Deberíamos abrir la caja de Yulan —dijo Mei.

Arnau pulsó el botón de la planta baja. —No tenías por qué venir aquí.

—Sí tenía. De lo contrario habrías dicho que era él solo porque querías que lo fuese.

Las puertas del ascensor se cerraron sobre la sala de observación.

Ahora la jaula cerrada de Llevant parecía más privada que el lugar donde habían dormido.

Mei puso dos teléfonos a grabar. Uno pertenecía a Llevant y nunca se había usado para el correo electrónico de la empresa. El otro pertenecía a su padre, que había cubierto la lente de la cámara con cinta adhesiva y había protestado cuando ella se la quitó.

—Es por privacidad —dijo él.

—Hoy la privacidad necesita un vídeo.

—Vuelve a ponerla después.

El padre de Mei estaba fuera de la jaula con Joel Huang y una bolsa de papel del bar de la calle Guifré. El tomate había empapado una esquina. Joel sostenía una bandeja de cafés y parecía no haber dormido, lo que hacía que se pareciera a todos los demás del almacén.

Arnau comprobó los ángulos de grabación. Júlia escribió la hora, el número del precinto y la lectura de la báscula de plataforma en una hoja limpia.

—Declara por qué la abrimos —dijo Arnau.

Mei miró al teléfono de Llevant.

—La caja de evaluación número cinco de Yulan pesaba sesenta y dos kilos cuando la recibimos y esta mañana pesa cincuenta y uno. El domingo intentaron retirarla mediante una orden de recogida falsa. El libro mayor de excepciones en papel que documentaba su llegada ha sido robado. Abrimos la caja para identificar el contenido desaparecido y conservar las pruebas.

—Número de incidencia policial —dijo Arnau.

Mei lo leyó.

—¿Contrato del proveedor? —preguntó Júlia.

—Ya está roto —respondió Mei.

Cortó el precinto.

Su teléfono sonó antes de que la cuchilla llegara a la segunda esquina. La persona que llamaba era Pilar Forn, que regentaba la tienda independiente de electrodomésticos que compraba a Llevant desde que Mei tenía diecisiete años. Pilar no preguntó por la caja. Preguntó si era real la imagen que circulaba entre los proveedores.

—¿Qué imagen?

Pilar se la envió.

El palé falso aparecía bajo un letrero de almacén municipal. El antiguo logotipo de Llevant ocupaba la caja más cercana. Alguien había recortado la cinta policial y añadido un texto en español: EQUIPO DE ECLIPSE CHINO RETENIDO EN DEPÓSITO DEL SUR. Sin artículo ni firma, solo una imagen lista para que le añadieran cualquiera de las dos cosas.

—Tengo un pedido municipal de treinta radios de emergencia —dijo Pilar—. Quieren documentos de origen antes de recogerlas. Nunca me han pedido documentos de origen para radios. Si les envío los tuyos, ¿estoy enviando algo que se convertirá en otra pregunta?

La respuesta honesta le costaría caro a Llevant antes de que ninguna investigación lo exculpara.

—El palé es falso —dijo Mei—. Nuestra empresa no lo envió. Te mandaré el número de incidencia policial y las declaraciones originales de las radios en diez minutos. Si el ayuntamiento las rechaza, dame el nombre del comprador.

—¿Y si hoy necesito otro proveedor?

Mei miró la caja precintada, los dos teléfonos que grababan y a su padre esperando fuera de la jaula.

—Entonces usa otro. No pierdas el pedido para proteger mis sentimientos.

Pilar guardó silencio. —Tu padre me diría que esperara.

—Mi padre no es responsable de tus nóminas.

Chen lo oyó. No dijo nada.

—Diez minutos —dijo Pilar, y terminó la llamada.

Mei reinició el registro de pruebas hablado. Romper el precinto tenía ahora un precio que iba más allá del contrato del proveedor. Si la caja contenía lo que insinuaba la fotografía, tendría que demostrar que habían utilizado Llevant sin hacer esperar a todos los clientes a que un tribunal lo confirmara. Si no contenía nada, el vacío parecería preparado.

La tapa de la caja cedió tres centímetros y luego se soltó con un suspiro al separarse la junta. Dentro, una espuma negra rodeaba un aparato metálico idéntico a los cuatro que funcionaban en la sala de sistemas. El mismo logotipo discreto de Yulan. Los mismos tiradores. El mismo patrón de ventilación. La ventana de estado frontal no mostraba ninguna luz.

Mei le hizo una fotografía antes de que nadie lo tocara.

—Parece correcto —dijo Joel.

—También lo parecía el palé de la foto de Pilar —respondió Júlia.

Arnau levantó un lado. El aparato se movió con demasiada facilidad.

Lo retiraron juntos y lo colocaron sobre la mesa de la jaula. Mei comprobó la caja por debajo. No había piezas sueltas. Ningún documento oculto. La espuma tenía una marca rectangular a lo largo de un borde, donde algo caliente había presionado el tiempo suficiente para dejar la superficie más lisa y oscura.

—Calor —dijo.

Arnau tocó la marca. —Quizá.

—La espuma no se pule sola.

—La compresión puede hacerlo.

—Las otras cajas tienen la misma compresión.

Su padre abrió la bolsa de papel. —Deberíais comparar antes de que el desayuno se convierta en comida.

Repartió pa amb tomàquet envuelto en papel, porciones de truita y servilletas demasiado finas para cualquiera de las dos cosas. Nadie discutió. En el almacén, la comida se programaba según quién recordara que la concentración no sustituía al azúcar en sangre.

Mei comió de pie junto a la caja abierta mientras Arnau retiraba la cubierta del aparato.

El interior había sido construido para superar una inspección superficial. Los ventiladores ocupaban la parte frontal. Una placa controladora estándar estaba detrás de la ventana de estado. Los cables terminaban en conectores fijados a un bastidor vacío. Unas placas de acero llenaban el fondo, cortadas en rectángulos perfectos y atornilladas a través de soportes de goma para que no se movieran al inclinar la caja.

—Un señuelo —dijo Júlia.

—Uno bueno —respondió Arnau—. Lo bastante bueno para un manifiesto y para alguien que no levante servidores.

Mei miró a Joel. Él transportaba cajas más a menudo que nadie en Llevant.

—¿Te diste cuenta?

—¿El domingo? No estaba aquí.

—Antes del domingo.

Joel bebió café. —Todas pesaban mucho.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces haz una pregunta más pequeña.

El padre de Mei le lanzó una mirada que había corregido a parientes más jóvenes durante treinta años.

Joel dejó la taza. —La cinco pesaba más cuando llegó. Creo. Las movimos una vez para el electricista y otra cuando el equipo de evaluación quiso mejorar el flujo de aire. Después, las cuatro activas se quedaron en la estantería. La cinco se quedó en la caja.

—¿Quién pidió mejorar el flujo de aire?

—El soporte de Yulan.

—¿Por correo electrónico?

—Vino un hombre.

La jaula pareció volverse más silenciosa, aunque los ventiladores de la sala de sistemas continuaban al otro lado de la pared.

—Nombre —dijo Mei.

—No me acuerdo. Seguridad corporativa. Me enseñó una tarjeta de Yulan.

—¿Soporte o seguridad?

—Ambas cosas. Dijo que estaban robando prototipos de los centros de evaluación europeos. Quería saber si alguna caja se calentaba o se movía sin una orden.

—¿Qué le dijiste?

Joel miró el señuelo abierto. —Que la número cinco se había calentado después de Sant Joan.

Mei dejó la comida.

—¿Cuánto?

—Más que las otras. Los tiradores de la caja estaban calientes. Pensé que la habían probado antes de entregarla.

—¿Cuándo se lo dijiste?

—En julio. Quizá la segunda semana.

—Informaste de nuestras existencias a un desconocido.

—Al fabricante.

—Una placa identificativa no es un fabricante.

—Dejaste entrar cinco ordenadores cerrados en el almacén porque un contrato decía Yulan.

—Y cuando pensaste que el contrato estaba equivocado —dijo Mei—, se lo dijiste a otra placa identificativa. A mí no.

—Estabas negociando la renovación de la evaluación. Cada queja se convertía en culpa mía antes de convertirse en culpa de Yulan.

—Así que protegiste tu posición.

—Protegí la cuenta que da de comer a tres de nosotros durante el invierno. Puedes llamar a eso mi posición porque la tuya tiene despacho.

Joel nunca lo había dicho con tanta claridad. Mei gestionaba el almacén como familia cuando necesitaba confianza y como empresa cuando necesitaba obediencia.

El padre de Mei dobló la parte superior de la bolsa de papel. —Discutid después de saber qué robaron.

Júlia se agachó junto al aparato abierto. —El controlador es auténtico.

Arnau siguió el cable desde la placa frontal. Terminaba en un pequeño módulo de almacenamiento montado bajo el bastidor vacío.

—Tenía que responder a las comprobaciones de inventario —dijo—. ¿Lo alimentamos sin los ventiladores?

—Solo lectura —dijo Júlia.

—Todo es de solo lectura hasta que el software descubre la ambición.

Trasladaron el controlador a la sala de sistemas y lo conectaron a una fuente de alimentación de banco aislada. Sin red. Sin radio. Arnau utilizó un cable de servicio estándar. El controlador arrancó y se presentó como el aparato de evaluación cinco de Yulan.

Creía que las placas de acero seguían fijadas a algo útil.

Mei exportó el historial de servicio local de las cinco unidades. Los cuatro historiales mostraban actualizaciones del modelo de catálogo, pruebas de inventario y fallos ordinarios: una advertencia del ventilador, un paquete de idioma defectuoso, un disco lleno de fotografías de producto que nadie había redimensionado.

La quinta no contenía nada de eso.

Su primera entrada aparecía a las 20:18 del 23 de junio, poco después de su llegada. Un perfil de hardware se había registrado una vez, había completado una breve prueba térmica y había desaparecido del controlador el 16 de julio. El perfil de sustitución había comenzado once minutos después.

El señuelo había entrado en Llevant tres semanas después que la máquina real.

—¿Se puede falsificar el registro? —preguntó Mei.

—Sí —dijo Arnau.

—¿Se puede falsificar la marca de calor?

—Sí.

—¿Se puede falsificar la memoria de Joel?

Joel levantó una mano. —A menudo.

—¿Las tres cosas juntas? —preguntó.

Júlia respondió. —Posible. Caro.

El perfil de hardware original no utilizaba ningún nombre de producto. Enumeraba límites de potencia, requisitos de refrigeración y una clase de carga de trabajo. Arnau leyó dos veces la cifra superior de potencia.

—Seis kilovatios —dijo.

Mei miró a través de la pared hacia los cuatro aparatos negros. —Los otros usan menos de uno juntos.

—Seis necesitan refrigeración directa. Almacenamiento rápido. Computación convencional al lado. Lo que había aquí no podía hacer su trabajo real en este almacén.

—Entonces, ¿por qué traerlo aquí?

—Porque los almacenes reciben cajas —dijo su padre.

Shanhai agrupó las entradas inusuales del quinto controlador con las otras cuatro. Mei le hizo citar los campos exactos y prohibió las conclusiones que no aparecieran en los registros. Aun así, ofreció seis explicaciones. Cinco eran variaciones de una prueba fallida de prototipo.

La sexta reveló un registro de cita latente.

No una conexión. No una clave de acceso. Una fecha, una abreviatura de proyecto y una identidad de instrumento a la espera de un sistema mayor.

12-AUG / LLUM-PED / INST-03

Arnau sacó la fotografía que Júlia había hecho de la reserva del Institut Llum.

Tres instrumentos. La doctora Lin Qiao. Marc Escudé. El tercer precinto sustituido después del ensayo de mayo.

—Estaba aquí —dijo—. Ahora está reservado allí.

—No —respondió Mei—. Allí está reservado algo que afirma ser su identidad.

Júlia amplió un último campo de la primera prueba térmica. El valor no era un número de serie ni una ubicación. Era un objetivo de compilación, lo bastante corto para sobrevivir en una tabla de estado.

INGOT-M1

—Ingot —dijo Joel.

—¿Un nombre de producto? —preguntó Mei.

Arnau buscó en los cuatro sistemas ordinarios. No hubo resultados. Buscó en la documentación pública de Yulan almacenada con el contrato de evaluación. Tampoco hubo resultados.

—Un nombre interno —dijo.

Mei miró las placas de acero del señuelo abierto y luego las etiquetas policiales de la caja. El papeleo de Llevant decía que la empresa aún poseía cinco sistemas Yulan. La báscula de suelo decía que uno se había vuelto más ligero. El controlador decía que la pieza desaparecida esperaba entrar en un anexo de investigación junto a uno de los ordenadores más conocidos de Europa el día en que millones de cámaras mirarían el Sol.

Sobre el papel, Llevant seguía siendo su custodio.

—El envío falso del sur —dijo—. Si alguien abre esas cajas, ¿qué encontrará?

Su teléfono sonó antes de que nadie respondiera.

El transportista del domingo había llamado tres veces desde el martes. La primera llamada llegó mientras Mei estaba dentro de Walden recogiendo pasaportes. Las otras dos llegaron mientras la policía registraba el allanamiento y nadie se fiaba de un número desconocido.

Mei devolvió la llamada con el altavoz activado.

—El almacén municipal ha abierto el palé —dijo el hombre—. Hay cinco cajas vacías. Ahora sus etiquetas están dentro y fuera. La policía quiere al remitente.

—Nosotros no lo enviamos.

—Dígaselo a la policía. Yo solo muevo palés.

Después de la llamada, nadie habló.

Mei miró a Joel.

Él sabía qué caja se calentaba. Se lo había contado a un desconocido. Era familia, útil y estaba avergonzado. Mei aún no podía decir qué parte era la mentira.

—Encuéntrame todas las veces que se movió la número cinco —dijo—. Carretilla elevadora, cámara, recibo del almuerzo, vecino, favor. No el sistema de inventario. La gente.

Joel cogió el café. —¿Hasta dónde atrás?

—Sant Joan.

Fuera, alguien probó una ristra de pequeños petardos para la próxima festa y se ganó tres quejas a gritos de las unidades vecinas. El sonido entró en el almacén, afilado e inacabado.

Mei no miró a Joel. Observó los cinco historiales de servicio hasta que el modelo dejó de ofrecer explicaciones que ella no había pedido.

Capítulo 9: Sant Joan

El miércoles por la tarde, Lin vio aparecer una fotografía del señuelo abierto de Llevant en un canal privado de Yulan que no debería haber sabido que el precinto estaba roto.

La fotografía era un fotograma extraído de la grabación probatoria continua de Llevant, realizada desde fuera de la jaula a través de la ventana de la sala de sistemas. Mei estaba de espaldas al cristal. Joel aparecía detrás de ella, con un café en la mano. Mei había adjuntado la grabación a un aviso de garantía enviado a través del contacto de evaluación de Yulan. Debería haberse quedado dentro de aquella reclamación. En el canal de Lin no constaba ninguna fuente, solo una pregunta de su patrocinador:

¿Se puede seguir confiando en la custodia local?

Lin no respondió. La pregunta contenía la conclusión a la que pretendía llegar y un hecho más importante: el proceso del proveedor había llevado las pruebas de Llevant hasta la operación de recuperación antes de que nadie reconociera que la operación existía.

Estaba sentada en una pequeña habitación de hotel cerca de Sants, con las cortinas cerradas para protegerse del calor y de las miradas. El aire acondicionado producía ruido, pero no frío. Retirar la batería del teléfono privado no haría desaparecer la fotografía de manos de quienes ya la estaban utilizando.

Amplió el rostro de Joel.

La última vez que lo había visto, estaba junto a los mismos cinco estuches mientras Badalona se preparaba para quemar la noche más corta.

Los cinco estuches llegaron a Badalona a las 18:57, la noche de Sant Joan.

El conductor quería descargarlos antes de que su perro oyera el siguiente petardo por teléfono y se asustara. Joel Huang quería descargarlos antes de que su tío cerrara el almacén. Lin Qiao quería que uno de los estuches desapareciera entre los otros cuatro antes de que nadie entendiera que no eran idénticos.

Solo el conductor se quejó en voz alta.

—Entrega de las seis —dijo, tendiendo el albarán.

—Son casi las siete —respondió Joel.

—Llevo desde las seis a punto de llegar.

Una explosión retumbó en algún punto más allá del polígono industrial. La puerta enrollable tembló. El conductor dirigió una mirada acusadora a la calle, como si Badalona lo hubiera retrasado a propósito.

—Firme primero —dijo.

—Descargamos primero.

—Firme que he llegado.

—Ha llegado con el camión cerrado. Puedo firmar por un camión cerrado.

Lin estaba junto al muelle de carga con un polo de Yulan. El transportista quería una firma. Llevant quería cinco estuches sobre el hormigón.

Los primeros petardos habían empezado antes de la puesta de sol. Detonaciones secas y aisladas se superponían al estrépito más largo y desgarrador de las tracas encendidas entre las naves. El humo avanzaba por el vial de servicio y entraba por cada persiana abierta. Las familias sacaban mesas plegables de los almacenes. Alguien había dejado dos bandejas de coca junto a una pila de catálogos de iluminación y las había cubierto con plástico para protegerlas de la ceniza.

Lin comprobó los cinco precintos de Yulan mientras Joel bajaba la plataforma elevadora del camión. Los números coincidían con su hoja de entrega cifrada. El quinto estuche llevaba el número de serie físico acabado en 887. El albarán preliminar decía 8B7, un error introducido cuando alguien leyó una imagen escaneada borrosa.

—Este está mal —dijo Joel.

Lo había encontrado antes de que ella lo mencionara.

—El estuche es correcto —dijo Lin—. El albarán está mal.

—El portal tiene B-siete.

—Entonces el portal también está mal.

Joel llamó hacia la oficina. Su tío respondió sin levantarse de la mesa.

—Libro rojo —dijo el hombre mayor.

Joel sacó un libro de cuentas de una estantería y escribió ambos números, la hora, el conductor y la corrección con letra estrecha. Le pidió a Lin que rubricara el margen.

Las instrucciones de Yulan decían que las discrepancias debían resolverse digitalmente. Lin firmó el papel.

—¿Lleváis dos inventarios? —preguntó.

—Llevamos un inventario y varios ordenadores.

—¿Cuál gana?

—La caja.

Golpeó el quinto estuche con la palma.

Algo en su interior registró el impacto.

Ingot ocupaba el mismo bastidor que los cuatro aparatos del catálogo y pesaba once kilos más. La descripción aduanera era legal porque Yulan había omitido la información que le habría dado sentido para Llevant.

La nota de riesgo de Yulan describía el polígono como un entorno comercial de gran volumen con baja claridad de atribución. Llamaba a los registros multilingües de la familia operativamente ventajosos.

Lin había leído las frases dos veces. Significaban que la empresa esperaba que los de fuera creyeran que un componente estratégico podía desaparecer entre almacenes regentados por chinos. También significaban que Yulan creía en el mismo estereotipo.

Lin había protestado. Su patrocinador respondió que Llevant era un evaluador legítimo.

Joel llevó los primeros cuatro estuches a la nave dos. Cada uno pasó por la báscula del suelo. Cincuenta y un kilos, dentro de la tolerancia. El conductor dictó los números a su teléfono e hizo una mueca cada vez que la calle explotaba.

El quinto estuche marcó sesenta y dos.

—No son idénticos —dijo Joel.

—Lastre diferente para el perfil de evaluación.

—¿Lastre útil?

—Para los ingenieros.

—Los ingenieros encuentran usos para el peso después de añadirlo.

Lin lo miró. Él sonrió.

Era más joven que en la fotografía de la sesión informativa y más observador de lo que daba a entender la descripción del contacto local. El expediente lo describía como conductor de los domingos y ayudante de almacén. No decía que leyera los albaranes antes de firmarlos ni que hubiera reparado en once kilos sin necesitar la báscula.

Otra explosión borró la siguiente frase del conductor. Una niña con protectores auditivos salió corriendo de la nave cuatro, llevando un dragón de papel con un ala doblada. Su padre la siguió, gritándole que el carril de carga no era una plaça. Ella lo ignoró y le ofreció a Joel una tira de papel rojo.

—Para la bestia —dijo.

—Mes equivocado —respondió Joel.

—Ahora necesita reparaciones.

Aceptó el papel y se lo guardó en el bolsillo.

El conductor consiguió por fin su firma. Su aplicación registró la entrega a las 23:41 porque el lote permanecería abierto hasta que el camión regresara a su depósito. Lin le pidió que lo corrigiera.

—Hora del sistema —dijo.

—Son las siete y cuarto.

—Entonces escriba las siete y cuarto en su libro rojo.

Se marchó antes de que ninguno de los dos pudiera detenerlo.

El propietario de Llevant salió de la oficina después de que se hubiera ido el camión. Se presentó como Chen Zhou, comprobó la acreditación de Lin como empleada de Yulan y rechazó su oferta de volver a explicar el programa de evaluación.

—Mi hija entiende los ordenadores —dijo—. No está aquí.

—Puedo volver mañana.

—Mañana es festivo.

—La instalación tarda veinte minutos.

—Entonces tardará veinte minutos el jueves.

Cortó la coca en trozos más pequeños porque habían llegado más vecinos de los que daban de sí las bandejas. Alguien abrió cava. Una carretilla elevadora retrocedió entre las primeras notas de música de un altavoz portátil.

Lin necesitaba veinte minutos para probar el quinto estuche y anotar su cita de agosto en el registro de servicio.

—El contrato exige la validación de recepción —dijo.

Chen leyó la página correspondiente. —Permite la validación. No la exige esta noche.

Joel miró los cinco estuches. —Puedo quedarme.

—Tienes planes —dijo su tío.

—Los planes empiezan al anochecer.

El sol todavía presionaba, blanco, contra el carril de carga.

Chen miró a Lin, a su sobrino y a la persiana abierta. —Veinte minutos. Después os vais los dos antes de que a la gente le dé por ponerse creativa con la gasolina.

Trasladaron los estuches a la sala de sistemas. Los cuatro aparatos ordinarios superaron las comprobaciones de inventario. Joel etiquetó sus cables en catalán y español.

El estuche cinco permaneció cerrado.

Lin conectó su cable de servicio. Ingot despertó dentro de su armazón sellado.

Sus ventiladores alcanzaron más revoluciones que los de los demás. El calor llegó hasta las asas. Lin terminó la prueba antes de que el monitor de potencia del almacén pudiera volver a quejarse.

—Lastre —dijo Joel.

—Entre otras cosas.

—¿Qué hace?

—Mueve datos de modelos.

—Los otros hacen eso.

—Este mueve más.

La cita quedó anotada en el registro de servicio. Lin desconectó el cable.

Fuera, había empezado el crepúsculo. Los petardos llenaban cada pausa. La cuidadosa separación entre las explosiones había dado paso a un ruido continuo. El humo difuminaba las luces del almacén y la ceniza se posaba sobre los estuches negros antes de que Joel cerrara las tapas.

Volvió a tocar el estuche cinco.

—Sigue caliente.

—Se enfriará. No lo muevas sin una orden de servicio. No abras ningún estuche. Si alguien de Yulan pregunta por la temperatura, remite la consulta al soporte del proyecto.

—Tú eres de Yulan.

—Esta noche.

La respuesta se le escapó antes de que pudiera formularla mejor.

Joel la estudió y después anotó la observación térmica en el libro rojo.

Lin terminó el informe de visita en la oficina. El formulario exigía un contacto del personal local. Introdujo el nombre de Chen Zhou y se detuvo. Chen había aprobado la entrega. Joel la había gestionado, había encontrado el error del número de serie, se había quedado hasta tarde y había observado el calor.

La buena documentación nombraba a la persona que sabía lo que había ocurrido.

Añadió Joel Huang debajo del nombre de Chen y lo marcó como contacto local competente.

Era una cortesía. Garantizaría que recibiera reconocimiento si Yulan ampliaba el contrato de evaluación.

A las 21:06, Lin salió por la puerta enrollable delantera con un trozo de coca envuelto en una servilleta. Joel había insistido. Las calles más allá del polígono pertenecían al humo, las familias, la música y las explosiones que llegaban desde todas direcciones. Las hogueras esperaban la oscuridad. Había mesas en los balcones. Por las ventanas abiertas salían discusiones sobre adónde se permitía ir a los niños.

Un EBRO gris estaba al final del vial de servicio.

Lin lo reconoció: era el del ensayo de mayo. Esta vez el conductor no hizo ningún esfuerzo por seguirla. El coche permaneció bajo una farola mientras ella pasaba, con el parabrisas reflejando los petardos que estallaban sobre los tejados.

Envió un mensaje a su patrocinador.

Cinco recibidos. Registro local corregido. Contacto de evaluación añadido.

La respuesta llegó antes de que alcanzara la esquina.

Bien. Recuperación debe saber quién observa el hardware.

Lin dejó de caminar.

Consideró reabrir el informe y borrar el nombre de Joel.

El sistema ya lo había aceptado. No regresó.

En la habitación del hotel, la fotografía volvió a enfrentarla a la pregunta sin respuesta.

Había introducido el nombre de Joel como contacto competente. El departamento de seguridad de Yulan habría heredado el nombre cuando la evaluación pasara de ingeniería a recuperación. Lo que ella había llamado reconocimiento también era una ruta.

Lin no respondió a su patrocinador. Anotó la hora de llegada de la fotografía en una hoja del hotel, copió a mano la suma de comprobación del archivo y retiró la batería del dispositivo.

Alguien llamó a la puerta.

No era el personal de limpieza. Había renunciado al servicio al llegar y había colgado el aviso fuera para dejarlo claro.

Volvieron a llamar: dos golpes medidos. Una voz de hombre pronunció su apellido con el tono correcto y sin ningún tratamiento.

Lin guardó el papel dentro del zapato, tomó la bolsa negra y salió por la puerta de comunicación. Daba a una habitación vacía con dos camas que la recepcionista le había dado después de que fallara el primer aire acondicionado. Atravesó aquella habitación y entró en el pasillo seis puertas más allá.

Junto al ascensor, un hombre con una camisa clara esperaba de cara a los números de los pisos. No se volvió cuando Lin se acercó. Ella tomó las escaleras.

Llegó a la salida de servicio mientras un repartidor la mantenía abierta con un hombro. Fuera, el tráfico vespertino pasaba junto a Sants en oleadas de aire caliente. Tres pisos más arriba, el hombre llamaba a una habitación que contenía una puerta de comunicación abierta y un aire acondicionado que aún producía ruido.

Interludio: La licencia que nunca llegó

La máquina que Yulan había encargado nunca llegó.

Durante seis meses existió como un rectángulo en el plano de una fábrica, una secuencia de pagos en un sistema financiero y una fecha de entrega que nadie tenía permiso para llamar promesa. Los ingenieros diseñaron productos contando con su futura presencia. Los equipos de instalaciones prepararon la electricidad y el agua. En el suelo apareció un perímetro amarillo donde se instalarían sus módulos sellados.

En diciembre de 2019, el rectángulo seguía vacío.

Lin Qiao supo que no concederían la licencia de exportación durante una reunión sobre compiladores dedicada a otro asunto.

El jefe del departamento entró, desenchufó el cable de la presentación y dijo: —Sala cuatro. No traigáis nada.

Nadie preguntó si debían guardar su trabajo. Lo guardaron.

La sala cuatro no tenía ventanas y tenía demasiadas sillas. La fundadora de Yulan, Cao Min, estaba de pie ante la pizarra junto a una copia impresa de la hoja de ruta de la fábrica. Tenía cincuenta y tres años y no le gustaba que la llamaran presidenta porque eso permitía a los hombres dedicar el primer minuto de una reunión a escenificar su respeto en lugar de responder preguntas.

Hsu Yu-chen estaba sentada cerca del extremo de la mesa, con una acreditación de visitante prendida a la chaqueta. Había llegado de Hsinchu para revisar el modelo de encapsulado del primer acelerador de vanguardia de Yulan. Su vuelo de vuelta salía a la mañana siguiente. Hasta hacía diez minutos, Lin daba por hecho que regresaría en febrero.

Cao esperó a que se cerrara la puerta. —La licencia no llegará —dijo.

Nadie habló.

Los informes públicos los habían preparado para aquello sin llegar a convencerlos. Washington presionaba a los gobiernos europeos para que impidieran que cierto tipo de equipos de fabricación llegara a China. El proveedor necesitaba la autorización de su gobierno. Las reuniones se convirtieron en llamadas, las llamadas en aplazamientos y los aplazamientos en vagas fórmulas sobre la continuidad del diálogo.

Los ingenieros habían tratado el retraso como una cuestión política. La política era el clima hasta que entraba en la sala limpia.

Cao tomó un rotulador negro y tachó tres años de la hoja de ruta.

El sonido fue apenas audible. Eliminó dos aceleradores, un sistema de entrenamiento y el producto en el que la mitad de los presentes esperaba cimentar su carrera.

—Podemos rediseñar teniendo en cuenta los equipos que sí podemos conseguir —dijo el director de silicio.

—¿Cuánto tardaríamos? —preguntó Cao.

—¿Para el primer dispositivo? Dieciocho meses si el equipo de proceso logra recuperar la densidad.

—¿Con qué prestaciones?

Él dio una horquilla.

Cao escribió el valor medio en la pizarra. Después anotó a su lado las prestaciones previstas en el plan abandonado.

La diferencia era lo bastante grande para poner fin a la discusión.

—No podemos construir una versión peor de la misma máquina y llamarlo independencia —dijo Cao—. ¿Qué clase de cálculo valioso hemos elegido solo porque todos los demás lo eligieron?

El arquitecto de entrenamiento respondió primero. —Multiplicación de matrices densas.

—Eso no es una respuesta. Esa es nuestra religión actual.

—Es lo que requieren los modelos.

—Los modelos requieren muchas cosas. ¿Cuál fingimos que es todo el problema?

Lin observó cómo Hsu ponía su acreditación de visitante boca abajo.

El acelerador de la hoja de ruta de Yulan se parecía a todos los aceleradores que competían por el mismo mercado. Transistores más pequeños. Más unidades aritméticas. Memoria rápida y cara cerca de ellas. Un consumo suficiente para que cada diapositiva sobre eficiencia necesitara una nota al pie. Yulan había planeado llegar tarde y cobrar menos.

Sin el nuevo proceso, llegarían más tarde.

—El entrenamiento sigue siendo aritmética —dijo Lin.

Todos la miraron. Los ingenieros de compiladores asistían a las reuniones de arquitectura para explicar por qué el software no salvaría un mal diseño. No se esperaba de ellos que propusieran el siguiente.

—Sí —dijo Cao—. ¿Qué no lo es?

—La inferencia, a veces.

El arquitecto de entrenamiento se removió en su silla.

—La inferencia también es multiplicación de matrices.

—A veces —repitió Lin.

Se acercó a la pizarra porque explicar algo desde una silla hacía que una idea sonara a objeción. Cao le tendió el rotulador.

Lin dibujó un recuadro para representar un modelo y luego lo dividió en muchos recuadros más pequeños.

—Las redes podadas ya dejan inactiva la mayor parte de sus pesos. Los modelos condicionales de los artículos de investigación van más allá. Un enrutador selecciona unos pocos bloques de expertos para cada entrada. El resto espera.

—Espera en la memoria —dijo el director de silicio—. Una memoria que no podemos colocar lo bastante cerca de las unidades de cálculo.

—Sí.

—Entonces has descrito nuestra desventaja.

—He descrito el movimiento. No la aritmética.

Dibujó flechas entre los recuadros. Demasiadas al principio, luego menos.

—Si los expertos activos pueden predecirse, reutilizarse y moverse antes de que se necesiten, la parte valiosa de la máquina quizá no sea el multiplicador más pequeño. Quizá sea el sistema que mantiene alimentados los multiplicadores ordinarios.

—¿A partir de qué? —preguntó Cao.

—El historial del enrutador. La localidad de las entradas. La planificación del compilador. Todavía no lo sé.

Cao asintió ante la última frase.

Hsu se levantó y se acercó a la pizarra.

—Eso no servirá si la memoria está al otro lado de un único borde estrecho del encapsulado —dijo.

Su chino era exacto y llevaba el ritmo de alguien que normalmente hacía ese trabajo en otro idioma. Tomó el rotulador de Lin y dibujó varios encapsulados en lugar de un único chip grande.

—Estás sustituyendo densidad de proceso por superficie de encapsulado —dijo el director de silicio.

—En parte.

—La superficie cuesta dinero.

—También cuesta dinero un equipo que no llega.

Una persona se rio, pero se detuvo cuando nadie se unió a ella.

Hsu no dibujó una receta de fabricación. Dibujó límites. Lógica de proceso maduro aquí. Memoria estándar allí. Recorridos cortos donde fuera posible. Almacenamiento más lento detrás. Una interconexión que trataba el encapsulado como un sistema, no como un contenedor.

Lin añadió el límite del software. Las capas densas seguían en los aceleradores convencionales. La atención también. Los expertos dispersos se movían por el nuevo sistema de memoria. Un fallo sería lento. Un acierto podría hacer útil la fabricación antigua de una forma que nadie había medido porque las pruebas de rendimiento presuponían una máquina distinta.

Cuando se detuvieron, la pizarra contenía los encapsulados de Hsu y las flechas de Lin.

Cao lo leyó de izquierda a derecha.

—¿Puede entrenar?

—No —dijo Lin.

—¿Puede atender a muchos usuarios?

—No sin perder el patrón de reutilización. Primero, lotes pequeños.

—¿Puede superar al acelerador que habíamos planeado?

—En computación general, no.

El arquitecto de entrenamiento cruzó los brazos. —Entonces, ¿qué hemos ganado?

Hsu tapó el rotulador. —El derecho a construir algo.

El silencio regresó.

Cao trazó un círculo alrededor del encapsulado y el compilador.

—¿Qué tamaño de modelo?

—¿El de hoy? —preguntó Lin.

—El que hará que la gente diga que no puede ejecutarse fuera de un centro de datos.

—No sabemos qué aspecto tiene ese modelo.

—Entonces diseñad para esa característica, no para un nombre. Disperso. Casi todo inactivo. Demasiada memoria para un acelerador caro.

Miró a Hsu. —¿Cuánto tiempo te quedas?

—Mi vuelo sale mañana.

—Cámbialo.

Hsu no respondió de inmediato. —Mi empresa aprobó una revisión del encapsulado, y nada más.

—Llámales.

—Deberías llamarles tú. Así las dos empresas sabrán quién considera que este es un trabajo conjunto.

Cao sonrió. —Bien. Lin, haz la llamada conmigo.

La reunión se disolvió en tareas antes de que nadie la diera por terminada. Opciones de proceso. Suministro de memoria. Simulación. Trazas de modelos. Finanzas. Tres personas discutían sobre si debía retirarse el rectángulo amarillo del suelo de la fábrica. Cao les dijo que lo dejaran allí una semana.

Lin se quedó ante la pizarra con Hsu.

—Sabías que no habría licencia —dijo Lin.

—Sabía que mi dirección daba por hecho que no habría licencia. Me dijeron que terminara la revisión y llevara a casa nuestras notas de interfaz.

—¿Te dejarán quedarte?

—Quizá dos días. Quizá me ordenen volver esta noche.

Lin miró la arquitectura rodeada por un círculo.

—Entonces fotografiamos la pizarra.

—No.

—La sala no tiene sistema de grabación.

—Esta sala pertenece a una empresa, y la empresa tiene abogados.

Hsu abrió su cuaderno. En una página escribió la fecha, los nombres de todos los que estaban en la sala y una breve suma de comprobación del archivo de planta del encapsulado que acababan de guardar. Firmó debajo y le tendió el bolígrafo a Lin.

—Esto no demuestra nada técnico —dijo Lin.

—Hoy no.

Lin firmó.

—Esta noche va al depósito de la universidad —dijo Hsu—. Ellos ponen la fecha. Yo no.

El jefe del departamento regresó con dos miembros del personal de seguridad. No llevaban armas ni hicieron acusación alguna. Tenían órdenes del departamento jurídico: el personal visitante no podía permanecer en una reunión de diseño estratégico no aprobada. La acreditación de Hsu ya había sido desactivada.

Cao empezó a protestar. Hsu cerró el cuaderno. —Haz primero la llamada —dijo—. Después protesta.

Se puso el abrigo y salió entre los miembros de seguridad.

Lin observó a través del panel de cristal de la puerta cómo Hsu esperaba un ascensor para visitas escoltadas que no requiriese su acreditación. Más allá de ella, el rectángulo amarillo seguía visible en el suelo de la fábrica, vacío y claramente delimitado.

Cao regresó a la pizarra.

—Borra la hoja de ruta antigua —dijo.

Lin borró los aceleradores que Yulan ya no podía construir. Cuando llegó al dibujo nuevo, se detuvo.

—Eso también —dijo Cao—. Después reconstrúyelo en algún lugar donde las cámaras no puedan adueñarse de él.

Lin borró el encapsulado de Hsu, sus propias flechas y el círculo que los unía.

La máquina que nunca llegó solo dejó el rectángulo amarillo en el suelo de la fábrica.

Capítulo 10: Hacia el norte

Oriol ocultó la ruta a Figueres dentro de un documento que decía que allí no debía enviarse nada.

Mei lo encontró el viernes por la mañana, cuando la falsa orden de recogida empezó a separarse con el calor.

La policía había fotografiado las tres páginas, registrado el original y devuelto la funda a Llevant contra recibo. Una esquina de la segunda página se despegó de la tercera. Mei deslizó una uña por debajo y notó dos hojas donde la orden afirmaba que había una.

—Pegamento —dijo.

Arnau levantó la vista del portátil limpio del almacén. —¿En papel?

—Tu industria ha olvidado que existe.

Calentó la funda bajo una lámpara de escritorio y separó las páginas con una regla fina de plástico. La hoja oculta era más estrecha y estaba impresa en papel más grueso. Era un albarán de devolución del Grand Départ del Tour de France, fechado el 6 de julio. Guaita Event Resilience había enviado dos pasarelas temporales de contribución desde Barcelona a un almacén de Figueres para después del evento.

El código de ruta correspondía a la tercera etapa.

—¿El Tour pasó por Figueres? —preguntó Mei.

—No —dijo Arnau.

—¿Certeza o memoria?

Abrió Ephemeris en el entorno corporativo más limpio disponible, no introdujo datos privados y pidió las rutas publicadas de las etapas de 2026. El asistente devolvió la contrarreloj por equipos de Barcelona, Tarragona-Barcelona y luego Granollers hacia Les Angles por el corredor pirenaico.

Figueres no aparecía por ninguna parte.

Ephemeris proporcionó enlaces oficiales, estimaciones de viaje en coche y el horario nocturno de apertura del Dalí Theatre-Museum. No se negó a responder, no lo delató ni mejoró el misterio.

—El albarán es falso —dijo Júlia.

—La orden de recogida es falsa —respondió Mei—. Alguien ocultó el albarán en su interior sabiendo que yo inspeccionaría el papel.

—Oriol.

—Posiblemente.

Arnau señaló una marca corta junto a la dirección de devolución. Tinta azul, del mismo color que las notas de Oriol en la copia impresa de Shodan. Parecía un ojo mal dibujado o un círculo dividido por una línea.

Júlia se acercó. —Es la cúpula.

—Son seis milímetros de tinta —dijo Mei.

—La dibuja en todos los programas de Figueres. Cree que Dalí da permiso a los técnicos para hacer que los relojes parezcan artísticos.

—¿También pega programas en órdenes de envío falsificadas?

—Normalmente no.

El jueves no había deparado ninguna otra ruta. La policía no compartiría la ubicación de la tarjeta de Girona porque Arnau no era ni familiar ni investigador. Guaita le había suspendido el acceso al edificio a la espera de una entrevista interna a la que aún no había asistido. La furgoneta oscura no había vuelto a Llevant, lo que solo significaba que había aprendido a no detenerse delante de la ventana.

Arnau y Mei cambiaron de hotel una vez, abiertamente y sin alias. Los nombres falsos solo crearían otro registro que podría utilizarse contra ellos. Cada uno mantuvo una bolsa preparada. El hogar se había convertido en el lugar donde sus cosas sin usar esperaban junto al reloj.

A las diez, Arnau asistió a la entrevista sobre su suspensión desde la única silla de la habitación del hotel. Mei se sentó en la cama, fuera del plano de la cámara del portátil, y escuchó a Lenticular reducir once años de trabajo a cuatro preguntas.

¿Había copiado material restringido del espacio de trabajo de Oriol? Sí.

¿Había enviado metadatos de cámara y resúmenes de capturas de tráfico a un sistema de IA externo? No. Ephemeris era el servicio empresarial con licencia de Lenticular.

¿Había transferido material de la empresa a Llevant Import? Había transferido una imagen fija que mostraba la identidad de Llevant al director de operaciones de Llevant.

¿Devolvería todo el material retenido y cesaría el contacto independiente con los socios del eclipse? No.

La representante de recursos humanos siguió siendo una voz detrás de una cartela corporativa. Reixac apareció en cámara desde una oficina sin ninguna ventana visible.

—Esto no es teatro disciplinario —dijo Reixac—. El evento es dentro de cinco días. Necesitamos una versión de lo ocurrido.

—Ya tienen una —respondió Arnau—. Ese es el problema.

—Te ofrezco una investigación protegida dentro de Guaita. Acceso completo, asesoría jurídica, una sala de pruebas y ninguna exposición personal adicional.

—¿Mei tendrá acceso?

—Llevant es una parte externa interesada. Sus pruebas pueden presentarse en su nombre.

—¿Por quién?

—Para eso está la asesoría jurídica.

Mei observó cómo Arnau comprendía por completo la oferta. Podía volver al sistema que conocía, ver los registros que Reixac seleccionara y decirse que el acceso restringido seguía siendo acceso. Llevant quedaría reducido a una declaración resumida por alguien cuyo sueldo procedía de la empresa que utilizaba su nombre.

—No —dijo Arnau.

La cartela corporativa habló. Sus credenciales serían suspendidas de inmediato. Su acceso a 3Cat sería revisado por la cadena, no por Lenticular. No debía contactar con el personal del proyecto a través de los sistemas de la empresa.

Una a una, las sesiones fueron cerrándose en el portátil mientras seguía la llamada. Panel de contribución. Archivo de ingeniería. Chat del equipo. La ventana de soporte remoto que había mantenido abierta durante tres meses se volvió gris y le pidió autenticarse.

Un mensaje de un ingeniero junior llegó a su teléfono personal antes de que se cerrara la última sesión.

Me han dicho que no responda a tus preguntas técnicas. Lo siento.

Arnau lo leyó dos veces y escribió tres respuestas distintas. No envió ninguna. Cualquier respuesta obligaría al ingeniero a elegir entre un compañero y un empleador mientras la plataforma del eclipse estaba activa.

Reixac se quedó después de que la representante se marchara.

—Crees que negarte mantiene tus manos limpias —dijo.

—No. Creo que tú decides qué registros puede ver cada cual.

—Cuando las emisiones públicas fallen el miércoles, la gente no preguntará si tus principios tenían una buena procedencia. Preguntará quién mantuvo vivas las imágenes.

—Y pretendes que la respuesta sea Guaita.

—Pretendo que exista una respuesta.

La llamada terminó. Arnau observó cómo su nombre desaparecía de la lista del equipo de contribución.

Cerró el portátil sin decir lo que significaba la pérdida. Mei lo sabía de todos modos. Arnau había construido sistemas de los que se quejaba a diario y en los que confiaba con la confianza más profunda, la que se reserva para las cosas que uno ha reparado personalmente.

Al mediodía decidieron ir al norte.

Berta permaneció en 3Cat. Tenía programas en directo, reuniones informativas sobre el eclipse y la útil protección que le daba tener que aparecer en cámara a horas conocidas. Reservó tres entradas para la visita nocturna al museo a su nombre y luego se quejó de que aquello la convertía en cómplice del turismo.

—Llamad cuando lleguéis —dijo—. Llamad antes si un coche gris y una furgoneta oscura empiezan a discutir por vosotros.

—¿Cómo discutirían los coches? —preguntó Arnau.

—Después me explicarás el mecanismo.

Mei conducía. Arnau iba a su lado con su pequeño equipo de radio bajo los pies. Júlia ocupaba el asiento trasero con el albarán falso. Llevaban una bolsa para pasar la noche cada uno, aunque nadie había acordado dónde dormirían.

Barcelona los soltó despacio. La autopista hacia el norte reverberaba bajo el calor. La temperatura del salpicadero subía cada vez que el tráfico se detenía y solo bajaba después de que avanzaran el tiempo suficiente para que el coche olvidara la ciudad.

Una furgoneta negra de Guaita se incorporó detrás de ellos cerca de la primera área de servicio.

No era la furgoneta oscura dañada. Esta llevaba el nombre de la empresa en pequeñas letras grises y un cofre en el techo utilizado por los equipos de campo. Legal, visible y más fácil de explicar.

El teléfono de Arnau sonó a través del sistema del coche.

Reixac.

Mei respondió sin apartar los ojos de la carretera. —Está conduciendo.

—Lo sé —dijo Reixac—. Llamo a los dos.

—Entonces sabes dónde estamos.

—Un vehículo de la empresa ha usado el token de la cuenta de Arnau en el peaje de la autopista. Es un aviso de seguridad rutinario, no vigilancia.

Estaban en el coche de Mei. El token de cuenta de Arnau estaba dentro de su teléfono de trabajo.

—¿Qué quieres? —preguntó Arnau.

—Que devuelvas el material de Room Zero que sacaste de los sistemas de Lenticular.

Todavía no habían encontrado Room Zero. Reixac lo había nombrado antes que ellos.

Júlia se inclinó hacia delante entre los asientos.

—¿Qué es Room Zero? —preguntó, lo bastante alto para que lo captara el micrófono.

Reixac hizo una pausa. —Una categoría de continuidad. La sala que permanece cuando fallan las salas públicas.

—Una sala ausente del plan —dijo Arnau.

—Todos los sistemas tienen excepciones. La fragmentación las hace invisibles y, por tanto, no sujetas a responsabilidad. Tú, más que nadie, deberías entender por qué importa la observabilidad.

—¿Observación por parte de quién? —preguntó.

—Eso es gobernanza, no ingeniería. Vuelve y ayúdanos a diseñarla. Tu acceso puede restaurarse hoy.

Mei terminó la llamada.

—Todavía estaba hablando —dijo Arnau.

—Por eso la terminé.

—Ha nombrado Room Zero.

—Y te ha ofrecido devolverte el puesto. ¿Cuál de las dos cosas te ha asustado más?

Arnau no respondió.

—¿Conocemos al conductor? —preguntó Júlia.

—Conocemos al empleador —dijo Arnau.

—Tu empleador.

—Tengo suspendido el acceso al edificio, no estoy despedido.

—Una distinción generosa.

Mei observó la furgoneta por el espejo. Seguía a dos vehículos de distancia cuando ella se desplazó a la derecha. Cuando adelantó a una autocaravana lenta, la furgoneta adelantó a la autocaravana. Nada de lo que hacía demostraba que los estuviera siguiendo.

—Deberíamos salir de la autopista —dijo Arnau.

—¿Y hacer qué?

—Ver si nos sigue.

—Sabe hacia dónde apunta el albarán. Poner a prueba la furgoneta solo le dirá que sabemos que sabe.

—Entonces conducimos hasta Figueres con Guaita detrás.

—Sí. Al menos las señales de tráfico reducirán los desacuerdos.

En la siguiente área de servicio, Mei tomó la salida sin señalizar con antelación. La furgoneta de Guaita continuó hacia el norte.

—No nos sigue —dijo Júlia.

—O lo hace mejor —respondió Arnau.

Aparcaron en la estrecha sombra junto a la tienda de la gasolinera. El calor los alcanzó a través del parabrisas antes de que Mei apagara el motor. Las familias cruzaban el asfalto con bebidas frías y niños cuyos rostros habían alcanzado el borde rojo de la paciencia. Todas las mesas bajo el toldo estaban ocupadas.

El EBRO gris estaba junto a la salida.

Mei no lo había visto detrás de ellos.

El asiento del conductor estaba vacío. Un hombre con gafas de sol se sentaba en el lado del acompañante, con el rostro orientado hacia la autopista y no hacia su coche. Podía estar esperando a alguien dentro. Podía estar observando el tráfico hacia el norte en busca de la furgoneta de Guaita.

—Dos llamadas —dijo Júlia en voz baja.

—Ese era el sistema de ayer —respondió Mei.

Arnau alargó la mano hacia la caja de la radio.

—Déjalo.

—Puedo comprobar si están transmitiendo.

—¿Y si lo hacen?

Dejó la caja bajo sus pies.

Entraron en la tienda por separado y no compraron nada útil: agua, melocotones bastante duros para aguantar el viaje, un cable de carga porque Arnau había dejado el suyo en casa y tres bolsas de hielo que se convirtieron en dos bolsas y una fuga antes de que llegaran al coche.

El acompañante permanecía en el EBRO.

Mei volvió a incorporarse a la autopista.

El coche gris dejó pasar dos vehículos y luego los siguió.

Diez kilómetros más tarde, la furgoneta de Guaita apareció delante de ellos.

Había reducido la velocidad en el carril derecho. El coche de Mei se acercó mientras el EBRO mantenía su posición detrás. Durante medio minuto viajaron entre los dos vehículos, un acuerdo privado que avanzaba a cien kilómetros por hora entre el tráfico de vacaciones.

—No aceleres —dijo Júlia.

—No lo hago.

—No reduzcas la velocidad.

—Elige un miedo.

La furgoneta de Guaita puso el intermitente y entró en un área de descanso. Mei la adelantó.

El EBRO no.

Siguió a Guaita fuera de la autopista y desapareció del espejo.

Arnau se volvió en el asiento. —Se están vigilando mutuamente.

—Eso quedó establecido en Walden —dijo Mei.

—Nos han dejado continuar.

—Eso es nuevo.

La ausencia de ambos vehículos duró veintitrés minutos. Parecía menos segura que cualquiera de los dos seguimientos. Mei comprobó cada carril de incorporación y cada vehículo que permanecía detrás durante más de una salida. Un camión de reparto. Una familia francesa. Dos motocicletas que circulaban demasiado juntas. Ni furgoneta. Ni EBRO.

Júlia estudió el albarán.

—El nombre de este depósito es incorrecto —dijo.

—Es ficticio —respondió Arnau.

—No. Está diseñado así. Mira los saltos de línea.

La dirección ocupaba tres líneas centradas. Un sistema logístico normal las alinearía a la izquierda. La línea más larga estaba en medio, con las líneas más cortas arriba y abajo.

—Un triángulo —dijo Mei.

—Un punto de observación. Oriol quiere que nos situemos en algún lugar.

—¿Dentro del museo?

—O quiere que yo piense eso.

—¿Por qué tú? —preguntó Arnau.

Júlia dobló el albarán por su pliegue original. —Porque sabía dónde tuvieron lugar las primeras pruebas del índice de cámaras que Reixac ahora llama Atlas, y me preguntó por la perspectiva.

Arnau la miró por el espejo. —¿Atlas?

—Es el nombre que le da ahora. Está en la renovación de la financiación.

—¿Cuándo te lo preguntó?

—El viernes pasado. Nuestra reunión de once minutos.

—Dijiste que te preguntó por una pasarela antigua.

—Lo hizo. Luego preguntó si una sala falsa podía detectarse desde una sola cámara.

—Y le dijiste Figueres.

—Le hablé de la perspectiva, del único lugar donde tiene que situarse un espectador antes de que una sala se cierre a su alrededor. Figueres fue idea suya.

La carretera se abrió a la llanura. Figueres esperaba bajo el calor, bajo un cielo desvaído hasta quedar casi blanco. Llegarían horas antes de que se abrieran las puertas nocturnas del museo, a las nueve y media.

Mei volvió a comprobar el espejo.

Un coche beige se había incorporado detrás de ellos. La conductora era una mujer con gafas oscuras. Se mantenía lo bastante lejos para ser competente o no estar implicada.

—¿Otro? —preguntó Arnau.

—Quizá.

—¿Cuántos bandos hay ahora?

—Pregúntamelo cuando una de ellas nos ayude.

Más adelante, una señal de la autopista anunciaba Figueres como destino.

Capítulo 11: Dalí de noche

A las 21:24, al museo aún le faltaban seis minutos para abrir y la mujer del coche beige ya estaba dentro.

Arnau la vio a través de la entrada acristalada, hablando con un empleado bajo la fachada roja. Ahora llevaba las gafas oscuras sobre la cabeza. No llevaba bolso y calzaba unos zapatos que parecían elegidos para suelos de piedra, no para un trayecto desde Barcelona.

—Quizá tenga entrada —dijo.

—Una teoría radical —respondió Mei.

El calor de la tarde no había abandonado Figueres. Ascendía desde el pavimento alrededor del Teatre-Museu y mantenía unidos a los visitantes que esperaban en una fila desordenada. Familias, parejas, un grupo guiado que negociaba cuatro idiomas, dos niños preguntando si la noche empezaba cuando abría el museo o cuando el cielo se oscurecía.

Sobre ellos, la cúpula de cristal atrapaba la última luz.

Júlia volvió a mirar el falso resguardo de Tour. Tres líneas de dirección centradas, dispuestas como una marca de observación.

—Oriol esperaba que viniera aquí —dijo.

—¿Porque eres de Figueres? —preguntó Arnau.

—Porque sabía que odiaría la pista.

—¿Por qué?

—El surrealismo no es la ausencia de reglas. La gente lo usa para excusar todo lo que no se molesta en entender. Dalí construía el punto de vista. No arrojaba objetos a una habitación esperando que los turistas les dieran sentido.

Las puertas se abrieron a las nueve y media.

Sus entradas estaban a nombre de Berta. El empleado las comprobó sin interés por la conspiración necesaria para comprar entradas de museo. Arnau se sintió brevemente ofendido por la normalidad de la transacción, y después aliviado.

Un hombre esperaba más allá de la entrada, junto al patio del Cadillac. Llevaba una acreditación de servicios técnicos del museo y sostenía un plano de iluminación doblado. Cabello gris, rostro estrecho, camisa negra a pesar de la temperatura.

—¿Arnau Vidal? —preguntó.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Oriol. Hace seis días. Dijo que quizá llegara un ingeniero difícil en su lugar. Esperaba a alguien más alto.

—¿Miquel Sastre?

—Quel. Solo Hacienda me llama Miquel.

Se apartaron de los visitantes que llegaban. El patio se abría sobre ellos, la noche acumulándose en los bordes mientras unas figuras doradas los observaban desde las paredes. Quel no bajó la voz. El edificio ya contenía suficientes conversaciones extrañas como para proteger una más.

—Oriol preguntó por un vídeo —dijo Arnau.

—Preguntó por una profundidad falsa. Después me envió once segundos de una habitación y me dijo que no respondiera por teléfono.

—¿Le respondiste?

—Le dije que viniera y se colocara en el punto correcto. Le gustaba hacerse el misterioso cuando un tren directo habría bastado.

—En vez de eso, desapareció.

La irritación de Quel se desvaneció. —Lo sé.

—¿Tienes el clip?

—No. Los dispositivos del museo no reciben archivos desconocidos de productores de televisión antes del amanecer. Lo vi en su pantalla durante una videollamada.

—¿Qué viste?

—Una habitación aburrida diseñada por alguien que pensaba que aburrido significaba fiable. Se lo dije. Él respondió que lo aburrido era lo importante.

Quel los condujo por el museo con la impaciencia de un técnico que atraviesa su lugar de trabajo. Los visitantes se detenían. Él los rodeaba. Pinturas, piedra, terciopelo, cristal y sorpresa escenificada pasaban en fragmentos. Arnau se resistió al impulso de convertir cada reflejo en vigilancia.

Júlia se detuvo bajo la cúpula.

Desplegó el falso resguardo y sostuvo sus tres líneas de dirección centradas contra la curva que había sobre ellos. La línea más larga no coincidía con nada. Se movió a la izquierda, después a la derecha, y luego subió tres escalones hasta que un empleado le pidió que apartara el papel de la barandilla.

—La cúpula es la marca que dibujó Oriol —dijo Arnau.

—Por eso puede ser un señuelo.

—¿Para quién?

—Para cualquiera que llegue hasta el símbolo y deje de mirar.

Probó otra posición. Los visitantes fluían a su alrededor y empezaron a mirar hacia arriba porque ella lo hacía. En menos de un minuto, seis desconocidos fotografiaban la parte de la cúpula que parecía identificar su papel. Ninguno preguntó si había encontrado algo.

La mujer del coche beige se unió a ellos.

Alzó el teléfono hacia la cúpula. Su pantalla oscura reflejaba a Júlia, Arnau y el resguardo con más claridad que el cristal de arriba. Tomó una fotografía y lo bajó.

Arnau se acercó a ella.

Una familia entró entre ambos. Cuando pasó, la mujer examinaba una obra enmarcada en la pared opuesta, con las dos manos a la vista.

—Nos ha fotografiado —dijo Arnau.

—Ha fotografiado la cúpula —respondió Mei.

—Estábamos en la pantalla.

—Entonces todo visitante con un cristal reflectante nos ha fotografiado. No podemos perseguirlos a todos.

Quel cogió el resguardo de manos de Júlia y lo dobló una vez siguiendo el pliegue que ya tenía. —Oriol dibujaba la cúpula en los horarios porque le divertía. También dibujaba hormigas en las facturas que no le gustaban. Si sigues cada marca, el museo cerrará antes de que encuentres la útil.

La primera lectura había fallado. La dirección no seleccionaba una obra, una sala ni una dirección desde el patio.

La mujer del coche beige permanecía dos salas por detrás.

No los miraba. Miraba las obras, se movía cuando avanzaba el recorrido y nunca consultaba una guía. En una puerta desapareció. En la siguiente, Arnau vio su reflejo antes que a ella.

—¿Conoces a esa mujer? —preguntó a Quel.

—Conozco a la gente que trabaja aquí. Ella no.

—¿Deberíamos avisar a seguridad?

—¿De que una visitante está visitando? No. Deberías dejar de comportarte como un ladrón.

La Sala Mae West hizo que Quel redujera el paso.

Desde abajo, sus objetos seguían siendo objetos: un sofá con forma de labios, imágenes enmarcadas, rasgos distribuidos por una sala. Desde el punto de vista elevado, se convertían en un rostro. La instalación no cambiaba. La posición la organizaba.

—Aquí —dijo.

Júlia ya había subido al mirador.

Miró una vez, bajó y le quitó el teléfono de la mano a Arnau.

—El clip.

—La policía tiene el archivo.

—Tú tienes la imagen fija.

Abrió el fotograma que había enviado a Mei. La sala blanca de equipos, el borde de un estuche con ruedas, superficies ilegibles salvo por las falsas palabras Llevant que habían ampliado.

Júlia sostuvo el teléfono con el brazo extendido y después lo bajó hasta alinear la pantalla con la sala que tenían delante. Usaba la plataforma de observación para mostrarle a Arnau que una imagen podía contener una sala solo desde un lugar determinado.

—La pared izquierda —dijo.

—¿Qué pasa con ella?

—No tiene grosor.

—Es un vídeo.

—La cámara vibra con la ventilación. Mira el borde de la puerta contra el estuche.

Arnau reprodujo los once segundos desde la copia privada almacenada en su espacio personal, la copia que ya había reconocido ante los investigadores de Reixac. El fotograma se movía menos de un píxel, el temblor normal de una cámara fija montada cerca de maquinaria.

El estuche se desplazó contra la puerta.

La pared no.

—Superficie impresa —dijo Quel—. O una pantalla.

—Una superficie plana colocada detrás del estuche —respondió Júlia—. La cámara está en el único punto desde el que la perspectiva completa la sala.

—¿Viste eso el viernes pasado? —preguntó Arnau.

Ella no respondió.

Mei cogió el teléfono. —Si la sala es falsa, ¿qué es real?

—El estuche. El suelo cercano. El sonido de la ventilación. Quizá el borde de la puerta. Todo lo demás es una imagen.

—¿Y el reloj?

—Lo bastante real para transmitir el fallo.

Arnau observó a Júlia. —Le preguntaste a Oriol si una sala falsa podía detectarse desde una sola cámara.

—Él me lo preguntó a mí.

—Porque ya le habías explicado cómo construir una.

—Porque una vez diseñé salas de calibración. Si todas las cámaras ven los mismos objetivos desde una posición conocida, puedes medir el error del reloj y de la lente sin llevar el sistema al terreno.

—Salas Atlas.

—El prototipo no tenía ese nombre.

—Pero tenía salas.

La mujer del coche beige subió a la plataforma de observación.

Durante un segundo ocupó la posición sobre ellos y miró hacia abajo a través del marco óptico. Su mirada no se detuvo en el rostro ensamblado por la sala. Se detuvo en el teléfono de Arnau.

Después se movió.

Demasiado deprisa para una visitante que hubiera esperado a alcanzar el punto de vista correcto.

Arnau la siguió.

Cruzó a la sala siguiente sin echar a correr. Arnau la perdió detrás de un grupo guiado, volvió a verla cerca de una escalera y volvió a perderla cuando un empleado del museo le pidió que no avanzara en dirección contraria al recorrido de los visitantes.

—Necesito hablar con esa mujer.

—Entonces háblele sin empujar a la gente.

Cuando Arnau llegó al patio, ella había desaparecido.

Comprobó la entrada. Nadie había salido por allí. Una puerta técnica permanecía cerrada junto a un cordón rojo. Extendió la mano hacia el tirador.

Quel lo agarró del brazo.

—No.

—Ha salido por aquí.

—Entonces llamo a seguridad. Tú no conviertes un museo en tu persecución privada.

—Nos siguió desde la autopista.

—Eso no te da una llave.

Quel llamó a la central. El personal comprobó el recorrido público y las salidas. No encontraron a ninguna mujer que coincidiera con la descripción de Arnau. No entregaron las grabaciones de las cámaras a un visitante que decía que su amigo había desaparecido.

A las 22:46, Quel los llevó a una terraza interior donde ofrecían cava a los visitantes. Una proyección audiovisual había sido cancelada porque al equipo no le gustaba el calor. El cielo sobre el patio estaba despejado. Arnau no bebió.

Mei colocó el falso resguardo junto al teléfono.

—La dirección no es una dirección —dijo—. Nos dice dónde colocarnos. El vídeo nos dice que la sala es una imagen. ¿Qué oculta la imagen?

Júlia volvió a reproducir el clip sin mirar la pared falsa.

Once segundos. Ventilación. Un estuche. El borde del suelo real. La marca de tiempo perdiendo 1,7 segundos dos veces.

—El sonido —dijo.

Quel se inclinó. —El ventilador cambia en el cuarto segundo.

—No es el ventilador. Está detrás.

Arnau subió el volumen. Bajo la ventilación se oía un pequeño impacto repetitivo, casi absorbido por la compresión. Tres golpes, una pausa, y otros tres.

—¿Una junta de raíl? —preguntó.

—Demasiado regular —dijo Quel.

Mei escuchó. —Una puerta de carga.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Una cadena suelta golpeando una guía cuando se mueve la persiana. Tres golpes al subir. Tres al bajar.

—Eso nos da todos los almacenes de Cataluña —dijo Arnau.

—No. El vídeo excluye el almacén. Quien construyó la pared falsa quería que viéramos una sala de equipos limpia y que no preguntáramos por qué una persiana de carga estaba funcionando detrás.

Júlia congeló el fotograma en el primer salto del reloj. En el tirador metálico curvado del estuche, un reflejo estrecho interrumpía la pared blanca. Una franja de luz naranja, después oscuridad, y de nuevo naranja.

—Una baliza de vehículo —dijo Arnau.

—O una luz de advertencia sobre una persiana —respondió Mei.

—La luz cruza dos veces en once segundos.

—Porque el reloj de la cámara muestra tres islas, no un único acontecimiento continuo —dijo Júlia—. Oriol las ensambló.

—¿Para decir qué?

—Que la sala se mueve.

Quel la miró. —La carrocería de un camión.

La falsa sala de equipos estaba dentro de un vehículo o de un contenedor de montaje desmontable. El sonido de la persiana de carga procedía de dondequiera que hubiera aparcado. Estuviera donde estuviera, la misma caja podía hacerse pasar por una sala distinta para cualquier cámara que la encontrara.

El museo anunció que faltaban cuarenta y cinco minutos para el cierre. Los visitantes empezaron a decidir qué cosas aún no habían visto.

Júlia miró al otro lado de la terraza.

La mujer del coche beige estaba en la galería opuesta.

Esta vez se llevó un dedo a los labios. Con la otra mano dejó una tarjeta blanca sobre el borde de piedra.

Entonces las luces entre ellos se atenuaron para la prueba de iluminación prevista.

Cuando volvieron a subir, ella había desaparecido.

La tarjeta seguía allí.

Quel la recogió porque trabajaba allí y Arnau no. Un lado estaba en blanco. En el otro había una reserva en un restaurante de Girona para cuatro personas a la una y media de la tarde del día siguiente.

El nombre de la reserva era Salvador Reixac.

Capítulo 12: Espacio negativo

La parte más útil de la habitación falsa de Oriol era el equipo que no contenía.

Mei encontró la ausencia a las ocho de la mañana del sábado, en el comedor de desayunos de un hotel de Figueres. El café salía de una máquina que preparaba seis bebidas con el mismo ingrediente marrón. Arnau había seleccionado intens y había recibido agua más ruidosa. Júlia no había comido nada.

Ocupaban una mesa junto a la ventana, con el clip de once segundos pausado entre ellos. Los demás huéspedes planeaban playas, museos y rutas hacia el norte en voz baja. Nadie parecía seguirlos. Mei había dejado de considerar aquello una buena noticia.

—Una sala técnica móvil necesita nivelación —dijo.

Arnau miró la pantalla. —Podría autonivelarse.

—Entonces necesita controles. Una unidad de carretera necesita amarres, esquinas protegidas, entradas de cables, señalización de emergencia, algo que admita que se mueve. Esta habitación no muestra nada de eso.

—Porque la pared es falsa.

—El suelo real no. La caja tampoco. Quien la preparó eliminó todos los objetos que describen un transporte.

Júlia bebió agua. —Espacio negativo.

—El papeleo lo llama alcance. Si una fotografía excluye aquello que un consignatario necesita para aceptar una entrega, la fotografía se hizo para otra persona.

Mei amplió el estrecho suelo real bajo la caja con ruedas. Dos marcas oscuras paralelas se dirigían hacia la pared falsa.

—Horquillas de carretilla elevadora —dijo—. No ruedas. Toda la habitación es un cuerpo desmontable levantado desde abajo. La introdujeron en un edificio más grande.

El reflejo naranja en el tirador de la caja podía ser una lámpara de advertencia sobre la persiana de ese edificio. La cadena suelta proporcionaba el impacto repetido. Oriol había construido su habitación móvil dentro de un almacén y después había ocultado el almacén detrás de una imagen.

—Eso todavía nos deja muchos edificios —dijo Arnau.

—Nos da un tipo de proveedor.

Mei llamó a Joel.

Respondió entre ruidos de carretillas elevadoras. El sábado no respetaba su investigación.

—Busca empresas que alquilen salas de retransmisión desmontables —dijo—. No camiones. Cuerpos que puedan cargarse, recibir suministro eléctrico y refrigerarse dentro de un depósito. Girona o Figueres.

—¿Con qué rapidez?

—Antes de que este café se vuelva sincero.

—Entonces nunca.

Preguntó a tres mayoristas vecinos, a un instalador de ferias comerciales y a un conductor que transportaba expositores refrigerados de farmacia. Las consultas humanas viajaban sin palabras clave, registros de auditoría ni un modelo que decidiera que las habitaciones móviles podían ser peligrosas. También viajaban acompañadas de rumores.

Nueve minutos después, Joel envió dos nombres.

Uno alquilaba baños para festivales.

El otro, Tramuntana Modular Services, suministraba cabinas de control temporales, salas de edición y cuerpos de equipos refrigerados. Su domicilio público estaba en una pequeña zona industrial al sur de Girona. Su sitio web contenía fotografías, certificados de seguro y una lista de clientes de eventos. El nombre de Guaita no aparecía.

Mei comparó el falso albarán de Tour con un formulario de entrega de muestra del sitio.

Ambos utilizaban el mismo diagrama de daños de seis casillas en la parte inferior.

—Plantilla —dijo.

—¿Copiada? —preguntó Arnau.

—O suministrada con un alquiler. En cualquier caso, el formulario vino de quien movió la habitación.

Salieron del hotel sin volver juntos a sus habitaciones. Mei salió por delante, Arnau por el aparcamiento y Júlia después de liquidar una cuenta ya pagada por internet. Las precauciones los retrasaron y no engañaron a nadie que pudieran identificar.

El coche beige había desaparecido.

El trayecto hacia el sur, hasta Girona, duró menos de una hora. El calor llegó pronto, aplastando los campos más allá de la autopista y convirtiendo cada mancha de sombra en territorio ocupado. La furgoneta de Guaita no apareció. Tampoco la EBRO.

Tramuntana Modular Services ocupaba un recinto vallado detrás de un almacén de neumáticos. Filas de cabinas blancas descansaban sobre patas metálicas. Algunas tenían ventanas. Otras llevaban unidades de ventilación y paneles lisos donde podía aplicarse la marca del cliente. Desde la carretera parecían aulas temporales, oficinas de obra y salas de retransmisión porque el mismo rectángulo podía convertirse en cualquiera de ellas después de la entrega.

—No entres —dijo Arnau.

Mei aparcó en recepción.

—Eso es entrar.

—Es un negocio. Los negocios tienen puertas para las preguntas.

Una campanilla anunció su llegada. El hombre del mostrador llevaba gafas de lectura reparadas con cinta negra y tenía un plato de melocotón cortado junto al teclado. Siguió comiendo mientras Mei explicaba que un albarán de devolución falso nombraba a Llevant como expedidor y utilizaba el formulario de daños de su empresa.

No mencionó Atlas, Ingot ni a un productor de televisión desaparecido. Le enseñó el papel.

Se limpió los dedos antes de tocarlo.

—Versión antigua —dijo—. Cambiamos este diagrama en marzo.

—¿Quién conserva el formulario antiguo?

—Todos los clientes que lo hayan descargado alguna vez.

—¿Quién alquiló dos cuerpos técnicos para Tour?

—Eso es información del cliente.

Mei le dio el número de incidencia policial de Llevant.

—Entonces la policía puede preguntarlo.

—Lo hará. Antes de que lo haga, en un almacén municipal del sur hay cinco cajas vacías con nuestro nombre. Si su formulario las puso allí, su empresa estará incluida en la misma pregunta.

Volvió a leer el albarán. El melocotón esperaba.

—Suministramos tres cuerpos a Guaita —dijo—. Devolvieron dos. Uno se amplió para un contrato de eclipse.

—¿Dónde está?

—Aquí no.

La respuesta llegó con demasiada fluidez.

Mei miró por la ventana de recepción. Más allá de la primera fila de cabinas blancas, una lámpara naranja de advertencia se alzaba sobre una persiana alta. Una cadena suelta colgaba junto a su guía.

Tres golpes sonaron desde el almacén.

Una pausa.

Tres más.

El hombre se quitó las gafas. —Deberían marcharse.

—¿Oriol Cendrós vino aquí el domingo?

Miró hacia el patio.

—Alquiló el cuerpo restante bajo una referencia de producción de 3Cat —dijo Mei—. Vino solo.

—Yo no he dicho eso.

—No. Miró el lugar donde aparcó.

Arnau siguió su mirada. Detrás de dos cabinas, parcialmente oculto por una pila de barreras, había un utilitario azul cubierto de polvo.

El coche de Oriol.

El hombre se puso en pie. —Voy a llamar a la policía.

—Por favor. Dígales que el coche de un desaparecido está en su recinto.

Sostuvo el teléfono sin marcar.

Júlia se acercó a la ventana. —¿Qué cuerpo utilizó?

La cabina más cercana llevaba pintura blanca reciente en uno de sus lados. La altura del suelo y la rejilla de ventilación coincidían con los bordes reales del clip. Quedaba una tira de adhesivo donde habían retirado una pared falsa.

—Llegó el domingo antes de las cuatro de la madrugada —dijo el hombre—. La reserva se había hecho la tarde anterior y trajo su propia caja de equipo. Nos pidió que diésemos corriente a la cabina antes del amanecer. Se marchó a las diez.

—¿En su coche?

—Volvió después de comer. Pagó el combustible en la estación porque nuestra tarjeta de cuenta falló. Le esperaban dos hombres.

—¿Guaita?

—Tenían una orden de incidencia. Dijeron que la cabina transportaba material de retransmisión no autorizado.

—¿Se fue con ellos?

—Discutió. Entonces uno le enseñó algo en un teléfono. Dejó de discutir.

—¿Un arma?

—Vi una pantalla. Nada más. Se lo llevaron en una furgoneta oscura. Uno condujo su coche de vuelta al interior. Dijeron que la policía lo recogería.

—¿No llamó a la policía?

—Conocían su referencia de producción, su reserva y su nombre. Tenían acreditaciones.

Mei pensó en Joel y en la tarjeta de seguridad de Yulan. Una acreditación abría una puerta. La historia que la rodeaba abría las seis siguientes.

—Enséñenos la cabina —dijo Arnau.

—No.

—A nuestro amigo se lo llevaron de allí.

—Entonces la policía la inspeccionará. Ustedes no.

El hombre acabó marcando. Dio la dirección, la matrícula de Oriol y el número de incidencia del papel de Mei. Mientras hablaba, Mei observó la cabina blanca a través del cristal.

Oriol había construido él mismo los once segundos. Había utilizado su referencia de producción válida, su conocimiento de los hábitos de Arnau, el método de calibración de Júlia y la identidad robada de Llevant. Había desaparecido voluntariamente el tiempo suficiente para que Arnau lo siguiera.

Entonces Guaita lo había encontrado.

—¿Por qué no decírnoslo directamente? —preguntó Arnau.

—Porque Reixac es dueño de tus mensajes, de tu oficina y de los sistemas que Oriol conocía —dijo Júlia—. Si no conocías su plan, no podías delatarlo.

—Nos convirtió en instrumentos.

Arnau caminó hacia el coche de Oriol.

Mei le agarró del brazo antes de que cruzara el umbral de recepción. —No lo toques.

—Lo estoy mirando por la ventana.

—Vas a abrir la puerta porque es suyo.

—Si su teléfono está dentro, o hay otra nota, o cualquier cosa que nos diga adónde se lo llevaron, esperar a un equipo de pruebas le regala la tarde a Guaita.

—Y tocarlo deja nuestras huellas en el coche de un hombre que firmó una orden falsa contra mi empresa.

—Nos dejó la ruta.

—Te mandó un recaudador a mi persiana.

—El segundo equipo lo envió Guaita.

—El primero lo envió Oriol.

Arnau se detuvo. Tras el parabrisas, un vaso de café de cartón se inclinaba en el portavasos central. Las gafas rojas de lectura de Oriol descansaban abiertas en el asiento del acompañante. Tenía cuatro pares y los perdía todos en habitaciones que después recordaba.

—Esas gafas no son pruebas —dijo Mei con más suavidad.

—Para ti todo es una prueba hasta que pertenece a alguien a quien quiero.

—Entonces el vaso y las gafas se quedan donde están.

El hombre del mostrador apartó la mirada. Júlia se trasladó al extremo opuesto de recepción y vigiló la vía de acceso, concediéndoles la mínima intimidad que la habitación permitía.

Arnau apoyó ambas manos en los muslos. —Si paramos, ¿qué le sucede?

—La policía registra. Les damos el coche, este testigo y la sala móvil.

—¿La misma policía que dejó que un equipo de incidencias autorizado se lo llevara?

—Un empleado del depósito dejó que se lo llevaran.

—Porque las acreditaciones eran buenas. Todas las acreditaciones son buenas. Todos los registros llegan terminados. Eso lo sabes mejor que yo.

—Sí. Por eso nuestros registros van a la policía, con nuestros nombres.

Arnau se apartó del coche. —Quieres parar porque Llevant está expuesta.

—Mi padre ha respondido dos veces a preguntas sobre una máquina que nunca vio. Pilar está perdiendo un pedido. Nuestra casa está abierta. Oriol eligió nuestro nombre porque sabía que yo rechazaría su número de serie con suficiente fuerza para que tú lo oyeras.

—¿Crees que no lo veo?

—Creo que ves a Oriol al final de cada línea.

—Está al final de esta. Su coche está a diez metros.

—¿Y Ingot?

—Una máquina.

—No lo llamaste así cuando pediste a Llevant que esperara a la policía antes de abrir la caja.

Arnau miró más allá de ella, hacia las gafas encintadas del encargado del depósito, el melocotón intacto y el cuerpo móvil recién pintado.

—Si nos marchamos —dijo—, volveré sin ti.

Mei le creyó.

—Entonces yo también voy —dijo.

—Eso no es estar de acuerdo.

—No. Somos dos en lugar de uno.

Él la miró entonces.

—Entregamos el coche a la policía —dijo Mei—. No lo tocamos. Seguimos la habitación hasta encontrar a Oriol o hasta que el siguiente paso nos pida cambiar a otra persona por él. En ese momento, yo también elegiré.

—¿Y Llevant?

—No es daño colateral.

—¿Ingot?

—No es una persona.

—Me has obligado a decirlo.

—Necesitabas oírte decirlo.

Mei miró el coche abandonado de Oriol. —Quería que siguiéramos adelante.

Su teléfono marcaba las 11:47.

—Nos vamos antes de que lleguen —dijo Mei.

—¿La policía? —preguntó Arnau.

—Todos.

Dejó la tarjeta de reserva de Reixac sobre el mostrador el tiempo suficiente para que el hombre de las gafas encintadas viera el nombre, y después la recuperó.

—¿Y adónde vamos? —preguntó Arnau.

—A comer.

La barrera de recepción no se levantó.

El hombre pulsó el control situado bajo su mesa. El motor respondió, pero el brazo permaneció horizontal sobre la única salida para vehículos. Una luz ámbar de avería parpadeó.

—El calor —dijo—. Se atasca.

Mei miró por la ventana. Una furgoneta negra de Guaita había entrado en la vía de acceso. Se detuvo más allá de la barrera sin bloquear la calle pública. Había dos personas dentro. Ninguna bajó.

—Ellos se lo llevaron —dijo Arnau.

El hombre del mostrador palideció. —No pueden saberlo.

—¿Su vehículo de incidencias tenía ese aspecto?

No respondió.

El hombre de las gafas encintadas siguió al teléfono. El operador de la policía no dejaba de preguntar si la persona desaparecida se encontraba allí en ese momento, y él no dejaba de decir que no mientras vigilaba la furgoneta.

Mei probó la puerta del personal. Daba al patio, no a la carretera. Filas de cuerpos modulares se alzaban entre recepción y una puerta de emergencia señalizada en el extremo opuesto. La puerta permitía salir a las personas, pero no a su coche.

—Llévense sus documentos —dijo el hombre—. Les diré que se marcharon antes de que llegaran.

—¿Por qué ayudarnos ahora? —preguntó Júlia.

—Estoy ayudando a mi negocio. La policía preguntará qué ha pasado en mi recinto, y me gustaría tener una respuesta.

Dejaron el coche junto a recepción y cruzaron el patio a pie. Sin correr. Una persona que corría entre cabinas industriales invitaba a cada ventana a inventar un motivo.

Las puertas de la furgoneta de Guaita se abrieron detrás de ellos.

Arnau se volvió. Mei agarró la correa de su caja de equipo y tiró de él para que siguiera avanzando.

—Tenemos el coche de Oriol y un testigo —dijo.

—Tenemos una declaración que el testigo no ha firmado y un coche que no podemos tocar.

—¿Y si mueven cualquiera de las dos cosas?

—Entonces la policía llegará al movimiento.

La primera fila de cabinas terminaba en una verja de malla cerrada. El desbloqueo de emergencia estaba bajo una cubierta verde. Mei la levantó. Una alarma comenzó a sonar dentro del edificio de recepción, local y estridente.

Los dos trabajadores de Guaita entraron en el patio. Uno llamó a Arnau por su nombre.

Él se detuvo medio paso. Reixac había eliminado ese nombre de sus sistemas la mañana anterior. Guaita aún sabía exactamente dónde utilizarlo.

Júlia pulsó el desbloqueo. La verja se abrió hacia la acera pública. La atravesaron, dejaron que se cerrara y se unieron a los peatones que caminaban hacia un supermercado más allá de la carretera industrial.

Los trabajadores de Guaita no forzaron la verja de emergencia. Uno los fotografió a través de la malla. El otro habló con el hombre de recepción mientras la alarma continuaba.

En la esquina siguiente, Mei llamó personalmente al agente encargado de la investigación. Le dio la dirección del recinto, la furgoneta, la barrera atascada y la salida de emergencia que habían utilizado. Le pidió que tratara su propio coche, aparcado junto a recepción, como parte del escenario. Introdujo la versión desordenada en el registro antes de que Guaita proporcionara una limpia.

Continuaron a pie hacia la comida a la que Reixac esperaba que fueran.

Detrás de la persiana alta, la cadena golpeó tres veces.

Algo grande estaba siendo trasladado antes de que la policía pudiera pedir que se lo enseñaran.

Capítulo 13: Apetito

Hélène Vasseur pidió el xuletó antes de que Salvador Reixac le ofreciera venderle un país.

—Para dos —dijo el camarero.

—Soy consciente.

Vasseur cerró la carta. Era una mujer de hombros anchos y cuarenta y siete años que vestía lino blanco sin parecer derramar nunca nada. El apetito formaba parte de su método. Eligió el corte más grande, el contrato más largo y la silla que permitía a todos los demás verla elegir.

Leïla Haddad se sentó a su izquierda y vigiló la entrada en el reflejo de una vitrina de vinos.

A las 13:34, Mei Zhou entró con Arnau Vidal y Júlia Muntaner.

Habían seguido la tarjeta que Leïla dejó en Figueres. Los había traído un taxi de la parada del supermercado, y su propio coche se quedaría en el recinto como parte del escenario policial hasta que Chen pudiera recogerlo con una autorización firmada. Durante el trayecto, el Onyar y sus fachadas de colores habían aparecido entre los edificios y desaparecido antes de que Arnau pudiera terminar de nombrar la ruta. El calor aún marcaba los tres cuellos. Júlia eligió una posición desde la que veía ambas salidas. El anfitrión del restaurante los detuvo junto al mostrador de reservas. El almuerzo del sábado llevaba semanas completo. La mesa de Reixac tenía cuatro asientos, todos ocupados.

Reixac los advirtió sin volver la cabeza.

Su hermana Clara sí se volvió. Dejó la servilleta junto al plato y se levantó.

—Senyora Zhou —dijo—. Deberíamos hablar.

Mei miró la mesa y después a Leïla. El reconocimiento pasó sin bienvenida. Leïla se había quitado las gafas oscuras. La ausencia de disfraz era una advertencia en sí misma.

—Usted dejó la tarjeta —dijo Mei.

—¿Lo hizo? —preguntó Reixac.

Leïla sonrió. —Pierdo papeles.

Vasseur miró de una a otra. —Su investigación local ha llegado. Qué conveniente.

Su catalán era formal y ligeramente acentuado. Reixac la había presentado como consultora francesa de resiliencia. Leïla conocía Narthex como la empresa que había preguntado a Atlas adónde había ido Karim Bensaïd antes de que su familia pudiera hacerlo.

Karim había entrado en el campo de visión de tres cámaras de Marsella y no había salido de ninguna. No hubo cuerpo, detención ni cruce de frontera. Seis semanas después, su nombre apareció en una demostración privada rastreada hasta Guaita.

Leïla había tardado dieciocho meses en llegar a aquel almuerzo. Bajo su servilleta, en la misma funda, esperaba un señuelo de la tarjeta de demostración de Reixac, cargado con la muestra de Narthex de Marsella y preparado antes del amanecer.

Sami Bellal recogería el original de una taquilla pública esa misma noche y se lo llevaría a un abogado. Creía que se trataba de un litigio comercial.

—Di que nada de lo que llevo identificará a otra persona —le había dicho ella aquella mañana.

—La bolsa contendrá registros sobre empresas y contratos.

La respuesta era literalmente cierta. Había agotado la confianza que la sustentaba.

Clara condujo a Mei hacia una pequeña mesa lateral. —Cinco minutos. Su marido puede oírlo todo, si lo prefiere.

—Lo prefiero.

Arnau y Júlia permanecieron de pie. Al anfitrión no le gustaba la interrupción, pero le gustaba aún menos la importancia de Reixac. Aparecieron dos sillas, después una tercera. La comida hacía sitio al poder con velocidad profesional.

En la mesa principal, Vasseur se comió el primer plato en dos bocados. Escuchó la procedencia del vino con la atención que negaba a la procedencia de los datos.

—La operación del eclipse —dijo a Reixac—. ¿Qué cambia?

—La cobertura se convierte en propiedad —respondió Reixac—. Ahora mismo Atlas sabe que probablemente dos cámaras comparten una pasarela. Guaita ya tiene las cuentas de mantenimiento, los registros de direcciones y las fichas de activos de cada socio al que mantiene en marcha. Tras la calibración, Atlas sabe qué registro corresponde a qué imagen: qué cuenta de mantenimiento llega al grabador y qué sala física sirve a ambas.

—¿Sabe?

—Asigna un nivel de confianza.

—Su propuesta usa la palabra sabe catorce veces. Confianza aparece dos.

Reixac pasó el pan por el aceite. —Lenguaje comercial.

—Yo compro el lenguaje comercial. Mis clientes comprarán certeza.

Leïla mantuvo el teléfono boca abajo junto a su vaso de agua. No necesitaba oír cada palabra por el micrófono. Necesitaba la voz de Reixac describiendo Atlas y la voz de Vasseur aceptando el acceso posterior al eclipse.

—¿Exclusivo? —preguntó Vasseur.

—Para el despliegue metropolitano fuera de España, doce meses.

—Marsella primero.

—Usted elige.

—¿Y el hardware?

—Custodia europea.

—No era mi pregunta.

Reixac bebió agua. —La arquitectura de inferencia estará disponible bajo una licencia separada una vez resuelta la procedencia. Atlas no depende de la propiedad de un único prototipo.

En la mesa lateral, Clara abrió una carpeta fina.

—Llevant aparece en dos registros de incidentes —le dijo a Mei—. Un envío falso en el sur y una caja de receptores utilizada durante un suceso de tráfico no autorizado. El lunes, uno de ellos será público.

—Ambos son falsos.

—La creo. Pero no es el servicio que ofrezco.

Colocó tres páginas delante de Mei. Acuerdo de cooperación. Declaración correctiva. Compromiso de no desprestigio.

—Guaita certificará que un subcontratista reutilizó por error la plantilla de cliente de Llevant. Cubriremos los costes legales asociados al envío municipal. Su empresa proporcionará los cinco casos de Yulan para una inspección independiente y no hará ninguna acusación pública relacionada con el programa del eclipse.

—El quinto caso está vacío.

—Entonces la inspección lo demostrará.

—Demostrará que Llevant recibió una máquina estratégica y la perdió.

Clara no negó la palabra estratégica. —Sin este acuerdo, un periodista escribirá que, antes de que nadie escriba recibida sin consentimiento informado, la empresa de sus padres se convertirá en la fotografía utilizada para todos los almacenes de Badalona Sud.

Clara añadió una página a la carpeta. Era una copia de la solicitud del ayuntamiento que Pilar Forn había recibido aquella mañana, anotada por la aseguradora de Guaita. Treinta radios de emergencia seguían retenidas a la espera de una revisión de la cadena de suministro.

—Su cliente remitió esto al comprador municipal —dijo Clara—. El comprador preguntó a la oficina de coordinación del eclipse si Llevant aparecía en algún incidente activo. Guaita está obligado a responder.

Mei leyó el mensaje de Pilar al pie de la página. Declaraciones entregadas. A la espera de aclaración. La asignación de personal vence a las dieciséis horas.

—Dos trabajadores temporales perderán el turno a las cuatro —dijo Clara.

—Ha contactado con mi cliente.

—Su cliente contactó con una autoridad. La autoridad contactó con la oficina del evento. Esto es lo que hacen los registros cuando la gente los utiliza correctamente.

—¿Y la aclaración?

Clara colocó junto al acuerdo una declaración preparada. Decía que Llevant no era objeto de la investigación sobre el equipo de Guaita. Firmada, fechada, lista para enviar.

—Saldrá de esta mesa cuando salga la carta de cooperación —dijo.

El pedido de Pilar, el salario de dos trabajadores y treinta radios destinadas a personas que ya se dirigían al calor yacían ahora bajo la mano de Mei.

Arnau se inclinó hacia ella. —No firmes.

Mei levantó un dedo sin mirarlo. Volvió a leer cada página, con el pulgar fijo sobre el plazo de Pilar mientras la esquina de la carta de cooperación se alzaba bajo el aire acondicionado.

Clara esperaba con el bolígrafo destapado.

—¿Qué ocurre con el libro mayor robado? —preguntó Mei.

—Si se recupera, regresará a través de los abogados.

—¿Y Oriol Cendrós?

—No forma parte de este acuerdo.

—Entonces su acuerdo es demasiado pequeño.

—Tiene exactamente el tamaño que puedo hacer cumplir.

El xuletó llegó a la mesa principal en un plato caliente, cortado grueso y oscuro en los bordes. El camarero sirvió primero a Vasseur. Ella pidió sal y no miró la carne hasta que el camarero se retiró.

Reixac abrió un portafolios de cuero. Dentro había una fina tarjeta negra de almacenamiento en una funda numerada.

—Índice de muestra —dijo—. Un distrito. Registros históricos. Sin acceso en directo.

Vasseur comió antes de cogerla. —¿Qué distrito?

—Datos de prueba de Marsella.

Leïla mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Fuente? —preguntó Vasseur.

—Su oficina los proporcionó.

—Mi oficina proporciona muchas cosas.

El distrito de Karim estaba dentro de la muestra probable. Si su rastro existía en aquella tarjeta, Leïla podía demostrar que Narthex había poseído un fragmento de Atlas antes de que desapareciera. Si permitía que Vasseur se la llevara, las pruebas entrarían en custodia privada y dejarían de existir cuando resultara conveniente.

Clara deslizó un bolígrafo hacia Mei.

En ese mismo momento, Leïla volcó su propio vaso de agua.

El agua avanzó hacia el portafolios de Reixac. Él apartó el cuero. Vasseur movió el plato caliente y llegó un camarero con paños.

Leïla se levantó, tocó la funda numerada y la cambió por la tarjeta que había bajo su servilleta. Si Reixac lo comprobaba entonces, ella no llegaría al pasillo. Si Vasseur actuaba sobre el señuelo, actuaría sobre una muestra de Marsella de la que se habían recortado los tres barrios que apuntaban al distrito de Karim, y Sami llevaría la advertencia.

Durante un segundo, el lino blanco y las manos cubrieron la mesa. Cuando se despejaron, la tarjeta original descansaba dentro de la manga de Leïla.

Reixac volvió a dejar el portafolios sobre la mesa.

Miró las manos de Leïla. Ella ya había colocado ambas palmas sobre la mesa, donde todos pudieran verlas.

—Qué torpe —dijo.

—Inesperado —respondió Reixac.

Vasseur cortó el xuletó. El centro estaba rojo y la grasa exterior, carbonizada. —Nada en esta mesa es inesperado. Algunas cosas simplemente no llevan un precio fijado de antemano.

Miró a Leïla, no el paño mojado.

En la mesa lateral, Mei terminó de leer.

—Si firmo, ¿cuándo sale el nombre de Llevant del informe del incidente?

—Hoy —dijo Clara.

—¿Y si no?

—No puedo controlar las conclusiones de los investigadores independientes.

—Usted controla la rectificación que recibirán.

—Sí.

Mei cogió el bolígrafo.

Esta vez Arnau no dijo nada.

Escribió el número del incidente policial sobre la línea de firma, dejó el bolígrafo y cerró la carpeta.

—Ponga ese número en su oferta —dijo—. Envíela al agente investigador con la frase que diga que Guaita copió nuestra plantilla de cliente. Entonces podremos hablar de cooperación.

La expresión de Clara no cambió. —Así no funcionan los acuerdos.

—Entonces no es un acuerdo. Es un alquiler. Alquila mi silencio hasta que se publique su informe.

Se levantó.

Salir en mitad del almuerzo hizo que todas las mesas cercanas repararan en ellos. Clara había elegido la sala pública porque la incomodidad normalmente mantenía a la gente sentada. Mei aceptó el coste.

El teléfono de Mei se iluminó antes de que llegara a la entrada. Se detuvo bajo el menú enmarcado y leyó sin abrir del todo el mensaje. Leïla vio el nombre de Pilar Forn y después la vista previa.

El ayuntamiento reasignó el pedido. Libero ya a Núria y Hamza.

Mei pulsó el botón lateral. La pantalla se apagó. No regresó a la mesa de Clara.

Júlia la siguió. Arnau se quedó el tiempo suficiente para mirar a Reixac.

—El coche de Oriol está en un proveedor de logística de Guaita —dijo.

Reixac cortó un trozo de carne. —Entonces debería decírselo a la policía.

—Ya lo hicimos.

—Bien.

Comió.

Leïla esperó hasta que los tres llegaron a la entrada. Después se excusó y los siguió al pasillo situado fuera del comedor.

Mei se volvió antes de que Leïla hablara.

—¿Quién eres?

—Leïla Haddad. Investigo a Narthex.

—Nos invitaste a ver el almuerzo.

—Os invité para que Reixac abriera el portafolios mientras Clara se distraía.

—Entonces volvimos a ser instrumentos.

—Sí.

Leïla levantó la tarjeta de muestra original.

—Pero ahora puedo enseñaros dónde está Atlas.

Capítulo 14: Room Zero

Atlas ocupaba menos espacio que sus consecuencias.

Arnau encontró la habitación a las 18:12, bajo una oficina de almacenamiento de eventos a las afueras de Girona. Desde la carretera, el edificio parecía demasiado cálido y demasiado vacío. Una persiana de carga, tres furgonetas aparcadas, ventanas espejadas en la planta superior. Ningún letrero mencionaba Guaita.

Habían llegado hasta allí a través de una etiqueta en la tarjeta de muestras de Reixac, el rastro del certificado de Oriol y un conductor que recordaba haber descargado un cuerpo enfriado de Tramuntana el lunes.

Conducía Mei. Leïla le había dado las llaves del coche beige.

—Cuatro probabilidades —dijo Júlia desde el asiento trasero.

—Y el calor —respondió Mei.

Aunque las ventanas de la oficina estaban oscuras, el aire caliente temblaba sobre una rejilla de escape baja junto a la pared trasera.

Leïla vigilaba la entrada. —Reixac sabrá que han cambiado la muestra en cuanto Vasseur la pruebe.

—¿Cuánto tardará? —preguntó Arnau.

—Lo suficiente terminó a la hora de comer.

—Entonces, ¿por qué seguimos sentados aquí?

—Porque quiero ver quién usa la verja.

El edificio pertenecía a un arrendador comercial. Una hoja impresa dentro de la verja enumeraba los inquilinos. La oficina de almacenamiento de eventos ocupaba la planta baja. Dos unidades estaban vacías. Room Zero no aparecía en ninguna parte.

Llegó una furgoneta de catering. La verja se abrió desde dentro. El conductor dio marcha atrás hacia la persiana mientras una mujer con ropa de trabajo lo guiaba con una mano.

Leïla salió del coche.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Arnau.

Mei abrió su propia puerta. —No pienso explicarlo.

La siguieron a distancia. Leïla habló con la mujer junto a la persiana. La historia que Leïla le contó duró diez segundos. La mujer señaló arriba, irritada, y luego volvió junto al conductor del catering.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Júlia cuando llegaron hasta ella.

—Que Madame Vasseur había dejado un paquete contractual en la sala de revisión.

—¿Y te creyó?

—Creyó el nombre y no quiso hacerse responsable del paquete.

Leïla no había elegido el almuerzo en Girona solo para escuchar la venta. El expediente del comprador enumeraba una demostración a las mil ochocientas en un lugar identificado únicamente como GIR-0, con catering para seis personas y un código de visitante válido durante un día. Vasseur canceló la demostración después de descubrir la muestra sustituida. Reixac canceló a los invitados. Nadie había cancelado la comida.

—Sabías que llegaría la furgoneta —dijo Arnau.

—Sabía que alguien la había pedido.

El código temporal de visitante del expediente de Reixac abrió las escaleras y nada más.

La recepcionista escribió el nombre de Leïla en una hoja de visitantes y pidió a los otros tres que esperaran abajo. Leïla escribió la empresa de Vasseur, no un empleador falso, y señaló el pedido de catering para seis personas.

—Son asesores técnicos —dijo.

—La reserva menciona a dos visitantes.

—Entonces subimos dos y otros dos se quedan con la comida.

Mei eligió quedarse antes de que Arnau pudiera ofrecerse. Júlia subió con Leïla porque podía identificar Atlas. Arnau permaneció junto a las cajas del catering, observando cómo la puerta de la escalera se cerraba sobre una investigación que creía que le pertenecía.

Dos minutos después sonó el teléfono de la recepcionista. Mientras ella contestaba, Mei levantó dos de las cuatro cajas de agua precintadas y las llevó hacia el montacargas.

La recepcionista tapó el auricular. —La demostración se ha cancelado. Madame Vasseur no tiene ningún paquete aquí.

—Entonces nuestros compañeros pueden bajar y nos iremos —dijo Arnau.

La recepcionista probó el desbloqueo de la escalera. La luz cambió de verde a roja. Quien había contestado la llamada había revocado el código de visitante mientras Leïla y Júlia estaban arriba.

—No pueden usar la escalera —dijo Mei.

—Pueden llamar a recepción.

Arnau llamó a Júlia. La llamada no llegó a sonar. Una voz grabada dijo que el número no estaba disponible. Las oficinas superiores estaban diseñadas para impedir grabaciones privadas durante las demostraciones. El mismo blindaje que protegía la reunión de un comprador ahora impedía que los visitantes supieran que su salida se había cerrado.

La recepcionista volvió a hablar por teléfono. —Sí, dos han subido. Dos están conmigo. No, no he admitido a cuatro.

Escuchó y luego miró a Arnau.

—Viene seguridad de Guaita. Esperen aquí.

Mei siguió hacia el ascensor.

—Señora, deje el agua.

—El pedido de catering sigue aquí.

—Los invitados no.

—Dos están arriba.

El conductor del catering entró cargando una caja caliente y preguntó quién firmaría por seis comidas. La recepcionista se volvió para decirle que la reserva se había cancelado. Mei pulsó el botón de llamada del montacargas.

Arnau cogió las otras dos cajas de agua y la siguió.

Las puertas del ascensor se cerraron mientras la recepcionista les pedía que se detuvieran. El control solo ofrecía los niveles de entrega y carga. Mei seleccionó entrega. Sonó un zumbador dos veces, todavía no una alarma, solo una petición para que alguien abajo cerrara las puertas que ellos ya habían cerrado.

Entraron por el nivel de entrega y encontraron a Leïla y Júlia junto a las oficinas oscuras.

—Ese no era tu plan —dijo Arnau.

—No —respondió Leïla—. Era el de Mei.

—¿También has copiado el código de visitante del folio? —preguntó Arnau.

—Lo he leído.

—Han revocado el código —dijo Mei—. Viene seguridad de Guaita.

Leïla comprobó la puerta de la escalera. El desbloqueo de la planta baja mostraba una luz roja.

—Entonces saben que estamos dentro.

—Saben que han entrado cuatro personas —respondió Arnau—. No saben qué habitación hemos encontrado.

El ascensor regresó abajo sin ellos. Su motor descendente eliminó la ruta que habían utilizado y puso en marcha un reloj que ninguna de las pantallas mostraba.

Arriba, el aire acondicionado bajaba la temperatura sin eliminar el olor a electrónica caliente. Las puertas de las oficinas estaban abiertas sobre escritorios vacíos. Los avisos del turno del sábado mencionaban un equipo de operaciones de Guaita que se había marchado a las cinco. Una luz roja sobre la última puerta mostraba que la habitación del otro lado seguía ocupada.

Arnau escuchó.

Ventiladores. Muchos, muy juntos.

La puerta no tenía tirador en el lado del pasillo. A su lado, un plano de evacuación mostraba una habitación más grande de lo que permitía la pared.

—Espacio negativo otra vez —dijo Mei.

Arnau midió el pasillo visible con las baldosas. Ocho metros desde la escalera hasta la pared exterior. El plano mostraba once. El aire regresaba por una rejilla en el lado equivocado de la partición, atraído hacia un espacio que la distribución de la oficina negaba.

Júlia siguió el plano sin tocarlo. —Debería haber un pasillo de servicio detrás de esta oficina.

Volvieron a la escalera y bajaron un nivel. El pasillo ausente comenzaba detrás de una puerta marcada como acceso de refrigeración. Estaba abierta porque el personal del catering la había calzado para la entrega.

El pasillo conducía por debajo de la oficina hasta un cuerpo modular blanco instalado dentro del edificio mayor. Las marcas de Tramuntana permanecían en sus patas de acero. El catering utilizaba el mismo pasillo porque la habitación cancelada del comprador no tenía acceso a cocina. Una falsa pared de sala limpia se apoyaba contra un lado; la perspectiva impresa resultaba visible ahora que nadie se encontraba en el lugar previsto.

La gemela de la habitación de Oriol.

La baliza naranja de la persiana se reflejaba en el mismo tirador curvado de la caja.

La puerta modular estaba abierta.

Dentro, tres racks contenían almacenamiento, monitores de red y servidores compactos. Una pantalla de estado conectaba pasarelas con operadores, cuentas de mantenimiento, grabadores y habitaciones probables.

La habitación era demasiado ruidosa para que susurrar sirviera de algo. El aire frío entraba por debajo de los racks y salía caliente por encima. Las etiquetas de los cables se referían a los socios del evento por número, no por nombre. Un panel de mantenimiento enumeraba comprobaciones de refrigeración, rotación de almacenamiento y la demostración cancelada del comprador.

Júlia fotografió el panel antes de tocar ninguna consola. Vinculaba el trabajo corriente con la habitación secreta: alguien cambiaba los filtros, alguien probaba las alarmas, alguien había pedido los seis almuerzos que ahora se enfriaban abajo.

En el centro, un mapa se llenó de conexiones.

—Room Zero —dijo Arnau.

—Una copia de campo —respondió Júlia—. La ejecución del eclipse se completará en otro lugar.

Se acercó al estante de almacenamiento más antiguo. Las fechas comenzaban en 2021. Las etiquetas del proyecto cambiaban con el tiempo, pero un identificador persistía bajo ellas.

JM-CORR.

Júlia se detuvo.

Arnau vio sus iniciales antes de que pudiera cerrar la vista.

—Tu prototipo —dijo.

—Sí.

—Lo sabías en la capilla.

—Sabía que la partición del reloj era mía. No sabía hasta dónde la habían llevado.

—Dijiste que estaba abandonado.

—Yo lo abandoné. Guaita siguió financiando el trabajo de recuperación ante desastres. Reixac pidió una mejor recuperación entre cámaras. Se la di.

—¿Y los fallos?

—Enterrados en un apéndice que nadie estaba obligado a enviar.

Su voz se mantuvo firme. Lo había ensayado.

—¿Por qué? —preguntó Mei.

—Porque el prototipo encontró a dos personas desaparecidas. Unió falsamente a otras diecisiete. A la financiación le importaban las dos. Yo creía que otro año reduciría las diecisiete.

—¿Lo hizo?

—Aprendió a ocultarlas tras niveles de confianza.

Arnau abrió el manifiesto del prototipo. Reconoció su paquete de limpieza temporal antes de llegar a la firma. Atlas había conservado sus reglas de rechazo y eliminado al operador humano.

Su aprobación de lanzamiento aparecía al final del manifiesto.

A.VIDAL / ENGINEERING REVIEW / ACCEPTED

Arnau fotografió la línea. En la imagen, el identificador de Júlia seguía visible encima del suyo.

Ella lo observó guardarla. —Importé el paquete estándar.

—Importaste mi nombre con él.

La luz de mantenimiento remoto cambió una vez, de ámbar a verde, y luego volvió a cambiar.

Leïla se había acercado al rack activo. —La historia moral después. ¿Qué copia puede salir?

—Ninguna —dijo Arnau.

—Una tiene que salir.

—¿Por Karim?

—Por todos los clientes del contrato de Vasseur.

El índice firmado y el motor de consultas estaban en un módulo extraíble utilizado para las demostraciones de los compradores. Podía demostrar que Atlas existía y mostrar qué había consultado Narthex.

Dos módulos extraíbles ocupaban el estante de servicio.

La misma carcasa negra, la misma etiqueta de capacidad, diferentes sufijos escritos a mano: A y B. Ambas luces de estado mostraban que estaban listas. Leïla alargó la mano hacia A.

—Espera —dijo Júlia.

—¿Cuál?

Júlia abrió la vista de servicio. El sistema llamaba a un módulo active query cache y al otro demonstration replica, pero la pantalla enumeraba posiciones lógicas, no las letras escritas en el hardware. Un operador remoto podía intercambiar sus funciones sin mover ninguna de las dos carcasas.

—¿Si coges la caché de consultas? —preguntó Mei.

—Podemos eliminar las búsquedas actuales, incluidos los nombres, sin la procedencia necesaria para interpretarlas —dijo Júlia—. El servicio la reconstruirá a partir de la habitación.

—Y Guaita dirá que hemos robado datos personales.

—Correctamente.

Leïla mantuvo la mano sobre A. —Karim puede estar en esa caché.

—También puede estar todo el mundo a quien Vasseur haya buscado esta semana.

—No sabes qué módulo contiene la réplica.

—Todavía no.

El indicador de mantenimiento remoto cambió de ámbar a rojo. Alguien fuera del edificio lo había reconocido. Apareció un tiempo estimado de conexión: tres minutos, luego recalculado a dos.

Arnau comprobó el cableado del rack. Ambos módulos entraban en el mismo backplane. No había ninguna diferencia útil.

Mei miró el panel de mantenimiento que Júlia había fotografiado. La rotación del almacenamiento se había anotado con rotulador porque las etiquetas de la pantalla de servicio cambiaban después de las actualizaciones. La línea del viernes decía: DEMO TO B / CACHE TO A / BUYER TEST 18:00. Debajo, un técnico había puesto sus iniciales y anotado seis comidas.

—B —dijo Mei.

Leïla no soltó A.

—El panel podría estar equivocado.

—Sí. También es el registro que conserva la persona que tuvo que sustituir el módulo correcto y alimentar a quienes lo estaban probando.

Júlia comparó la hora escrita a mano con la última transición de servicio. Coincidían con un margen de un minuto.

—B es la réplica de demostración —dijo.

Leïla movió la mano.

Leïla liberó el módulo utilizando el control de servicio normal del rack. Sin código, sin forzar la cerradura. El sistema advirtió que la réplica de campo pasaría a ser de solo lectura.

—Si te lo llevas, las operaciones en vivo continúan —dijo Júlia—. Las consultas dejan de actualizarse, pero el recorrido de recopilación permanece.

—¿Y si lo dejo?

—Vasseur recibe la demostración y Guaita conserva el mismo recorrido.

—Entonces es una prueba.

—Guaita lo llamará sabotaje.

Leïla confirmó la extracción. El rack liberó el pestillo con el pequeño sonido doméstico de un armario al abrirse.

—Esa alerta llegará a Guaita —dijo Arnau.

—También el almuerzo.

Extrajo el módulo.

La pantalla de estado de la habitación cambió. Una conexión se volvió ámbar, luego muchas. Un aviso anunció mantenimiento remoto.

—Minutos —dijo Júlia.

Arnau copió el manifiesto del prototipo más antiguo y su apéndice de fallos. Dejó donde estaban las relaciones de las cámaras en bruto.

Mei fotografió las etiquetas físicas del rack, la pared falsa y las patas de Tramuntana. Identidad en papel, habitación y máquina en un solo encuadre.

Unos pasos entraron en el pasillo.

Leïla cerró el rack. —¿Catering?

—Demasiado silenciosos —dijo Mei.

La habitación modular ofrecía una sola puerta. La pared falsa contigua no ofrecía ninguna salida. Arnau miró la rejilla de refrigeración. Demasiado pequeña. El suelo había sido nivelado sobre un hueco de servicio, inaccesible sin herramientas.

Los pasos se detuvieron fuera.

—Madame Haddad —dijo un hombre—. Tiene algo que pertenece a nuestro cliente.

No era Guaita. Acento francés.

Vasseur había probado la muestra incompleta.

Leïla colocó el módulo de almacenamiento bajo la camisa, en la zona lumbar. —Cuando se abra la puerta, no luchéis.

—Excelente plan —dijo Arnau.

Mei señaló el control de la baliza naranja junto a la interfaz de la persiana. —Evacuación por incendio.

—No podemos activar una alarma de incendios en un edificio ocupado —dijo Júlia.

—No lo hacemos. Abrimos la persiana de carga.

Arnau utilizó el control de seguridad interior. La persiana alta empezó a subir. Su cadena suelta golpeó tres veces. La luz del día se abrió paso por debajo, dejando ver la furgoneta del catering y a dos trabajadores descargando cajas metálicas.

El hombre de fuera abrió la puerta de la habitación modular.

Mei caminó directamente hacia él con el teléfono en la mano, como si hubiera interrumpido una inspección. Él se apartó, confiado en el papeleo, antes de reconocer que no debía hacerlo.

Atravesaron la zona de carga entre el personal del catering, que no quería saber nada de la discusión de otro inquilino. Nadie corrió hasta que llegaron al coche.

Leïla mantuvo la mano a la espalda hasta que se cerraron los seguros. A través de la persiana abierta, la habitación blanca seguía visible. El hombre de la puerta ya estaba hablando por teléfono.

Mei giró la llave.

El motor hizo clic una vez y no arrancó.

—Otra vez —dijo Arnau.

Lo intentó. Esta vez el motor de arranque respondió, lento por el calor. Mei soltó la llave antes de que prendiera. Un sedán negro se detuvo atravesado en la verja abierta.

Salvador Reixac salió solo.

Dejó abierta la puerta del conductor y el motor en marcha. Ningún equipo de seguridad se colocó detrás de él. Ninguna voz elevada pidió al personal del catering que se apartara. Caminó por la verja con la chaqueta sobre un brazo y se detuvo lo bastante lejos de su coche como para que salir obligara a Mei a decidir si quería arrollarlo.

—No salgas —dijo Leïla.

Reixac miró a Arnau a través del parabrisas. —Deberías hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque cuatro personas han entrado en uno de mis centros operativos con la credencial de un comprador. Si las cuatro salen en un coche cerrado después de una alarma de almacenamiento, la siguiente conversación pertenece a la policía. Si un empleado habla con su empleador, todavía puede pertenecernos a nosotros.

—Me suspendiste ayer por la mañana.

—Retiré tu acceso. No retiré once años.

Mei volvió a girar la llave. El motor arrancó. Mantuvo el pie sobre el freno.

Arnau abrió la puerta.

Mei lo agarró por la parte trasera de la camisa. —Puede hablar a través del cristal.

—Está bloqueando la verja.

—Entonces llamamos a la policía y describimos primero la obstrucción.

Reixac lo oyó a través de la puerta abierta. —Hacedlo. La alarma del edificio ya los ha llamado. Habladles del módulo de almacenamiento extraíble mientras esperáis.

Leïla mantuvo la mano a la espalda.

Arnau salió y dejó la puerta abierta entre él y Mei. La mirada de Reixac recorrió una vez el coche: Júlia y Leïla detrás, la mano de Leïla a su espalda sobre algo que él no podía ver.

—Dadme la copia de demostración —dijo Reixac.

—Pídesela a tu comprador. Su hombre está dentro.

—La impaciencia de Hélène no cambia la propiedad.

—Las patas de esa habitación todavía dicen Tramuntana.

—Tú aprobaste el paquete de sincronización temporal que hay dentro de esa habitación. Júlia aprobó el trabajo de correlación. Leïla entró usando el nombre de Narthex. Mei abrió una persiana restringida. Cuatro personas pueden pasar la tarde explicando por qué tenían derecho a la parte que les gustó. O podéis devolver una caché extraíble.

—Réplica —dijo Arnau.

Por primera vez, Reixac miró hacia la persiana abierta.

La corrección era pequeña. Le indicó que habían leído el panel de mantenimiento.

—Entonces devolvértela te cuesta menos —dijo.

—Te cuesta más a ti.

Reixac no se acercó. El sol alcanzó el lado izquierdo de su rostro y mostró el sudor de la sien.

—Crees que es la primera vez que te colocas junto a una copia no autorizada y llamas posición ética a la posesión —dijo.

Arnau sabía a qué fallo se refería.

Once años antes, Arnau mantuvo encendida una copia de seguridad no aprobada durante una tormenta. Oriol firmó el registro; Arnau redactó el informe. Reixac cambió operator breach por continuity action y evitó que el cliente despidiera a cualquiera de los dos.

—Dijiste a la junta que la imagen importaba más que el contrato —dijo.

—Dije a la junta que el contrato existía para mantener viva la imagen.

—Oriol habría perdido su trabajo.

—Oriol utilizó tu seguridad y dejó que tú redactaras el informe. Protegí a la empresa de castigar al único ingeniero dispuesto a poner su nombre bajo una decisión.

—Me protegiste.

—Invertí en ti. Hay una diferencia, Arnau. Una que ya tenías edad suficiente para comprender.

Mei salió del coche.

Cerró la puerta deliberadamente. —Entendió que conservabas a la gente mientras resultara útil. Lo confundió con lealtad.

Reixac se volvió hacia ella. —¿Y las empresas familiares no?

—Constantemente. Así que di el precio.

—Muy bien. Devolved la réplica. Corregiré el registro del envío clonado antes de que llegue a las reuniones informativas del lunes. Llevant se convertirá en testigo colaborador.

—¿Y Oriol? —preguntó Arnau.

Reixac no apartó la mirada de Mei. —Oriol se convertirá en un empleado desaparecido que hizo una copia de producción no autorizada. Que es lo que es.

—¿Está vivo?

—Su identidad de producción validó una ruta de contribución meridional a las dieciséis cuarenta y dos de hoy.

Arnau se movió antes de decidir hacerlo. Dos pasos cerraron la mitad de la distancia.

—¿Su identidad o su mano?

—Esa es precisamente la ambigüedad que Atlas elimina.

Mei llegó hasta él y le puso la mano abierta en el pecho, en el punto donde se había detenido.

Reixac continuó. —Personas, cuentas, cámaras, vehículos, habitaciones. Tu amigo desapareció entre ellas. Devolved la copia y terminad el índice con nosotros. Podemos localizar a la persona que está detrás de su identidad antes del miércoles.

—Usando Ingot —dijo Júlia desde el coche.

—Usando la asignación ya aprobada.

—¿Y después de encontrarlo? —preguntó Arnau.

—Sabremos quién se lo llevó.

—No es eso lo que he preguntado.

La paciencia de Reixac cambió un grado. —Después de encontrarlo, la policía hará su trabajo. Después de establecer quién movió el equipo, la aseguradora hará el suyo. Después de completar el programa del eclipse, tus compañeros conservarán sus empleos.

—Enséñame la validación de Oriol —dijo Arnau.

—Devuelve el módulo.

—Una marca de tiempo no demuestra que hoy haya tocado nada.

—Entonces ayuda a construir la prueba.

Arnau miró hacia Leïla. Ella no le dijo qué podía contener la réplica sobre Karim. La mano de Mei seguía contra su pecho. Él podía sentir cada respiración que tomaba y ninguna de las de ella.

—Si se lo damos —dijo a Mei—, puede terminar Atlas.

—Si nos lo quedamos, aún puede tener a Oriol.

—Eso no es una respuesta.

—No. Es su oferta.

Una sirena de policía sonó más allá de la carretera industrial, lo bastante lejana para pertenecer a otra llamada, hasta que se volvió más cercana.

Reixac extendió la mano.

Arnau vio la firma de Reixac en el antiguo informe del incidente.

Arnau se quitó la acreditación de Lenticular del cinturón.

La mano de Reixac seguía abierta.

Arnau depositó en ella la acreditación.

—No es el objeto que te he pedido.

—Es el que te pertenece.

Volvió al coche.

Reixac cerró los dedos alrededor de la acreditación. —Si os marcháis con datos de Guaita, presentaré la denuncia por robo contra los cuatro. Si lo publicas, la primera pregunta pública será por qué la empresa de Mei Zhou recibió el hardware desaparecido.

Mei abrió la puerta del conductor. —Esa ya era tu primera pregunta.

El coche de policía giró hacia la carretera de acceso.

Reixac movió su sedán antes de que sus luces azules llegaran a la verja. No se apresuró.

Mei salió conduciendo.

En el retrovisor, Reixac permanecía bajo la persiana abierta, con la acreditación de Arnau en una mano y la habitación falsa detrás de él.

Capítulo 15: Agua que no se enfriaría

A las 23:18, el Mediterráneo estaba demasiado caliente para ocultar nada.

Leïla permanecía de pie, con el agua hasta la cintura, frente a la Barceloneta, con el módulo Atlas sellado bajo la camisa, y observaba a desconocidos quedarse en el agua cuando normalmente ya se habrían marchado. La playa estaba abarrotada bajo el resplandor de la ciudad. Unos niños lanzaban una pelota iluminada. Dos hombres discutían por una tabla de paddle surf. Las parejas ocupaban la oscuridad entre los puestos de socorrismo. Nadie quería volver a unos pisos que habían almacenado el calor del día.

Su entrega en un punto muerto requería tres metros de orilla despejada y treinta segundos sin un observador.

Barcelona no ofrecía ninguna de las dos cosas.

Regresó a la arena. El agua no dejó frescor en su piel.

A medianoche, en otro verano, el mar podría haber ocultado un escalofrío. Esa noche conservaba el calor del día y se lo devolvía contra las costillas. La ciudad llevaba semanas midiendo el agua como anomalía, récord y advertencia. En la playa se volvió algo personal: ningún lugar lo bastante frío para hacer que el cuerpo se sintiera ausente durante un instante.

Leïla había elegido el agua porque una entrega no dejaba ninguna cámara de portal y porque una funda impermeable podía cambiar de manos bajo la superficie. Había hecho sus planes a partir de mapas y fotografías de invierno. La playa de agosto se negaba a ofrecer los metros vacíos de los que dependía el plan.

Arnau, Mei y Júlia esperaban en una terraza al otro lado del paseo, visibles sin parecer juntos. Arnau había pedido un café y no lo había tocado. Mei observaba a la gente que observaba a Leïla. Júlia observaba la ausencia del módulo bajo la camisa mojada de Leïla como si calculase su índice de fallos.

Leïla entró en el bloque de aseos públicos y se encerró en un cubículo. Sacó la funda impermeable, comprobó el cierre y abrió un mensaje seguro en un teléfono que nunca había contactado con los otros.

No había respuesta de Sami.

Sami debía llevar la tarjeta de muestras original desde una taquilla pública hasta el abogado de Perpiñán. No sabía nada de Atlas.

Leïla había ocultado la referencia de la taquilla dentro de la muestra falsa como canario. Esperaba que Narthex la consultara, no que acudiera a ella.

Su teléfono mostró una fotografía.

Sami estaba junto a una furgoneta blanca, con un brazo sujeto a la espalda por un hombre con camisa de manga corta. Su rostro mostraba confusión, no heridas. Detrás de ellos se veían las taquillas atendidas por personal.

El texto bajo la imagen decía:

Tu mapa incompleto todavía encuentra personas. Trae el original.

Leïla cerró los ojos.

Salió del aseo por la puerta que daba a la playa y caminó hacia el norte antes de regresar junto a los demás. Cuatrocientos metros se podían recorrer a pie.

Las taquillas atendidas por personal estaban más allá de una hilera de quioscos cerrados. Desde el paseo podía ver la furgoneta blanca de la fotografía de Sami. Las puertas traseras estaban cerradas. Un hombre esperaba junto a ella, mirando hacia la playa. Otro estaba cerca de la entrada de las taquillas, con un teléfono pegado al oído.

Entre Leïla y ellos se movían cientos de personas que no tenían ninguna parte en la elección. Una familia arrastrando una barca hinchable. Corredores. Repartidores en bicicleta. Niños todavía mojados del mar. Si se acercaba, los hombres de Vasseur podían marcharse, llevarse a Sami o convertir a la multitud en presión. Si gritaba, anunciaría que la tarjeta original estaba cerca.

Vio salir de la entrada de las taquillas a un joven con un polo de archivo.

Durante un segundo pensó que habían liberado a Sami.

El hombre junto a la furgoneta le agarró del brazo.

Mensajero equivocado.

El joven protestó y mostró su identificación. La mano lo soltó al instante. La gente de Vasseur buscaba por función. El registro falso de Leïla había convertido en candidato a todo trabajador de archivo que se acercara a aquella taquilla.

La furgoneta se alejó antes de que llegara al cruce. Le fotografió la matrícula y la vio incorporarse a un tráfico que no podía detener.

Regresó hacia los demás.

Mei la esperaba fuera del bloque de aseos.

—¿Quién?

Leïla no preguntó cómo lo sabía. —Un mensajero. Uno mío.

—¿Se lo han llevado?

—Sí.

—¿Por la tarjeta que cambiaste?

—Por un marcador que puse dentro.

Cruzaron juntas el paseo. Una bicicleta pasó entre ellas y la terraza. Dos turistas se metieron en el carril bici sin mirar y recibieron un timbre y un grito.

Leïla mostró la fotografía bajo la mesa.

Arnau estudió la fachada de las taquillas. —¿Dónde?

—Cuatrocientos metros al norte.

Se puso de pie.

—Siéntate —dijo Leïla.

—Ahora lo tienen.

—La furgoneta ya se habrá ido. Si corremos hacia ella, les damos el módulo y otras cuatro personas.

—Entonces llama a la policía.

—Lo hice desde el paso de peatones. Denuncia anónima, matrícula, fotografía.

—Lo anónimo te ayuda a ti —dijo Mei—. No a Sami.

Leïla aceptó la frase.

—Si doy mi nombre, Narthex lo relaciona con Karim.

—Ya lo han relacionado contigo. La cuestión es si alguien más puede ver la conexión antes de que la borren.

—Los sistemas públicos también fallan a la gente.

—Sí. Usa más de uno. La policía, su empleador, su hermana, el abogado.

Júlia miró hacia el mar. —¿Podemos verificar el módulo sin conectarlo?

—Su firma exterior, sí —dijo Arnau—. El contenido, no.

—Entonces Vasseur no sabe si Leïla aún tiene el original.

El teléfono de Leïla recibió otro mensaje.

Medianoche. Agua. Ven sola.

Vasseur esperaba la transferencia obvia: un objeto impermeable que pasaba de mano en mano en aguas poco profundas. Cada metro contenía un testigo, un teléfono o un niño que se negaba a moverse.

—Quieren la playa —dijo Leïla.

—Dales el duplicado —respondió Arnau.

—Ya lo tienen.

—Dales la muestra de Room Zero con los archivos operativos retirados.

—Eso les dice que la abrimos.

—Nos vieron salir.

Mei negó con la cabeza. —No más trucos técnicos con personas al otro lado. Llamamos a la policía en nombre de Sami. Llamamos a su empleador. Lo hacemos visible esta noche.

Leïla llamó a la directora del archivo y dio su propio nombre.

La directora empezó con ira. Sami era un mensajero, no un investigador, y lo habían enviado a una taquilla fuera de horario porque Leïla había descrito el paquete como material judicial urgente. Leïla no defendió la descripción. Dio la matrícula de la furgoneta, la hora de la fotografía, los dos hombres visibles y la ruta que había visto tomar.

Después llamó a la hermana de Sami.

Aquella llamada fue peor. Leïla le contó el favor que Sami creía estar devolviendo y el riesgo que ella le había ocultado. Su hermana no dijo nada durante tanto tiempo que Leïla comprobó si la línea seguía abierta.

—Encuéntralo —dijo la mujer.

—La policía está buscando.

—No he preguntado quién está buscando.

Después volvió a llamar a la policía y dio el nombre de Sami.

La playa continuó a su alrededor. Un grupo entró en el mar cargando botellas. Una mujer quitaba la arena de los pies de un niño dormido. Más lejos, las barcas ancladas mostraban pequeñas luces blancas que no se movían.

A las 23:47, la policía encontró la furgoneta abandonada cerca del puerto. Sami no estaba dentro.

El mensaje de Vasseur cambió.

Has hecho público esto. La oferta queda retirada.

Leïla colocó el módulo sellado sobre la mesa.

—Tengo que contároslo todo —dijo.

Les habló de Karim, del fragmento anterior de Atlas, del cebo y de Sami.

Cuando terminó, Arnau miró el módulo. —Aún quieres Atlas intacto.

—Sí.

—¿Incluso ahora?

Leïla observó el agua abarrotada.

—Ahora sé lo que cuesta quererlo —dijo.

Mei alargó la mano hacia el módulo.

Leïla puso la suya encima.

El movimiento fue pequeño. Arnau se levantó de todos modos. A su alrededor, la terraza seguía sirviendo bebidas a personas con la ropa mojada. Un camarero cambió un cenicero en la mesa de al lado y decidió no darse cuenta de que cuatro adultos discutían por un objeto negro bajo una servilleta.

—Se queda conmigo —dijo Leïla.

—Tu último plan privado puso a Sami junto a una furgoneta —respondió Mei.

—Y tu respuesta es llevarte la única prueba relacionada con Karim.

—Mi respuesta es que ninguno de nosotros lo posee a solas.

—Quieres decir que tú sí.

Mei retiró la mano. —No. Quiero decir que llamamos al agente encargado de la investigación y declaramos lo que hemos retirado.

—Guaita lo tendrá de vuelta antes del desayuno.

—Puede. Entonces que Guaita se lo pida a la policía, por escrito, y veremos quién firma.

Leïla miró a Arnau. —Copiaste archivos en Room Zero.

—El manifiesto del prototipo y el apéndice de fallos. No el índice de personas.

—Una distinción que elegiste sin preguntarme.

—Sí.

Su respuesta detuvo a Mei. Arnau no defendió la elección como si fuera evidente. La dejó sobre la mesa junto a la de Leïla.

Júlia abrió la caja metálica que habían sacado del maletero del coche de Leïla. —El módulo dentro. Nuestras cuatro firmas sobre el sello. Nadie lo conecta, lo mueve o lo copia a solas. Informamos a la policía de su existencia y de su identificador exterior, sin acceso, hasta que un abogado pueda impugnar la reclamación de Guaita.

—Tú diseñaste el sistema —dijo Leïla—. ¿Por qué debería protegerlo tu firma?

—No debería. Por eso hay cuatro.

El camarero volvió con la cuenta. Arnau pagó.

Leïla retiró primero la mano.

Colocaron el módulo dentro de la caja. Mei escribió la hora en un recibo de papel. Júlia selló el cierre con cinta del equipo de radio de Arnau. Cada uno firmó sobre un borde distinto. Leïla apretó tanto que el bolígrafo cortó la cinta.

Mei llamó al agente. Describió el módulo como material retirado bajo una autorización cancelada de visita de comprador, procedente de una sala de preparación de Guaita. Dio el lugar y los nombres de las cuatro personas presentes. No reveló dónde dormirían.

El agente les dijo que no accedieran a él y les pidió que lo llevaran a una comisaría.

—Esta noche no podemos hacerlo —dijo Mei.

—Entonces están reteniendo una posible prueba.

—Anote que lo entendemos.

La llamada terminó sin acuerdo.

Cuando salieron de la terraza, Leïla llevaba la caja. Júlia caminaba a su lado. Arnau seguía a varios metros con Mei, lo bastante cerca para ver la caja.


A la 01:16, Leïla dejó la caja metálica sellada junto a su cama, en la habitación del ascensor, y descubrió que todos habían elegido una habitación alrededor de ella.

Júlia ocupó la habitación del otro lado del pasillo. La puerta de Leïla daba a las dos puertas de las escaleras. Arnau comprobó dos veces el pestillo de la ventana y colocó una silla bajo el tirador después de que Mei le dijera que el pestillo estaba diseñado para abrirse.

—Eso detendrá al servicio de habitaciones —dijo ella.

—¿A la una de la mañana?

—El servicio de habitaciones tiene llaves. Y también cualquiera que le pague.

Dejó la silla.

El aire acondicionado expulsó aire caliente durante treinta segundos antes de volverse simplemente menos caliente. Mei retiró de sus dedos los restos de cinta húmeda. Cuatro firmas cruzaban el sello de la caja. La suya atravesaba el cierre. La de Arnau había desaparecido debajo.

Arnau se tumbó sin quitarse los zapatos. —Clara ofreció limpiar Llevant.

—Ofreció cambiarle el nombre al daño.

—Casi firmas.

—Leí la línea de firma.

—No es una respuesta.

—Entonces sí. Imaginé a mi padre abriendo el almacén el lunes sin cámaras fuera. Imaginé a Pilar recogiendo sus radios. Imaginé que se permitía a cada empleado decir dónde trabajaba sin tener que explicar antes un ordenador chino.

—¿Y Oriol?

—Él fue la razón por la que no firmé.

Arnau volvió la cabeza.

—No pongas esa cara —dijo Mei—. Le guardo rencor por convertir eso en el precio.

—Puede que Oriol no sepa nada de Clara.

—Sabía lo suficiente para imprimir nuestra etiqueta.

El teléfono de Arnau estaba boca abajo a su lado. Lo puso boca arriba y volvió a llamar a Oriol. La llamada llegó a un buzón lleno sin sonar.

—Si Guaita tiene el teléfono, cada llamada les dice que seguimos buscando —dijo Mei.

—Lo saben.

—Eso no hace gratis la repetición.

Volvió a llamar.

Esta vez la línea sonó.

Ambos se incorporaron.

Un tono. Dos. Tres.

Al sexto, alguien respondió.

No hubo voz. El aire se movió sobre un micrófono. Un golpe seco se repitió tres veces, se detuvo y volvió a repetirse. Detrás, un ventilador o un motor sostenía una nota grave.

—¿Oriol? —dijo Arnau.

La línea se cortó.

Volvió a llamar. El buzón estaba lleno.

Mei ya estaba anotando la hora exacta en el papel del hotel. —La cadena de la sala móvil.

—O alguien reproduciéndola.

—Sí.

—Podría estar allí.

—Sí.

Arnau alargó la mano hacia su estuche de radio.

—¿Qué haces? —preguntó ella.

—Comprobar si el tono grave coincide con el clip.

—¿Con qué grabación?

No había grabado la llamada. El servicio no conservaba ningún audio accesible, solo la hora y la duración. Había oído una posible pista y no había conservado nada de ella.

—Se me escapó —dijo.

—No. Lo oíste. Son cosas distintas.

—Si era él.

—También son cosas distintas.

Dejó el estuche de radio.

La caja metálica estaba dos puertas más allá, junto a la cama de Leïla. Mei se dio cuenta de que seguía atenta a aquella puerta, y acercó la silla a la suya.

—¿El peligro de quién va primero si el teléfono vuelve a sonar? —preguntó Arnau.

—El de la persona al teléfono.

—¿Y si la alarma de la caja suena al mismo tiempo?

—La persona.

—¿Y si llama el almacén?

Mei se tumbó sin responder. El aire acondicionado cambió de tono. Una puerta del ascensor se abrió en el pasillo y volvió a cerrarse.

Arnau esperó.

—Pregúntamelo cuando ambas llamadas sean reales —dijo—. No voy a elegir a qué persona abandonar para tu ensayo.

Apagó la lámpara. Ninguno de los dos durmió.

Capítulo 16: Cortafuegos

Cada rostro decía no él.

El lunes por la mañana, Leïla esperó fuera del archivo de Sami con su hermana y observó llegar a los primeros mensajeros.

Uno desbloqueó una bicicleta. Dos cargaron bolsas selladas en una furgoneta. Un tercero fumó junto a la puerta de servicio hasta que su supervisor le hizo apagar el cigarrillo.

El empleador de Sami proporcionó los detalles de su último reparto completado: una bolsa marrón de archivo registrada en unas cámaras cerca de la Plaça d’Urquinaona a las 16:42 del sábado. Su tarjeta de transporte no mostraba ningún trayecto después de las taquillas. A las 02:10 del lunes, su teléfono había enviado a Leïla la referencia de la taquilla que ella había plantado en la tarjeta de muestra. Ella devolvió la llamada. El teléfono ya estaba apagado. La policía situó su última conexión dentro de un sector que cubría el puerto, tres hoteles y más apartamentos de los que nadie podía registrar antes del amanecer.

Su hermana llevaba un cepillo de dientes en una bolsa transparente para congelados.

—No lo querían —dijo.

Lo había llevado a la comisaría porque las familias de la televisión llevaban cosas que una persona desaparecida había tocado. El agente del mostrador tomó una fotografía reciente, la matrícula de la furgoneta y la segunda declaración de Leïla. Dejó el cepillo de dientes en su bolsa.

Al mediodía, después de que otro mensajero que no era Sami entrara en el archivo, su hermana pidió a Leïla que le explicara lo de Karim. Leïla lo hizo sin usar las palabras fuente, activo o daño colateral. Las palabras más sencillas eran peores.

Al anochecer, la policía encontró una funda de teléfono abandonada junto a una carretera de servicio del puerto. No contenía ninguna huella, fibra ni marca que demostrara que Sami la hubiera tocado alguna vez.

Su hermana envió a Leïla un signo de interrogación después de medianoche. Leïla respondió con el mismo signo. Para el martes, el silencio había adquirido una rutina.


Deng Rui encontró a Lin antes de que los demás terminaran de comer.

Estaba al final de una hilera de viñas donde terminaba la sombra, vestido con una camisa clara y pantalones oscuros, sin chaqueta, sin ningún arma visible. El EBRO gris esperaba en el camino de grava detrás de él, con las cuatro ruedas fuera de la hierba.

—Has elegido un lugar defendible —dijo en chino.

—He elegido una bodega.

—El propietario ha elegido la defensa.

Marta Queralt, tía materna de Arnau, era dueña del viñedo más allá de las rutas que usarían al día siguiente la mayoría de los visitantes del eclipse. La comida familiar que había reorganizado dos veces finalmente se había celebrado con un día de retraso y tres invitados inesperados. Las hileras atravesaban el terreno seco hacia unas colinas bajas. Tanques de riego, caminos de tractor y márgenes despejados dividían la propiedad en formas prácticas. Un cartel en la entrada decía NO PARKING ON GRASS en tres idiomas y en un cuarto hecho con una imagen de llamas.

Lin había llegado una hora antes, después de seis días cambiando de hoteles, teléfonos y planes. No sabía que la viña existiera. Había escrito al contacto del proyecto que figuraba en la reserva de la prueba de mayo, la única dirección del Institut Llum en la que confiaba, y Júlia le había devuelto la llamada desde un teléfono prestado con una sola pregunta: el número de serie del dispositivo naranja que constaba en el registro de equipos de mayo. Lin lo leyó en la parte trasera del Flipper. Júlia le dio una gasolinera en la carretera principal, no una dirección. Marta la recogió allí y dio dos vueltas a la rotonda antes de girar hacia las colinas. Encontró a Arnau, Mei, Júlia y Leïla en una mesa larga bajo un toldo, comiendo botifarra con judías blancas porque Marta se negaba a hablar de hardware secreto con gente hambrienta.

Mei colocó el quinto registro del controlador junto a su plato y preguntó: —¿Pusiste esta máquina en mi almacén?

Lin respondió que sí.

Eso le consiguió una silla y nada más.

Antes de que apareciera Deng, Lin llamó a Hsu desde el extremo de la misma hilera de viñas. Necesitaba un testigo independiente dispuesto a afirmar que el registro del servicio Ingot descendía de su trabajo de 2019.

—Quieres que certifique una máquina china —dijo Hsu.

—Quiero que certifiques tu parte.

—Son peticiones distintas. Tu patrocinador usará la primera frase y perderá la segunda.

—Entonces escribe tú la frase.

Hsu guardó silencio el tiempo suficiente para que los insectos llenaran la llamada.

—Reixac describe la propiedad a través del Estrecho como un problema jurisdiccional —dijo Lin.

—Es un problema de autoría. Ningún gobierno escribió nuestro tejido de paquetes. No me conviertas en una bandera porque tu empresa eliminó mi nombre.

—Te estoy pidiendo tu checksum.

—Me estás pidiendo que espere mientras demuestras la máquina según los términos elegidos por dos hombres que quieren poseerla.

—Un día.

Hsu aceptó verificar el registro de rendimiento de Lin, pero no retrasar la publicación.

Ahora Deng esperaba entre las viñas mientras los demás permanecían en la mesa, visibles a través de las hojas y el calor.

—Vuestro equipo de recuperación copió el sello en mayo —dijo Lin.

—No. Te fotografiamos después de que otra persona lo copiara.

—Marc.

—Ya lo sabes.

—Lo sospechaba.

Lin miró el EBRO. —Joel Huang te informaba a ti.

—Informaba a seguridad de producto. Así nos llamábamos. Creía que estaba evitando un robo.

—Usaste el nombre de contacto que envié.

—Sí.

La cortesía había recorrido siete años de arquitectura y seis semanas de logística para llegar a aquella hilera.

—¿Dónde está Ingot? —preguntó Deng.

—Guaita lo trasladó de Llevant el 16 de julio. El encuentro sigue siendo mañana a las once en Pedralbes.

—Conocemos la cita. No conocemos la custodia.

—Entonces vuestra observación falló.

—Sí.

Hablaban sin ira.

Las órdenes de Deng eran sencillas: permitir la ejecución independiente si aparecía Ingot, recuperar el módulo antes de que Guaita pudiera retirarlo, impedir una confrontación pública que implicara a Yulan. Las órdenes de Lin habían sido distintas. Su patrocinador dentro de Yulan quería completar la comparación con MareNostrum y procesar la carga del eclipse.

Hasta Room Zero, Lin había fingido que el segundo objetivo servía al primero.

—Atlas es la carga de trabajo —dijo.

El rostro de Deng cambió menos de lo que exigía la sorpresa. —Una parte.

—Lo sabías.

—Sabía que tu patrocinador había comprado a Lenticular una prueba de inferencia dispersa de gran tamaño. No sabía que los datos describían a personas.

—Describen el acceso a personas.

—Una distinción para abogados.

Deng miró más allá de ella, hacia la mesa. —La investigadora francesa tiene el índice de campo. Narthex tiene a su mensajero. Guaita tiene el hardware o espera recibirlo. Mañana todos preferirán que la ejecución falle excepto las personas que necesitan su respuesta.

—Mi patrocinador necesita la respuesta.

—Tu patrocinador necesita pruebas de que Ingot puede servir un modelo a esa escala. Atlas es un benchmark con un comprador ya asignado.

Lin había elegido MareNostrum porque una comparación independiente dificultaría que Yulan enterrara Ingot o borrara de nuevo la contribución de Hsu. Su patrocinador aprobó el plan porque un conjunto de datos del eclipse daba a la demostración una fecha límite y Guaita le daba valor comercial.

No había reclutado a un testigo neutral. Había proporcionado un cliente mejor.

—Detendré la ejecución —dijo Lin.

—Entonces Guaita se queda con el módulo y afirma que falló. Yulan niega que existiera. Tu colega taiwanesa sigue ausente del diseño.

—Hsu tiene el checksum.

—De su encapsulado. Ingot todavía tiene que ejecutarse delante de testigos.

Marta llamó desde el toldo. —Si vosotros dos estáis decidiendo el mundo, devolved la jarra de agua cuando terminéis.

Deng estaba de pie junto a ella. La recogió.

—No te tiene miedo —dijo Lin.

—Cree que soy otra persona que desperdicia la hora de comer.

—Puede que tenga razón.

Regresaron juntos a la mesa. Deng dejó el agua y no se sentó. Arnau lo reconoció por el EBRO y movió una mano hacia la caja de radio que tenía a los pies.

—Eso no puede ayudarte —dijo Deng en inglés.

—Rara vez lo hace.

Mei miró a Lin. —¿Los tuyos?

—Una versión de ellos.

Marta puso botifarra en el sitio vacío y señaló la silla. Deng se sentó.

Lin les contó lo que quería su patrocinador. Sin eufemismos sobre investigación. Yulan necesitaba demostrar que Ingot funcionaba con un modelo demasiado grande para los sistemas de evaluación ordinarios. Guaita necesitaba completar Antumbra, su ejecución de calibración para el eclipse. Cada uno había llamado al otro socio de prueba y había tratado el resultado peligroso como si fuera la aplicación de otra persona.

Júlia escuchó sin tocar la comida.

—Mi arnés puede separar la ejecución del modelo del índice de personas —dijo—. Cada conclusión debe apuntar a observaciones de origen. Las identidades especulativas permanecen en una tabla en cuarentena.

—¿Puedes impedir que Atlas termine? —preguntó Mei.

—Podemos dejar que calcule relaciones y negarnos a publicar la capa de personas.

Leïla la miró. —La capa de personas contiene a Karim.

—Y a miles de personas que no son Karim.

—Lo sé.

Su teléfono se iluminó junto al plato. La hermana de Sami había enviado el signo de interrogación programado. Leïla giró la pantalla para que los demás pudieran verlo y respondió con el mismo signo.

Arnau redibujó de memoria el mapa de papel de Oriol sobre una hoja en blanco. El original había desaparecido, pero recordaba mejor las rutas de contribución que la geografía. Alimentaciones del sur, ruta de investigación de Pedralbes, almacén de Badalona, corredor de tráfico temporal.

—Si cancelamos la reserva —dijo—, Reixac usará otra máquina o esperará. Oriol seguirá retenido. Ingot seguirá siendo suyo.

—Si ejecutamos —dijo Mei—, entramos en la sala que él eligió, a la hora que él eligió.

—Sí.

Marta sirvió agua y acercó las judías al plato de Júlia.

Se oyó un motor cerca de la entrada del viñedo.

Un pequeño coche de alquiler pasó junto al cartel de prohibido aparcar y se detuvo con las ruedas derechas sobre la hierba seca. Dos turistas bajaron llevando visores para el eclipse y un mapa impreso. Habían llegado un día antes para explorar un horizonte occidental.

Marta ya estaba de pie.

—¡Mueve el coche! —gritó.

El conductor saludó, interpretando la urgencia como hospitalidad.

Apareció humo bajo la parte trasera del vehículo.

No fuego al principio. Una fina línea gris donde el metal caliente se encontraba con los tallos secos. El viento lo empujó bajo el coche y hacia el margen.

Marta corrió hacia el cobertizo del tractor. Arnau y Mei cogieron las jarras de agua. Deng llegó primero al coche de alquiler y apartó al pasajero mientras el conductor intentaba arrancar el motor. Moverlo ahora arrastraría el fuego por la hierba.

—¡Déjalo! —gritó Marta.

Regresó en un tractor compacto que llevaba un tanque de riego. La bomba arrancó antes de que ella se detuviera. El agua golpeó el margen. Lin usó una pala para arrojar tierra desnuda sobre el frente estrecho mientras Júlia llamaba a los servicios de emergencia y daba la entrada exacta del camino.

El fuego cruzó cinco metros, luego ocho. Una franja despejada entre las hileras lo ralentizó. Marta empapó el extremo más alejado. Los vecinos llegaron con batefuegos y otro tanque. Los turistas permanecieron junto a la grava, todavía con los visores para el eclipse en la mano.

Los bomberos llegaron después de que la llama visible hubiera caído. Revisaron el vehículo, las raíces y el terreno más allá del borde mojado. Nadie llamó heroína a Marta. Preguntaron por qué el coche había pasado el cartel.

La respuesta era ordinaria. El mirador oficial del mapa de los turistas parecía abarrotado. Querían un lugar más tranquilo.

A media tarde, una forma negra marcaba el margen del viñedo. El coche seguía allí, pendiente de ser retirado.

Marta miró las rutas del eclipse dibujadas por Arnau y puso un dedo sobre los campos del sur. —Mañana habrá miles de personas ahí.

Lin sacó de su bolsa el Flipper naranja y lo colocó junto al plan del arnés de Júlia. —Esta es la consola de mantenimiento de Ingot —dijo—. Controla el estado de servicio, nada más. Mañana se queda conmigo.

Arnau la miró.

—¿Y los receptores de tráfico?

—Tu captura puede integrarse una vez en una aplicación de servicio, si la verificamos lejos del equipo en directo.

—Un corredor.

—Una solicitud. No verás lo que detiene en otros lugares.

Deng terminó la comida que Marta le había servido. —Si aparece Ingot, lo recupero.

—¿Y si aparece Guaita? —preguntó Mei.

—Lo recupero de ellos.

—¿Y de nosotros?

Deng miró a Lin. —De quien todavía lo tenga.

—Entonces no formas parte de la operación —dijo Mei.

—Nunca formé parte de ella.

—Estás comiendo en la mesa donde la estamos planeando.

Deng dejó el tenedor. —Porque ella me ha puesto un plato.

Leïla tocó la caja metálica. Las cuatro firmas sobre su sello seguían intactas. —Si la ejecución abre este módulo, Atlas queda completo.

—La auditoría de infraestructura queda completa —dijo Júlia—. El índice de personas permanece en cuarentena.

—Hasta que alguien cambie un permiso.

—Entonces te colocas a mi lado y vigilas el permiso.

—Ocultaste el prototipo original durante años.

—Y tú ocultaste el riesgo a Sami el sábado. Por eso la caja lleva cuatro firmas.

Lin miró la caja sellada. —Puedo someter Ingot a benchmark sin Atlas. Usamos un modelo disperso público y trazas sintéticas.

—Eso demuestra la máquina —dijo Arnau—. No expone la ruta de exportación de Reixac ni encuentra al validador de Oriol.

—Entonces decid cuál de los objetivos tiene prioridad —dijo Mei—. El módulo, la auditoría u Oriol.

Marta devolvió a la mesa la jarra de agua vacía. El hollín le marcaba un antebrazo. —Un plan con tres primeras prioridades son tres planes que comparten coche.

Escribieron el orden al dorso de una factura del viñedo.

Uno: una señal en directo de Oriol pone fin al cálculo.

Dos: las pruebas de infraestructura verificadas pueden salir del anexo. No sale ningún índice de personas.

Tres: Ingot entra en estado seguro aunque el benchmark quede incompleto.

Cuatro: nadie usa fuego, multitudes ni vehículos de emergencia para recuperar hardware.

Leïla añadió una quinta condición de su puño y letra: El registro de Karim no está exento de la regla del índice de personas. Observó la frase antes de firmar debajo.

Deng leyó la lista y rechazó el bolígrafo.

—Mi orden sigue siendo la recuperación —dijo.

—Entonces, cuando nos sigas mañana —respondió Mei—, sabremos qué significa el coche.

Marta enjuagó el hollín de la jarra de agua y la dejó boca abajo. Mei dobló la factura firmada y la guardó en su bolsa. En la carretera más allá de las viñas, otro coche redujo la velocidad ante el cartel de prohibido aparcar, lo leyó y continuó.

Tercera parte: Totalidad

Doce de agosto. La sombra viene del oeste.

Capítulo 17: Hacia el sur

A las 04:52, seis planetas se convirtieron en un problema de tráfico.

Arnau estaba entre las hileras de viñas mientras la voz de Berta llegaba de una radio en la terraza de Marta. Saturno era evidente, alto hacia el sur. A Marte costó un momento encontrarlo en el este. Mercurio y Júpiter aún no habían salido. Urano y Neptuno requerían ayuda óptica y la suficiente honestidad para no afirmar que alguien los había visto.

«La alineación no significa influencia», dijo Berta en antena. «Significa que varios planetas aparecen a lo largo de la misma trayectoria general en nuestro cielo. Nada inusual está tirando de vuestro coche, vuestro cuerpo o la red eléctrica».

Un oyente llamó inmediatamente para preguntar si la alineación afectaría a los coches eléctricos.

Durante la siguiente pausa, Berta envió a Arnau un archivo de audio del ensayo de contribución de julio. Había estado revisando las antiguas notas de producción de Oriol porque la policía por fin había preguntado cuáles de sus irregularidades eran realmente inusuales.

La grabación comenzaba con Arnau quejándose de que un reloj móvil había superado dos veces su tolerancia. Oriol respondió que el fallo seguía siendo lo bastante constante como para planificar teniéndolo en cuenta. Discutieron durante cuarenta segundos mientras Berta intentaba grabar una introducción sobre un eclipse en la misma habitación.

Entonces la voz de Arnau abandonó el canal.

Oriol habló más bajo. «Si Guaita pide cifras limpias del ensayo, conserva las tomas fallidas. A Salvador le gusta más un panel verde que uno verdadero».

«¿Estás formulando una acusación?», preguntó Berta en la grabación.

«Estoy haciendo que te resulte molesto de antemano. Se te da muy bien».

Se rio, y el fragmento terminó.

Arnau volvió a reproducir la risa. Oriol había reconocido el peligro lo bastante pronto como para advertir a Berta y aun así había convertido la advertencia en una broma sobre la que nadie tenía que actuar. Era su forma habitual de generosidad: dar a alguien una carga útil y hacer que rechazarla pareciera una falta de humor.

Arnau envió la grabación al agente encargado de la investigación.

Júlia bajó el volumen de la radio. «Deberíamos dejar que respondan los planetas».

«Tienen poca formación para los medios», dijo Arnau.

Nadie había dormido más de dos horas. La casa de campo conservaba el calor del día anterior. Las ventanas abiertas a la oscuridad dejaban entrar insectos, aire seco y todos los vehículos de la carretera lejana. A las cuatro, los motores ya avanzaban hacia el sur.

En el muro de la terraza, Marta había colgado tres mapas. El primero mostraba la franja oficial de totalidad. El segundo, los accesos para bomberos y los puntos de agua. El tercero era un atlas de carreteras lo bastante antiguo como para ignorar todos los servicios de navegación que ahora dirigían a la gente hacia los mismos cruces.

Arnau confiaba menos en el mapa antiguo y no dejaba de mirarlo.

Marta preparó pan con tomate, anchoas y botellas de agua. Nada de vino. Nadie discutió si tenían hambre. La zona ennegrecida en el borde del viñedo olía a humedad y quemado.

El teléfono de Leïla sonó a las 05:11.

Escuchó sin hablar y luego se sentó en el muro bajo.

«Sami está vivo», dijo. «La policía lo encontró cerca de una entrada de mercancías después de las tres. Tiene las muñecas magulladas. Se llevaron su teléfono y la bolsa del archivo».

«¿Vio caras?», preguntó Arnau.

Mei lo miró.

«Está vivo», corrigió Arnau.

Leïla asintió. «Les dio mi nombre. Narthex sabe que ahora soy una figura pública».

El módulo Room Zero estaba sellado en la caja metálica sobre la mesa de Marta.

A las 05:30, Mei llamó al agente y lo puso en altavoz. Lin apoyó el teléfono contra la jarra de agua para grabar la mesa. Rompieron las cuatro firmas una a una, y cada persona leyó su propio nombre en voz alta mientras se rasgaba la cinta. Júlia conectó el módulo a un portátil sin conexión a través de un bloqueador de escritura que normalmente usaba con tarjetas de cámara y copió solo lo que el agente aceptó nombrar: el registro de consultas, su esquema y las páginas del diario que el registro citaba. Calculó el hash de los tres, lo leyó en voz alta durante la llamada y lo escribió en el recibo. No abrió el índice.

El registro era breve. Narthex había consultado la réplica once veces durante su semana de demostración. La consulta siete pedía el historial de movimientos de un grupo de identidades de Marsella en tres fechas de cámara.

Leïla conocía las fechas sin mirar sus notas.

«Aquí el grupo no tiene nombre», dijo Júlia. «La réplica contiene el grafo de relaciones, no la capa de personas. Solo el índice completo asocia un grupo a una persona».

«Entonces el índice completo lo tendrá a él», dijo Leïla.

Volvieron a sellar el módulo con cinta nueva y cuatro firmas nuevas mientras el agente anotaba los números. Leïla conservó la custodia. El módulo viajaría al sur con ella, lejos del anexo, de Guaita y de la máquina. La copia del registro con su hash fue a la bolsa de Júlia, rumbo a Pedralbes.

El módulo B también contenía un fragmento del diario de operaciones de Guaita, copiado junto con el registro. Su última entrada, dos días antes de Room Zero, confirmaba la sala móvil Tramuntana para la operación de retransmisión del sur en un emplazamiento elevado de la Ribera d’Ebre. La identidad de producción de Oriol aparecía como validadora.

La entrada podía ser una trampa, pero también tenía costes demasiado específicos para inventarlos a la ligera: una reserva de generador, una entrega de agua, dos comidas para el equipo, una franja de espectro asignada y una solicitud de bloques de nivelación.

Mei rodeó con un círculo al proveedor de las comidas. Marta conocía a la familia que lo regentaba. Habían entregado cuatro raciones la tarde anterior y les habían dicho que el quinto miembro del equipo llegaría dentro de la sala móvil.

«Eso no demuestra que sea Oriol», dijo Júlia.

«No», respondió Mei. «Demuestra que se espera que haya una persona en la sala cuya entrada nadie verá».

«Está al sur», dijo Leïla.

«O lo está su acreditación», respondió Arnau.

«Seguimos ambas pistas».

Marta desplegó mapas de carreteras junto al plan de contribución reconstruido por Arnau. Los puntos oficiales de observación ya informaban de aparcamientos completos. Los mensajes de la policía pedían a los visitantes que usaran las rutas designadas. Las aplicaciones de navegación redirigían a los recién llegados por las mismas alternativas hasta que las alternativas se convertían en colas.

«Nos separamos a las ocho», dijo Mei. «Leïla y Marta, al sur. Yo voy a Llevant. Arnau, Júlia y Lin, a Pedralbes».

«No puedes quedarte sola en el almacén», dijo Arnau.

«Tendré a treinta personas a la hora de abrir».

«Guaita tiene tus papeles».

«Por eso alguien debe estar allí cuando lleguen los inspectores».

Mei colocó su declaración preparada junto a los mapas. Mencionaba el palé falso del sur, el perfil de cliente copiado y los once kilogramos desaparecidos. No mencionaba Ingot, el canal privado de Yulan, Atlas ni a ninguna persona bajo investigación. La orden del consejo de Pilar seguía suspendida. Otros dos minoristas habían preguntado si Llevant aún podía garantizar el origen.

«Se la envío a la policía, a nuestros clientes y a Berta antes de salir», dijo.

Arnau la leyó. «Si Berta la tiene, Reixac da por hecho que puede hacerse pública. Moverá el módulo antes de la ventana del anexo».

«Si espero, el informe del incidente de Guaita será la primera versión pública».

Todos los presentes en la mesa encontraron otro objeto que examinar. Júlia comprobó el sello del módulo. Leïla vigiló la entrada del viñedo. Marta siguió empaquetando agua.

«La policía y los clientes ahora», dijo Arnau. «Berta a las diez».

Mei miró la declaración y luego la hora. «A las diez, Berta la recibirá tanto si estás dentro como fuera».

A las 06:12 envió la declaración a la policía y a todos los clientes que habían preguntado. Programó la copia para Berta a las diez y no le dio a Arnau el código de cancelación.

A las 06:19, la aseguradora de Guaita adelantó la inspección independiente de Llevant desde el mediodía a la primera hora disponible.

A las 06:23, Clara Reixac llamó a Mei.

Mei llevó el teléfono a la cocina de Marta. Arnau la siguió tres segundos después, el tiempo suficiente para fingir que no lo había hecho.

«La inspección puede volver al mediodía», dijo Clara. «También puede seguir siendo independiente. Firma la carta de cooperación antes de las ocho y da al inspector acceso al señuelo, los cuatro sistemas de evaluación y sus historiales de servicio. Guaita retira a su observador».

«Ya conoces los historiales de servicio».

«La empresa de mi hermano conoce los registros suministrados a través de una aseguradora. Te estoy ofreciendo un límite para ese conocimiento».

«¿Y el palé del sur?»

«Error del contratista pendiente de investigación. Llevant no aparece nombrado como origen en el informe de la mañana».

«¿Oriol Cendrós?»

Clara hizo una pausa. «No forma parte de mis instrucciones».

Arnau alargó la mano hacia el teléfono.

Mei lo apartó.

«Tu hermano utilizó anoche su identidad de producción», dijo. «Incluye en la carta su liberación segura».

«No puedo prometer la custodia de una persona que Guaita no retiene».

«Entonces no puedes vender su ausencia por separado del equipo que moviste bajo su nombre».

«No estoy vendiendo nada. Te estoy dando la oportunidad de impedir una asociación evitable».

«Antes de las ocho».

«Antes de que empiece la inspección. Después, los hallazgos adquieren sus propias obligaciones».

La carta llegó mientras Clara seguía al teléfono. Cuatro páginas. Mei leyó primero la sección de firmas. La cooperación exigía que Llevant proporcionara los registros de Yulan, entregara los cinco casos para su custodia como pruebas del incidente y no hiciera ninguna declaración pública sobre Guaita hasta que terminara una revisión conjunta. Guaita corregiría el envío del sur como un error del contratista sin admitir qué contratista lo había cometido.

La orden del consejo de Pilar podía avanzar antes de la comida. El nombre de Chen quedaría fuera del primer informe. Treinta empleados llegarían a un almacén inspeccionado sin un chaleco de Guaita junto a la jaula.

«Di que no», dijo Arnau.

Clara lo oyó. «Arnau no es directivo de Llevant».

«Lo sé», respondió Mei.

«Entonces decide como tal».

Mei terminó la llamada sin responder y siguió leyendo.

Arnau se quedó de pie al otro lado de la mesa de la cocina. «Les da los registros antes de la ejecución del modelo».

«La policía ya tiene los registros».

«Les da el señuelo a Guaita».

«La policía ya lo ha precintado».

«Te silencia».

«Mantiene a mi padre fuera de la historia de la mañana».

«Hasta que Reixac necesite el nombre».

«Quizá. El mediodía sigue estando a seis horas, durante las cuales los clientes recogen sus pedidos y el personal no aparece fotografiado detrás de un cordón de seguridad».

«Te lo estás planteando».

«Sí».

Arnau abrió la boca y volvió a cerrarla. Apoyó las dos manos sobre la mesa y esperó.

Mei abrió la página de firmas.

Escribió el número de incidente policial sobre la línea en blanco reservada para su nombre, fotografió las cuatro páginas y se las envió al agente encargado de la investigación.

Entonces respondió a Clara.

Llevant cooperará a través de la investigación pública ya en curso. Sin custodia privada. Sin silencio.

La aseguradora confirmó la inspección temprana dos minutos después. El observador de Guaita asistiría.

Mei entregó el teléfono a Arnau. «Ahora puedes decir que no».

«No».

«Bien. Vuelves a sonar como tú».

Lin comprobó los tres registros de instrumentos. «La ventana del anexo se abre a las once. Si la perdemos, Marc puede cancelar la asignación».

«Marc puede cancelarla cuando llegues», dijo Júlia.

«Entonces admite que sabe qué hay en el tercer caso».

«No tienes el tercer caso».

«Él sí».

Reixac había robado Ingot para adueñarse de la ejecución, no para impedirla. Lin llegaría con dos instrumentos y lo obligaría a proporcionar el tercero.

«¿Y si Reixac mantiene a Ingot en el sur?», preguntó Leïla.

«Entonces Lin completa un ensayo legítimo con dos instrumentos y publicamos lo que Room Zero ya demuestra», dijo Júlia.

«¿Y si Guaita cierra el anexo?»

«Nos vamos».

A Arnau no le gustó la rapidez con que respondió.

«¿Y si vemos a Oriol en una transmisión mientras el modelo está funcionando?»

«No lo cambiaremos por otro minuto de cálculo».

Escribieron cada condición de fallo junto a la ruta que modificaba.

A las 06:37, Mercurio asomó durante un minuto, bajo en el este, antes de que el cielo se iluminara lo suficiente para borrarlo. Nadie en la terraza podía decir honestamente que hubiera visto Júpiter, así que nadie lo dijo. Los informes de tráfico sustituyeron a la astronomía en la radio. Una colisión cerca de Tarragona. Colas en las gasolineras. Autocaravanas detenidas en los arcenes para fotografiar un amanecer que volvería a producirse mañana.

Marta cargó agua, mantas ignífugas y dos batefuegos en su vehículo utilitario.

«Estamos buscando a Oriol», dijo Leïla.

«Estamos conduciendo hacia una zona seca con gente aparcando por todas partes», respondió Marta. «Podemos hacer dos cosas».

Deng se había marchado antes del amanecer. Los neumáticos del EBRO habían marcado la grava y nada más. No había dicho si seguiría a Lin o al hardware.

A las 07:58 partieron los tres vehículos.

Antes de que Mei entrara en su coche, Arnau la alcanzó junto a la puerta del viñedo.

«Si el modelo produce otro nombre, te llamo antes de decidir nada», dijo.

«Es una promesa pequeña».

«Estoy intentando hacer una que pueda cumplir».

«Entonces escucha cuando te diga que el papel también es una prueba».

Quiso decir que nunca había hecho eso. Los diez días anteriores proporcionaban demasiados contraejemplos.

«Escucharé», dijo.

Mei le tocó una vez la mejilla quemada por el sol. «Y no conviertas quedarte junto a la máquina en una muestra de valentía».

«Vas sola al almacén».

«Treinta personas y mi padre. Cuéntalos».

Mei sostuvo su mirada un segundo más y luego giró hacia el este, en dirección a Badalona.

Marta y Leïla tomaron la primera carretera del sur.

Arnau condujo hacia Barcelona con Júlia a su lado y Lin detrás, con la Flipper naranja dentro de una bolsa sencilla entre los pies.

Durante veinte minutos, sus rutas se comportaron como rutas.

Entonces el tráfico del eclipse entró en todos los horarios.

Un accidente desvió los vehículos de la autopista. Un corte policial los envió a través de un pueblo donde las furgonetas de reparto bloqueaban los bordillos opuestos. La navegación añadió doce minutos, eliminó siete y luego añadió diecinueve. El aire acondicionado luchaba contra tres cuerpos y el sol directo.

La voz de Berta los siguió desde la radio, explicando ahora que Barcelona experimentaría un eclipse parcial profundo, no la totalidad. Un productor había añadido un efecto sonoro a la cuenta atrás del programa. Cada minuto terminaba con un pulso sintético grave.

«Apágalo», dijo Lin después del sexto.

Arnau lo hizo.

A las 10:31 llegaron al extremo occidental de Barcelona. Faltaban veintinueve minutos para la cita. Pedralbes quedaba más allá de un tráfico que avanzaba a la velocidad de una multitud caminando.

Mei llamó desde Llevant.

«El inspector ha llegado pronto», dijo. «Guaita también».

Marta llamó desde el sur antes de que Arnau pudiera responder.

«El aparcamiento oficial está lleno. La sala móvil ha pasado junto a nosotros por un carril cerrado».

Arnau miró la carretera detenida que tenía delante. Las dos llamadas seguían abiertas.

Puso el coche en marcha. No se movió.

Capítulo 18: Dos instrumentos

A las 10:58, Lin entró en el Institut Llum con dos instrumentos y documentación para tres.

Las cajas procedían del almacén de proyectos autorizados, en un vehículo de reparto universitario. Ambas contenían lo que afirmaba el manifiesto: almacenamiento en búfer de telemetría y acondicionamiento de potencia para la sesión de imágenes del eclipse. La tercera posición del carro estaba vacía.

Marc Escudé sostuvo la puerta del anexo.

—¿Tráfico? —preguntó.

—Barcelona.

—Has apurado.

—La reserva empieza a las once.

—Y son las diez cincuenta y ocho. Concienzuda como siempre.

Miró la posición vacía sin preguntar dónde estaba la tercera caja.

Arnau y Júlia entraron detrás de ella con el acceso al proyecto de Júlia. Arnau llevaba una acreditación de visitante y no transportaba equipo Lenticular salvo su propio equipo de radio. Marc lo saludó con la cuidadosa simpatía reservada para los colegas sometidos a una revisión interna.

—Salvador ha dicho que quizá pudieras ayudar —dijo.

—Salvador dice muchas cosas antes de que yo las haga.

—Suele tener razón.

El guardia del mostrador interior no les hizo pasar. Comparó la carta del proyecto de Júlia con una lista impresa a las 07:00, descubrió que Arnau no figuraba y llamó al responsable de guardia. Detrás de ellos, un carro con gafas para el eclipse esperaba para entrar. Detrás, dos ingenieros de cámaras discutían que su posición en directo importaba más que un visitante cuyo empleador lo había suspendido.

Arnau se apartó.

Júlia abrió la modificación firmada que Reixac había aprobado antes de suspender a Arnau. La nombraba responsable técnica y permitía un observador externo para la validación. El guardia llamó al número del documento, no al que Júlia le ofreció. Una administradora del proyecto respondió desde casa, maldijo la hora y lo confirmó.

—Observador —dijo el guardia, devolviendo el pasaporte de Arnau—. No toque nada.

—Ese ha sido el tema de mi semana.

Perdieron nueve minutos y entraron con una autorización antigua que Reixac había olvidado cancelar. En el registro de equipos, el guardia dio la vuelta al Flipper naranja de Lin, encontró la entrada de mayo y volvió a anotar su número de serie.

A través de los cristales lejanos, la capilla albergaba sus máquinas cuánticas bajo una luz ordenada, y MareNostrum zumbaba en la sala contigua. Nadie se acercó a la sala segura de máquinas. Nadie lo necesitaba.

El anexo había pasado la mañana haciendo de pasillo. El personal que no había ido al sur lo atravesaba con café y gafas para el eclipse. Un estudiante le preguntó a Marc si el edificio se quedaría sin electricidad cuando se oscureciera el Sol. Marc dijo que no con la paciencia de un hombre que respondía a la misma pregunta desde abril.

El calor ya había entrado en las salas exteriores. El espacio controlado conservaba un aire más fresco que olía a cable nuevo y al disolvente usado en el suelo después de mayo. La camisa de Lin se le pegaba entre los omóplatos. Había dormido dos horas en el sofá de Marta y había conducido hasta una ciudad que creía que su propio tráfico se apartaría porque la cita era importante.

Lin colocó los dos instrumentos legítimos en las cunas que había ensayado en mayo. Refrigerante, alimentación, telemetría. Cada conexión producía un elemento de la lista de comprobación y un registro. Sus manos recordaban las cargas ficticias. El Flipper respondió a la primera cuna en cuatro segundos, a la segunda en cuatro. Repetible. Aburrido. La tercera cuna esperaba con los acoplamientos tapados, el bastidor vacío que había inspeccionado en mayo un hombre que ahora sostenía la puerta.

—¿Dónde está tu carga ficticia pesada? —preguntó Marc.

—Retrasada.

—Puedo marcar el instrumento como ausente.

—A las once y media.

—Qué generosa.

—El proyecto ha pagado la posición.

Marc abrió el calendario local. —Guaita ha declarado un incidente de contribución a las diez cuarenta y uno. Puede que necesiten esta sala para la validación de continuidad.

—Esto es un anexo de investigación.

—Hoy todas las salas son infraestructura del eclipse.

Era demasiado servicial exactamente del modo en que lo había sido en mayo. Proporcionaba la regla antes de que nadie preguntara qué autoridad la utilizaría.

Arnau recorrió una vez el perímetro del anexo. No estaba entrenado para aquello. Contó las salidas y volvió a contarlas porque en el primer recuento había incluido una puerta que solo se abría desde dentro. Júlia permaneció en la consola del proyecto y no miró a Marc.

—Si lo traen —dijo en voz baja—, fotografiamos cada superficie antes de que toque una cuna.

—Si no lo traen, tenemos dos instrumentos y una asignación cancelada —dijo Lin.

—Entonces solo hemos demostrado que hemos llegado.

A las 11:16, una furgoneta oscura se detuvo fuera.

El EBRO gris esperaba al otro lado de la calle, bajo los árboles, aparcado legalmente. Deng seguía detrás del parabrisas. Había seguido al hardware, no a Lin.

Dos contratistas de Guaita llevaron una caja negra Yulan por la entrada pública de carga. Su acreditación de incidente la identificaba como un aparato de contribución recuperado y autorizaba su custodia técnica temporal. Todos los campos estaban completos. El expedidor era Llevant Import.

El precinto de la caja coincidía con el precinto copiado en mayo.

Mei respondió a la videollamada de Lin desde el showroom de persianas bajadas de Llevant. Lin enfocó el precinto con la cámara del instituto mientras Mei lo comparaba con las fotografías del envío falso. Pidió la bisagra izquierda, la parte inferior del asa y la abrasión junto al número siete.

—Misma familia de cajas —dijo Mei—. No la misma caja. El material de las etiquetas es nuestro. La alineación de la impresión no.

—¿Puedes demostrarlo? —preguntó Arnau.

—Puedo demostrar que nuestra impresora deja un margen de dos milímetros. Esta tiene cuatro.

Lin añadió la comparación de Mei al registro del proyecto antes de que la caja cruzara la línea marcada. El acto les costó otro minuto. Marc miró el reloj y no dijo nada.

—Tu tercer instrumento —dijo Marc.

Lin no lo tocó. —¿Dónde lo recuperaron?

El contratista más alto consultó su tableta. —Excepción de envío municipal.

—¿Qué municipio?

—El registro del incidente es restringido.

—Entonces no entra en mi cuna.

Marc bajó la voz. —Si lo rechazas, la asignación se cierra. Guaita retirará las tres cajas para inspeccionarlas.

Reixac había puesto el nombre de Llevant en ambas puertas: aceptar el módulo robado o perder el acceso a él mediante un procedimiento perfecto.

Lin fotografió el precinto, la acreditación y la caja con la cámara del instituto. Añadió una nota al registro del proyecto: Instrumento recibido bajo custodia de terceros controvertida. Identidad no verificada.

El contratista de Guaita le ofreció un recuadro para firmar.

—No —dijo—. Su custodia termina cuando lo colocan en el suelo marcado. Mi custodia solo comienza después de la validación de servicio.

El hombre miró a Marc.

Marc asintió. —Aceptable.

Los contratistas se retiraron, pero no abandonaron el edificio. Su furgoneta permaneció allí.

Lin abrió la caja.

Dentro estaba Ingot.

Durante un instante nadie se movió. La máquina era un módulo de servicio negro, con asas allí donde las manos las necesitaban y metal desnudo allí donde un logotipo habría anunciado la propiedad. Cada manifiesto controvertido, cada palé falso y cada persona desaparecida se había organizado alrededor de algo que dos personas podían levantar.

Ahora la conspiración tenía dimensiones: sesenta centímetros, un módulo de cuarenta y tres kilogramos que pesaba once más que el ensamblaje de catálogo al que había sustituido, tres puertos de refrigerante y un arañazo en el raíl derecho. La caja y los accesorios elevaban el envío a sesenta y dos. Retirar Ingot, reponer el ensamblaje ordinario, y la misma caja pesaba cincuenta y uno.

El módulo era más pequeño de lo que sugería el bastidor vacío, denso alrededor de su memoria y de la estructura de paquetes, con las conexiones de refrigerante protegidas por tapones de transporte. Un mes bajo la custodia de Guaita había añadido una etiqueta de inventario y no había retirado ninguna de las marcas internas de Yulan.

Lin conectó el Flipper naranja a la toma de mantenimiento. Su aplicación de servicio leyó los contadores del módulo sin despertar la estructura de cómputo.

Transporte correcto. Precinto del paquete intacto. Último estado con alimentación: 16 de julio. Ninguna ejecución completa del modelo.

Guaita había robado Ingot sin utilizarlo porque no podía utilizarlo por sí solo.

—Seis kilovatios disponibles —dijo Júlia desde la consola de la cuna—. Refrigeración directa estable. Estructura de investigación reservada.

—¿Aceleradores convencionales?

—Atención y capas densas listas.

Arnau observó la cámara del pasillo en vez del módulo. —Los contratistas de Guaita siguen dentro del anexo.

—¿Deng? —preguntó Lin.

—Sigue en el EBRO.

—No entrará.

—Qué tranquilizador.

Lin y Marc levantaron Ingot hasta la tercera cuna. Sus manos sabían exactamente dónde cambiaría el peso. Antes de que Lin alcanzara el desbloqueo del raíl, Marc pulsó el pestillo empotrado que había debajo y giró el módulo dos grados para despejar el colector de refrigerante.

El movimiento no apareció en la hoja de servicio pública. Lin lo había aprendido del cable suelto de mayo.

—Abriste la caja ficticia en mayo —dijo.

—Encontré un cable suelto.

—Copiaste el precinto antes de abrirla.

Marc mantuvo la atención en la guía de la cuna. —Elegiste no llamar a seguridad.

—Tú ofreciste llamar a Guaita.

—Ofrecí un procedimiento.

El módulo quedó asentado.

Júlia amplió la acreditación de incidente controvertida en la pantalla del proyecto. La cadena de autorización terminaba en una cuenta de Guaita creada antes de que llegara la furgoneta de Lin, no en el puesto del responsable de guardia del instituto. Marc había proporcionado la regla a las 11:09. La regla llevaba esperando desde las 10:41.

La presión de refrigeración subió. La alimentación quedó disponible, pero siguió bloqueada. Los pesos completos de Shanhai esperaban en el almacén de proyectos autorizado, demasiado grandes para las cuatro cajas ordinarias de Badalona e inútiles sin la estructura híbrida.

Lin cerró el panel de servicio. Arnau miró del pestillo oculto a la cadena de autorización y después a los contratistas que no habían abandonado el pasillo.

—¿Cuánto tiempo? —le preguntó a Marc.

Marc no fingió no entender. —Desde la prueba de mayo.

Marc se apartó de la cuna. —Hoy Guaita es la autoridad de continuidad de este anexo. En el primer incidente, asumen la custodia.

—¿Qué cuenta como incidente? —preguntó Arnau.

—Lo que el panel no pueda explicar.

Arnau se interpuso entre Marc y el pasillo. —¿Sabías que Oriol estaba en la sala móvil?

—Sabía que su validador seguía activo.

—No es lo que te he preguntado.

—Es lo que puedo demostrar. Tú me enseñaste a responder así.

—¿Por qué?

Marc miró los dos instrumentos aprobados como si pudieran responder por él. —Once años de contratos de subvención. Cada proyecto termina en junio y me renuevan en septiembre si alguien se acuerda. Guaita me ofreció dirigir la continuidad de este anexo. Fijo. Mi hija empieza el colegio en septiembre. —Encogió un hombro—. Reixac nunca me pidió que hiciera daño a nadie. Me pidió que siguiera el procedimiento un poco antes de lo que lo haría el instituto.

Arnau había oído la misma aritmética a la mitad de los ingenieros que había contratado en su vida.

Marc comprobó la temperatura de la tercera cuna, la encontró medio grado por encima de lo previsto y ajustó el punto de consigna de la sala. Después dividió la pantalla mural en tres.

El panel de incendios mostraba carreteras despejadas, sin vehículos. El panel de tráfico mostraba una cola sin humo. El panel de custodia mostraba dos instrumentos aprobados y una tercera posición vacía mientras Ingot se enfriaba debajo.

—Elige una —dijo.

Júlia fotografió las tres en el mismo encuadre.

Marc devolvió la pantalla al gráfico de refrigeración. —La sala está estable.

La puerta del pasillo se abrió. Uno de los contratistas de Guaita comprobó que la caja negra ya no estaba en el suelo y después habló por el micrófono de la manga.

A las 11:43, Lin armó el tercer instrumento.

Ingot tomó su primer aliento completo de energía refrigerada.

Al otro lado de la calle, se encendieron las luces del EBRO gris.

Capítulo 19: Primer arranque

La primera hora útil de Ingot terminó con una verdad, una mentira y ninguna forma de distinguirlas basándose solo en la confianza.

Arnau observó cómo se cargaba el modelo. Cuando las predicciones de enrutamiento de Ingot acertaban, los tokens se movían. Cuando fallaban, la máquina se detenía el tiempo suficiente para que todos oyeran la refrigeración.

«Cinco coma nueve kilovatios», dijo Lin. «Dentro del límite».

«La latencia del primer token es terrible», respondió Arnau.

«No tiene historial del prompt».

«Un defecto que también comparten las personas».

Lin había puesto el módulo en servicio antes de que empezara la carga, arrodillada junto a la cuna con su alta de ingeniera en un token de hardware. Ingot era un prototipo con una sola ranura de clave. No ejecutaba una sesión para nadie a quien no le hubieran presentado, y cifraba todo lo que la sesión escribía, el estado del modelo y el índice de trabajo por igual, con una clave que solo existía dentro del módulo.

Marc lo había observado desde la puerta. «¿Y si el incidente exige un transporte?»

«Espera de transporte», dijo Lin. «Dos minutos. Sella la clave de sesión para que el trabajo pueda reanudarse en otro tejido. La retirada de servicio destruye la clave. Eso tarda más, y es la única operación que nadie debería interrumpir. Un almacén de claves a medio escribir en un prototipo de una sola ranura es un ladrillo».

«¿Quién puede volver a ponerlo en servicio?»

«Un ingeniero dado de alta. O la fábrica».

Marc había asentido como si la respuesta fuera rutinaria y había vuelto al pasillo.

Júlia leyó el arnés de verificación línea por línea. Cada afirmación necesitaba una fuente independiente antes de poder salir de la cuarentena.

La primera tarea formulaba una pregunta concreta: explicar el tráfico de corrección repetido dentro de varios flujos de contribución del eclipse.

Antes de que Júlia admitiera el prompt, el reloj de asignación se volvió ámbar.

La orden de incidente de Guaita había reducido el turno del anexo a cuarenta y cinco minutos. La carga del modelo había consumido diecisiete. Lin podía conservar los contadores de rendimiento o completar la pasada de evidencias, pero no ambas cosas.

Arnau llamó a Reixac a través de la línea de proyecto grabada.

Reixac respondió con el suelo de contribución a su espalda. El personal atravesaba el encuadre cargando cables y filtros del eclipse. Llevaba unos auriculares que Arnau lo había visto usar durante fallos ordinarios.

«Necesitamos restablecer la asignación original», dijo Arnau.

«Institut Llum aceptó la ventana de incidente».

«La reserva de refrigeración y la carta de proyecto duran hasta las veintiuna horas. Su orden acortó el acceso después de que llegara el instrumento».

«¿Está operativo el tercer instrumento?»

Lin observaba a Arnau desde la cuna. Júlia mantenía la mano alejada del control del prompt. La respuesta correcta era también la que le daba a Reixac lo que quería.

«Los tres instrumentos están estables», dijo Arnau. «El equipo de investigación está listo para continuar su evaluación aprobada».

Reixac esperó. Había pasado once años enseñando a Arnau qué frase correspondía en una llamada de incidente. Arnau se la había proporcionado sin acusaciones, sin historia y sin pronunciar la palabra Ingot.

«Como ingeniero de Lenticular responsable del registro», dijo Reixac, «¿recomienda restablecerlo?»

Arnau miró su acreditación de visitante sobre el escritorio. Lenticular había suspendido su acceso, retirado su equipo e indicado a sus colegas que no le respondieran. La carta de proyecto aún llevaba su firma.

«Sí, Salvador».

Reixac amplió la asignación hasta las veintiuna horas. Su aprobación apareció en la pantalla del proyecto mientras la llamada seguía abierta.

«Gracias», dijo Arnau.

«Termina la prueba».

La línea se cerró. Lin guardó la autorización junto al registro de custodia disputado. Arnau se quitó los auriculares y los colocó cuidadosamente dentro del contorno marcado en el escritorio.

Antes de la respuesta, el modelo produjo trabajo.

Solicitó muestras de feeds que Júlia había excluido, propuso tres esquemas incompatibles e intentó asignar más contexto del que permitía el tejido de investigación. Lin redujo el conjunto de expertos activos. Arnau rechazó un archivo de cámaras cuya licencia no permitía ese uso. Júlia obligó a introducir cada parser generado en un contenedor sin acceso a la red. Los primeros veintitrés minutos consistieron sobre todo en decirle que no a una máquina capaz de preguntar más deprisa de lo que ellos podían negarse.

La puerta del anexo chasqueaba cada vez que alguien pasaba por el pasillo. Más allá, una carretilla chirriaba. En la pantalla de Júlia, seis mil registros de evidencias se convirtieron en cinco mil ochocientos y después en cinco mil cuatrocientos.

La primera respuesta completa tardó once minutos después de que el arnés admitiera el prompt. Culpaba al mantenimiento rutinario de los relojes y citaba un boletín de proveedor de 2024. Arnau reconoció el boletín. Trataba sobre intercomunicadores de estudio, no sobre codificadores de contribución.

«El mismo fabricante», dijo. «Familia de productos equivocada».

Júlia marcó la cita como inválida. La respuesta completa desapareció de la pantalla de auditoría. Lin no la conservó como casi acierto.

«Otra vez», dijo.

La segunda ejecución se bloqueó y repitió la misma frase hasta que Júlia la mató.

Shanhai propuso cuatro posibilidades. Mantenimiento de relojes. Corrección de errores. Telemetría del proveedor. Transferencia encubierta de índices.

Escribió un parser para los registros de eventos. Júlia ejecutó pruebas generadas contra muestras conocidas. Una falló porque el modelo trataba un campo de longitud como tiempo transcurrido. Arnau corrigió la interpretación a partir de la especificación de emisión. El segundo parser pasó.

Le dieron un feed cuyos bloques de corrección Arnau ya había contado a mano. El modelo encontró catorce. Su hoja de cálculo contenía trece. Durante nueve minutos supusieron que había omitido uno. Entonces Júlia descubrió que el modelo contaba una retransmisión como una observación nueva.

«Es el mismo bloque», dijo Arnau.

«Llegó dos veces», respondió Lin.

«La red lo repitió. El mundo no».

Júlia añadió una prueba de linaje de fuentes. El recuento bajó a trece. Solo entonces permitió que los demás feeds volvieran al contexto.

La cuarta posibilidad pasó al primer puesto.

Cada bloque de corrección viajaba junto a un campo de datos de usuario no registrado, de esos que la mayoría de reproductores ignora. En feeds de cámaras no relacionados, ese campo contenía fragmentos que se repetían por nodo de Atlas, no por ningún fallo de reloj o de vídeo. Los fragmentos se ensamblaban en actualizaciones de relaciones: operador, gateway, sala probable, confianza. Los reproductores los descartaban. No eran necesarios para que la imagen llegara a los espectadores.

«Esa es la ruta de exportación», dijo Arnau.

«Una ruta candidata», respondió Júlia.

«Tres feeds independientes. La misma estructura».

«Entonces es una estructura que hemos visto tres veces. Adónde va sigue siendo solo lo que esperamos encontrar al otro extremo».

Rastrearon la ruta de contribución hasta un relay comercial reservado para la distribución internacional posterior al eclipse. Narthex tenía un certificado de cliente para el servicio receptor. No podía controlar las cámaras. Podía recibir el mapa completado una vez que Guaita lo introdujera en un tráfico que todos esperaban que fuera grande.

El modelo había encontrado un límite de infraestructura que ninguna persona de la sala había visto.

«Hardware barato», dijo Arnau.

«Memoria y empaquetado más baratos», corrigió Lin. «Dentro de una sala con energía, refrigeración, redes y aceleradores convencionales caros. Quien llame a esto un superordenador portátil está vendiendo algo».

«¿Qué estás vendiendo tú?»

Lin estudió la línea estable de seis kilovatios. «El derecho a decir que construimos una parte distinta».

Lin fotografió los contadores de rendimiento.

Arnau fotografió el patrón de corrección verificado.

Júlia no firmó ninguno de los dos.

«Segunda tarea», dijo.

Atlas contenía un grupo de identidad asociado al perfil de cliente de Llevant. El grupo vinculaba el falso envío del sur, la caja receptora del tráfico, un operador de cámara de almacén y el quinto caso de Yulan. El nombre de su sujeto seguía en blanco.

Shanhai lo rellenó.

Chen Zhou. Confianza 0.94.

Arnau se quedó mirando el nombre del padre de Mei.

Nadie corrigió la pantalla.

La refrigeración continuó a su espalda. Un empleado de limpieza empujó un carro junto a la ventana del anexo y se detuvo para leer el aviso del eclipse en la puerta. Marc respondió a una llamada de radio en el pasillo. El edificio ordinario proporcionó once segundos durante los cuales la acusación pareció completa.

Debajo del nombre, Shanhai propuso acciones: suspender el perfil del cliente, conservar los dispositivos asociados, notificar a los operadores participantes. Cada una era razonable si el nombre era cierto. Cada una podía llegar a Llevant antes de que Arnau llegara hasta Mei.

Desconectó el cable de red de la pantalla de auditoría.

La pantalla se volvió gris. La ejecución aislada continuó; solo se detuvo la presentación hacia el exterior.

«Ese no era tu control», dijo Júlia.

«Entonces asígnamelo».

«Estás protegiendo a una persona que conoces interrumpiendo un proceso que aceptaste observar».

«Sí. Anota eso también».

El modelo citaba cinco fuentes. Juntas contaban una historia convincente: Chen había usado su empresa para recibir Ingot y trasladar cajas vacías hacia el sur.

«Falso», dijo Arnau.

«Tú lo conoces», respondió Lin.

«Él no envió el palé».

«Pruébalo dentro de las evidencias».

Arnau abrió el grafo de procedencia. No había ningún rastro documental detrás de ellas. Las cinco fuentes se redujeron a un único origen: el perfil de evaluación copiado de Llevant.

Júlia cambió la regla de independencia.

La confianza cayó de 0.94 a 0.38.

«Sigue siendo demasiado alta», dijo Arnau.

«¿Para qué acción?», preguntó Júlia. «Ese es el campo que falta».

«Para cualquier acción contra él».

«Entonces el sistema necesita un umbral de acción».

Quería que ella dijera que Chen era inocente. En lugar de eso, había ofrecido otra columna. Arnau echó la silla hacia atrás con tanta fuerza que golpeó el raíl de cables.

«¿Qué quieres que introduzca?», preguntó. «¿Que prepara un té terrible? ¿Que guarda tornillos de radios rotas porque algún niño podría necesitar uno? Sé dónde estaba el domingo por la mañana. Mei lo sabe. Lo sabe la mitad de la finca. Tu máquina tiene cinco copias de una mentira y llama a eso evidencia».

Júlia dejó que terminara.

«Entonces esas personas son evidencias que el conjunto de datos excluyó», dijo. «No son una corrección que pueda inventar porque estás enfadado».

Arnau volvió a mirar las cinco ramas que se reducían a un único formulario copiado. La decencia de Chen, la certeza de Mei y las comidas en la oficina del almacén no aparecían en ninguna parte de la pantalla.

Abrió un registro de observación en blanco y luego se detuvo.

«Si introduzco ahora mi testimonio, estoy cambiando las evidencias después de ver la respuesta».

«Sí», dijo Júlia.

«Pero excluirlo deja la respuesta equivocada».

«También sí».

Lin lo miró de reojo. «Ahora entiendes por qué Hsu guardaba papel fuera de nuestro proyecto».

No añadieron el testimonio de Arnau. Marcaron la identidad como no resuelta y enumeraron lo que faltaba: recibo físico, testigo independiente, libro de registro original de números de serie.

Arnau llamó a Mei a Llevant.

Ella respondió entre voces y alarmas del almacén. El inspector independiente había abierto el señuelo. El observador de Guaita estaba impugnando el registro.

«El modelo ha nombrado a tu padre», dijo Arnau.

Silencio.

«¿Como qué?»

«Operador detrás del envío y del equipo de cámaras. Se equivoca».

«¿Por qué?»

Explicó la plantilla compartida y las fuentes reducidas.

«Entonces muéstrale a las personas», dijo Mei. «A Joel, a mi padre, al conductor, al vecino que abrió su patio».

«No están en el conjunto de datos».

«Por eso el conjunto de datos se equivoca».

Al otro lado, alguien llamó a Chen por su nombre.

«No publiques nada», dijo Mei.

«No lo haremos».

«Ni la identidad falsa. Ni la ruta verdadera. No hasta que sepa qué le hace la publicación a este almacén».

A espaldas de Arnau, la refrigeración de Ingot subió cuando la siguiente tarea entró en la memoria.

Mei lo oyó. «Estás continuando».

«El índice de personas está en cuarentena. La ruta de infraestructura puede demostrar que Guaita está exportando Atlas».

«La última tarea nombró a mi padre. ¿A quién puede llegar a nombrar la siguiente antes de que me llames?»

«Nada saldrá de la sala».

«Has respondido a otra pregunta».

En Llevant, alguien bajó una persiana a mano. La cadena repiqueteó durante la llamada. Arnau imaginó a Mei de pie en el carril de carga con el inspector independiente, el observador de Guaita y su padre escuchando cómo una máquina lo acusaba desde otra ciudad.

«Si paramos ahora», dijo, «perdemos la ruta hacia Narthex. Puede que perdamos la ruta hacia Oriol».

«Y mi padre está al principio, donde puedes verlo, así que su peligro parece menos urgente».

«Desconecté el cable de la pantalla».

«Después de que apareciera su nombre».

«¿Qué quieres que haga?»

«Deja de preguntarle a la máquina por personas. Ya ha recibido un nombre de esta familia».

Júlia lo observaba desde el escritorio de verificación. Lin no lo hacía. Mantenía los ojos en los contadores de rendimiento, sin dar privacidad ni público al matrimonio.

Arnau miró la pantalla gris. Detener la tarea de personas significaba renunciar a respuestas antes de saber si una de ellas sería Oriol.

«Si aparece su nombre», dijo, «podríamos encontrarlo».

«Si aparece su nombre, te lo creerás porque lo necesitas».

«Lo verificaría».

«¿Como verificaste a mi padre por conocerlo?»

No respondió.

Mei continuó. «Conserva la máquina. Conserva la ruta. Congela todos los resultados de identidad. Si aparece Oriol, esperará con todos los demás. Lo encontrarás a partir de evidencias que podamos impugnar».

«Eso puede costar tiempo».

«Ya costó diez días. Esta la decido yo contigo».

Arnau se volvió hacia Júlia. «¿Puedes trasladar toda la capa de identidad a cuarentena sin detener la pasada de infraestructura?»

«Sí. Marc verá el cambio de alcance».

«Entonces que lo vea».

Construyó la cuarentena como un volumen cifrado propio en la memoria flash local de Ingot. El arnés guardaba su clave y solo la liberaría con dos firmas. Excluyó el volumen del calendario de instantáneas del anexo y de todos los trabajos de replicación. Nada de lo que contenía existiría en ningún sitio salvo dentro del módulo.

Júlia hizo firmar el cambio a Arnau. Su autorización de proyecto descansaba debajo de la de ella, los mismos dos nombres que aparecían en el antiguo manifiesto de Atlas.

«Listo», le dijo a Mei.

«Envíame el alcance firmado».

«¿No confías en mí?»

«Envíalo, Arnau».

Se lo envió.

La cadena del almacén dejó de repiquetear. Mei leyó el alcance mientras él esperaba.

«Ahora continúa», dijo.

La línea terminó.

En la puerta del anexo, Marc observaba la pantalla de estado. «¿Primer resultado?»

«Línea base de cuantización», dijo Lin.

«¿Correcto?»

«Mixto».

Parecía decepcionado, lo que significaba que esperaba una mentira más útil.

Su mirada se desplazó al grafo de procedencia antes de marcharse. Arnau vio el momento en que Marc comprendió que habían encontrado la debilidad de las fuentes duplicadas. Envió un mensaje sin sacar el teléfono del bolsillo; su pulgar se movió dos veces contra la tela.

En menos de un minuto, el panel de incidentes de Guaita añadió una advertencia amarilla junto al circuito de refrigeración del anexo.

Ningún valor de sensor había cambiado.

Júlia verificó que todo el índice de personas siguiera en cuarentena. Dejó disponibles para auditoría las relaciones de infraestructura verificadas.

En la pantalla del modelo, el nombre de Chen Zhou desapareció.

El flujo de corrección permaneció. La advertencia amarilla de Marc también.

Capítulo 20: Aparcamiento en la hierba

El primer punto de observación del sur cerró a las 15:07.

Lin se enteró por un panel de Guaita antes de que el anuncio público llegara a la radio. Una barra verde de capacidad se volvió roja. El aviso de tráfico cambió de USE OFFICIAL ROUTE a FOLLOW LOCAL DIRECTIONS. Debajo apareció una lista de zonas de desbordamiento no oficiales sin aprobación de los servicios de bomberos.

—¿Quién ha añadido esas zonas? —preguntó Arnau.

Marc leyó la pantalla.

—Coordinación del evento.

—¿Qué coordinador?

—Guaita agrega el estado local.

—No era esa mi pregunta.

Marc se marchó para responder a una llamada de incidente.

Dentro del anexo, Ingot siguió cargando observaciones de Atlas mientras las retransmisiones del eclipse cobraban vida. Fuera, Barcelona atravesaba una tarde de aspecto normal, salvo por la gente que se detenía en las aceras para probar las gafas contra el Sol entero. La totalidad quedaba muy al sur y al oeste. La ciudad recibiría una oscuridad parcial profunda, no el fenómeno completo que prometían los titulares descuidados.

El teléfono de Lin transportaba la parte del país que el anexo no podía ver.

Marta llamó desde una carretera de servicio por encima del punto de retransmisión del sur. Había coches a ambos lados pese a las señales de prohibido aparcar. Un vehículo policial intentó hacer retroceder a una autocaravana y descubrió otras cinco detrás.

—La navegación de Guaita los está enviando a los campos —dijo Marta—. No a los aparcamientos oficiales. A las entradas de los campos.

—¿Puedes llegar a la unidad móvil de Oriol?

—La vemos abajo, junto a la torre de retransmisión. La carretera entre nosotros está colapsada.

Lin le pidió que girara la cámara.

La imagen pasó del rostro de Marta a la carretera. Los vehículos ocupaban todas las superficies aprovechables: coches compactos metidos de morro en terrazas de olivos, furgonetas de alquiler con las ruedas sobre la línea blanca, una autocaravana atravesada ante una verja porque su conductor había descubierto demasiado tarde que la abertura era más estrecha que el vehículo. Las familias subían por la pendiente entre ellos cargando sillas plegables. Un cartel escrito a mano ofrecía aparcamiento por diez euros en un campo que el mapa oficial marcaba como matorral sin cultivar.

—Esa verja estaba encadenada cuando pasamos al mediodía —dijo Marta.

—¿Quién la ha abierto?

—Alguien con una cizalla o una llave. El propietario está en Reus.

El panel de Guaita describía el mismo lugar como COMMUNITY OVERFLOW B. Capacidad: ochenta. Ocupación actual: sesenta y tres. Estado del acceso de bomberos: desconocido.

Un campo desconocido había adquirido un nombre convincente y una cifra útil. La cifra no se quedaba en el panel. Guaita publicaba el feed oficial de cierres y aparcamientos del evento, el que las aplicaciones de navegación incorporaban cada pocos minutos como la verdad de la carretera. En cuanto un campo tenía nombre y capacidad, cualquier teléfono de las carreteras del sur podía llevar a un conductor hasta su verja.

Leïla envió una fotografía. El cuerpo blanco de Tramuntana se alzaba entre los vehículos de producción, con la falsa pared de la sala de equipos seguramente instalada de nuevo. Una furgoneta oscura esperaba a su lado. Una persona con un chaleco amarillo de incidentes vigilaba la puerta.

Ningún rostro. Ninguna prueba de que Oriol siguiera dentro.

A las 16:20, un segundo punto oficial alcanzó su capacidad. Las aplicaciones de navegación desviaron los vehículos hacia carreteras secundarias. Los conductores siguieron a los demás por verjas abiertas porque el coche de delante hacía que la incertidumbre pareciera autorizada.

El anexo recibía cientos de observaciones de tráfico por segundo, pero casi ningún significado. Un receptor comunicaba doce vehículos. Una cámara contaba diecinueve objetos. Un socio de navegación informaba de movimiento lento. Ninguna fuente contenía la frase que importaba: el último punto seguro para girar había quedado bloqueado por una familia que descargaba un telescopio del tamaño de un frigorífico.

Shanhai dedujo la obstrucción a partir de tres fuentes y sugirió rodearla. Júlia comprobó la alternativa contra la capa de los servicios de bomberos. La carretera terminaba en un barranco seco.

—Recházala —dijo.

Dos minutos después, el modelo propuso la misma carretera con una puntuación de confianza menor.

—No recuerda que el barranco sea un motivo —dijo Arnau.

—Entonces codificamos el motivo.

Shanhai les había ahorrado horas en el flujo de corrección y aun así podía convertir una línea cartografiada en una carretera porque la sintaxis lo permitía.

Marta y Leïla dejaron el vehículo sobre la grava y continuaron a pie cargando agua, mantas ignífugas y el módulo Room Zero. Podían moverse más rápido que el tráfico, pero no lo bastante para cubrir kilómetros sin más.

La ladera olía a polvo, tomillo aplastado y motores calientes. La gente se sentaba en sillas plegables mirando al oeste, como si la vista fuera una sala de cine que aún no hubiera empezado. Un niño preguntó en francés cuándo llegaría la oscuridad. Su padre dijo que pronto y miró un teléfono cuya batería ya se había hinchado con el calor.

Leïla observaba manos, zapatos, quién pertenecía allí. Un hombre con chaleco amarillo permanecía demasiado quieto junto a la unidad móvil. Otro recorría repetidamente los mismos diez metros sin mirar al cielo. La multitud los ocultaba y los encerraba. Cualquier movimiento rápido se vería desde la puerta.

—Si bajamos ahora, seremos otro coche bloqueado —dijo Marta.

—Si esperamos, el fuego nos bloqueará.

Marta miró la hierba reseca junto al camino no oficial. Pálida, quebradiza, ya marcada por las huellas de los neumáticos. Había pasado el martes observando arder un margen parecido.

—Entonces esperamos donde todavía podamos movernos.

A las 17:36, el primer coche aparcado sobre la hierba reseca empezó a echar humo.

Un espectador grabó el comienzo. El vídeo llegó al centro de contribuciones y después al anexo porque todos los programas querían imágenes del tráfico del eclipse. Una familia descargaba sillas de un utilitario. Detrás de ellos, apareció una fina línea de humo bajo el lado del motor de otro coche. Alguien señaló. El conductor abrió una puerta, vio las llamas bajo los tallos secos e intentó moverlo.

Los neumáticos arrastraron la hierba ardiendo hacia delante.

Lin vio al conductor volver a subir al coche en llamas después de que dos personas le gritaran que no lo hiciera. Las ruedas traseras patinaron en la pendiente. Los tallos ardiendo se enredaron en el eje. Cuando el coche recuperó tracción, cruzó seis metros de campo y se detuvo junto a una fila de vehículos cuyos propietarios contemplaban el cielo desde la cresta.

El cámara retrocedió. La imagen giró sobre piernas desnudas, sandalias y un niño que llevaba las gafas del eclipse con ambas manos. Alguien sacó al niño del encuadre. Una mujer intentó apagar las llamas con una manta de pícnic de tejido sintético. Se encogió con el calor y se pegó sobre sí misma.

—Dile al control de contribuciones que mantenga la grabación original —dijo Arnau.

—La retransmisión quiere treinta segundos —respondió Marc desde la puerta.

—El mando de bomberos necesita la geometría de la carretera.

—Ese no es el uso para el que se contrató esta señal.

Lin copió la petición en el registro del proyecto.

—Pide al operador una compartición de emergencia. No te apropies de la señal.

Marc la miró como si el consentimiento fuera un protocolo ineficiente. Hizo la llamada.

El operador aceptó. Apareció una segunda vista en el espacio de trabajo de los servicios de bomberos, retrasada por la misma ruta de contribución que Atlas usaba para el índice. Ahora la cámara mostraba a los equipos de respuesta qué entrada habían bloqueado los espectadores.

La gente gritaba instrucciones contradictorias. Un hombre utilizaba un extintor contra el vehículo mientras el fuego avanzaba detrás de él. Otros movieron sus coches a la vez, bloqueando el estrecho camino que necesitaban los bomberos.

El clip terminó antes del desenlace.

—El calor de los vehículos puede prender la hierba —dijo Lin—. No ocurre siempre.

—Solo tiene que ocurrir una vez en cada campo —respondió Júlia.

Ocurrió más de una vez.

Un fuego comenzó bajo un vehículo aparcado. Otro se inició cerca de una llama de cocina que alguien creía protegida del viento. La tercera causa seguía sin conocerse. La vegetación seca, el calor y la respuesta tardía se unieron. Guaita no había encendido ninguna cerilla. Su sistema de rutas había colocado más fuentes de ignición sobre terreno inadecuado y había hecho que todas las rutas de evacuación transportaran el tráfico entrante.

Los propietarios del primer campo llegaron juntos a sus coches. Las puertas se abrieron hacia el estrecho espacio entre las filas. Los motores arrancaron. Las pantallas de navegación indicaban a los conductores que salieran por la entrada por la que intentaba llegar el camión de bomberos.

Berta abandonó el guion del programa y repitió la instrucción local: dejar las llaves en el vehículo, avanzar a pie solo cuando se indicara, mantener libre el carril de acceso. El estudio colocó un mapa detrás de ella. Mostraba los aparcamientos oficiales en azul y omitía Community Overflow B porque ninguna autoridad podía confirmar que existiera.

La capa pública de Guaita seguía mostrando el campo en verde.

—Saben que está ardiendo —dijo Arnau.

—Lo sabe la capa de incendios —respondió Júlia—. Su capa de aparcamientos aún no ha aceptado la actualización.

—Una sola vista operativa.

Marc había vuelto al pasillo. Oyó la frase y no respondió.

A las 18:05, el humo cruzó el horizonte occidental en el emplazamiento más grande del sur. El Sol aún estaba lo bastante alto para brillar por encima de él. Los espectadores se negaban a marcharse.

Habían conducido desde Francia, Alemania, los Países Bajos, Madrid y Barcelona. Habían reservado habitaciones con un año de antelación y dormido en coches. La totalidad duraría poco más de un minuto y quizá no volviera a sus vidas. Una advertencia sobre humo posible competía con la certeza de que marcharse significaba perdérsela.

—No son irracionales —dijo Júlia—. Valoran un fenómeno raro por encima de un riesgo descrito como posible.

—Eso es irracional —respondió Arnau.

—Entonces más vale que el sistema de rutas cuente con ello, porque nadie en esa colina se va a marchar porque hayamos encontrado la palabra adecuada para describirlos.

La carga de refrigeración de Ingot aumentó. Los fallos de los expertos se multiplicaron a medida que el modelo salía del ámbito de sus indicaciones iniciales y entraba en las señales en directo. Lin redujo la cola de procesamiento en lugar del margen de seguridad.

A las 18:29, llamó Leïla.

—Hemos oído a Oriol —dijo—. La unidad móvil se ha abierto para ventilar. Un hombre dentro discutía sobre una corrección de reloj.

—¿Lo has visto? —preguntó Arnau.

—No. Solo la voz.

—¿Puedes llegar a la puerta?

—No mientras Guaita tenga tres personas allí y la multitud no tenga adónde moverse.

Envió una imagen más amplia. Entre Leïla y la puerta de la unidad móvil, los espectadores habían establecido una pequeña aldea: sillas, neveras portátiles, trípodes de cámara, dos perros atados a la misma valla y una mesa que vendía botellas de agua templada. Los tres trabajadores de incidentes de Guaita parecían normales dentro de ella. Llegar hasta Oriol por la fuerza obligaría a Leïla a provocar el pánico junto a una carretera que ya se necesitaba para los bomberos.

—Si está dentro, ha esperado hasta ahora —dijo—. Sin usar a la multitud.

Arnau quiso decirle que llegara a la puerta de todos modos. El deseo duró lo bastante para asustarlo.

—Abre primero el carril de bomberos —dijo.

Marta se incorporó a la llamada.

—Un carril de bomberos al sur de aquí está bloqueado por coches que llegan. Si lo abrimos, podremos alcanzar la unidad móvil y los equipos de emergencia podrán llegar al campo.

—El corredor prioritario temporal —dijo Arnau.

Lin miró el Flipper junto al puerto de servicio de Ingot. Su aplicación personalizada contenía ahora la única petición verificada del receptor del evento, extraída del ensayo autorizado. Enviarla podía crear una ruta verde breve para un vehículo de emergencia registrado. También podía detener un tráfico que no podían ver.

—Todavía no —dijo—. Confirma el corredor y el vehículo.

A las 19:35, la Luna tocó el Sol sobre Cataluña.

No falló nada eléctrico. La gente de Barcelona vitoreó y miró a través de gafas homologadas. En el sur, el humo descendió sobre un horizonte.

Lin no tocó el Flipper.

Capítulo 21: La ola verde

Arnau abrió el corredor a las 19:46 y perdió de vista lo que cerraba.

Marta había confirmado la ruta tres veces. Un vehículo del servicio local de bomberos esperaba en el extremo oriental con su identidad temporal de prioridad por eclipse activa. El carril bloqueado pasaba junto al campo situado bajo la sala móvil. Si los cruces seleccionados concedían una breve secuencia, los equipos de emergencia podrían entrar y Leïla avanzar detrás de ellos.

La orden había sido capturada durante el ensayo autorizado de tráfico, ocho días antes, y verificada con la documentación del sistema temporal del evento. Los receptores eran equipos de evento comprados para un solo verano. Nunca se habían construido para rechazar una petición que ya hubieran oído. Arnau no falsificó ni alteró la orden. La reenviaría sin cambios. No adivinó una credencial ni enseñó a Shanhai a atacar una señal.

Lin conectó el Flipper naranja mediante un cable serie a un puente de mantenimiento aprobado en el anexo. El pequeño dispositivo mostraba la solicitud y su identidad de emergencia registrada. El puente la enviaría a través de la red del evento hasta una pasarela de campo en el sur. Esa pasarela, ya autorizada, la retransmitiría localmente a los receptores temporales.

El Flipper era una consola, no una radio capaz de alcanzar toda Cataluña.

—Una solicitud —dijo Lin.

—Un corredor —respondió Arnau.

—Ningún estado fuera de los receptores seleccionados.

—Lo sé.

—Di el coste.

Miró el mapa de tráfico.

—Los vehículos que se aproximan a los cruces se detendrán. No sabemos si alguno es una ambulancia, si un conductor entra tarde ni dónde termina la cola.

—Ahora decide.

La llamada de Marta seguía abierta. Detrás de su voz se oían cláxones, una sirena y gente dando indicaciones en más de un idioma.

Arnau llamó a Mei.

El dedo de Lin se apartó del Flipper. La solicitud esperaba bajo el botón central.

Mei respondió al tercer tono. En el almacén que tenía detrás, la alarma de emergencia emitía un tono corto cada cinco segundos.

—Puedo abrir un corredor temporal en el sur —dijo él—. Los bomberos están en la entrada. Leïla puede seguir hacia la sala de Oriol.

—¿Puedes o debes?

—Te lo estoy preguntando.

—Me lo estás diciendo con el botón preparado.

Miró la mano de Lin, la identidad registrada y la línea verde que aún no existía.

—El tráfico transversal se detendrá hasta un minuto —dijo—. No podemos ver la cola entera. Si se aproxima otro vehículo de emergencia, el sistema quizá no los compare.

—¿Puede entrar el equipo de bomberos sin eso?

Marta respondió a través de la otra llamada.

—No antes de que se cierre el campo. Hay coches atravesados en ambos carriles.

Mei la oyó.

—¿Y Oriol?

—La sala móvil está más allá del campo.

—Si él no estuviera allí, ¿abrirías el corredor para el camión de bomberos?

Arnau observó el mapa del sur. El humo había dejado una cámara fuera de servicio. Los espectadores ocupaban la carretera que el diagrama seguía dibujando como dos líneas limpias.

—Sí.

—Entonces no conviertas a Oriol en el motivo. Él es el motivo por el que quieres hacerlo más deprisa.

—¿Eso cambia la elección?

—Cambia lo que escribes en el registro.

La alarma volvió a sonar detrás de ella.

—¿Qué está pasando ahí? —preguntó él.

—La corriente ha caído dos veces. El inspector quiere abrir la jaula antes de que falle la batería. Guaita quiere dejar el servidor de pruebas conectado. Solo puedo conservar una cosa.

—Conserva las pruebas.

—Has respondido rápido.

—La gente puede salir del edificio.

—Bien. Responde a tu propia pregunta igual. Abre la carretera para los bomberos.

Arnau miró a Lin.

—Una secuencia.

—Una —dijo ella.

—Envía —dijo Arnau.

Lin le hizo pulsar el botón central.

El puente de mantenimiento aceptó la solicitud. Durante cuatro segundos no cambió nada. Después, el primer receptor del sur confirmó, seguido por el segundo. En el diagrama del tráfico, una línea corta se volvió verde.

Marta oyó el resultado antes de que Arnau lo viera.

—El vehículo de bomberos está avanzando —dijo.

El tercer receptor se retrasó porque un cruce estaba ocupado. El corredor se mantuvo. Una vía transversal se volvió roja y la longitud de su cola desapareció más allá del borde del mapa.

—¿Qué se ha detenido ahí? —preguntó Arnau.

—No hay cámara en la vista de prueba —dijo Lin.

—Atlas tiene cámaras.

—Y no estamos usando un índice de personas para justificar la orden.

Júlia encontró una señal pública de tráfico orientada hacia las inmediaciones del cruce. Se actualizaba una vez cada quince segundos y solo mostraba la parte trasera de la cola. Una furgoneta de reparto, tres coches, un autocar. En la imagen siguiente, el autocar se había desplazado de lado para dejar pasar a un vehículo blanco. Entre los árboles solo se veía su luz azul del techo.

—Una ambulancia —dijo Arnau.

—Quizá.

El receptor temporal había obedecido a la identidad autorizada de los bomberos y había detenido a otro vehículo de emergencia para hacerlo. El sistema no tenía una imagen compartida de las prioridades, y Arnau tenía una imagen pública que se actualizaba cada quince segundos.

—¿Cancelamos? —preguntó Lin.

Observó las confirmaciones. Cancelar liberaría el cruce, pero detendría el camión de bomberos antes de la entrada al campo. Continuar podía retener el vehículo invisible otro minuto.

—Completa la secuencia —dijo—. Después informa del conflicto.

La decisión entró en la auditoría bajo su nombre.

El tercer receptor confirmó después de cuarenta y dos segundos. La línea verde llegó a la entrada del campo.

La señal pública se actualizó. El autocar había subido una rueda a un arcén. El vehículo blanco pasó junto a él y desapareció. El sonido de la sirena llegó por el teléfono de Marta unos segundos después, recorriendo otra carretera.

Arnau no podía saber si su elección había retrasado una atención o solo lo parecía. Su nombre permanecía junto a la retención de cuarenta y dos segundos en la auditoría.

El teléfono del anexo sonó en la línea de emergencia.

Júlia respondió y apartó el auricular de su oído. Una operadora quería hablar con el responsable del corredor temporal. Lin señaló a Arnau.

Él dio su nombre.

—¿Ha retenido el cruce E-tres? —preguntó la operadora.

—Durante cuarenta y dos segundos. Una identidad de bomberos registrada avanzaba hacia el oeste.

—Teníamos una unidad médica en la vía de acceso al cruce.

Arnau miró la imagen pública congelada en la pantalla de Júlia. Una luz azul entre dos árboles. Ningún número de vehículo.

—¿Se retrasó?

—Salió de la cola. Le pregunto si su secuencia la obligó a subir al arcén.

—No puedo ver la parte delantera de la cola.

—¿Quién puede?

Atlas podía. El índice en cuarentena tenía tres cámaras probables cerca del cruce y una relación de operador por encima del umbral. Arnau podía preguntar a la máquina qué vista había vigilado la ambulancia. La respuesta también le diría a Atlas que aquel operador importaba.

Júlia apartó de él la pantalla de personas.

—La cámara pública se actualiza cada quince segundos —dijo Arnau—. Muestra al autocar abriendo espacio. Puedo enviar esas imágenes y la hora exacta de nuestra retención.

—Envíemelas. No me envíe una interpretación.

Exportó tres imágenes, la confirmación del receptor y la línea de auditoría que llevaba su nombre. La operadora permaneció en silencio mientras llegaban.

—La unidad médica informa de que no hubo colisión —dijo—. Retraso desconocido. Mantenga el cruce libre.

—Está libre.

—Manténgalo así.

La línea terminó.

En la pared, el vehículo blanco no regresó. El siguiente fotograma público mostraba solo al autocar bajando la rueda del arcén y a un conductor de pie junto a su coche, señalando hacia la luz desaparecida.

El vehículo utilitario de Marta siguió al equipo de bomberos. Leïla caminó a su lado hasta que la carretera se abrió lo suficiente para subir. Los espectadores movieron las barreras al ver el camión y después volvieron a cerrarse alrededor de la ruta a sus espaldas.

—Podemos llegar a la sala móvil —dijo Leïla—. Guaita ya puede vernos.

El Flipper mostró la solicitud completada. Arnau lo desconectó. Repetir la secuencia sería una acción nueva sin autorización ni visibilidad. No habría una segunda ola verde.

Exportó el registro de la solicitud antes de cerrar la aplicación de servicio. Lin firmó el estado del dispositivo. Júlia añadió las imágenes del tráfico público y el posible conflicto con la ambulancia. Si más adelante una investigación preguntaba si el corredor había ayudado, el registro contendría el vehículo que no pudieron identificar y la cola que no pudieron medir.

En la pared del anexo, el programa del eclipse de 3Cat mostraba a Berta en directo desde el centro de contribuciones. El Sol parcial aparecía junto a ella como una curva blanca y brillante a través del filtro aprobado. Detrás de la cámara, los productores hablaban por su auricular.

Su expresión cambió.

Durante meses, habían pedido a Berta que convirtiera el eclipse en apetito. Había estado junto a telescopios escolares, había entrevistado a astrónomos sobre la cromosfera, había corregido a presentadores que llamaban alineación gravitacional a una agrupación cercana de planetas y había respondido a espectadores que querían saber si sus mascotas necesitaban gafas protectoras. La repetición había vuelto su voz lo bastante familiar como para entrar en las cocinas sin invitación.

Ahora aquella familiaridad se convertía en una infraestructura de emergencia que ningún contratista había diseñado.

—Guaita ha enviado una actualización —dijo en antena—. Pide a las cámaras participantes que sigan apuntando al cielo y dice que las imágenes del tráfico pueden causar una preocupación innecesaria.

Arnau oyó a Marc maldecir en voz baja.

Berta apartó la mirada del teleprompter.

—No vamos a seguir esa instrucción. Los servicios de emergencia de la zona meridional de observación piden a la gente que mantenga despejadas las vías de acceso y que abandone las zonas de aparcamiento no oficiales cuando se lo indiquen. Si su coche está sobre vegetación seca, no lo mueva si hay fuego debajo o alrededor. Siga a los equipos sobre el terreno. No se detenga en la carretera para fotografiar el humo.

No acusó a Guaita. No reveló Atlas. Proporcionó información que los espectadores podían utilizar y rechazó la frase destinada a mantener todas las cámaras apuntando al cielo.

El programa pasó a una imagen del tráfico. Los coches estaban atravesados ante la entrada de un campo mientras un camión de bomberos utilizaba el corredor que Arnau había abierto.

En el auricular de Berta, el editor de guardia quería que se verificaran las imágenes del humo antes de volver a emitirlas. Ella continuó.

—Barcelona no está en la trayectoria de la totalidad —dijo—. No conduzcan ahora hacia el sur. El eclipse ya ha comenzado. Obsérvenlo con seguridad desde donde estén.

Algunos escucharían porque la habían oído hablar de gafas, planetas, nubes y del mismo eclipse durante meses. Otros creerían que su propia ruta era la excepción.

El productor le cortó el micrófono durante una secuencia aérea mientras la abogada de guardia revisaba las imágenes. Arnau la vio girarse de perfil y discutir con alguien fuera de cámara. El programa llenó veinte segundos con el Sol menguante y después volvió a ella.

—A mis editores les preocupa que mostrar humo pueda animar a la gente a moverse en el momento equivocado —dijo—. Es una preocupación razonable. Los servicios de emergencia deciden cuándo deben moverse ustedes, no este programa ni una empresa privada de coordinación. Seguiremos transmitiendo sus instrucciones.

Marc salió del anexo sin dar explicaciones.

Arnau lo vio cruzar el pasillo hacia los dos contratistas de Guaita. Uno utilizó un teléfono. El otro se volvió hacia la sala de instrumentos.

—Custodia del incidente —dijo Lin.

La refrigeración de Ingot seguía estable. El modelo completo continuaba procesando la curva de luz descendente. El índice de relaciones de Antumbra se acercaba a la finalización. El registro de auditoría verificado crecía junto a la tabla de personas en cuarentena.

Júlia comprobó las señales del sur.

—La solicitud verde ha creado un marcador temporal. Atlas ha correlacionado tres receptores de tráfico con dos operadores de cámara.

—Le hemos ayudado —dijo Arnau.

—Y hemos abierto la carretera de rescate. Las dos cosas van al apéndice de fallos.

Su teléfono mostró un mensaje de Mei.

Corriente inestable en Llevant. El inspector se ha ido. El observador de Guaita se ha quedado.

Después llamó Leïla.

—Hemos llegado a la sala móvil —dijo—. Se está moviendo.

En la señal de tráfico, la furgoneta oscura se alejó detrás del camión de bomberos y entró en el corredor antes de que el último receptor regresara a la normalidad.

El conductor de la furgoneta había esperado en el arcén hasta que la identidad de los bomberos abrió el primer cruce y después se había incorporado lo bastante cerca para que el receptor tratara ambos vehículos como una sola interrupción en movimiento. No había ninguna señal pirateada. Ninguna segunda orden. Guaita había utilizado el hueco creado por una decisión legítima de rescate.

Leïla corría junto al vehículo utilitario de Marta mientras la furgoneta avanzaba delante de ellos.

—Les hemos dado la carretera —dijo.

—Se la hemos dado a los bomberos —respondió Arnau.

—Ellos se han quedado con el resto.

Podía oír su respiración y a la multitud cerrándose detrás de los vehículos.

—No persigas atravesando a la gente. Mantén el contacto visual si puedes. Oriol necesita más que la carretera siga abierta que nosotros que detengamos la furgoneta.

Leïla soltó un solo juramento y dejó que aumentara la distancia.

Detrás de la furgoneta, el equipo de bomberos aparcó un camión atravesado en la boca del carril y dispuso a lo largo de él auxiliares y conos. Los cruces volvieron a su ciclo normal.

Guaita salió del campo sobre la última luz verde de Arnau.

Capítulo 22: Humo en el horizonte

La electricidad falló en Llevant a las 20:03.

El eclipse no fue la causa. Un transformador que abastecía parte de la finca había pasado la tarde soportando calor y una demanda inusual. Refrigeración, aire acondicionado, cargadores del almacén, equipos provisionales del evento. Cuando activó su protección, las luces de la sala de exposición se apagaron, los ventiladores redujeron la velocidad y treinta personas emitieron el mismo sonido de sorpresa.

Mei oyó ponerse en marcha el sistema de baterías bajo las escaleras de la oficina.

—Que nadie se mueva —avisó.

Se encendieron las luces de emergencia. El almacén pasó de ser un lugar de trabajo a convertirse en pasillos de sombras. Fuera, las persianas de los vecinos se abrieron mientras la gente comprobaba si el apagón les afectaba a ellos o a todos.

El inspector independiente se había marchado después de registrar el maniquí lastrado. El observador de Guaita permanecía en la unidad dos, una mujer llamada Sílvia Prat que había mostrado credenciales de seguro válidas y no tocaba nada sin preguntar. Su contención hacía que Mei confiara menos en ella.

—Las unidades Yulan requieren un apagado controlado —dijo Sílvia.

—Cuatro sí. Una contiene placas de acero.

—La caja de pruebas aún lleva un controlador activo.

—Con alimentación aislada.

Mei abrió el cuadro de emergencia. La batería podía mantener el servidor de pruebas, la alarma, la red de la oficina y un circuito de la sala de sistemas durante cuarenta minutos. No los cuatro aparatos Yulan del catálogo, ni la sala de exposición, ni la ventilación del almacén.

Apagó Shanhai.

Las cuatro cajas normales enmudecieron una tras otra. La conciliación de productos se detuvo. El trabajo abierto del catálogo desapareció de las pantallas del personal, pero seguía guardado. El modelo local había sido útil toda la semana. No tenía derecho a la electricidad solo porque compartiera el nombre con una máquina más importante.

Mei desconectó todos los circuitos salvo los de pruebas, alarma y red de la oficina.

El silencio dejó al descubierto cuánto de Llevant solía pasar inadvertido. Sin ventilación, el tejado crujía al liberar el calor del día. Las alarmas de las baterías piaban en distintas unidades de la finca. En algún lugar de la oscuridad, un juguete se activó dentro de su caja y comenzó a repetir una alegre instrucción en mandarín hasta que un empleado lo encontró y le quitó las pilas.

Mei asignó a dos personas a cada puerta de carga, no como vigilantes, sino como testigos. Entregó la cámara de la oficina a su padre y le pidió que grabara en una sola toma las posiciones de los disyuntores, la pantalla de la batería y el precinto intacto de las pruebas.

—Tú confías más en el papel —dijo Chen.

—Hoy quiero las dos cosas. Tú anota las lecturas mientras la cámara graba.

Encontró el bloc de albaranes autocopiativo y empezó. Los registros digitales y en papel se verían obligados a contradecirse honestamente si alguno cambiaba después.

—Estás dejando morir el almacén —dijo su padre.

—Temporalmente.

—Así es como describen las máquinas el hecho de morir.

Repartió linternas del estante de devoluciones.

En un televisor alimentado por batería de la oficina, unas imágenes del sur mostraban humo cubriendo parte del horizonte occidental. El Sol se había estrechado bajo la Luna y descendía hacia la neblina del incendio. Las multitudes seguían en las laderas. Los vehículos de emergencia avanzaban entre personas que habían colocado sillas en su trayectoria.

Arnau llamó desde Pedralbes.

—Nos acercamos a la calibración final —dijo—. Guaita ha invocado la custodia por incidente.

—Aquí ha fallado la electricidad. El almacén de pruebas sigue activo. Todo lo demás está apagado.

—¿Tu padre?

Mei miró a Chen, que ayudaba a un empleado a encontrar el desbloqueo manual de una puerta de carga.

—Sigue identificado erróneamente. Sigue dando instrucciones.

Una transpaleta se movió a oscuras detrás de ella.

Joel estaba sacando la quinta caja Yulan de la jaula.

—Alto —dijo Mei.

No lo hizo.

Terminó la llamada y atravesó el almacén.

—La caja permanece bajo precinto de pruebas.

—La refrigeración está apagada.

—Contiene acero.

—El controlador está activo. Seguridad corporativa ha dicho que la caja caliente debe salir si falla la electricidad o la refrigeración.

Sílvia apareció al final del pasillo.

—¿Qué seguridad corporativa?

Joel la miró y comprendió demasiado tarde que había proporcionado una frase que nadie más poseía.

Mei puso un pie delante de la rueda de la transpaleta.

—Nombre —dijo.

—Se hacía llamar Rui.

—¿Desde cuándo?

—Desde junio. Después de la entrega. Conocía a Lin Qiao, el contrato de evaluación, el error de serie. Mostró una identificación de Yulan.

—¿Qué le contaste?

—Temperaturas. Movimientos. Quién preguntaba por las cajas. Hizo que pareciera un cuestionario de cumplimiento.

—Le dijiste cuándo abrimos el maniquí.

Joel bajó las manos de la transpaleta.

—Sí.

Mei quiso golpearlo. El deseo llegó limpio y se marchó dejándola avergonzada de su simplicidad. Joel la había recogido del colegio cuando sus padres trabajaban hasta tarde. Le había enseñado qué mayoristas pagaban a tiempo y qué clientes devolvían un artículo roto solo después de sustituir las piezas útiles. También había proporcionado a un desconocido los movimientos de cada persona que entraba en su almacén.

—¿Rui preguntó por mí?

—Por todos. Preguntó quién entendía el sistema de aduanas, quién guardaba copias locales, quién hablaba con Lin. Hizo que pareciera un cuestionario de cumplimiento.

—¿Y Arnau?

Joel miró al suelo.

—Dije que se fija en las cosas equivocadas hasta que se convierten en las correctas.

—¿Walden?

—No. No sabía que te habías ido a casa.

—¿Figueres?

—Te encontré el proveedor de sistemas modulares. Le dije que alguien había preguntado.

El EBRO gris había seguido a Guaita hacia el norte porque las consultas que Joel hacía para ayudar habían viajado por ambas redes.

—Estabas protegiendo el producto —dijo Mei.

—Pensaba que nos protegía a nosotros. Si desaparecía el equipo Yulan, ¿a quién culparían?

El mismo miedo había llevado a Mei al almacén antes del desayuno del domingo. Joel había tomado su primera decisión con menos información y una acreditación convincente.

—Aparta la transpaleta —dijo.

Lo hizo.

Sílvia extendió la mano.

—Guaita puede llevarse la caja a una custodia con alimentación.

Mei soltó una risa breve.

—Vuestra empresa trajo las cajas vacías al sur y la máquina real a Pedralbes. Esta se queda donde la identificó la policía.

—Eso es una acusación.

—También aparece en tres grabaciones.

A su alrededor, los trabajadores del almacén habían levantado sus teléfonos. No a escondidas. Sílvia podía ver cada objetivo.

Bajó la mano.

—Esas grabaciones muestran un incidente eléctrico y a un empleado intentando proteger un equipo activo —dijo Sílvia—. No muestran a Guaita trasladando Ingot.

—No. Muestran que sabías qué caja falsa pedir antes de que Joel la nombrara.

La atención de Sílvia se desplazó hacia los teléfonos. Cuatro empleados habían capturado la frase. Cuatro grabaciones habían comenzado en momentos distintos. Sílvia no podía enfrentarse a los cuatro objetivos a la vez.

—Deberíais conservar los originales —dijo Sílvia.

—Gracias. Vendemos almacenamiento.

Chen rio detrás de la cámara. El sonido quebró el miedo lo suficiente para que dos empleados volvieran a respirar con normalidad.

La estimación de batería bajó a veintiséis minutos.

Mei trasladó el servidor de pruebas a su alimentación mínima y apagó incluso la red de la oficina. Un disco, una alarma, un registro del maniquí abierto. El resto de Llevant quedó a oscuras.

La estimación de batería subió de veintiséis a treinta y ocho minutos. Mei escribió la cifra en el bloc de albaranes de Chen y firmó debajo. Joel preguntó si debía firmar como testigo.

—Sí —dijo.

Pareció sorprendido.

—Tu nombre va debajo del mío.

Firmó.

Entonces Mei extendió la mano para que le entregara las llaves del almacén.

Joel miró el llavero sujeto al cinturón. El aro abría la puerta del personal, las dos persianas, la jaula de devoluciones y tres unidades vecinas cuyos propietarios confiaban en él para recibir entregas tempranas.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que pueda decirle a todo el mundo qué movimientos de existencias comunicaste y dejar que decidan qué llaves devuelven.

—Me necesitas esta noche.

—Necesito tu testimonio. Las llaves se quedan conmigo.

A su alrededor, los trabajadores del almacén siguieron grabando. Mei podría haber llevado las llaves a la oficina y tratado el asunto como un problema familiar. Lo hizo delante de las personas cuyos movimientos Joel había expuesto.

Se desenganchó el aro y lo depositó en su mano.

—¿Puedo quedarme? —preguntó.

Mei quería que se marchara porque su presencia hacía competir la ira con la alarma de la corriente, Guaita y la caja falsa. Echarlo también eliminaría al testigo que más sabía sobre las semanas anteriores al robo.

—Te quedarás donde alguien pueda verte —dijo—. Mañana se lo contarás tú mismo a los vecinos.

—Hay más —dijo Joel—. Sobre julio. No estoy preparado.

—Pues prepárate antes de que te lo pregunte.

Joel volvió a sentarse junto al maniquí lastrado, donde los teléfonos aún podían verlo.

En el televisor, el humo se tragó el borde inferior del Sol.

Mei volvió a llamar a Arnau.

—Joel era el topo —dijo—. Recuperación de Yulan. Deng Rui.

—¿Está a salvo?

Miró a su primo junto a la transpaleta.

—Está aquí. La caja está aquí.

En el anexo, alguien habló detrás de Arnau. Una orden de incidente. Un precinto de transporte.

—Mei —dijo—, se llevan Ingot.

—Enséñame el precinto.

Capítulo 23: Motor de Totalidad

A las 20:24, los falsos miembros de respuesta a incidentes entraron en el anexo y el modelo comenzó su pasada final.

Llevaban credenciales de Guaita sobre el amarillo de los servicios de bomberos. Las credenciales eran válidas. Su orden declaraba un riesgo de refrigeración de infraestructura durante una emergencia regional y transfería los tres instrumentos de investigación a custodia protegida.

Marc Escudé les abrió la puerta.

Arnau contó tres miembros de respuesta, no dos. El tercero no llevaba herramientas, solo un maletín rígido para documentos y una cámara corporal del instituto enganchada sobre el amarillo prestado. Se colocó donde su grabación mostraría a Lin obstruyendo una custodia autorizada y excluiría a Marc del panel de acceso.

Júlia se movió un paso hacia un lado. Su propia cámara de proyecto ahora incluía a ambos hombres.

El miembro de respuesta ajustó su posición.

Ella hizo lo mismo.

—Seis minutos —dijo Lin.

El miembro de respuesta al mando miró la pantalla de alimentación de Ingot.

—Apagado inmediato.

—Un apagado incontrolado pone en riesgo la presión del refrigerante y la corrupción del almacenamiento. Seis minutos les proporcionan un estado seguro y una pasada limpia del almacenamiento.

Consultó su tableta. La orden cubría la retirada. La advertencia de Lin lo convertía en responsable del apagado.

—Cuatro minutos —dijo.

Lin comenzó la lista de comprobación del apagado en una pantalla mientras dejaba activo el trabajo de auditoría en otra. Las acciones solo eran compatibles si el modelo terminaba antes del aislamiento del refrigerante. No ocultó ese hecho. La cámara de servicio grabó sus manos, los contadores y cada advertencia.

—Está continuando el cálculo durante un incidente —dijo el miembro de respuesta al mando.

—Estoy completando una pasada de coherencia del almacenamiento exigida por su orden de transferencia.

—La tarea del modelo no es mantenimiento del almacenamiento.

—Entonces su autor técnico sabe más sobre Ingot de lo que dice la reclamación de custodia.

Dejó de hablar.

La cámara de servicio lo captó bajando la tableta.

Fuera del anexo, el Sol de Barcelona se había convertido en una fina media luna brillante, baja en el oeste. La ciudad no estaba dentro de la totalidad. Las farolas despertaron bajo una oscuridad parcial y profunda. La gente vitoreaba desde azoteas y patios, y luego callaba cuando la luz adquirió un color que ninguna fotografía de un teléfono podía contener.

En las transmisiones del sur, la Luna se acercaba a la cobertura completa.

Algunas cámaras mostraban un horizonte occidental limpio. Otras mostraban humo. Un sitio oficial había viajado durante años hacia ese minuto y solo podía ver una mancha naranja detrás de la ceniza.

Shanhai procesó las curvas de caída de la luz. Antumbra alineó la respuesta de exposición, el comportamiento de compresión, el retraso de red y los relojes corregidos. Las relaciones de Atlas que habían permanecido como probables se volvieron seguras. Los relojes le decían a Atlas qué imagen venía de qué caja. Los registros de continuidad de Guaita aportaban el resto: el inventario de cuentas de mantenimiento, las concesiones de direcciones y las fichas de activos que guardaba de cada socio que gestionaba. Los operadores se unieron a las pasarelas. Las pasarelas se unieron a las cuentas de mantenimiento. Las habitaciones no catalogadas adquirieron direcciones.

El índice de personas se llenó a su lado.

Los nombres aparecían más deprisa de lo que Arnau podía leer. Algunos venían con cadenas de fuentes. Otros procedían de registros copiados disfrazados de evidencia independiente. Chen Zhou regresó con un 0,92 hasta que el arnés de Júlia colapsó las fuentes duplicadas y lo devolvió por debajo del umbral de cuarentena.

Miles de otros nombres no tenían a nadie en la habitación que los defendiera.

—Rastro de auditoría completo —dijo Júlia—. Índice de infraestructura al noventa y ocho por ciento. La capa de personas sigue procesándose.

—Detén la capa de personas —dijo Arnau.

La pantalla del anexo cambió antes de que Júlia pudiera actuar. Reixac apareció a través del canal remoto del incidente, sentado en un lugar más silencioso que la habitación que controlaba. La mano de Júlia se detuvo sobre el control. La orden de Arnau permaneció en cola bajo el rostro de Reixac.

—No interrumpas el índice —dijo—. La capa de personas es la capa de responsabilidad. Sin ella, estáis publicando un mapa de instituciones y protegiendo a cada individuo que abusó de ellas.

—Y atribuyendo responsabilidad a miles que no la tienen —respondió Júlia.

—Entonces publicad los niveles de confianza. Que decidan los tribunales.

—Un nombre llega a un tribunal en negrita. El nivel de confianza llega como nota al pie, si alguien lo imprime.

Reixac miró a Arnau.

—Has pasado tu carrera exigiendo observabilidad. Ahora que el sistema puede mostrar la responsabilidad, quieres un punto ciego.

—¿Dónde estás? —preguntó Arnau.

—¿Altera eso el argumento?

—Altera si compartes las consecuencias.

El fondo de Reixac contenía una pared vacía, un vaso de agua y ninguna ventana.

—Estoy donde la continuidad me exige —dijo.

—Quieres decir fuera de cada sistema al que nos estás pidiendo que nos unamos.

—No. Quiero decir fuera del teatro. Todos estáis confundiendo proximidad con virtud.

—Un punto ciego compartido por todos es distinto de una visión completa vendida por una sola empresa —dijo Arnau.

—Solo hasta que la siguiente empresa lo reconstruya —dijo Reixac—. Y la siguiente prueba llevará la firma de un gobierno. Borra esta y la capacidad sobrevivirá.

—Entonces ellos también deberían tener que tomar la decisión en público.

Leïla respondió a través de la llamada abierta desde el sur.

—La consulta siete está en esa capa. El grupo de Karim, resuelto.

Tras su voz llegaron sirenas y el motor del vehículo de Marta.

—Si la borramos, tu prueba desaparece —dijo Arnau—. Júlia. Presérvala para un tribunal.

—¿Dónde? —Júlia no levantó la vista—. El almacén vive en la memoria flash de Ingot. Ingot sale dentro de cuatro minutos bajo custodia de incidente. Preservarlo significa entregárselo a Guaita y pedirle a un juez que lo reclame.

—Expórtalo.

—Desde la declaración de incidente, nuestro enlace de salida pasa por la pasarela de continuidad de Guaita. El punto de control ocupa cientos de gigabytes. Tenemos cuatro minutos, y su pasarela registra cada byte que transporta.

—Solo el registro de Karim, entonces.

—Su registro es un puntero dentro del grafo. Por sí solo no demuestra nada. Para demostrarlo tendría que exportar el grafo que hay detrás. Y para encontrarlo tengo que consultar la capa de personas con su nombre. —Echó un vistazo a la llamada abierta—. Cada consulta a la capa de personas queda escrita en el registro de Atlas. Así es como tenemos la consulta siete de Narthex. La mía quedaría justo al lado.

—Lo sé —dijo Leïla.

—Necesito que lo digas —dijo Arnau.

Durante dos segundos, Leïla no respondió.

En su línea abierta, alguien pidió un acoplamiento para una manguera. Un niño lloró porque la oscuridad había empezado demasiado pronto. Leïla había pasado años buscando a una persona entre sistemas que se negaban a nombrarlo. Ahora le pedían que destruyera la primera respuesta consultable que aquellos sistemas habían producido.

—Borra el índice de personas —dijo.

Su voz no se quebró. El aliento posterior sí.

Júlia seleccionó el almacén de cuarentena. El sistema exigía dos aprobaciones de proyecto porque su arnés había tratado las acciones destructivas con más cuidado que la inferencia. Ella firmó primero.

Arnau firmó segundo.

El borrado no tocaría los pesos del modelo. No destruiría la auditoría de infraestructura verificada ni las pruebas que mostraban que Guaita había construido Atlas y que Narthex lo había contratado. Eliminaría la tabla completa que convertía relaciones probabilísticas en nombres que un comprador podía consultar.

Las observaciones originales de las cámaras permanecieron con sus operadores originales. Guaita conservó fragmentos y pruebas antiguas. La réplica de Room Zero, sellada bajo la custodia de Leïla, contenía un grafo sin nombres. Lo que desaparecería era el único punto de control completo creado a partir de la curva del eclipse, unido entre instituciones y listo para una consulta comercial.

El miembro de respuesta al mando se acercó.

—Se acabó el tiempo.

Lin abrió el menú de transporte.

—Aún no es seguro.

—Se te han acabado los cuatro minutos.

En el emplazamiento del sur, desapareció el último arco del Sol.

La totalidad llegó baja sobre el horizonte.

La tierra en las transmisiones se oscureció mientras una estrecha franja naranja permanecía bajo la sombra. Venus apareció primero, brillante y muy alto en el suroeste. No lo siguió ningún planeta. Mercurio y Júpiter yacían en algún punto dentro de la franja naranja bajo el Sol, demasiado bajos para cualquier cámara de las transmisiones. Las personas que habían pasado la tarde gritando se detuvieron. Incluso un equipo de bomberos miró hacia arriba durante un segundo antes de regresar a la línea.

Arnau observó a pesar de la habitación.

Los ventiladores de refrigeración cambiaron de tono cuando la temperatura exterior cayó un grado que los controles del edificio no habían previsto. En el tejado, los pájaros cruzaron hacia los árboles como si la tarde se hubiera comprimido en segundos. Desde las calles más allá de la universidad llegó un sonido mayor que los vítores y más silencioso que el pánico: un barrio entero reaccionando ante un Sol que Barcelona casi podía perder, pero no por completo.

La cámara del sur más cercana a Marta mostró la corona a través de un hueco en el humo. La siguiente no mostró más que un horizonte naranja y negro. Dos grupos separados por doce kilómetros habían viajado hacia el mismo acontecimiento prometido y habían recibido cielos distintos.

Shanhai completó la auditoría.

Júlia ejecutó el borrado.

El arnés destruyó la clave del volumen de cuarentena. La tabla de personas permaneció en la memoria flash de Ingot como texto cifrado, sin nada en el mundo capaz de leerla. El arnés produjo un recibo de borrado que enumeraba lo que se había vuelto ilegible y lo que se había conservado. Ninguna alma oculta escapó. Ningún modelo protestó.

Júlia no se fió solo del recibo. Se hizo la pregunta que le había enseñado cada prueba de restauración: ¿dónde más? El volumen de cuarentena nunca había estado en el calendario de instantáneas del anexo, y su registro de replicación no mostraba ninguna copia que hubiera salido del módulo. El espejo de continuidad que Guaita tenía del anexo se había sincronizado por última vez a las 17:40, antes de que existiera la curva del eclipse. Adjuntó ambos registros al recibo.

Por eso Reixac había enviado equipos de respuesta y un carro. Nunca había necesitado una copia. Necesitaba el módulo.

Arnau liberó el paquete verificado.

Nada voluminoso tenía que atravesar la pasarela de Guaita. El archivo firmado llevaba desde la tarde cifrado en poder de cada destinatario, y solo salió la clave de liberación, unos cientos de bytes desde el teléfono del proyecto de Júlia.

Contenía la ruta contractual de Guaita, la procedencia de Atlas, el apéndice de fallos de Júlia tal como estaba aquella tarde, la ruta de exportación del flujo de correcciones y las fuentes de evidencia detrás de cada afirmación. No contenía credenciales de cámara. Ni acceso en directo. Ni identidades consultables.

Berta lo recibió. El agente investigador lo recibió. Tres archivos de investigación independientes recibieron el mismo paquete firmado. Reixac podía llamarlo robado, pero no podía hacer que cada copia discrepase de las demás.

—Publicado —dijo Arnau.

La imagen de Reixac permaneció en la pantalla del incidente.

—Habéis liberado datos operativos robados durante una emergencia —dijo.

—Con procedencia y limitaciones.

—Nadie lee las limitaciones.

—Ese era vuestro modelo de negocio.

Reixac apartó la mirada. Una alerta le había llegado desde algún lugar fuera del encuadre.

En ese momento, la pantalla de servicio de Lin se volvió verde.

—Seguro —dijo.

Espera de transporte. La clave de sesión sellada dentro del módulo, no destruida. En un tejido controlado por Guaita, el punto de control de infraestructura y el estado del modelo podían reanudarse en cuanto un ingeniero registrado o la fábrica lo abrieran, y Guaita tenía maneras de persuadir a ambos. La pasada del almacenamiento había retenido el tejido hasta el cuarto minuto, y el equipo de respuesta toleraría después una sola operación breve, no dos. La retirada de servicio habría destruido la clave, pero necesitaba más tiempo del que nadie en la sala iba a esperar, y Marc estaba junto al panel de acceso vigilando precisamente ese menú. Interrumpida, inutilizaba el módulo y se llevaba consigo el historial de servicio, y la prueba de Hsu vivía en ese historial. Una clave sellada aún podía eliminarse más adelante, un día con menos manos en la sala. Lin había elegido la operación que podía terminar.

Los miembros de respuesta desconectaron Ingot.

Arnau se plantó en la trayectoria del carro. No lo tocó.

—Muévete —dijo el miembro de respuesta al mando.

—Dame la dirección de destino.

—Almacenamiento protegido para incidentes.

—Eso es una clasificación.

—Muévete.

A espaldas de Arnau, la cámara corporal del tercer miembro de respuesta grabó la obstrucción. La cámara de Júlia grabó la negativa a nombrar un destino. Lin dijo su nombre una vez.

Arnau se apartó.

Podía retrasar el carro quizá veinte segundos y ofrecer a Guaita una imagen limpia de él interfiriendo con equipos durante una emergencia regional. O podía dejar que el maletín se marchara y conservar la pregunta sin respuesta.

Trabajaron correctamente. Aislaron el refrigerante, bloquearon la alimentación, colocaron las tapas de transporte y levantaron el módulo dentro de su maletín negro. Marc comprobó cada paso. El registro digital de custodia mostraba la recuperación, por parte de Guaita durante un incidente, de un equipo de Llevant en disputa y su transferencia a un almacenamiento seguro.

Custodia perfecta para un robo.

Arnau sostuvo el teléfono hacia el maletín. Mei observaba desde Llevant.

—Más cerca del precinto —dijo.

Se acercó hasta que el miembro de respuesta lo bloqueó.

—No se permite grabar el transporte protegido.

La imagen ya había llegado a Mei.

—Es nuestro —dijo ella.

—¿El maletín?

—La identidad. Logotipo antiguo, inglés primero, número de serie B-siete. El mismo perfil de cliente clonado. Están retirando Ingot bajo un precinto de Llevant.

Los miembros de respuesta cerraron el maletín.

En el sur, la totalidad terminó. Regresó un punto de Sol y las multitudes gritaron de alivio o de pena, según si el humo les había permitido verlo.

En Pedralbes no había ocurrido ninguna totalidad. La media luna se ensanchaba lentamente sobre la ciudad.

Guaita hizo rodar Ingot hacia la puerta mientras la auditoría verificada de Arnau se propagaba más allá de la empresa.

Las ruedas del carro cruzaron el umbral del anexo. En la pantalla de Arnau, el recibo de borrado permanecía junto a la posición vacía del instrumento.

Capítulo 24: Once segundos otra vez

A las 20:36, Mei observó en el teléfono de Arnau cómo Ingot salía de Pedralbes mientras Leïla escuchaba a Oriol, retenido en algún lugar dentro de una habitación en movimiento.

El almacén seguía con la alimentación de emergencia. Los empleados permanecían en el carril de carga, donde el aire circulaba con más libertad que dentro. Sílvia Prat se había retirado a su coche y hacía llamadas bajo el logotipo de Guaita. Joel estaba sentado en el suelo junto al maniquí lastrado, custodiando las pruebas que había intentado mover.

La imagen de Arnau tembló mientras los equipos de respuesta se llevaban el módulo real.

—Mantén el precinto en plano —le dijo Mei.

—Me están bloqueando.

—Entonces graba sus zapatos. La cadena de custodia tiene pies.

Entró otra llamada. Leïla.

Mei se incorporó a ella.

—Perdimos la habitación móvil hace cuarenta minutos —dijo Leïla—. Acabamos de oírlo.

El motor de Marta y una sirena llenaron la línea. La secuencia verde había durado apenas un minuto. Desde entonces, los bomberos habían mantenido abierto un carril de acceso con camiones, conos y auxiliares mientras los semáforos normales volvían a funcionar y el tráfico avanzaba a paso de tortuga a ambos lados. Marta se había mantenido detrás del vehículo de bomberos al paso. La furgoneta de Guaita había aprovechado el mismo minuto de verde y el mismo carril retenido, y después lo había abandonado en un cruce que nadie vio a través del humo.

—Lo has oído —dijo Mei.

—Solo la voz, en el canal de validación de la habitación. Después cambió el flujo de contribución.

Leïla envió once segundos de audio y los datos temporales del canal de validación en directo de la habitación móvil. Mei se los reenvió a Arnau sin abrir nada en el sistema de pruebas de Llevant.

Arnau respondió al instante.

—Un punto siete segundos. Dos veces.

El fallo original.

Oriol había dividido su clip preparado en tres islas temporales. Ahora la pasarela móvil perdía el mismo intervalo entre los informes de validación. No era una deriva aleatoria. Era una firma repetida por alguien que esperaba que Arnau la viera.

—¿Puede localizarlo? —preguntó Mei.

—No por sí solo.

Arnau reprodujo el audio a través del monitor del anexo. Bajo la voz de Oriol sonaban tres tonos de fondo. El primero pertenecía a la red de difusión. El segundo era una alarma de refrigeración. El tercero podía ser un vehículo dando marcha atrás o una advertencia de la unidad de alimentación móvil.

Ingot se había marchado en el carro. Ya nada en el anexo podía clasificar un sonido, y nadie lo echó de menos. Arnau había pasado veinte años escuchando unidades móviles de exteriores. Lin oyó la alarma de refrigeración antes de que él la nombrara. Júlia había estado junto a suficientes generadores móviles en los emplazamientos del sur aquella primavera como para llamar al tercer tono un aviso de transferencia de alimentación. Tres personas discutieron durante diez segundos, lo zanjaron y volvieron al intervalo perdido.

Júlia entró en la llamada de Arnau.

—El retraso solo aparece cuando la habitación pasa su enlace de contribución de un repetidor de campo al siguiente. Los repetidores pertenecen a la red del evento, no a los receptores de tráfico, y el trabajo del corredor nos replica sus registros.

El anexo conservaba el mapa de repetidores del trabajo del corredor: cada repetidor de campo temporal de los emplazamientos del sur, su posición y su registro de traspasos, por los que el enlace de la habitación tenía que pasar como cualquier otro flujo de contribución. Las brechas de 1,7 segundos de la habitación móvil coincidían exactamente con tres traspasos. Tres carreteras se convirtieron en una.

La primera cruzaba el carril de bomberos y ya estaba cerrada. La segunda pasaba por un repetidor que el registro de la habitación nunca tocaba. Solo la carretera de servicio de los viñedos producía los tres traspasos observados en secuencia.

—¿Confianza? —preguntó Mei.

—Ruta, alta. Posición del vehículo, ventana de cuatro minutos. Si Oriol sigue dentro, solo por la voz.

Leïla respondió antes de que Mei pudiera hacerlo.

—La voz basta para seguirlo. No basta para entrar.

Había bastado con un fallo de reloj conocido y un registro de repetidores que el anexo tenía derecho a leer.

Arnau dio a Leïla el siguiente cruce.

Marta conocía la pista de servicio que pasaba junto a él. Abandonó el carril retenido antes de que Guaita esperara que nadie los siguiera. El vehículo utilitario cruzó el margen de un viñedo, se mantuvo sobre tierra desnuda y volvió a incorporarse a la carretera por delante de la habitación móvil.

—No podemos detenerlos —dijo Leïla.

—El equipo de bomberos sí puede —respondió Marta.

Llamó al equipo mediante el contacto local de emergencias impreso en el plano del emplazamiento e informó de un vehículo que usaba el carril despejado sin autorización. Entonces Leïla dio el número de incidente policial de Oriol y la matrícula.

El camión de bomberos se detuvo atravesado en el estrecho cruce.

La furgoneta oscura frenó detrás. El cuerpo móvil que transportaba se balanceó una vez sobre su bastidor.

Marta se detuvo treinta metros atrás, dejando espacio para que el camión pudiera retroceder. Leïla avanzó con las dos manos visibles y el número de incidente policial abierto en el teléfono. Un trabajador de Guaita bajó del lado del copiloto y ordenó al equipo de bomberos que despejara el carril.

El jefe del equipo señaló el humo sobre el campo.

—Este carril existe para eso.

—Transportamos infraestructura de contribución.

—Pues contribuid desde aquí.

El trabajador mostró su credencial. El jefe del equipo la fotografió y volvió a pedir la matrícula del desaparecido. Leïla dio el número, la grafía del nombre de Oriol y la hora de la última captura de voz. No dijo rehén. Dijo que podía haber una persona retenida dentro y dejó que la declaración siguiera siendo exactamente tan sólida como las pruebas.

El conductor de Guaita presentó una credencial de incidente. El jefe del equipo la leyó y preguntó por qué un vehículo de incidente llevaba la identidad de producción en directo de un desaparecido. El conductor no tenía ninguna respuesta preparada.

La policía, que ya avanzaba con la respuesta de los bomberos, llegó cuatro minutos después. Eran más de las nueve. El Sol se había puesto tras el humo, todavía parcialmente eclipsado, y la luz sobre los viñedos había adquirido el color del metal viejo.

El conductor de Guaita intentó retroceder. El vehículo utilitario de Marta no le bloqueaba el paso, pero sí el tráfico detenido detrás de ella. Los espectadores habían llenado la carretera en cuanto terminó la secuencia prioritaria. La multitud que había impedido a Leïla acercarse a la habitación móvil ahora impedía que esta se marchara.

No dio las gracias a la coincidencia. La misma multitud tendría que abrirse para dejar pasar a la ambulancia.

Leïla no abrió la habitación móvil. Lo hizo un agente.

Oriol estaba sentado dentro, ante la falsa pared blanca, con una muñeca sujeta al escritorio del equipo mediante una brida de plástico. Estaba deshidratado, sin afeitar y furioso porque la primera persona que veía no era Arnau.

La habitación olía a electrónica caliente, aire viciado y al inodoro químico que Guaita no le había permitido usar con suficiente frecuencia. Botellas de agua vacías rodaban contra una pared. Un generador de reloj ocupaba el escritorio junto a su mano sujeta. Había alcanzado el panel frontal con dos dedos y cambiado un valor de retraso que nadie había considerado necesario bloquear.

Un agente fotografió la sujeción antes de que nadie la tocara. Otro leyó a Oriol sus opciones como testigo, víctima y posible participante en el clip preparado original. Oriol escuchó las tres sin discutir.

Leïla entregó el módulo Room Zero al segundo agente con sus cuatro firmas intactas. Él lo registró contra el hash del registro de consultas que Júlia había leído en voz alta durante la llamada aquella mañana, para el tribunal y no para la empresa de nadie.

—Os habéis tomado vuestro tiempo —dijo Oriol a Leïla.

Ella sostuvo el teléfono para que Mei y Arnau pudieran oír.

—Los uno coma siete segundos —dijo Arnau—. Los plantaste tú.

—Por supuesto. Te quejaste de esa corrección del reloj durante seis meses, en las pruebas del Tour. Sabía que la reconocerías.

—Tú preparaste el primer clip.

—Preparé la habitación. Dejé la insignia. Riera se la llevó antes de lo que esperaba.

Arnau se apartó de la puerta del anexo. El transporte de Guaita había desaparecido. La gente cruzaba el corredor detrás de él, cargando gafas de eclipse y cables, como si el edificio no hubiera pasado la tarde perdiendo una máquina y encontrando a su amigo más antiguo en direcciones opuestas.

—Pensé que estabas muerto —dijo.

La respuesta de Oriol empezó como una broma. Arnau la oyó formarse en el aliento anterior a las palabras. Oriol la detuvo.

—Pensé que podía dejarte un fallo que solo tú seguirías —dijo.

—Me dejaste tu insignia, la empresa de mi mujer y una habitación que nadie podía encontrar.

—La insignia debía quedarse en el escritorio.

—Alguien devolvió mi reloj a nuestro dormitorio.

Oriol miró hacia el teléfono de Leïla como si la distancia hasta Barcelona se hubiera hecho visible dentro de él.

—Yo no lo sabía.

—El domingo, poco después de la una. ¿Contestaste al teléfono?

Oriol levantó la cabeza.

—Movieron la habitación el sábado, antes de que tu policía llegara al patio. Otra nave, el mismo tipo de persiana, la habitación pegada contra ella. El teléfono sonó en una repisa de carga. Ellos estaban fuera. Podía llegar al control de respuesta a través del hueco del cable, y a la cadena de la persiana con el pie.

—Golpeaste la cadena.

—Hasta que volvió alguien. Pensé que quizá oirías la habitación.

—Te oí. No lo grabé.

—Bien.

—¿Por qué está bien?

—Porque durante seis segundos respondiste como mi amigo.

—Esa frase está haciendo mucho trabajo esta noche.

Un agente ofreció agua a Oriol. Bebió demasiado deprisa, tosió y volvió a intentarlo. Arnau esperó. Durante diez días había imaginado aquella conversación como una prueba de que Oriol estaba vivo. Ahora que existía, el alivio no eliminaba las decisiones que la habían hecho necesaria.

—¿Por qué yo? —preguntó Arnau.

—Porque nunca aceptas un intervalo perdido.

—Por eso funcionó la pista. No es por eso por lo que me elegiste sin preguntarme.

Oriol sostuvo la botella contra la frente.

—No. No lo es.

Mei dejó que el silencio durara lo suficiente para que ambos hombres oyeran la diferencia.

Después, a través del teléfono:

—¿Y la orden de recogida?

Oriol dejó de buscar a Arnau con la mirada.

—Guaita me pidió que validara un ensayo de recuperación de equipos utilizando la plantilla de cliente de Llevant —dijo—. Sabía que la orden era falsa. Puse el expediente del Tour entre sus páginas antes de aprobar la copia impresa.

—Aprobaste que vinieran a mi almacén.

—Esperaba que rechazaras el número de serie. Esperaba que Arnau viera mi nombre y siguiera el papel. Guaita imprime sus órdenes de recogida y se las entrega al conductor. Una vez firmadas, nunca vuelven a pasar por los sistemas de la empresa. Tú lees cada albarán en tu propio mostrador. Te he visto hacerlo.

—Acertaste. Se llevaron nuestro libro de registros por la parte trasera mientras yo discutía con el conductor que enviaste.

Oriol bajó los ojos.

—No sabía lo del segundo equipo.

—Yo tampoco. Joel está sentado en el suelo de mi almacén custodiando el maniquí que intentó mover.

La agente que estaba a su lado anotó el intercambio. Oriol había ocultado una pista dentro del procedimiento de Guaita y había convertido a Llevant en la superficie sobre la que ambos bandos ponían a prueba su inteligencia.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Oriol miró hacia la puerta abierta, donde el humo y el último resplandor emborronaban el horizonte.

—Lo intenté una vez —dijo—. En junio envié tres líneas por correo a un editor de periódico en quien confiaba, desde el portátil de la empresa. Una pregunta sobre quién era el dueño del trabajo de calibración del eclipse. Reixac me citó la segunda línea antes de una hora, palabra por palabra, en un pasillo.

Arnau conocía el mecanismo. Su propia consulta había viajado por Ephemeris de la misma manera: una cuenta de empresa registra lo que envían sus usuarios, sea correo o consulta, y quien administra la cuenta lo lee.

—Después de aquello, mi acreditación, mi teléfono y mi portátil eran suyos —dijo Oriol—. Si me reunía contigo, los tokens de las cuentas nos situarían en el mismo café. Si te llamaba, mi teléfono se convertía en testigo contra ti. El papel era el único canal que sus sistemas nunca tocaban. Y Reixac es dueño de cada ensayo. Quería que validara el flujo del eclipse después de que las cámaras discreparan. Pasé años enseñando a los sistemas a declarar válido un resultado planificado. No iba a repetir aquel ensayo.

Había desaparecido voluntariamente para hacer que las pruebas fueran independientes de la cuenta de su propia empresa. Guaita lo tomó cuando regresó por la habitación móvil. Desde entonces, le habían obligado a validar rutas de contribución y había utilizado el único fallo que sabía que Arnau separaría del ruido.

—No me necesitaban para el modelo —dijo Oriol—. Necesitaban un nombre conocido en el informe de validación. Cada cámara fallida podía corregirse bajo mi perfil. Cada corrección hacía más fuerte a Atlas.

—¿Por qué seguir enviando el fallo del reloj? —preguntó Júlia por la llamada—. Ponía en riesgo la validación.

—Pasó el ensayo con el fallo durante seis meses. Un defecto conocido se vuelve invisible cuando hay suficiente gente que planifica a su alrededor.

Arnau cerró los ojos. Se había quejado de los 1,7 segundos, lo había documentado y después había aceptado la solución provisional porque los calendarios del Tour y del eclipse no podían esperar a un reemplazo. Oriol había convertido el compromiso de Arnau en una señal de auxilio.

La agente cortó la sujeción.

A las 21:07, Oriol salió de la habitación móvil.

Las rodillas le fallaron en el segundo paso.

Leïla le sujetó un brazo. La agente agarró el otro y lo bajó sobre la grava en lugar de fingir que el movimiento había estado controlado. Oriol se sentó con la espalda apoyada en la pared falsa y la botella entre las dos manos.

—Hospital —dijo la agente.

—Después de mi declaración.

—Durante.

El equipo de bomberos trajo una silla plegable. Oriol la rechazó hasta que ponerse de pie se convirtió en la única alternativa; entonces la aceptó sin dar las gracias a nadie.

—¿Vienes? —preguntó a Arnau a través del teléfono.

Arnau miró hacia la puerta del anexo. Un agente dentro había empezado a grabar el traspaso de custodia disputado. Júlia estaba preservando las pantallas de apagado. Lin discutía que el destino del transporte era una clasificación, no una dirección.

—Las carreteras están cerradas —dijo.

—No es por eso —dijo Mei—. No ha preguntado si podías llevarlo.

—Si me voy antes de mi declaración, la cámara corporal de Guaita se convierte en el primer registro.

—Tú has metido el matrimonio en el rescate —dijo Mei—. Puedes oír lo que ha costado.

Oriol guardó silencio un momento.

—Quédate, Arnau. Si me llaman operador no autorizado, tu declaración es la diferencia entre mi pista y su ensayo. Ven cuando esté firmada. No cuando sea perfecta.

Llegó el equipo de la ambulancia. Leïla bajó el teléfono mientras examinaban a Oriol, pero no terminó la llamada. Arnau oyó preguntas cortas, el desgarro de un envoltorio y a Oriol protestando contra un manguito de presión sanguínea como si fuera una mala solución de ingeniería.

Arnau reenvió el registro de custodia que Guaita había generado media hora antes. El transporte que llevaba a Ingot había salido del anexo de Pedralbes a las 20:36 con un registro de custodia de Llevant perfecto.

Mei permaneció entre cuatro cajas ordinarias de Yulan y un maniquí lastrado mientras la electricidad regresaba por secciones al polígono industrial. Se encendieron las luces de las unidades vecinas. Llevant seguía a oscuras porque todavía no había cerrado el bypass de emergencia.

—Oriol está vivo —dijo Arnau.

—Ingot se ha ido —dijo Lin detrás de él.

Mei cerró el bypass de emergencia. Las cuatro cajas ordinarias de Yulan se reiniciaron una a una al otro lado de la pared. Junto a Joel, el maniquí lastrado permaneció en silencio.

En algún lugar del este, el módulo real continuaba avanzando.

Parte Cuarta: Las bestias del fuego

El festival ya estaba en las calles antes de que oscureciera el cielo.

Capítulo 25: Perseidas

A las 22:11, el registro de custodia decía que Ingot había llegado al almacenamiento seguro.

Lin sabía que no era así.

El transporte de Guaita salió del Institut Llum a las 20:36. Su ruta digital mostraba un trayecto directo hasta un depósito protegido de incidentes al oeste de Barcelona, llegada a las 21:08, precinto verificado, estado de alimentación seguro. Cada punto de control llevaba una credencial, una marca temporal y una firma.

El EBRO gris había seguido a la furgoneta física hacia el este.

Deng envió una fotografía desde una carretera sobre la ciudad. El vehículo de Guaita se incorporó al tráfico costero hacia Badalona mientras su identidad oficial continuaba hacia el oeste.

Lin estaba sentada en los escalones del anexo con el Flipper naranja en la mano. Nadie lo había incluido en el inventario de instrumentos. Guaita se había llevado el módulo, la carcasa y los tapones del refrigerante. Habían dejado la pequeña consola porque parecía un juguete y porque Lin se la había guardado en el bolsillo antes de completar la espera de transporte.

A corta distancia, a través del puerto de servicio de Ingot, el dispositivo aún podía ejecutar la rutina de retirada de servicio que el menú de Yulan llamaba modo seguro.

Arnau y Júlia seguían dentro prestando declaración. Marc había desaparecido durante el traslado; su acreditación y la cámara de la entrada discrepaban sobre quién se la había llevado.

Cuando Arnau salió a tomar el aire, vio el Flipper en la mano de Lin.

“Guaita dirá que retuviste parte del instrumento”, dijo.

“Nunca figuró en su inventario.”

“Tampoco Ingot, hasta que le escribieron Llevant encima.”

Lin cerró los dedos alrededor del dispositivo. “¿Quieres que se lo entregue a la policía?”

“Quiero que documentes que lo tienes”, dijo.

“No es lo mismo que entregarlo.”

“Estoy aprendiendo.”

Fotografiaron el dispositivo junto al reloj del instituto y enviaron su número de serie al agente encargado de la investigación. El agente se negó a hacerse cargo de su custodia. Lin dobló la nota impresa de su negativa alrededor de su copia.

Deng llamó.

“Han cambiado las órdenes”, dijo.

“¿Recuperarlo de Guaita?”

“Recuperarlo de quien lo tenga.”

“Eso me incluye a mí.”

“Si llegas antes.”

“¿Adónde van?”

“Badalona. El precinto clonado también abre un depósito de equipos preparado bajo la identidad de Llevant.”

“¿Por qué lo mantendrían cerca de la empresa a la que han incriminado?”, preguntó Lin.

“Porque los investigadores miran hacia fuera después de encontrar una fuente.”

“Y porque Badalona te da un motivo para estar allí”, dijo Lin.

Deng no lo negó.

El EBRO continuó detrás de la furgoneta. Deng no invitó a Lin a acompañarlo.

“Mañana”, dijo, “no te interpongas entre el módulo y la recuperación.”

“Mañana empezó cuando usaste a Joel.”

Terminó la llamada.

Lin contactó con Hsu Yu-chen a través del canal que habían conservado desde el primer trabajo con el paquete. En Hsinchu ya era de día.

“La ejecución tuvo éxito”, dijo Lin.

“¿Según la definición de quién?”

“Ingot sirvió el modelo completo. Contadores independientes lo registraron. Atlas terminó. Borramos el índice de personas y publicamos la auditoría. Guaita se llevó el hardware.”

Hsu asimiló la secuencia. “¿Y Yulan?”

“La recuperación está en marcha.”

“Entonces dos empresas persiguen un módulo construido a partir de un trabajo que una de ellas dice que no hice.”

“Tengo el registro de rendimiento.”

“Tienes su registro. Yo tengo el mío.”

“Todavía no”, dijo Lin.

“Aún crees que el momento te pertenece.”

“Si publicas antes de que lo recuperemos, Guaita destruirá el módulo.”

“Si espero a que lo recuperéis, Yulan volverá a pedirme que espere.”

Hsu no prometió guardar silencio.

“¿Qué vas a publicar?”, preguntó Lin.

“Una suma de comprobación del archivo de planta, la fecha y la página que firmamos los dos. Lo suficiente para mostrar dónde estaba el diseño en 2019 y qué nombres figuraban a su lado. No lo suficiente para reproducirlo.”

“Yulan dirá que el archivo se creó después.”

“El archivo universitario firmó su depósito en 2019. Tu empresa les pidió que ocultaran al autor, no que alteraran el reloj.”

“¿Y Taiwan?”

“No uses una isla como abreviatura de mi decisión. Publicaré desde Hsinchu porque ahí está el registro, y bajo mi nombre porque el trabajo es mío.”

Después de las 23:30, Arnau y Júlia salieron del anexo. La luz de la ciudad borraba la mayor parte de las Perseidas.

Vieron un meteoro.

Cruzó brevemente más allá del tejado de la capilla y desapareció antes de que Arnau pudiera señalarlo.

“¿Lo has visto?”, preguntó.

“Sí”, dijo Júlia.

Ninguno intentó grabarlo.

Júlia encontró el aviso público de movimiento del festival de Guaita mientras esperaba otra pregunta de la policía. A partir del sábado a las diecinueve horas, sus contratistas de Badalona podían trasladar iluminación temporal y cajas de continuidad por el interior de calles cerradas al tráfico ordinario. El aviso no mencionaba ningún almacén ni ningún módulo.

Lin metió el Flipper en su funda negra.

Le enseñó el aviso a Arnau. En la fotografía, él escribió SÁBADO, 19:00 y la colocó junto al falso precinto de Llevant.

Capítulo 26: Custodia falsa

La custodia digital envió Ingot al oeste. Una cena tardía lo envió al este.

El jueves por la mañana Mei estaba en el carril de carga de Llevant con tres fotografías del transporte de Guaita y una lista de lugares que el miércoles aún servían comida después de las nueve. El registro oficial mostraba que el caso había llegado a un depósito protegido más allá de Barcelona. La furgoneta física había cruzado hacia Badalona después de las nueve.

Arnau quería empezar por las cámaras de carretera. Mei le hizo empezar por los recibos.

—Una cámara te da un vehículo en un momento —dijo—. La cena te da al conductor, si tenía prisa y en qué dirección creía que iba.

—Si pagó con tarjeta.

—Si habló con alguien.

Cogieron la vieja furgoneta de reparto de Chen porque cada abolladura ya les pertenecía. Lin se sentó atrás, junto a una caja de ventiladores devueltos. Júlia se quedó en Llevant con el servidor de pruebas y las cuatro cajas ordinarias de Yulan. Oriol seguía bajo observación médica. Leïla había ido a encontrarse con Sami.

Un café recordaba a dos hombres con chalecos amarillos de incidentes porque uno pidió un sándwich caliente y se marchó antes de que llegara. El sándwich aún existía.

La dueña lo sacó de la vitrina refrigerada bajo el mostrador: pan untado con tomate, una tortilla doblada, un mordisco en un extremo. Lo había envuelto después de que el hombre más alto saliera corriendo cuando un conductor con el que no contaban movió la furgoneta. Volvió, dejó unas monedas junto a un café intacto y le dijo a su compañero que habían cambiado el muelle.

—¿Quién lo cambió? —preguntó Arnau.

—Si hubiera dado nombres, recordaría esos en lugar de su sándwich.

Colocó el paquete entre ellos como si el conductor aún pudiera volver a reclamarlo. La condensación había ablandado el papel. Mei preguntó dónde se habían sentado los hombres y luego ocupó ella misma la silla del más alto. Desde allí podía ver el carril de carga, pero no la carretera principal. Un espejo de seguridad convexo sobre las estanterías del pan reflejaba la acera de enfrente.

—Miraba el espejo —dijo Mei.

La dueña asintió. —Cada vez que pasaba un coche gris.

Lin seguía en la furgoneta de Chen. El EBRO gris no los había seguido desde Llevant, pero Deng ya no necesitaba estar presente para alterar una habitación. Mei fotografió la silla, el espejo y la vista, con permiso de la dueña. Arnau anotó habían cambiado el muelle y subrayó habían una vez.

Arnau preguntó si podían ver el registro del terminal de pago. Mei le pisó el zapato bajo el mostrador.

La dueña dibujó la forma del logotipo de Guaita en una servilleta de papel y recordó que el hombre más alto no dejaba de vigilar un vehículo a través de la ventana. No recordaba la matrícula.

—¿Franja azul a la izquierda? —preguntó Arnau.

—Todas las matrículas europeas la tienen.

Mei le dio las gracias antes de que él pudiera preguntar nada más.

—Preguntaron por el polígono industrial —dijo la dueña—. No por una dirección.

—¿Qué parte?

—Dijeron que era almacenamiento de la festa. Los envié hacia el depósito municipal.

Arnau encontró una imagen del tráfico municipal antes de que llegaran a la furgoneta.

El vehículo de Guaita apareció en el borde del encuadre, hacia el oeste, doce minutos después de salir del café. La matrícula estaba oculta por el reflejo. La abolladura sobre el faro derecho coincidía.

—Depósito del oeste —dijo.

Mei siguió conduciendo hacia el este.

—Un vehículo en un cruce —dijo.

—Un registro público sin motivo para mentir. Gira en la rotonda.

Un conductor detrás de ellos tocó el claxon. Mei entró en la rotonda y tomó la salida oeste.

—Tu elección —dijo—. Los cuarenta minutos son tuyos.

El depósito del oeste ocupaba un recinto municipal vallado bajo la autopista. Sus guardias y el agente encargado comprobaron ambas entradas y las filas de almacenes. No había llegado ninguna furgoneta de Guaita, ninguna entrada de Llevant ni ningún caso refrigerado.

Arnau volvió a mirar la fotografía. El carril de tráfico junto a la furgoneta curvaba hacia el oeste, pero una flecha pintada en la carretera apuntaba hacia un carril de incorporación oculto más allá del encuadre. La furgoneta podía haber cruzado la imagen hacia el oeste y girado hacia el este bajo la cámara diez segundos después.

—Cuarenta y tres minutos —dijo Mei.

Él bloqueó el teléfono. —Míos.

Esperó la defensa. No llegó ninguna.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Llamamos a Joel.

—¿Después de lo que pasó la última vez?

—Sí. Cambiamos lo que preguntamos y quién oye la respuesta.

—¿Y si vuelve a llamar a Rui?

—Entonces Rui se entera de que alguien tomó prestada una carretilla elevadora en algún lugar del este. Sin módulo, sin muelle, sin ruta. Joel dará la respuesta a través de la línea policial grabada.

—Sigues confiando en él.

—No para lo mismo.

Arnau miró de nuevo la puerta del depósito. —Eso suena conveniente después de que mi cámara nos haya costado cuarenta y tres minutos.

—Tu cámara no nos ha costado nada. Tú sí.

—Gracias.

—¿Quieres que desconfíe ahora de todas las imágenes?

—No.

—Entonces no me pidas que desconfíe de todas las personas.

—¿Y si Joel vuelve a hacerlo?

—Entonces el agente lo tendrá registrado.

Arnau observó el tráfico pasar bajo la autopista.

—¿Joel sabe que eso es lo que estás haciendo?

—Oirá al agente grabar la llamada.

—Responde a la pregunta.

Mei lo miró.

—Se lo diré —dijo.

Llamó desde la línea grabada del agente, le dijo a Joel únicamente que un caso se había desplazado hacia el este y le preguntó por trabajos con carretilla elevadora después de las nueve. Ningún nombre de producto. Ningún destino. Ninguna promesa privada.

Antes de hacer la pregunta, le explicó por qué la línea estaba grabada y qué había omitido.

—Así que crees que lo denunciaré —dijo Joel.

—Creo que necesitas saber qué te estoy confiando.

—Casi nada.

—Hoy, casi nada basta.

Una cámara de la puerta mostró por fin la furgoneta de Guaita pasando hacia el este once minutos después de que su registro digital la situara en el oeste. Ningún depósito había recibido el caso negro.

Joel encontró el siguiente movimiento a través de un conductor de carretilla que trabajaba por las noches para tres unidades. Poco después de las diez, un caso de Guaita había sido transferido de la furgoneta a un camión sin distintivos junto a un almacén alquilado. Los hombres habían tomado prestada su carretilla porque su plataforma elevadora había fallado.

—¿Qué horquillas? —preguntó Mei.

—Un par corto. La punta derecha doblada.

La propia fotografía de salida de Guaita en el registro de custodia mostraba la parte inferior del estuche limpia cuando salió del anexo. Lo que la hubiera marcado había ocurrido después de que la furgoneta se marchara.

El conductor de la carretilla describió el traslado, pero se negó a dar su nombre hasta que Mei nombró al agente encargado del envío clonado. Él mismo llamó a la comisaría, esperó durante dos transferencias y confirmó el número. Solo entonces accedió a enseñarles las horquillas dañadas.

Se llamaba Pau. Les hizo esperar mientras terminaba de descargar seis palés de agua embotellada. Arnau vio salir un camión sin distintivos del carril vecino antes de darse cuenta de que no coincidía con nada de lo que Pau había descrito.

—Ahora buscas todos los camiones —dijo Mei.

—Sí.

—Bien. Cuéntalos.

Cuando se marchó el camión de agua, Pau sacó las horquillas cortas. La punta derecha estaba doblada hacia arriba menos de un dedo. Una pintura negra reciente marcaba el borde interior.

—Hice una foto —dijo—. De su estuche. Poco después de las diez, cuando la horquilla lo enganchó. Si alguien reclama daños más tarde, paga el conductor. Yo me aseguro de que el conductor pueda demostrar qué tocó.

Su teléfono mostraba las 22:14, un estuche negro sobre un palé, dos marcas paralelas debajo y un arañazo curvo y poco profundo. La etiqueta del cliente se veía encima del arañazo: Llevant, logotipo antiguo, primero en inglés. Un hombre con chaleco amarillo estaba al borde del encuadre.

Lin la puso junto a la fotografía limpia de Pedralbes y preguntó si podía tomar una muestra de la horquilla. Pau se negó.

—La policía puede tomarla —dijo—. Tú puedes hacerme una foto negándome.

La hizo.

Pau hizo una demostración con un baúl de iluminación vacío. La punta doblada arañó el punto donde su propia fotografía mostraba el arañazo.

—El hombre de gris estaba enfadado —dijo Pau—. El de amarillo le dijo que la pintura no importaba porque al caso le pondrían otra etiqueta.

—¿Chaleco gris o camisa gris? —preguntó Mei.

Pau miró hacia el carril de carga. —Chaleco, creo. Quizá el amarillo pareciera gris a la sombra. Apunta que no estoy seguro.

Arnau lo hizo.

Lin midió el baúl comparándolo con la fotografía sin tocar la horquilla. Las marcas coincidían dentro de un centímetro. Pau envió la foto al número del agente antes de mandársela a nadie más.

En la página de Arnau, un sándwich, una horquilla doblada y un favor impagado formaban ahora una línea hacia el este.

El inquilino del almacén alquilaba espacio por semanas para barreras de festa, iluminación portátil y equipos de sonido. Guaita había subarrendado un muelle trasero a través de un contratista de eventos. El viernes los contratistas dispondrían su equipo alrededor del polígono. El sábado entraría en los cortes de la Festa Major de Badalona.

El inquilino no abrió el muelle trasero hasta que el agente encargado confirmó por teléfono que verlo no contaminaría un registro posterior. El espacio estaba vacío. Cuatro rectángulos limpios permanecían en el polvo. Tres coincidían con cajas de carretera estándar. El cuarto era más ancho y terminaba en dos arcos recientes donde las ruedas de un carro habían girado hacia la puerta interior.

Arnau se agachó sin cruzar el umbral. El aire frío le tocó la cara desde un conducto portátil instalado a través de la pared. Alguien había pagado para enfriar un muelle de almacenamiento vacío durante la semana más calurosa del año.

El inquilino comprobó el subarrendamiento. La electricidad se facturaba al contratista de la festa. El pedido de refrigeración adicional se había añadido aquella mañana con un número de incidente de Guaita.

—¿Por qué meter Ingot en una festa? —preguntó Arnau.

—Porque cada corte de carretera crea un movimiento legítimo de equipos —dijo Mei—. Y porque nuestra etiqueta ya pertenece aquí.

Clara Reixac llegó a las once con la misma carpeta fina de Girona y una página nueva.

La nueva página citaba el registro del incidente del eclipse. Llevant era ahora oficialmente el expedidor del instrumento recuperado. Clara se ofreció a retirar el nombre mediante una declaración modificada del contratista si Mei proporcionaba el señuelo, los registros de servicio y silencio.

—Tu oferta crece cada vez que tu hermano nos utiliza —dijo Mei.

—También vuestra exposición.

—Pon por escrito que Guaita transportó Ingot bajo un sello clonado de Llevant.

—No puedo usar un nombre de producto que mi cliente no reconoce.

—Tu cliente fundó la empresa.

—Mi cliente es Guaita. Las personas jurídicas también tienen límites.

Mei estuvo a punto de admirar la frase.

Clara miró a través de la persiana abierta a los trabajadores que preparaban armazones de flores y piezas festivas pintadas en una unidad vecina. —El sábado este distrito estará en televisión por la festa. Puede ser flores y bestias de fuego, o almacenes y un acelerador chino no registrado. Puedes influir en qué imagen llega primero.

—Acelerador chino —repitió Mei—. Cuando necesitas nuestro nombre en una etiqueta, somos un cliente local. Cuando necesitas miedo en un titular, nos convertimos en China.

—El módulo entró a través de un fabricante chino.

—La arquitectura tiene un autor en Hsinchu, un custodio de Shenzhen, una reserva de pruebas europea y el comprador de tu hermano. ¿Qué país pones en el titular?

Clara no respondió de inmediato. Mei la observó buscar en la carpeta un país más seguro.

Mei cerró la carpeta sin firmar.

—Ambas imágenes son ciertas —dijo—. Tu hermano depende de que la gente crea que solo una puede serlo.

Clara dejó la carpeta.

Después de que se marchara, Lin llamó. Las órdenes de Deng exigían ahora recuperar el objeto de cualquiera de las dos partes. El EBRO había perdido el camión sin distintivos cerca de los carriles de almacenamiento de la festa.

—Podría quitárnoslo si lo encontramos —dijo Lin.

—Entonces no se lo digas primero.

—Sigue teniendo los informes de Joel.

Mei pensó en su primo. Joel ya no llevaba un teléfono que no hubiera comprado él mismo. Había pasado la mañana haciendo llamadas bajo la mirada de todos a quienes había engañado.

—Tiene informes antiguos —dijo.

Al anochecer sabían que Ingot había entrado en uno de los seis muelles traseros utilizados por los contratistas de la festa. No sabían en cuál, ni en qué camión, ni qué equipo lo movería el sábado.

Necesitaban una ruta lo bastante sólida para sobrevivir a ser comunicada.

En el asiento del copiloto de Mei, la servilleta con el logotipo de Guaita llevaba un cerco de café. La dueña había envuelto el sándwich inacabado antes de que se marcharan. Nadie había vuelto a recogerlo.

Capítulo 27: Festa Major

Badalona buscaba Ingot mientras preparaba el almuerzo para cientos de personas.

Las dos actividades compartían mesas.

El viernes, los bastidores de flores ocupaban un almacén, los paneles pintados otro y las sillas plegables un tercero. La gente llevaba listas de comida, elementos de la procesión, alargadores y preguntas de una nave a otra. Las campanas y los tambores de ensayo llegaban desde el centro hasta las calles industriales. Cada movimiento tenía un propósito ajeno al caso de Mei, lo que hacía más fácil detectar los movimientos inusuales.

Contó a los vecinos la verdad suficiente.

Habían trasladado un ordenador robado bajo el nombre de Llevant. Era peligroso porque varias empresas lo querían, no porque fuera a explotar. Guaita podía ocultarlo entre el material de los actos durante los cortes de tráfico del sábado. Nadie debía entrar en una nave cerrada, enfrentarse a un conductor ni interferir con la seguridad de la fiesta.

Entonces Joel les contó la parte que le correspondía.

Estaba junto a la persiana abierta de Llevant, sin llaves. Se quedaron doce personas. Las demás siguieron transportando bastidores y comida.

—Un hombre llamado Rui dijo que representaba la seguridad de producto de Yulan —empezó Joel—. Le di las temperaturas de las cajas, los horarios de los movimientos y los nombres de las personas que hacían preguntas. Creía que estaba protegiendo el material que habíamos aceptado. No lo verifiqué a través de Mei ni del contrato con el proveedor.

El propietario de la nave cuatro dejó en el suelo un manojo de cables. —¿Le hablaste de mi patio trasero?

—Le dije que la furgoneta oscura lo había atravesado el domingo.

—No tenías derecho.

—No.

—Mi sobrino trabaja de noche. ¿Le diste su nombre?

Joel miró la lista que había hecho con Mei. —Dije que tu sobrino había visto la furgoneta. No le di su número de teléfono. Rui lo encontró de todos modos.

El propietario llamó a su sobrino delante de todos. Le preguntó si Rui o alguien de Yulan se había puesto en contacto con él. El sobrino dijo que un hombre lo había llamado el lunes para afirmar que estaba verificando un aviso de alarma. Había respondido a dos preguntas y había terminado la llamada cuando le preguntaron qué puertas comunicaban las naves.

La tira de papel rojo que Joel había guardado en Sant Joan cubría ahora una grieta en la mandíbula pintada de la bestia.

—¿Por qué deberíamos contarte nada ahora? —preguntó la mujer que reparaba el panel.

—No deberíais contármelo a mí —dijo Joel—. Decídselo a Mei, llamad al número de la policía de la pared o guardadlo hasta que os pregunten. Puedo identificar qué preguntas hacía Rui. No puedo convertirme otra vez en la persona que recoge las respuestas.

Un conductor mayor preguntó si habían pagado a Joel.

—No.

—Entonces eras barato.

Joel aceptó también eso.

Un vecino se marchó. Otro preguntó si Joel seguiría conduciendo vehículos de Llevant. Mei dijo que no mientras las llaves siguieran en disputa.

—Entonces, ¿qué queréis? —preguntó el propietario de la nave cuatro.

—Memoria. Qué persiana se abrió, quién tomó prestada una transpaleta, dónde comía la gente, qué camión llegó limpio y salió cubierto de polvo.

Un mayorista de edad avanzada preguntó si el ordenador robado procedía de China. Mei dijo que parte de su fabricación sí y parte de su diseño en disputa no.

—Entonces esto es asunto chino —dijo.

—Se convirtió en asunto nuestro cuando le pusieron nuestra etiqueta.

Mei preguntó a cada persona por su propia puerta y por sus propios recuerdos.

La búsqueda se extendió por las relaciones cotidianas. Una mujer que pintaba el panel dañado de una bestia de fuego recordó un camión sin distintivos porque le bloqueaba la entrega de pintura. Un voluntario que montaba soportes para flores había visto a dos hombres sustituir su rótulo magnético de empresa. Un trabajador de un restaurante recordaba seis comidas tardías entregadas en una nave trasera cuyo inquilino normalmente cerraba a las ocho.

Ninguna cámara conservaba la ruta completa. Tampoco ninguna persona.

El viernes por la tarde habían descartado tres naves: material de sonido, barreras y una sala vacía cuya cerradura nueva tenía una explicación corriente.

Quedaban tres.

En la cuarta nave, un contratista se negó a dejarles entrar y amenazó con llamar a Guaita. Mei le pidió que lo hiciera. Marcó, escuchó y después afirmó que la llamada había fallado. Aquella nave subió puestos en su lista, pero aun así no cruzaron su persiana.

En la quinta, los voluntarios abrieron cajas de iluminación en el callejón y se quejaron de que la búsqueda retrasaba su prueba de seguridad. Lin no comprobó ninguno de los componentes electrónicos. Las dimensiones de las cajas no coincidían. Les ayudaron a cerrar las tapas y llevaron dos soportes de vuelta dentro.

Durante la tarde del viernes, el primer día de la festa avanzó por las calles más allá del polígono. La gente regresaba con programas, cotilleos e instrucciones revisadas. El recorrido de la procesión había cambiado por unas obras. Un contratista acercaría el sábado por la tarde el material de iluminación al paseo marítimo.

A medianoche, los preparativos continuaban bajo las luces de trabajo. La madre de Mei repartía comida entre los voluntarios sin permitir que la investigación redujera la ración de nadie. Su padre reparaba una rueda floja de un carro de flores y se negó a hablar de la identidad falsa del modelo mientras sostenía una llave inglesa.

—Mañana —dijo—. Hoy la culpable es esta rueda.

A las 00:43, Joel estaba junto a la nave dos y miraba hacia el callejón trasero.

—Sé qué persiana es —dijo.

Mei esperó.

—La noche en que sustituyeron la caja cinco, yo estaba aquí. El dieciséis de julio. Rui me dijo que esperara a un técnico para la unidad caliente. El hombre me enseñó una tarjeta y di por supuesto que era de Yulan. Abrí la nave dos con mi código y lo vi sacar el bastidor real por la puerta trasera de carga. Solo después supe que la tarjeta era de Guaita, no de Yulan. Oí una persiana al otro lado del callejón después de medianoche. No era la nuestra. El número diecisiete.

—¿Por qué no lo dijiste nunca?

—Pensé que Rui lo había enviado. Guaita aprovechó la visita que él había organizado.

Joel apoyó las dos palmas contra la persiana caliente. —Si te lo hubiera contado en julio, ¿me habrías creído?

Mei consideró la pregunta. En julio, Yulan era un proveedor difícil, Rui un representante verificado y una inspección pasada la medianoche una molestia que alguien más había aceptado.

—Te habría preguntado por qué les dejaste entrar —dijo.

—Eso no es creer.

—No. Pero quizá habría bastado.

La nave diecisiete era una de las tres que quedaban. Su inquilino suministraba iluminación temporal a través de una cadena de subcontratas que terminaba en Guaita. El camión sin distintivos había entrado allí el miércoles por la noche. El sábado, el inquilino tenía previsto entregar dos cajas de iluminación y una caja de material no incluida en la lista para el recorrido del paseo marítimo.

La caja no incluida coincidía con las dimensiones de Ingot.

Llamó al agente investigador que había recibido la auditoría verificada de Arnau. Le dio la cadena física: café, marcas de carretilla elevadora, máquina prestada, entrega de comida, persiana nocturna, inventario del acto. Él inició el proceso para obtener una orden de registro.

—¿Cuánto tardarán? —preguntó.

—No antes de la noche. Nadie firma deprisa el sábado de festa.

La caja tenía previsto salir a las diecinueve.

El sábado empezó con matinades y campanas. El polígono las oyó antes de ver a nadie. A las diez, familias y grupos ceremoniales avanzaban hacia el centro con ropa que no hacía concesiones al trabajo de almacén. Las alfombras de flores cambiaban las calles por las que podían pasar las ruedas. Un voluntario discutía con un conductor por una esquina que había sido una carretera durante el desayuno y ahora era un dibujo de pétalos que nadie pisaría de buena gana.

A las dos y media, el almuerzo comunal llenó la Rambla. Mesas largas, manteles de papel, platos que llegaban de más cocinas de las que podía poseer una sola familia. La madre de Mei envió dos bandejas y no fue. Chen fue, comió de pie, volvió con aceite en la camisa y la noticia de que un contratista de iluminación había preguntado a un camarero si el polígono industrial aún tendría abierto el callejón trasero después de las seis.

—¿Qué le dijo el camarero? —preguntó Mei.

—Que servía almuerzos, no tráfico.

Más tarde, las sardanas ocuparon otra calle que Guaita había tratado como una línea en un mapa.

A las 18:41, la nave diecisiete se abrió.

El mensaje llegó a Mei en el borde de la concentración de sardanas.

—Fotografía la persiana y nada del interior —le dijo al vecino que vigilaba el callejón trasero—. Después márchate.

—La caja se ve.

—No eres una prueba a prueba de todo. Márchate.

Se marchó. La fotografía mostraba la hora de apertura, parte de la caja negra y a ninguna persona lo bastante cerca como para acusarla de allanamiento.

Una furgoneta de Guaita entró. El EBRO gris se detuvo a dos calles.

Lin esperaba con el Flipper en un coche de reparto que no pertenecía a ninguno de los dos bandos.

La caja negra no incluida rodó hacia la furgoneta.

A su alrededor, las calles ya estaban cerrándose para la procesión del fuego que terminaría en el mar.

Capítulo 28: La ruta del fuego

A las 19:06, Guaita descubrió que la ruta de un festival no era una ruta de tráfico.

La furgoneta salió del muelle diecisiete con Ingot registrado como control temporal de iluminación. Recorrió seis manzanas antes de que una alfombra de flores cerrara una calle y unas barreras metálicas cerraran la siguiente. La navegación siguió recomendando un giro ocupado por músicos, familias y voluntarios que transportaban mesas desde la comida comunitaria.

El conductor se detuvo junto al acceso del paseo marítimo.

El EBRO gris de Deng se detuvo detrás.

El conductor de Guaita tocó el claxon una vez. Nadie se movió. Un voluntario que llevaba un manojo de bases de barrera metálicas señaló el cartel que prohibía la entrada de vehículos después de las dieciocho horas. El conductor mostró una acreditación de incidente a través del cristal. El voluntario fue a buscar a un responsable, que fue a buscar al coordinador de la ruta, que llamó al número impreso en la acreditación en vez de aceptar la urgencia implícita en sus colores.

En Guaita contestaron al número.

El coordinador pidió la referencia municipal del incidente. El conductor tenía una referencia regional de continuidad. Cada hombre repitió dos veces su número. Ninguno de los dos números autorizaba a un vehículo a atravesar una ruta de fuego llena de gente.

Detrás de ellos, un camión de basura giró hacia la calle y completó la trampa.

Ninguno de los dos vehículos podía retroceder. La calle se había llenado de gente que avanzaba hacia el Bany de Bèsties. Los equipos de bomberos, los responsables de la ruta y los artistas controlaban el recorrido protegido. Su plan de seguridad estaba por encima de cualquier acreditación privada de incidente que Guaita presentara.

Lin observaba desde el lado público de las barreras.

Llevaba ropa corriente y el Flipper en su funda negra. Los vecinos de Mei conocían su rostro y su cometido. No sabían cómo funcionaba Ingot. Sabían que necesitaba cinco minutos junto al estuche y que nadie debía entrar en el espacio de seguridad pirotécnica por ella.

Guaita descargó el estuche negro en un carro de eventos con ruedas. Llevarlo a mano por el carril público era su única forma de rodear el cierre.

El carro tenía unas ruedas pequeñas y duras, diseñadas para un suelo de carga nivelado. La primera junta del pavimento lo detuvo. El conductor levantó la parte delantera mientras el segundo contratista empujaba. El estuche se inclinó lo suficiente para que su monitor de transporte emitiera un pitido.

Lin oyó la advertencia entre la multitud.

Marc Escudé caminaba junto al carro.

Vio a Lin antes de que ella llegara hasta ellos.

—El instrumento está bajo custodia por incidente —dijo.

—El monitor de transporte muestra que el estado no es seguro.

—No puedes ver el monitor.

Lin levantó el Flipper. —Exacto.

El estuche había permanecido en espera desde Pedralbes. Sin una comprobación de servicio, Guaita no podía saber si el calor del interior de la furgoneta había afectado a la presión del refrigerante o al estado de la memoria. Marc entendía el riesgo. Había estado en la puerta del anexo cuando Lin lo explicó. También entendía que un Ingot dañado no tenía comprador.

—Dos minutos —dijo.

—Cinco. La espera llevó dos. Esto tarda más.

—Tres.

—Abre la tapa.

Marc miró hacia el coordinador de la ruta. La llamada de la acreditación había llegado a otro puesto de Guaita y no había producido ninguna referencia municipal. El carro no podía permanecer en el estrecho carril público.

Abrió la tapa de servicio mientras el otro contratista discutía con un responsable sobre cruzar la ruta. Lin conectó su cable de mantenimiento de repuesto. A través del cable, el Flipper leyó el puerto de servicio de Ingot y mostró una temperatura de transporte por encima de la preferida, pero inferior a la que causaría daños.

Seleccionó la rutina que el menú de servicio de Yulan llamaba modo seguro. No era la espera de transporte que había activado en Pedralbes. La espera sellaba la clave de sesión para que el trabajo pudiera reanudarse en otro tejido. Esto retiraba de servicio el módulo: detenía la precarga de expertos y destruía la propia clave de sesión.

Sin esa clave, el punto de control de infraestructura y el estado del modelo que Guaita había llevado a través de Cataluña se volvían ilegibles. El comando no borró los pesos públicos del modelo ni dañó el módulo. Quien utilizara Ingot a continuación necesitaría que lo volviera a poner en servicio un ingeniero dado de alta, es decir, Lin, o la fábrica de Yulan, es decir, que Yulan admitiera que el dispositivo existía.

El progreso alcanzó el sesenta por ciento.

La pantalla no ofrecía ninguna cuenta atrás dramática, solo grupos de almacenamiento que cambiaban de ámbar a verde. Lin comprobó la presión de transporte con la mano libre y mantuvo el cable lo bastante suelto para desconectarlo sin dañar el puerto. A su alrededor, la gente se preguntaba qué controlaba el estuche negro. Nadie respondía. Un niño sobre los hombros de su padre decidió que contenía fuegos artificiales y lo anunció como un hecho.

—Lin —dijo Deng detrás de ella.

Había dejado el EBRO y llegado al lado público de la barrera. Su orden de recuperación podía cumplirse dando tres pasos, apartando la mano de Marc y reclamando el módulo. En lugar de eso, observó su pantalla.

—Si interrumpes esto, Yulan puede recibir hardware dañado —dijo ella.

—Si no lo hago, Yulan recibe hardware que no puede demostrar.

—Ese es el objetivo.

Deng miró a la multitud, los teléfonos y los responsables de la ruta. —No. El objetivo es que me obligues a elegir en público.

No dio un paso adelante.

Marc miró la pantalla. —Eso no es una comprobación de transporte.

—Ahora lo es.

Alargó la mano hacia el cable y se detuvo con los dedos a un palmo de él.

Un almacén de claves a medio escribir en un prototipo de una sola ranura. Había oído la frase en Pedralbes. Si tiraba del cable al sesenta por ciento, Guaita entregaría un ladrillo a un comprador que había pagado por un instrumento. Si lo dejaba, Guaita entregaría un módulo sin nada dentro que vender.

Lin giró el cuerpo y se interpuso entre él y la funda. A su alrededor, cientos de teléfonos esperaban para grabar lo que él eligiera.

El progreso alcanzó el cien por cien.

Ingot entró en modo seguro.

Lin desconectó el Flipper.

Marc cerró la tapa. Su pulgar pasó una vez por encima de las clavijas del conector antes de que la ira pudiera volverlo descuidado.

El coordinador de la ruta terminó su llamada con el segundo puesto de Guaita y regresó con una agente de la policía municipal. Según el plan de seguridad de la festa, dijo, nada con ruedas cruzaba la ruta del fuego hasta que se reabriera después del bany. Ni la furgoneta, ni el EBRO, ni el carro. La agente anotó ambas matrículas en su libreta, pidió a Marc la referencia del incidente y apuntó también el número regional que él le dio. Después dejó el propio estuche retenido en el sitio en virtud del plan, por escrito, y le dijo claramente a Marc que solo los Mossos podían incautarlo. Ella solo podía impedir que se moviera.

A las 19:40, una plataforma de Guaita intentó pasar el cierre dos calles más al norte. Un voluntario y un coche patrulla la hicieron dar la vuelta en la barrera. A las 20:20, Marc probó la rampa de servicio de la playa con el carro y los dos contratistas. Un responsable pirotécnico los detuvo al borde de la zona de seguridad, donde ya estaba preparada la pólvora de la noche, y la agente municipal los acompañó de vuelta. Marc no discutió con ella.

La llamada de Mei volvió a localizar al agente encargado de la investigación a las ocho y media. La orden de registro del muelle diecisiete quedó firmada antes de las nueve y se amplió al estuche que estaba en la calle. Los agentes que debían ejecutarla tenían que llegar al paseo marítimo a través de los mismos cierres que todos los demás. El plan que retenía a Guaita también los retenía a ellos, y no pidieron una excepción a través de una multitud que caminaba hacia el fuego real.

La luz se fue. Lin se sentó con dos de los vecinos de Mei a una mesa de café en el lado público, desde donde podía ver el carro y nadie tenía que montar guardia junto a él.

A las nueve y media, más allá de las barreras comenzaron los tambores.

Los primeros artistas del fuego entraron en su espacio regulado con ropa protectora. Los responsables hicieron retroceder a los espectadores. Las chispas solo se elevaban dentro de la ruta despejada. Lin permaneció fuera de ella, moviéndose con las familias mientras el carril público se estrechaba.

Cada ritmo de tambor transmitía una instrucción: movimiento, espera, emergencia. Los responsables vigilaban la ropa, el viento y la distancia.

Los padres levantaban pañuelos sobre el pelo de los niños. Quienes querían la mejor vista aun así cedían cuando avanzaba la cuerda.

Lin avanzó con las familias hacia la calle lateral. Marc intentó cruzar al ritmo del movimiento. Un responsable lo detuvo en el siguiente golpe, y él dio media vuelta para buscar otro camino.

—Deténganla —dijo a un contratista de Guaita.

El contratista llegó a la cuerda. Un responsable lo hizo retroceder sin importarle qué empresa había expedido su placa.

Tras el paso del primer grupo, el humo se deslizó sobre los espectadores. Los tambores relegaron las palabras al espacio entre un ritmo y el siguiente. La gente bailaba sin moverse del sitio, se tapaba los oídos de los niños y ajustaba pañuelos y gafas. Los vecinos de Mei no formaron un muro. Uno le dio a Lin una botella de agua. Otro le indicó qué calle pública lateral seguía abierta. Un tercero se apartó porque ayudar nunca había sido obligatorio.

Lin siguió el flujo permitido de la multitud.

A su espalda, la furgoneta de Guaita y el EBRO de Deng seguían atrapados, pegados uno al otro. Ingot estaba sobre su carro entre ambos, inutilizado para Atlas y visible para cualquiera que supiera qué sello clonado fotografiar.

Marc llegó a la calle lateral después de Lin. Había perdido la placa en algún punto de la multitud o se la había quitado él mismo.

—Has hecho que el módulo no se pueda vender —dijo.

—Me he asegurado de que no le quede nada dentro que vender.

—Yulan lo restaurará.

—Entonces Yulan tendrá que admitir lo que es.

—¿Y si se lo lleva la policía?

—Entonces tendrás que explicar por qué tu ruta de custodia termina dentro de un festival.

Marc se acercó lo suficiente para que Lin viera el hollín atrapado en la humedad de la línea de nacimiento del cabello. —Crees que un registro público mantiene a la gente a salvo. La pone a disposición de quien cuente primero la historia más convincente.

—Por eso dejamos más de un registro.

Miró más allá de ella. Los vecinos de Mei no formaban una línea coordinada ni llevaban un símbolo común. Uno hablaba con un responsable. Otro fotografiaba el sello clonado. Otro ya se había marchado a cenar.

Otra ráfaga de chispas reguladas iluminó el humo detrás de él. Marc miró hacia atrás.

Un responsable levantó la cuerda pública para dejar pasar a una sección de espectadores hacia el mar. Lin pasó por debajo con ellos. Cuando la cuerda volvió a bajar, Marc seguía al otro lado.

Capítulo 29: Bany de Bèsties

A las 22:00, los tambores llegaron al mar antes que las bestias.

El primer ritmo avanzó por el paseo marítimo desde Platja dels Pescadors, se percibió a través del pavimento antes de separarse de la multitud. El humo llevaba el olor mineral y seco de la pólvora consumida y el rastro más dulce de la tela de los disfraces chamuscada. Luego las chispas hicieron retroceder a quienes estaban más cerca de la línea de seguridad y la primera bestia de fuego apareció detrás de ellas, avanzando hacia Pont d’en Botifarreta.

Mei estaba fuera de la línea de seguridad con Arnau, Júlia y Oriol.

Oriol llevaba una pulsera hospitalaria que se había negado a quitarse y no portaba ningún equipo. Debería haber estado descansando. Dijo que descansar era una actividad para gente cuyo empleador no había intentado vender un país.

Se había disculpado ante Mei por haber puesto la orden de recogida en manos de Guaita. Ella le había dicho que una disculpa no reparaba un almacén y le había pedido que siguiera disponible para cada pregunta de la policía.

La caja negra de Ingot seguía en su carrito junto a la furgoneta de Guaita atrapada. Marc había vuelto a ella. Dos contratistas intentaban negociar un camino a través de los cierres, que no se reabrirían hasta después de que las bestias llegaran al agua.

Deng estaba sentado en la EBRO gris detrás de ellos.

La policía acudía con la autorización de registro firmada aquella tarde. El plan de seguridad que retenía a Guaita desde las siete retenía a la patrulla en los mismos cierres. Su llegada sería más lenta que la investigación y más legítima que la de todos los que ya estaban presentes.

Salvador Reixac fue el primero en llegar a la caja a pie.

No llevaba chaleco de incidencias. El calor le había oscurecido la camisa en el cuello, el primer desorden visible que Mei había visto en él.

—Senyora Zhou —dijo—. Esto todavía puede terminar sin más daño para Llevant.

—Han usado nuestro nombre en tres envíos falsos.

—Un contratista utilizó un perfil de cliente fuera del ámbito autorizado. El acuerdo de Clara corrige eso.

—Su corrección exige silencio.

Reixac sacó el acuerdo de Clara de una funda transparente. La página ya llevaba la dirección de Llevant, los tres números de envío impugnados y una línea vacía para Mei.

Oriol se inclinó lo suficiente para leerlo.

—Has preparado el desenlace antes de encontrar la caja.

Reixac miró a su antiguo productor.

—Falsificaste una captura y desapareciste bajo una credencial de evento en directo.

—Apúntalo en mi evaluación de rendimiento.

Las primeras bestias pasaron detrás de ellos. El fuego perfilaba el metal y pintaba las formas. La multitud se movía con los responsables de la ruta.

Un grupo de tambores pasó lo bastante cerca para borrar las palabras. Reixac esperó en vez de alzar la voz. Mei lo observó contar el intervalo entre los grupos y reanudar exactamente cuando la conversación volvió a ser posible.

—La auditoría pública ya ha nombrado a Guaita —dijo Mei—. ¿Por qué mover el módulo?

Reixac volvió a meter el acuerdo en su funda.

—Porque borrar el índice no hizo imposible la capacidad.

—Hizo pública su elección —dijo Arnau.

Reixac no miró las luces de la policía que se acercaban por el paseo.

Sacó una segunda página de la funda y se la tendió a la agente municipal, que no había perdido de vista el carrito desde que anotó su retención. Membrete de Guaita. El número de incidente regional que Marc le había dado a las siete. Un traslado de la caja a un almacén protegido de incidentes, la unidad precintada de Guaita en el puerto, efectivo con la firma. La firma era de Reixac.

—Su retención cubre la ruta del fuego —dijo—. Esto saca la caja de la ruta en virtud del incidente que usted ya ha registrado. Almacenamiento precintado, acceso registrado. Los Mossos pueden recogerla allí por la mañana.

La agente leyó las dos caras. Después llamó a la central regional de emergencias y leyó el número en voz alta. Mei la observó escuchar. El número era real. Guaita figuraba en él como contratista. La central no emitía traslados y no confirmaría ninguno.

—Entonces es válido —dijo Reixac.

—Es suyo —dijo la agente. Se quedó la página.

Reixac indicó a Marc que cogiera el carrito.

—La retención sigue en pie —dijo la agente, sin alzar la voz. La mano de Marc se detuvo sobre la barra.

Deng avanzó medio metro con la EBRO.

El parachoques bloqueó el estrecho hueco entre la furgoneta de Guaita y una barrera. Se detuvo sin tocar ninguna de las dos. Guaita no podía hacer avanzar Ingot ni devolverlo a la furgoneta.

Deng salió.

Dejó abierta la puerta del conductor. El salpicadero siguió mostrando la ruta por la que había seguido a Guaita a través de Cataluña. Yulan podría calificar más tarde el movimiento de recuperación autorizada.

—El módulo es propiedad de Yulan —dijo.

—Su empresa niega que exista el producto —replicó Reixac.

—No mi empresa. Mi instrucción.

Miró a Lin, que se había reincorporado a la multitud pública más adelante en la ruta. Las órdenes de recuperación exigían que Deng quitara Ingot a quien lo tuviera. Podía llevar ahora la caja hasta la EBRO y sustituir una reclamación de custodia privada por otra.

En lugar de eso, retiró la llave de la EBRO y la dejó sobre el techo.

—Nadie lo mueve hasta que lleguen los Mossos —dijo.

—Mi instrucción es recuperarlo —dijo Lin desde el otro lado de la barrera.

—Mi instrucción da por supuesto que la recuperación termina con la incertidumbre.

—Termina con tu empleo si te niegas.

—El empleo ya es incierto.

Reixac lo estudió.

—Los seguiste, amenazaste a testigos y utilizaste como informante a un empleado de un proveedor. ¿Es aquí donde descubres la ética?

—No —dijo Deng—. Aquí es donde los testigos me descubren a mí.

Se volvió para que los teléfonos más cercanos pudieran verle la cara.

Los teléfonos grabaron los vehículos, la caja y a Reixac. Más importante aún, las personas que habían visto fragmentos de la semana empezaron, una a una, a ser escuchadas.

El propietario del café describió el bocadillo sin terminar. El conductor de la carretilla elevadora describió su horquilla derecha doblada. El empleado del restaurante nombró las seis comidas entregadas después de medianoche. La mujer del pedido de pintura identificó el imán cambiado de la camioneta. Joel describió las llamadas de Rui y sus propios informes sin pedir primero que lo perdonaran.

Sus relatos llegaron al agente encargado de la investigación por teléfono, a través de las declaraciones que los vecinos de Mei habían tomado por escrito durante la tarde y, en el caso de los dos que vivían en el paseo marítimo, cara a cara. La cadena no pertenecía a ningún índice central de cámaras. Cada testigo sostenía una parte y seguía disponible para discrepar con los demás.

Y discreparon. El propietario del café recordaba dos chalecos amarillos; el conductor de la carretilla creía que uno podía haber sido gris y había pedido que constara su duda. El pedido de comida contenía seis raciones, pero el empleado del restaurante solo vio a cuatro personas. Joel situó la primera llamada de Rui en martes hasta que Mei le mostró el cuadrante del almacén y él la corrigió a miércoles.

La agente municipal escribió cada incertidumbre en una línea aparte. Cuando quedó anotado el último relato, devolvió a Reixac su traslado.

—Su formulario dice que esto es un equipo recuperado enviado por Llevant —dijo—. Llevant dice que no envió nada, y cinco personas acaban de describir cómo viajó la caja desde Pedralbes hasta esta calle. No entrego una caja en disputa a una de las partes que la disputan.

Escribió la negativa debajo de su retención, con la hora, y se la leyó en voz alta. Reixac dobló la página una vez y se la guardó en el bolsillo.

El teléfono de Mei vibró.

Un archivo universitario de Hsinchu había publicado, desde su propio depósito, una breve suma de comprobación de un archivo de planta del paquete con sello de diciembre de 2019, junto con la página de colaboradores que Hsu y Lin habían firmado aquel día. Dos revisores designados por el archivo, sin relación laboral con Yulan ni con Guaita, la habían comparado con el resumen criptográfico de referencia que el historial de servicio de Ingot cita para su propio archivo de planta, y que Lin había liberado. Coincidían. La publicación no revelaba ningún diseño, programación de memoria ni vía de fabricación.

No probaba quién había inventado qué. Probaba que el archivo de diseño que cita el historial de servicio de Ingot existía en diciembre de 2019 bajo un registro firmado que nombraba a más de un autor.

Yulan ya no podía presentarla como una invención puramente interna sin explicar aquel registro. Guaita no podía afirmar que su recuperación por incidente hubiera adquirido un prototipo sin propietario. Cualquier custodia supervisada tendría que incluir las pruebas de Hsu y el registro de rendimiento presenciado por Lin.

Lin leyó la publicación y cerró los ojos.

—¿Le pediste que esperara? —dijo Mei.

—Sí.

—No lo hizo.

—No.

Lin sonó aliviada.

La policía llegó a los vehículos bloqueados a las 22:31. Comprobaron el sello clonado de Llevant con las fotografías de pruebas de Mei, documentaron la caja in situ y separaron las reclamaciones de custodia antes de mover nada. Guaita protestó. Deng se identificó y solicitó un abogado. Nadie desapareció dentro del festival.

Los agentes no abrieron Ingot junto a la multitud. Fotografiaron cada cara de la caja, comprobaron las ruedas y la tapa de servicio en busca de daños recientes y colocaron sus propios sellos numerados sobre ambos cierres. Un agente leyó cada número en voz alta mientras otro lo registraba. Mei comparó la etiqueta de cliente clonada con sus originales y dictó las diferencias en catalán; Lin repitió los términos técnicos en inglés para las declaraciones de propiedad extranjera.

Cuando llegó el vehículo de pruebas, no pudo alcanzar el carrito. Cuatro agentes transportaron la caja por el mismo hueco público que Guaita no había logrado utilizar. El peso les obligó a detenerse una vez. El agente principal registró la parada en el libro de movimientos y puso sus iniciales junto a ella antes de que la caja volviera a moverse.

Después preguntó a Mei por qué había esperado antes de informar sobre el muelle diecisiete.

—Sí lo informé —dijo—. Al agente asignado al envío clonado.

—También organizó una observación privada.

—Pedimos a la gente que recordara sus propias calles. Nadie entró en el muelle. Nadie tocó la caja.

—¿Y el dispositivo de servicio?

Lin presentó el Flipper en su funda, con la fotografía de salida firmada por Guaita en Pedralbes y la fotografía de Pau desde la carretilla elevadora. No explicó la aplicación junto a una multitud. El agente selló la funda por separado y registró la afirmación de Lin de que contenía un control de seguridad, no una llave del modelo.

Reixac observó cómo cada objeto pasaba a custodia oficial. Empezó a decirle a Arnau lo que el registro policial no alcanzaría a ver.

El agente levantó una mano.

—Puede ponerlo en su declaración. No junto a mi carrito.

Reixac se detuvo. Arnau también.

Las bestias llegaron al agua.

Después de la procesión de fuego, los participantes llevaron sus figuras al Mediterráneo, rodeadas de llamas controladas. El mar aceptaba las chispas y las reflejaba sin enfriarse. La multitud gritaba desde el paseo. Los niños que antes se habían escondido del ruido avanzaron para mirar.

Las figuras entraron despacio, los portadores comprobaban cada paso contra la arena y el agua mientras el fuego continuaba a su alrededor. El agua salada oscurecía los disfraces a la altura de las rodillas. Las chispas morían donde caían y sobrevivían donde el viento las llevaba de vuelta hacia la ruta. Los equipos vigilaban en ambas direcciones.

Mei había visto versiones del bany, primero de niña, sostenida por encima de la multitud; después, adolescente, fingiendo que solo asistía porque lo hacían sus amigos; luego, tras años fuera, como algo que no había comprendido que echaba de menos. Observó a un portador mayor colocar un par de manos más jóvenes en la barra correcta antes de permitir que la bestia entrara en aguas más profundas.

Reixac estaba junto al cordón policial, visible en docenas de grabaciones ordinarias. Ingot permanecía cerrado en modo seguro.

La última bestia entró en el mar.

Epílogo: Después del fuego

Llevant fue exonerada a las 09:12 de la mañana del domingo mediante un comunicado que la mencionaba siete veces.

El primer párrafo decía que la empresa no había tenido ningún papel en el traslado no autorizado de equipos para eclipses. El segundo describía su ubicación en Badalona Sud, su propiedad chino-catalana y las categorías de productos que importaba. El tercero elogiaba su cooperación.

Mei leyó el comunicado en la oficina del almacén mientras su padre quemaba tostadas en una placa eléctrica abajo. La tostadora había fallado durante el apagón, y Chen se negaba a desecharla antes de demostrar que todos los ajustes eran defectuosos.

«Exonerada», dijo cuando ella bajó.

«Sí».

«Entonces, ¿por qué sé menos que ayer?»

Las cuatro cajas ordinarias de Yulan volvieron a funcionar en la sala de sistemas. Un Shanhai-Coder pequeño procesaba descripciones de productos y marcaba las traducciones dudosas. Había regresado a hervidores, lámparas y reclamaciones de garantía sin resentimiento. Mei conservó el arnés de pruebas que Júlia había construido. Cada respuesta aún tenía que mostrar su fuente.

A las 09:26, Pilar Forn llegó llevando una caja de radio vacía y la orden del consejo que Guaita había retenido desde la semana del eclipse.

«La liberaron a las ocho cincuenta y cinco», dijo. «Mi personal temporal empezó a las nueve. Uno ha pasado la primera hora explicándome los canales del eclipse porque me negué a admitir que los había olvidado».

La rectificación sin condiciones de Clara Reixac estaba grapada a la orden. Decía que el perfil copiado de Llevant había entrado en el sistema de contratistas de Guaita sin conocimiento de Llevant. La misma frase podría haber salido de la mesa de Girona antes de que Mei firmara nada.

Pilar miró el comunicado oficial en la pantalla de Mei. «Os han exonerado describiéndoos».

«Siete veces».

«Buena publicidad. Método caro».

Se llevó las radios y dejó dos cafés a cambio, una transacción que ninguna de las dos empresas necesitaba clasificar.

En el televisor de batería, ahora conectado de nuevo a la pared, Berta presentó el resumen matinal del eclipse sin Oriol. Él dormía en el hospital después de una declaración de cuatro horas. Mostró la totalidad, el humo, los equipos de emergencia y las multitudes que nunca vieron el Sol. No mostró la identidad falsa que Shanhai había asignado a Chen.

Una línea informativa bajo ella aportaba también las consecuencias institucionales, demasiado pronto para llamarlas resultados. Ingot había entrado en custodia de investigación supervisada bajo la autoridad del tribunal investigador. Yulan, Lin y Hsu habían presentado versiones de autoría contrapuestas. La reclamación de Guaita sobre el incidente establecía la posesión durante el robo, no la propiedad. El modo seguro se mantenía mientras se constituía un panel independiente.

Reixac no había sido detenido. Lenticular lo suspendió y afirmó que su gobernanza había funcionado porque los sistemas de la empresa habían producido parte de la auditoría. Institut Llum suspendió el acceso de Marc después de que su declaración describiera una autoridad válida para el incidente, pero no explicara cómo conocía el cálculo de Ingot cuando la orden de custodia no mencionaba la arquitectura. Los dos contratistas que habían retenido a Oriol fueron acusados por su detención. La cadena de instrucciones documentada terminaba en su supervisor, dos niveles por debajo de Reixac.

El teléfono de Mei mostraba un mensaje de Leïla.

Sami ha aceptado reunirse. Estarán presentes su hermana y su abogado. Llevaré un relato escrito y ningún dispositivo.

La eliminación del índice de personas le había quitado a Leïla su mejor vía hasta Karim. Aún tenía el contrato de Narthex, el registro de consultas de Room Zero y el registro canario que mostraba que la gente de Vasseur había consultado la taquilla falsa después de negar cualquier entrega comercial.

Era un caso más débil. Exigía que la gente testificara sobre sus propias decisiones.

Mei respondió solo: Dile cuál es el riesgo antes de pedirle nada.

Arnau estaba sentado en la mesa de embalaje de Llevant con un café y la expresión de un hombre cuyo estado laboral se había convertido en una reunión programada para el lunes.

La ambulancia que nunca habían identificado seguía en su registro de tráfico. Ninguna investigación había establecido si llegó tarde al cruce o si el corredor había cambiado algo. La incertidumbre le acompañaría a la reunión del lunes.

«Atlas ha desaparecido», dijo.

Júlia levantó la vista del archivo público del eclipse. «Ha desaparecido el índice completo».

El archivo contenía millones de imágenes públicas, registros de contribuciones, observaciones meteorológicas y mediciones temporales. Escuelas, observatorios, emisoras, municipios y espectadores las habían publicado para estudios legítimos. La auditoría verificada de Arnau explicaba lo suficiente del método de Antumbra para que los investigadores detectaran abusos similares. También explicaba lo suficiente para que un estudiante de posgrado paciente construyera un primo rudimentario.

No la semana que viene. No con el acceso de Atlas. Pero el método ya no vivía en una sola habitación ni en un solo módulo. Vivía en el archivo, junto con las observaciones meteorológicas y las señales de las cámaras escolares.

«¿Deberíamos haber ocultado el método?», preguntó Arnau.

«Entonces solo lo conocería Guaita», respondió Júlia.

«Ahora puede conocerlo todo el mundo».

«No todo el mundo lo hará». Júlia volvió al archivo.

Mei llevó de la oficina el libro mayor rojo recuperado. La policía lo había encontrado en el muelle diecisiete, debajo de antiguos formularios de transporte de Guaita. Sus correcciones manuscritas habían ayudado a demostrar el número de serie físico y el perfil clonado. Los investigadores solicitaron el libro entero para el expediente final del caso.

Ella había copiado la página relevante de Yulan.

No entregó el resto.

El libro mayor también contenía cajas dañadas aceptadas para vecinos, devoluciones tardías, favores de almacenamiento temporal y correcciones cuyo significado pertenecía a personas que habían confiado a Llevant su contexto. Ninguna demostraba la existencia de Atlas. Todas podían situar el polígono industrial en nuevos mapas.

Mei selló la única página copiada en un sobre de pruebas y volvió a colocar el libro rojo en su estantería.

«Eso es observabilidad incompleta», dijo Arnau.

«Sí».

Esperó a que ella lo defendiera.

No hacía falta. Él asintió.

Antes de comer, regresaron a Walden 7.

La policía había liberado el piso después de fotografiar el reloj, las cerraduras y los restos de producto de limpieza. Nada les impedía dormir allí salvo el conocimiento. Los patios del edificio se alzaban a su alrededor en azul y verde, con puentes que transportaban el movimiento dominical de un lado a otro. Ropa tendida, plantas, el patinete de un niño, dos personas discrepando sobre dónde debía colocarse una mesa plegable después de la festa.

Carme los esperaba fuera de su puerta con el maletín del equipo de Arnau.

«Te dejaste esto en mi casa», dijo.

«No lo hice».

«Entonces lo hizo un hombre educado. Dijo que la policía lo había autorizado. Le dije que la policía conoce mi número de teléfono. Se marchó».

Arnau no tocó el maletín.

Mei le hizo una foto y llamó al agente encargado de la investigación. Carme esperó hasta que terminó la llamada.

«¿Puedo recuperar ya mi balcón?», preguntó.

«Sí», dijo Mei.

«Bien. Las fugas sientan mal a los geranios».

El piso parecía más pequeño después de que unos desconocidos lo hubieran medido con intención. El reloj de buceo de Arnau seguía en la mesilla de noche. La investigación no había encontrado ningún rastreador, transmisor ni marcador químico.

Arnau lo cogió.

«¿Estás seguro?», preguntó Mei.

«No».

Aun así, se lo puso.

Abrieron las ventanas. El aire caliente cruzó el piso, pero no lo enfrió. Voces de varios patios entraron a la vez, imposibles de asignar a un solo apartamento.


En Badalona, los voluntarios limpiaban los materiales del festival y barrían los restos de flores de las estructuras de transporte. El incendio provocado había terminado en el mar. Los incendios avivados por la sequía en el sur estaban bajo control, pero aún no extinguidos. El humo aún suavizaba el horizonte.

Joel ayudaba a un vecino a reparar una persiana. La gente le hablaba de otra manera ahora.

Seguían hablándole.

Una mujer cruzó el carril de servicio llevando mesas plegadas. A mitad del trayecto, levantó la vista hacia una cámara sobre la puerta de un almacén.

La cámara llevaba allí años. Había pasado bajo ella todos los días laborables.

Ahora se fijó en hacia dónde apuntaba.

Se apartó un paso de su campo de visión antes de continuar.

Detrás de la tecnología y los lugares

El eclipse, su geometría vespertina sobre España y el intenso interés público que despierta son reales. El índice central de vigilancia de la novela no lo es.

Los sistemas de cámaras reales están fragmentados. La propiedad, el acceso, la calidad de imagen, los relojes, la retención y la autoridad legal difieren. La historia imagina un software que utiliza un cambio natural y predecible de la luz para correlacionar esos fragmentos a una escala y velocidad que no existen como un único sistema catalán real.

Las escenas de radio y control del tráfico describen sistemas ficticios y específicos de este acontecimiento. Omiten frecuencias, identificadores, formatos de mensajes, configuraciones de las herramientas y pasos de ataque repetibles. No se afirma que ninguna red de tráfico real funcione como se representa.

Los dos asistentes de IA son ficticios. Su contraste refleja una diferencia real de despliegue: un servicio alojado puede aplicar salvaguardas centralizadas y registrar las solicitudes, mientras que los pesos de un modelo descargable pueden ejecutarse localmente bajo controles elegidos por el operador. Ninguna de las dos disposiciones garantiza la corrección, la autorización ni la seguridad. En la historia, la IA propone interpretaciones y código; los humanos verifican las pruebas y siguen siendo responsables de cada decisión.

Los metadatos de los servicios públicos pueden revelar que un sistema existe, cuándo respondió y qué identidad presentó, sin exponer sus imágenes ni sus controles. Los certificados web reutilizados pueden sugerir una administración compartida, pero no demuestran que dos registros describan el mismo dispositivo o ubicación. La novela convierte esas asociaciones débiles en pistas solo después de que las personas las contrastan con las prácticas de transporte, los registros de custodia y los equipos físicos.

El método del reloj del eclipse es ficticio a la escala representada. En principio, un cambio de luz observado ampliamente puede proporcionar un acontecimiento común con el que comparar relojes de cámaras imperfectos. Las correcciones resultantes seguirían siendo estimaciones, no una cronología nacional perfecta. Del mismo modo, la cifra de confianza de un modelo no es una prueba: la ubicación verosímil pero falsa de Shanhai procede de tratar un código de cuenta de cliente como si fuera geografía.

Ingot y Yulan Microdevices son completamente ficticios. Los modelos reales dispersos de mezcla de expertos pueden contener cientos de miles de millones o billones de parámetros almacenados y activar solo una parte del modelo para cada token. Esto crea oportunidades para la cuantización, la colocación de expertos y la optimización de memoria. Actualmente no hace que un modelo de frontera quepa barato en un único módulo de investigación itinerante como se representa aquí.

La conexión de Ingot con MareNostrum, la malla experimental, el programa de visitas, los procedimientos de acceso, el personal y las cargas de trabajo son inventados. Nada de lo que aparece en la historia describe la seguridad o la configuración de la máquina real.

Las organizaciones y los lugares emblemáticos reales aparecen como escenario. Los conspiradores, las habitaciones ocultas, los sistemas comprometidos y la conducta institucional son inventados.

Arquitectura y lugar

Los edificios de esta novela no son decorados. Cada uno propone una respuesta distinta a la misma pregunta que Atlas: ¿qué ocurre cuando muchas vidas privadas quedan unidas por una sola estructura?

Walden 7. El hogar de Mei y Arnau es un complejo residencial real de Sant Just Desvern, terminado en 1975 por Ricardo Bofill Taller de Arquitectura. Sus apartamentos fueron concebidos como combinaciones de celdas, no como viviendas convencionales aisladas. Patios, puentes, escaleras, balcones y recorridos verticales convierten un edificio grande en una pequeña ciudad. Esa geometría proporciona a la novela refugio e incertidumbre: una persona puede ser visible desde muchas direcciones sin que ningún observador posea la visión completa. El apartamento y sus residentes en la historia son ficticios, y no se describe ningún recorrido por el edificio de una forma que permita seguirlo. Walden 7 es un hogar, no un escenario público de thriller, y los visitantes deben respetar su privacidad.

Torre Girona y MareNostrum. Durante casi dos décadas, Barcelona Supercomputing Center albergó sus superordenadores MareNostrum, del primero al MareNostrum 4, en el interior de la capilla desacralizada de Torre Girona. El MareNostrum 5 funciona ahora en el edificio contiguo del centro y, desde 2025, la capilla alberga los ordenadores cuánticos del BSC, conectados al MareNostrum 5. El vidrio permite que el antiguo volumen de piedra y las máquinas sigan siendo visibles al mismo tiempo. El contraste es dramático, pero no es una contradicción oculta: ambas arquitecturas organizan una comunidad en torno a preguntas mayores que una sola sala. Institut Llum, su anexo, su personal y todos los procedimientos de acceso o seguridad de la novela son inventados.

El Teatro-Museo Dalí. En Figueres, la cúpula del museo y la Sala Mae West convierten el punto de vista en parte de la obra. Los objetos separados de la instalación de Mae West forman un rostro solo desde la posición prevista. La novela toma prestado ese principio, no las operaciones del museo: la habitación falsa de Oriol resulta convincente porque una cámara ocupa el lugar desde el que sus superficies encajan. Quel, la visita nocturna, la persecución y la tarjeta oculta son ficticios.

La Barcelona de Gaudí. La Pedrera aparece brevemente como recordatorio de que las curvas no son la ausencia de reglas. La estructura, la ventilación, la luz y la carga hacen habitable una fantasía aparente. La observación pertenece a Júlia, pero la idea más amplia recorre todo el libro: los sistemas parecen mágicos cuando sus limitaciones permanecen ocultas.

Badalona y la Festa Major. Llevant Import y su almacén son inventados. La ciudad, su paseo marítimo y sus distritos obreros son reales; la fiesta de agosto tal como aquí se presenta es una composición (véanse los anclajes fácticos más abajo). El Bany de Bèsties sitúa el fuego regulado, los tambores, los agentes de orden, los participantes, los espectadores y el mar dentro de un mismo recorrido compartido. En la novela, ese ritmo de seguridad pública perdura más que las credenciales privadas de Guaita. La persecución del equipo y la intervención policial son ficticias.

Viñedos, tierra seca y el horizonte occidental. Los viñedos del Penedès y el paisaje del sur de Cataluña no son un decorado intercambiable. Las hileras, los caminos de acceso, los puntos de agua, las franjas despejadas, el viento y la hierba seca determinan cómo se mueven las personas y el fuego. La propiedad de Marta y el principal lugar de observación meridional son composiciones inventadas. El riesgo que se crea cuando vehículos calientes entran en vegetación seca no lo es.

La ciudad de la retransmisión. Los estudios de 3Cat en Sant Joan Despí son reales. Lenticular, Guaita, su centro de contribución y las salas y sistemas internos descritos en la novela son ficticios. También lo es su propiedad. Guaita no es un subcontratista de Lenticular, sino una empresa independiente en manos privadas del hombre que dirige ambas. Todos los presentadores, productores, decisiones editoriales, instrucciones e incidentes en antena relacionados con 3Cat en la novela son ficticios. La infraestructura de retransmisión se muestra como una cadena de acuerdos humanos, no como una única sala de control central, porque esa fragmentación es fundamental tanto para la trama como para la verdad que distorsiona.

Anclajes fácticos

El eclipse. El 12 de agosto de 2026 un eclipse solar total atravesó España cerca del ocaso. En Cataluña, la totalidad completa solo era visible en el sur y el oeste del territorio. Barcelona quedaba justo fuera de la franja de totalidad: veía un eclipse parcial extremadamente profundo, con el Sol casi, pero nunca por completo, cubierto. La portada muestra un eclipse total sobre el perfil urbano de Barcelona como interpretación artística, no como una representación literal del acontecimiento visto desde la ciudad. El Sol bajo hacía imprescindible un horizonte occidental despejado.

El otro cielo. Un eclipse total cerca del ocaso elimina la habitual exhibición de planetas brillantes. Mercurio y Júpiter se encontraban al oeste del Sol eclipsado y, por tanto, a muy poca altura por debajo de él, fuera del alcance práctico desde Cataluña. Venus, acercándose a su máxima elongación oriental el 15 de agosto, brillaba con intensidad y se alzaba alto en el suroeste; era el único planeta fiable de la totalidad. Arcturus, Spica y el Triángulo de Verano estaban al alcance de cualquiera que apartara la mirada de la corona. La mejor ventana de observación de las Perseidas se producía en las primeras horas del 13 de agosto, bajo una Luna nueva, con la lluvia ya activa al final de la noche del eclipse.

El Clásico y el Tour. El FC Barcelona recibió al Real Madrid en el Spotify Camp Nou el 10 de mayo de 2026 y ganó 2-0. El ensayo técnico cercano es ficticio. El Tour de France comenzó en Barcelona el 4 de julio; su tercera etapa salió de Granollers hacia Les Angles el 6 de julio. El documento de retorno de Oriol en Figueres y toda participación de Guaita son inventados.

Bany de Bèsties. La fiesta de agosto de esta novela es una composición ficticia que utiliza lugares reales del litoral de Badalona y tradiciones de bestias de fuego asociadas a la cultura festiva catalana. El recorrido desde Platja dels Pescadors hacia Pont d’en Botifarreta, la persecución del equipo y la intervención policial son inventados. Los lectores no deben considerar la procesión, la fecha ni el horario un programa oficial de 2026.

MareNostrum. Barcelona Supercomputing Center albergó los MareNostrum 1 a 4 dentro de la capilla desacralizada de Torre Girona. El MareNostrum 5 funciona en el edificio contiguo del BSC, y la capilla alberga ahora los ordenadores cuánticos del centro. El ficticio Institut Llum, sus proyectos, su personal y los acontecimientos de esta novela son inventados.

Controles de semiconductores. La litografía ultravioleta extrema se convirtió en un elemento central de la fabricación de chips de vanguardia a finales de la década de 2010. Desde octubre de 2022, Estados Unidos modificó repetidamente los controles y la política de licencias para determinados chips de computación avanzada, equipos de semiconductores, usos de supercomputadores y actividades relacionadas con la RPC. Por separado y bajo su propia autoridad, los Países Bajos introdujeron en septiembre de 2023 requisitos nacionales de autorización para determinados equipos avanzados de fabricación de semiconductores, y los ampliaron en septiembre de 2024 y abril de 2025. Estos regímenes siguieron evolucionando después de los acontecimientos ficticios de 2019 representados en el interludio. Ingot es una respuesta arquitectónica inventada, no una afirmación sobre un chip real no revelado.

Calor y mar. Los veranos catalanes pueden combinar un calor interior intenso, noches calurosas, peligro de incendios forestales y aguas mediterráneas inusualmente cálidas. Las temperaturas exactas de la historia son observaciones ficticias de sus personajes, no afirmaciones históricas.

Límites de la ficción. Ninguna instalación oculta, sistema comprometido, conspiración o conducta indebida se atribuye a los propietarios, residentes, empleados o personal de ningún lugar u organización real mencionado en este libro.

Sobre el autor

Jacob Verhoeks escribe thrillers tecnológicos basados en tecnología que ya existe. Cuenta con tres décadas de experiencia en TI, desde infraestructuras locales hasta plataformas en la nube, y ha trabajado por todo el mundo. Sus intereses incluyen el código abierto, la programación, el hacking ético, los sistemas en la nube y la inteligencia artificial. Su ficción se nutre de investigaciones públicas, incidentes documentados y la textura de la ingeniería: las concesiones, suposiciones y pequeñas decisiones humanas que existen dentro de los sistemas complejos.

Sus novelas son obras de ficción. Los personajes, empresas, sistemas, incidentes y conspiraciones son inventados o composiciones ficticias. Los lugares reales, las tecnologías públicas y los acontecimientos documentados pueden proporcionar el escenario o el contexto. Nada en sus libros procede de información no pública de ningún empleador ni cliente; las opiniones y los hechos son suyos.